Durante más de un siglo, el cine no solo ha mostrado cómo es México: también ha contribuido a construir la imagen que los propios mexicanos y el mundo tienen del país.
De los charros, las rancheras y las familias perfectas del cine de oro a las historias de violencia, desigualdad y vida urbana de las últimas décadas, la pantalla ha sido un espacio para imaginar qué significa ser mexicano.
“Ha sido una historia de la búsqueda de una imagen propia por parte de las y los mexicanos”, explicó en entrevista Israel Rodríguez, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.
Desde la llegada del cinematógrafo a México, a finales del siglo XIX, el país comenzó a ser filmado por miradas extranjeras. Los enviados de los hermanos Lumière y, posteriormente, cineastas estadounidenses, ingleses y alemanes registraron paisajes, costumbres y habitantes que aparecían como algo exótico o pintoresco.
Al mismo tiempo, las élites mexicanas utilizaron las primeras imágenes cinematográficas para mostrar un país moderno y cercano a las naciones europeas.
Pero con el desarrollo de una industria cinematográfica propia, particularmente a partir de los años treinta, México comenzó a construir sus propias representaciones. El cine tomó modelos narrativos de Hollywood, como el melodrama y la comedia, y los adaptó a los imaginarios nacionales.
Así surgieron algunos de los estereotipos que durante décadas definieron la imagen de México dentro y fuera del país: el charro valiente, la mujer abnegada, la madre sacrificada, la familia unida, la vida rural y las comunidades donde todos parecían conocerse y convivir en armonía.
Un México de charros, madres y vecindades
Durante la llamada Época de Oro del cine mexicano, entre las décadas de 1930 y 1960, figuras como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y Dolores del Río se convirtieron en rostros de una identidad nacional que trascendió las fronteras.
La comedia ranchera y el melodrama fueron dos de los principales géneros mediante los cuales se construyó esa imagen. El cine mexicano se exportó ampliamente a otros países de habla hispana, donde contribuyó a popularizar una idea particular de cómo eran los mexicanos.
Por eso no resulta extraño que todavía hoy algunas personas de otros países tengan una imagen de México influida por aquellas películas. El impacto no se limitó a otros países. También los mexicanos aprendieron a reconocerse a través de esas imágenes.
El historiador Carlos Monsiváis decía que “los mexicanos aprendieron a ser mexicanos en el cine”. La frase resume la capacidad que tuvo la industria cinematográfica para convertir una identidad nacional, compleja y diversa, en un conjunto de imágenes reconocibles.
México, sin embargo, estaba lejos de ser homogéneo. La diversidad de regiones, lenguas, comunidades y formas de vida quedó reducida muchas veces a unos cuantos personajes y escenarios.
“En el estereotipo no cabe nadie”. El cine sintetizó esa enorme pluralidad en una imagen que podía ser reconocida por millones de personas, aunque no necesariamente correspondiera con la realidad.
Uno de los ejemplos más evidentes fue la representación de los pueblos indígenas, para la que en muchas ocasiones se recurrió a actores y actrices como Dolores del Río o María Félix para representar personajes indígenas, mientras se simplificaban o borraban las diferencias culturales y lingüísticas existentes entre las distintas comunidades.
Algo similar ocurrió con las ciudades. El cine creó una manera particular de hablar y de representar las vecindades, esos espacios urbanos con patios centrales y habitaciones alrededor que en la pantalla podían convertirse en lugares donde todos convivían, cantaban, se enamoraban y se ayudaban.
Cuando el cine comenzó a mirar de frente
Pero esa imagen idealizada no permaneció intacta. Frente al cine que exaltaba determinados valores nacionales surgieron películas que comenzaron a mostrar sus contradicciones.
Uno de los casos fundamentales fue Los olvidados, de Luis Buñuel, estrenada en 1950. Esta película representa un punto de inflexión porque rompió con la representación idealizada de las clases populares.
Mientras películas como Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, de Ismael Rodríguez, presentaban una imagen melodramática y estilizada de la vecindad y de sus habitantes, Buñuel llevó la cámara a barrios populares y mostró pobreza, violencia y marginación.
La película incluso fue acusada de ser antimexicana debido a que su director era extranjero. Su reconocimiento internacional, incluido el premio a la mejor dirección para Buñuel en el Festival de Cannes, contribuyó a que fuera reivindicada posteriormente en México.
Los olvidados mostró que representar a México también podía significar cuestionarlo.
De la identidad nacional al México de las crisis
Hacia los años sesenta y setenta, el nacionalismo dejó de ser el eje principal del cine mexicano. Las películas comenzaron a interesarse por otros conflictos y por formas de identidad menos cerradas.
En los años noventa apareció una nueva representación de México. Películas como Sólo con tu pareja, Cilantro y perejil y Sexo, pudor y lágrimas mostraron a personajes urbanos, profesionistas y de clase media que vivían problemas relacionados con las relaciones de pareja, la sexualidad y la vida cotidiana.
Sin embargo, esa imagen también podía ser una construcción alejada de la realidad de buena parte del país. Algunas de estas películas presentaban un México urbano, moderno y privilegiado, mientras el país atravesaba profundas crisis económicas y sociales.
El cine no necesariamente le dice a la sociedad “ustedes son así”. Más bien, toma elementos de la realidad, los selecciona y los potencia.
Amores perros y el nacimiento del cine mexicano contemporáneo
A finales del siglo XX y principios del XXI ocurrió otro cambio importante.
Para Rodríguez, Amores perros, dirigida por Alejandro González Iñárritu y estrenada en 2000, inauguró el cine mexicano contemporáneo. La película combinó una producción capaz de llegar a un público amplio con una propuesta narrativa y visual alejada de las representaciones idealizadas.
Sus tres historias entrelazadas mostraron una Ciudad de México violenta, desigual y caótica, pero también profundamente cotidiana. La ciudad dejó de ser un simple escenario para convertirse en parte fundamental de la historia.
La película apuesta por una estética realista: calles, espacios urbanos y personajes que no corresponden a la imagen limpia y estilizada que con frecuencia aparece en el cine comercial.
En esa misma transformación destacan películas como Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón, que utilizó una historia íntima para mostrar también el contexto social y político del país.





































