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Lo que no se ve en el ring: los riesgos y el precio de ser luchador en México

Rey Destroyer tenía 22 años cuando, a principios de marzo de 2024, sufrió una caída durante una función de lucha libre en Monterrey. Tras caer sobre la lona, logró reincorporarse, pero se desvaneció segundos después. Fue trasladado a un hospital, donde permaneció internado durante varios días. Sus compañeros organizaron actividades para ayudar a su familia a cubrir los gastos médicos. El luchador murió el 12 de marzo, después de las lesiones sufridas en el cuadrilátero.

El caso de Rey Destroyer muestra lo que puede ocurrir cuando un accidente se presenta en un oficio en el que la protección laboral resulta insuficiente para muchos de sus integrantes. Una lesión no solo puede poner en riesgo la salud de un luchador: también puede representar un problema económico para él y su familia y afectar su posibilidad de continuar trabajando.

De acuerdo con Carlos Juárez Gutiérrez, becario posdoctoral del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM e investigador de las condiciones laborales en la lucha libre profesional mexicana, esta situación forma parte de un problema más amplio. Las formas de contratación, la distribución de las oportunidades de trabajo y las diferencias entre quienes participan en las grandes empresas y quienes lo hacen en el circuito independiente configuran un mercado laboral marcado por distintas dimensiones de la precariedad.

Un mercado laboral desigual

Para comprender las condiciones laborales de los luchadores es necesario entender que la lucha libre mexicana funciona como un mercado laboral segmentado, en el que conviven las grandes empresas y las promotoras independientes, explicó Juárez Gutiérrez.

En las empresas existen diferentes modalidades de contratación. Algunos luchadores mantienen vínculos continuos con una compañía, mientras que otros son convocados únicamente para determinadas funciones. En el circuito independiente, señaló el investigador, son frecuentes los acuerdos informales y de palabra: los luchadores reciben fechas para participar sin que necesariamente exista un contrato escrito que establezca con claridad sus condiciones laborales.

Esta informalidad no significa que carezcan de derechos. La Ley Federal del Trabajo incluye expresamente a los luchadores en su capítulo sobre deportistas profesionales y contempla relaciones laborales por tiempo determinado, por tiempo indeterminado o para uno o varios eventos. Además, la falta de un contrato escrito no elimina los derechos derivados de una relación de trabajo.

En la práctica, el acceso a las funciones depende, en buena medida, de promotores, empresarios y encargados de programarlas. La cantidad de presentaciones puede cambiar constantemente y, con ella, también los ingresos. Para los luchadores independientes, dejar de ser programados puede significar una pérdida económica y una disminución de su presencia en las carteleras y de su visibilidad ante el público.

La posición que ocupa cada luchador dentro de una función constituye otro elemento determinante. El trabajo se organiza mediante un escalafón en el que existen preliminaristas, semifinalistas y estelaristas. Las luchas preliminares suelen ofrecer espacios a quienes comienzan su trayectoria o cuentan con menor reconocimiento, aunque la posición en la cartelera no corresponde de manera automática con los años de experiencia.

Alcanzar los niveles superiores tampoco depende únicamente de la capacidad deportiva. El reconocimiento del público, la experiencia, las relaciones dentro del gremio y las decisiones de los promotores influyen en las oportunidades que recibe cada luchador. Quienes ocupan las posiciones estelares suelen obtener mejores remuneraciones, mientras que quienes participan en las luchas iniciales reciben ingresos más bajos. La presencia de una figura consolidada puede, además, favorecer la venta de entradas.

Según el investigador, esta estructura también produce diferencias entre las mujeres, los luchadores de la categoría mini y los llamados exóticos. Estos últimos construyen personajes que juegan con expresiones de género y convenciones de la masculinidad. Juárez Gutiérrez considera que las barreras que estos grupos han enfrentado para acceder a mejores posiciones pueden constituir formas de discriminación laboral.

