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Desterritorialización y reterritorialización del maíz: de monocultivo global a patrimonio biocultural de México

El maíz es el cereal que más se produce en el mundo, por encima del trigo. En nuestro país la producción total de maíz blanco es para consumo humano, no sólo como tortilla, sino también en numerosos platillos de la cocina tradicional. En los principales países productores el maíz se utiliza para fabricar jarabe de alta fructosa, aceite para cocinar, almidón de maíz, entre otros productos industriales. En Estados Unidos, por ejemplo, alrededor de 40 a 45 % de su maíz se destina a producir biocombustibles, como el etanol.

A partir del fin de la Segunda Guerra Mundial se agudizó la desterritorialización del maíz, y Estados Unidos puso las bases que le permitieron posicionarse como el principal productor del grano.

“Se conoce como desterritorialización a la producción de algún cultivo a gran escala en espacios muy lejanos a las regiones donde se domesticó. Es consecuencia de la internacionalización de los mercados y del desarrollo de un modelo agrícola de tipo productivista en el que la voluntad de los actores sociales no se toma en cuenta”, nos explicó Diana Méndez Rojas, especialista en el estudio del maíz del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC).

Los procesos de desterritorialización pueden explicarse a partir de la integración económica global, en cuyo centro está la competencia en términos de costos y beneficios, de tal manera que en la posibilidad de desterritorializar un cultivo está la disminución de sus costos de producción.

“Esto es importante señalarlo porque uno de los efectos más generalizados de la desterritorialización, en especial en el caso del maíz, es la disminución progresiva del control económico, social y cultural de las poblaciones rurales en los procesos productivos, porque a mayor producción del grano hay una menor acción colectiva”, señala la investigadora.

Una mirada al cultivo del maíz

Con datos de 2024 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), los principales productores de maíz en el mundo son Estados Unidos, con alrededor de 380 millones de toneladas; China, con cerca de 295 millones; y Brasil con más de 130 millones. Argentina produjo alrededor de 41 millones de toneladas, y México —centro de la domesticación del maíz— produjo en 2024 aproximadamente 18.7 millones de toneladas, una cifra menor a los 27 millones de años previos debido a sequías y menor superficie sembrada.

“Con estos datos se corrobora la tendencia a la desterritorialización del maíz y el proceso de convertirlo en monocultivo, pues esta especialización se ha dado en espacios alejados de los de su primera domesticación, ocurrida en Mesoamérica”, explica Méndez Rojas.

La académica considera que como entre los diez mayores productores de maíz cuatro son países americanos, el futuro del grano será definido en nuestro continente, lo que cobra mayor relevancia si tomamos en cuenta las proyecciones de que el consumo del maíz se mantendrá al alza en las próximas décadas.

Domesticación del maíz

Gracias a estudios paleobotánicos y arqueológicos sabemos que el maíz se domesticó hace aproximadamente nueve mil años en la región de la cuenca del río Balsas, en el actual estado de Guerrero.

“Sin embargo, México ocupa alrededor del séptimo u octavo lugar mundial en cuanto a producción de maíz. A diferencia de México, en Brasil, en China y en Estados Unidos el maíz no tiene una importancia cultural tan profunda, lo que facilita que la agroindustria promueva este monocultivo hipertecnologizado y que no responda a movimientos sociales en defensa de este grano, porque les resulta ajeno culturalmente”, expresa la académica.

Esto también tiene que ver con el hecho de que en territorio mexicano hay normas que impiden que el monocultivo del maíz se desarrolle siguiendo el modelo productivo de estos países. En México la liberación comercial de maíz transgénico está suspendida desde 2013 por resoluciones judiciales y decretos recientes mantienen restricciones para su uso en masa y tortilla, lo que frena replicar el modelo agroindustrial estadounidense.

Por las dimensiones espaciales de estos tres países, el cultivo de maíz y de otros cultivos biotecnológicos se hace no sólo mezclando un sistema intensivo con técnicas y semillas transgénicas, sino también sembrándolo en territorios muy extensos.

