Los recientes sismos registrados en Venezuela, donde dos movimientos telúricos de gran intensidad sacudieron al país en un corto intervalo y provocaron el colapso de diversas estructuras, volvieron a poner en evidencia la complejidad de las labores de búsqueda y rescate.
Las imágenes de rescatistas removiendo escombros, perros especializados recorriendo edificios derrumbados y cientos de voluntarios sumándose a las tareas de auxilio recordaron inevitablemente en México lo ocurrido el 19 de septiembre de 2017 en la Ciudad de México, cuando un terremoto movilizó a instituciones, cuerpos de emergencia y ciudadanos en un esfuerzo conjunto por localizar sobrevivientes.

Cada desastre deja enseñanzas que fortalecen los protocolos de actuación. Detrás de cada rescate existe una planeación minuciosa, equipos altamente capacitados, tecnología especializada y una coordinación precisa que busca aprovechar al máximo las primeras horas posteriores al colapso de una estructura.
Pero ¿por qué las primeras 72 horas son consideradas tan importantes en las labores de rescate?
Este periodo representa una referencia internacional construida a partir de estudios y experiencias acumuladas durante décadas de atención a desastres. No se trata de un límite exacto de supervivencia, sino de un lapso en el que las probabilidades de encontrar personas con vida suelen ser mayores y la respuesta de los equipos de emergencia resulta fundamental.
Para Julio Velázquez Rodríguez, coordinador de la Unidad Canina de Búsqueda y Rescate de la UNAM (UNAMK9), las 72 horas no deben interpretarse como un plazo definitivo que determine cuánto tiempo puede sobrevivir una persona atrapada bajo los escombros.
“La supervivencia de una persona depende de numerosos factores. Las lesiones sufridas, el espacio donde quedó atrapada la víctima, la disponibilidad de oxígeno, la temperatura, la estabilidad de la estructura e incluso el estado emocional de la persona pueden aumentar o disminuir significativamente sus posibilidades de sobrevivir”, comentó.
Además, las condiciones de salud de las víctimas representan un factor determinante durante un rescate. Las personas con enfermedades crónicas, problemas cardiovasculares, diabetes, obesidad o lesiones graves pueden enfrentar mayores riesgos conforme transcurren las horas.
El desafío de permanecer sin agua ni alimento
Uno de los análisis médicos más citados sobre la supervivencia sin alimentos ni líquidos es el estudio de Kottusch, Tillmann y Püschel, publicado en 2009 en la revista alemana Archiv für Kriminologie. Los autores revisaron casos documentados de personas atrapadas o enterradas vivas y señalaron que la supervivencia sin ingerir comida ni agua puede prolongarse aproximadamente de 8 a 21 días, dependiendo de las condiciones específicas de cada caso.
Los investigadores destacaron que la falta de agua representa un riesgo mucho mayor que la ausencia de alimento, debido a que el organismo depende de ella para mantener funciones esenciales como la circulación, la regulación de la temperatura, la actividad cerebral y el funcionamiento de los riñones.
Ante la ausencia de comida, el cuerpo activa mecanismos de adaptación. Primero utiliza la glucosa almacenada en forma de glucógeno; posteriormente, recurre a las reservas de grasa y produce cuerpos cetónicos como fuente de energía. En etapas avanzadas, cuando esas reservas disminuyen, comienza a degradar proteínas de los músculos, incluidos tejidos necesarios para mantener funciones vitales.
Por esta razón, los equipos de búsqueda y rescate deben movilizarse en el menor tiempo posible. Para lograrlo, las brigadas mantienen procedimientos establecidos, personal asignado, herramientas listas para utilizarse y protocolos definidos que les permiten responder prácticamente de inmediato ante una emergencia.
Sin embargo, Velázquez Rodríguez recalcó que las 72 horas deben entenderse principalmente como una ventana de oportunidad para actuar con rapidez y no como un plazo límite para suspender las labores de búsqueda. La experiencia demuestra que existen casos en los que algunas personas han logrado sobrevivir durante periodos mucho más prolongados y bajo condiciones extremas, por lo que cada operación de rescate continúa mientras existan posibilidades de encontrar sobrevivientes.
Así se organiza un equipo de búsqueda y rescate
Los equipos especializados en búsqueda y rescate urbano, conocidos internacionalmente como USAR, por las siglas en inglés de Urban Search and Rescue, integran personal con distintas funciones.
En estas brigadas participan especialistas en evaluación estructural, operadores de herramientas de corte, técnicos en apuntalamiento, personal médico, expertos en localización electrónica y binomios caninos.
Cada integrante desempeña una función específica y todas las acciones se desarrollan bajo una coordinación estricta que permite reducir riesgos y aumentar las probabilidades de éxito.