La división femenil, por ejemplo, ha encontrado obstáculos para alcanzar el mismo protagonismo que la varonil. Incluso luchadoras con trayectorias reconocidas pueden tener dificultades para ocupar el lugar estelar de una función. En el caso de los minis, el investigador señaló que su presentación como acompañantes o versiones de otros personajes ha limitado, en ciertos contextos, el reconocimiento de sus propias carreras. Los exóticos, por su parte, han enfrentado prejuicios de promotores, compañeros y sectores del público.

Las cuatro dimensiones de la precariedad laboral

Estas desigualdades se desarrollan dentro de un mercado en el que Juárez Gutiérrez identifica cuatro dimensiones principales de precariedad: la temporalidad e inestabilidad del empleo, la insuficiencia de los ingresos, la desprotección laboral y la vulnerabilidad frente a los riesgos del trabajo.

La primera corresponde a la inestabilidad laboral. Los luchadores no siempre tienen certeza sobre la continuidad de sus contrataciones, ya que su participación depende de la programación de las funciones. Una lesión, una decisión de los promotores o un cambio en las preferencias del público puede modificar su agenda. Para quienes se encuentran en el circuito independiente, una reducción o interrupción de las presentaciones puede significar la desaparición inmediata de los ingresos provenientes de esta actividad.

La segunda dimensión es la insuficiencia de los ingresos. El investigador describe una estructura piramidal en la que un grupo reducido concentra reconocimiento y mejores remuneraciones, mientras que otros participantes permanecen en posiciones menos favorecidas.

En el circuito independiente hay luchadores que reciben cantidades muy bajas por función. Algunos tienen otros empleos y utilizan la lucha libre como una actividad complementaria; otros continúan participando principalmente por vocación o por el deseo de permanecer dentro del gremio, aun cuando la remuneración económica sea mínima.

La tercera dimensión es la desprotección laboral. De acuerdo con Juárez Gutiérrez, entre los trabajadores estudiados existen casos sin acceso efectivo a prestaciones como aguinaldo, vacaciones pagadas o seguridad social. Ante una lesión, algunos terminan cubriendo por su cuenta consultas, tratamientos y procesos de rehabilitación.

El problema radica tanto en las modalidades de contratación como en las dificultades para reconocer las relaciones laborales y hacer efectivos los derechos correspondientes. Que una persona sea presentada como luchador independiente no permite determinar, por sí solo, cuáles son sus derechos u obligaciones: deben considerarse las condiciones reales en las que presta sus servicios.

Esta desprotección provoca que una parte importante del riesgo recaiga directamente sobre el trabajador. Una lesión derivada de una actividad de gran exigencia física puede convertirse también en un problema económico para el luchador y su familia.

La cuarta dimensión corresponde a la vulnerabilidad frente a los riesgos laborales. El cuerpo constituye la principal herramienta de trabajo de los luchadores y está sometido a golpes, caídas y esfuerzos físicos. Por ello, una lesión puede reducir sus oportunidades de participación, afectar sus ingresos y provocar su desplazamiento dentro de las carteleras.

La precariedad económica puede incluso llevar a algunos a ocultar o minimizar sus lesiones para no perder fechas de trabajo, señaló el investigador. Detenerse significa dejar de percibir ingresos y, en un mercado caracterizado por la inestabilidad, una ausencia prolongada puede traducirse en pérdida de espacios y visibilidad.

De esta manera, las cuatro dimensiones están estrechamente relacionadas. La inestabilidad laboral genera incertidumbre económica; los bajos ingresos dificultan afrontar los costos de una lesión; la falta de protección efectiva obliga al trabajador a asumir sus consecuencias, y ese mismo riesgo puede reducir sus oportunidades futuras de empleo.

El trabajo más allá del ring

Las condiciones laborales también tienen consecuencias en la vida personal. Según Juárez Gutiérrez, quienes participan constantemente en giras y funciones pueden enfrentar viajes frecuentes, horarios irregulares de alimentación, pocas horas de sueño y escaso tiempo para convivir con sus familias.