“En México no tenemos las condiciones geográficas para un cultivo a gran escala porque nuestro país es un territorio atravesado por cadenas montañosas, y no cuenta con amplias planicies equiparables a las que podemos observar en Estados Unidos; esto dificulta la mecanización, aunque existen algunas zonas productivas como Sinaloa o el Bajío”, señala la investigadora.

La geografía del país también ha contribuido a darle forma a la diversidad del maíz, que para nosotros no sólo es un grano entre muchos, sino un patrimonio biocultural. Eso también explica en parte por qué México, junto con Guatemala y otros países latinoamericanos, resguarda una gran biodiversidad del maíz, que fue desarrollada por sus cultivadores a lo largo del tiempo en diferentes nichos ecológicos, a distintas altitudes y bajo regímenes diversos de lluvia y humedad.

La mano humana en la selección de los maíces

“Ahora bien, no se puede afirmar que sólo la diversidad de altitudes hizo que el maíz fuera tan diverso, porque la fuerza creadora más importante es la mano humana, la mano colectiva que resguardó, seleccionó y reprodujo determinadas líneas de maíz frente a otras, las que al exponerse a diversas condiciones ecológicas fueron adquiriendo características que ahora nos permiten distinguirlas entre un conjunto de razas”, señala la investigadora.

De acuerdo con datos de la CONABIO (2020, vigentes en 2025), en el territorio nacional hay 64 razas identificadas, y de éstas, 59 son consideradas nativas, es decir, originalmente creadas por los cultivadores que han trabajado la tierra en lo que hoy es nuestro país.

Estas variedades de maíz ahora se pueden cultivar más allá de nuestro territorio, pero su proceso de diversificación se ha reconstruido a partir de evidencia genética y botánica. Es decir, surgieron gracias a las comunidades que habitaban en nuestro territorio.

Difícilmente la capacidad de Estados individuales podrá enfrentar a corporaciones como Monsanto —hoy Bayer—, empresas que no sólo producen gran parte del maíz híbrido y transgénico, sino que también detentan la propiedad intelectual de muchas semillas.

México es un productor importante de este grano, pero también es uno de los principales importadores. La mayor parte del maíz amarillo que se importa —destinado a forraje e industria— es transgénico; el maíz blanco para tortilla sigue siendo principalmente nacional.

A veces no sabemos en cuáles productos estamos consumiendo maíz transgénico, porque no es sólo en las tortillas o en determinadas harinas: también aparece en otros productos que a primera vista parecen no tener relación con el maíz, pero si revisamos los ingredientes descubriremos su presencia.

“Uno de estos productos que a veces es invisible a los ojos del consumidor es el jarabe de alta fructosa, un endulzante que se consume en diferentes preparaciones industriales, quizá el ejemplo más común sea el refresco”, explica Méndez Rojas.

Reterritorialización del maíz

Es importante reterritorializar el maíz a partir de reivindicar su uso primario como alimento. En sociedades como la mexicana no es un grano complementario ni ocasional.

“Hasta ahora hemos hablado de los usos materiales o económicos del maíz, pero el maíz es valioso también por su valor cultural”, señala Méndez Rojas. “El maíz es motivo de identidad, es elemento de cohesión comunitaria y eso también es importante. Reterritorializar al maíz en esa dirección nos permite reconocer la valía que tiene para los pueblos y comunidades de nuestro país”.

La propuesta de reterritorialización consiste en volver a situar a estos cultivos bajo técnicas agroecológicas y sustentables, priorizando el consumo alimenticio directo y beneficiando a las comunidades que lo siembran.

Esto no sólo contribuye a la seguridad alimentaria, sino que devuelve a las comunidades el control económico, social y cultural de los procesos productivos, frente a la lógica de la propiedad privada y el modelo agroindustrial.

“Si las semillas transgénicas se han propagado por el mundo, también podemos aspirar a que, bajo acuerdos consensuados con los productores, las semillas nativas puedan viajar y ser motivo de solidaridad. Esta sería una forma de reterritorialización”, finaliza Diana Méndez Rojas.