La solidaridad ciudadana también salva vidas
En estas labores, no puede dejarse de lado el apoyo de la comunidad. El coordinador de la UNAMK9 recordó que, en grandes terremotos como el ocurrido en la Ciudad de México en 2017, una parte importante de las personas atrapadas es rescatada inicialmente por familiares, vecinos y ciudadanos que actúan de manera espontánea. Este impulso solidario resulta natural y forma parte de la respuesta social ante una tragedia.
Sin embargo, advirtió que una ayuda desorganizada también puede convertirse en un riesgo. Caminar sobre estructuras inestables, acumular peso sobre una losa o remover escombros sin conocer el comportamiento del edificio puede provocar nuevos colapsos o agravar las lesiones de quienes permanecen atrapados. Por ello, una vez que llegan los equipos especializados, la recomendación es que la población continúe ayudando, pero siguiendo las indicaciones de los rescatistas.
Actividades como formar cadenas humanas para retirar materiales, trasladar herramientas o colaborar en tareas logísticas permiten aprovechar la fuerza de los voluntarios sin comprometer la seguridad de la operación.
Tecnología al servicio del rescate
Las labores de búsqueda cuentan actualmente con herramientas que hace algunos años eran impensables.
Los equipos especializados utilizan cámaras térmicas para detectar diferencias de temperatura, cámaras de inspección que pueden introducirse entre los escombros, micrófonos de alta sensibilidad capaces de captar voces o golpes y sensores que detectan vibraciones mínimas producidas por el cuerpo humano.
Estas herramientas permiten localizar posibles sobrevivientes incluso cuando no existe contacto visual.
Para obtener resultados precisos, suele ser necesario detener la maquinaria pesada y solicitar silencio absoluto alrededor de la zona de búsqueda, ya que cualquier ruido puede interferir con las lecturas de los equipos electrónicos.
Julio Velázquez consideró que el desarrollo tecnológico continuará transformando estas operaciones y no descartó que, en el futuro, los robots desempeñen un papel cada vez más importante en los escenarios de desastre.
Los perros, aliados indispensables
A pesar del avance tecnológico, los perros continúan siendo una de las herramientas más eficaces durante las labores de búsqueda. Gracias a su extraordinario sentido del olfato, son capaces de detectar la presencia humana entre toneladas de concreto, acero y otros materiales.
En el caso de la UNAM, explicó el coordinador, los binomios caninos son entrenados principalmente para localizar personas con vida. Sin embargo, también existen perros especializados en la detección de personas fallecidas.
Cuando un perro marca un punto de interés, la señal se verifica mediante cámaras, sensores, micrófonos y otros recursos tecnológicos para confirmar la presencia de una víctima.
Además, los rescatistas realizan llamados de voz y utilizan lámparas y megáfonos para intentar establecer comunicación con quienes permanecen atrapados.
El bienestar de rescatistas y perros también importa
Las jornadas de búsqueda representan un enorme desgaste físico y emocional tanto para las personas como para los perros.
Los rescatistas establecen periodos de trabajo y descanso que permiten mantener el rendimiento del personal durante varios días de operación.
En el caso de los perros, compartió Velázquez Rodríguez, las intervenciones suelen ser mucho más cortas debido al intenso esfuerzo físico y mental que implica desplazarse sobre estructuras inestables mientras utilizan continuamente el olfato.
“Los guías supervisan constantemente su condición física, los hidratan, les proporcionan una alimentación adecuada y los mantienen alejados del ruido y del movimiento cuando terminan una búsqueda. También realizan ejercicios de calentamiento antes de cada intervención para reducir el riesgo de lesiones”, agregó.
Dentro de esta preparación, también se contempla el escenario en el que los perros pueden pasar varias horas sin localizar personas. En esos casos, los canes participan en ejercicios controlados en los que encuentran a una persona escondida y reciben una recompensa inmediata. Estas prácticas fortalecen su motivación y mantienen activo su interés por seguir buscando durante ese mismo evento o en futuras operaciones.
Preparación, coordinación y solidaridad
Los recientes sismos en Venezuela, al igual que el terremoto de 2017 en la Ciudad de México, demuestran que salvar vidas después de un desastre depende de la suma de muchos factores.
La rapidez de respuesta, la preparación de los equipos, la coordinación entre instituciones, el uso de tecnología especializada, el apoyo organizado de la ciudadanía y el trabajo de los binomios caninos conforman una estrategia integral cuyo objetivo es aprovechar al máximo cada minuto.
Aunque las primeras 72 horas continúan siendo consideradas la etapa más crítica para encontrar sobrevivientes, los especialistas recuerdan que cada rescate es distinto. Mientras existan condiciones de seguridad y permanezca la posibilidad de localizar personas con vida, la búsqueda continúa, impulsada por la preparación, la experiencia y la esperanza de devolver a alguien con su familia.





