Esta dinámica puede provocar ausencias durante acontecimientos importantes y dificultades para conciliar el trabajo con la vida familiar. La exigencia física y laboral de la profesión contrasta con la percepción que en ocasiones tiene el público, que observa únicamente el momento del espectáculo sin conocer las condiciones que existen detrás de él.

Además, la precariedad no afecta exclusivamente a los luchadores. La lucha libre depende de numerosos trabajadores: quienes instalan y mantienen los cuadriláteros, el personal de audio y video, los réferis y los anunciadores. Sus condiciones también forman parte del funcionamiento de esta industria.

La disputa por los personajes

A las dimensiones anteriores se suma el problema de la propiedad y explotación de los personajes. En la lucha libre, el nombre, la máscara y otros elementos de identificación constituyen una parte fundamental de la trayectoria y del valor comercial del luchador.

Sin embargo, los derechos sobre esos elementos no siempre pertenecen a quien interpreta al personaje. Dependiendo de los registros y acuerdos existentes, una empresa u otra persona puede ser titular de determinados derechos, lo que puede limitar su uso cuando termina una relación profesional.

La protección de estos elementos involucra distintas figuras de propiedad intelectual. Entre ellas se encuentran las reservas de derechos al uso exclusivo de personajes y nombres artísticos ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor, así como los registros de marca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. Sus alcances son diferentes y dependen de lo que se haya protegido.

Por ello, registrar y defender un nombre o personaje puede requerir recursos, tiempo y asesoría especializada. Para un luchador, una disputa de este tipo puede comprometer una identidad profesional que ha construido durante años y limitar sus posibilidades de obtener ingresos a partir de ella.

El envejecimiento y la pérdida de espacios laborales

El envejecimiento constituye otro de los problemas de la profesión. Juárez Gutiérrez advierte que las oportunidades para aprovechar la experiencia de quienes ya no pueden participar con la misma intensidad resultan insuficientes. Cuando disminuyen las capacidades físicas, algunos luchadores pueden perder contrataciones y reconocimiento entre ciertos sectores de la afición.

En su análisis, esta situación se agrava por la pérdida de espacios de trabajo. Las arenas pequeñas han permitido que los luchadores locales se desarrollen y compartan funciones con figuras provenientes de empresas importantes. El cierre de estos recintos reduce las oportunidades de presentación y dificulta tanto la continuidad de las trayectorias como la formación de nuevos talentos.

La falta de espacios también puede limitar las posibilidades de quienes buscan transmitir su experiencia como entrenadores, instructores, visores o formadores de nuevas generaciones. Al mismo tiempo, plantea dificultades para la preservación de los conocimientos y las prácticas de la lucha libre.

“Esto es especialmente importante porque la lucha libre posee saberes y técnicas específicas que forman parte de su patrimonio cultural. Entre ellas se encuentra el tradicional trabajo a ras de lona y el uso de llaves, elementos que históricamente fueron fundamentales para distinguir a la lucha libre mexicana y que han ido perdiendo presencia frente a otros estilos más orientados al espectáculo y a los vuelos”, comentó Carlos Juárez.

La enseñanza del oficio también ha formado parte de sus investigaciones. En un artículo sobre experiencias formativas, el académico recuperó las narrativas de siete instructores y observaciones realizadas en gimnasios para analizar cómo se transmiten estos conocimientos.

El debilitamiento de la organización colectiva

A las condiciones de precariedad laboral se suma una organización colectiva débil, señala el investigador, aunque advierte que no siempre fue así.

De acuerdo con su reconstrucción de la historia del gremio, durante las décadas de 1970 y 1980 la organización sindical permitió fortalecer una identidad compartida y negociar determinadas condiciones laborales. El sindicato contaba con un tabulador salarial y tenía capacidad de interlocución con empresarios y promotores.

Aunque estaba vinculado con el sindicalismo corporativo mexicano y no necesariamente era una organización independiente y confrontativa, representaba una forma de contención frente a los intereses empresariales. “Permitía que los luchadores se reconocieran como integrantes de un mismo gremio y defendieran colectivamente determinadas condiciones”, explicó.

Según Juárez Gutiérrez, durante la década de 1990 esa organización entró en crisis. La pérdida de recursos y el debilitamiento de la dirigencia coincidieron con transformaciones del mercado, el surgimiento de nuevas empresas y cambios en las formas de contratación. La competencia entre promotoras contribuyó a dividir al gremio.

En su interpretación, esta transformación produjo también una fractura en la manera en que los luchadores se reconocían entre sí. La competencia por oportunidades, contratos, lugares en las carteleras y espacios de exposición ganó terreno frente a la identidad colectiva.

La contratación individualizada y la disputa por las funciones contribuyeron, así, a debilitar las posibilidades de organización. Esto no significa que hayan desaparecido la solidaridad o las iniciativas de apoyo entre compañeros, sino que resulta más difícil convertirlas en mecanismos permanentes de defensa laboral.

En un mercado donde los promotores y las empresas tienen un peso considerable sobre la asignación de oportunidades, intentar organizarse puede representar un riesgo para el trabajador. El investigador identifica el temor a los llamados “bloqueos”: dejar de ser contratado, perder lugares en las carteleras, no ser programado en determinadas plazas o quedar fuera de ciertas rivalidades.

Aunque no medie una comunicación formal de despido, un luchador puede ver reducidas sus oportunidades de trabajo. Esa posibilidad favorece que algunos busquen resolver individualmente sus problemas y eviten acciones que consideran capaces de afectar su continuidad.

Esto produce una situación paradójica: quienes más necesitan organizarse para defender sus derechos pueden ser precisamente quienes tienen mayores dificultades para hacerlo. El miedo a perder el trabajo genera desánimo y limita la participación.

Por ello, la desunión gremial no puede explicarse únicamente como falta de interés o solidaridad entre trabajadores. En el análisis de Juárez Gutiérrez, también responde a relaciones laborales asimétricas, precariedad, competencia y temor a represalias.

¿Qué se puede hacer?

En este contexto, la declaratoria de la lucha libre como patrimonio cultural intangible de la Ciudad de México, realizada en 2018, representa un reconocimiento importante. Refuerza su valor como expresión de identidad y como una tradición sostenida por conocimientos, técnicas y prácticas compartidas.

La declaratoria contempló una comisión encargada de instrumentar un plan de salvaguarda. De hecho, el Consejo de Fomento y Desarrollo Cultural capitalino había autorizado y validado ese plan en febrero de 2018. Se trata de un reconocimiento del Gobierno de la Ciudad de México, distinto de una inscripción en las listas de patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO.

Sin embargo, la existencia de un reconocimiento y de instrumentos de salvaguarda no garantiza, por sí sola, mejores condiciones laborales. El reto consiste en que las políticas de preservación y promoción también contemplen la protección de quienes hacen posible el espectáculo y permitan evaluar sus resultados.

En este sentido, como sostiene Carlos Juárez, puede hablarse de una “patrimonialización del espectáculo” cuando se reconocen la tradición, los personajes, las técnicas y el valor turístico de las funciones, pero no se atienden con la misma intensidad las condiciones de quienes producen ese patrimonio. Para evitarlo, sería necesario articular políticas culturales, laborales y deportivas que atiendan de manera conjunta las distintas dimensiones de la actividad.

Para el Dr. Juárez , una primera medida sería conocer las dimensiones reales del gremio. La creación de un padrón de luchadores profesionales permitiría identificar cuántas personas trabajan en la actividad, bajo qué modalidades y cuáles son sus principales necesidades. A partir de esta información podrían diseñarse políticas públicas más específicas.

También sería necesario fortalecer la formación y preservar los conocimientos de la lucha libre. Esto podría incluir mecanismos de certificación para instructores e instructoras, así como un mapeo de gimnasios y espacios de enseñanza. Apoyar la continuidad y recuperación de las arenas y los centros de trabajo ampliaría las oportunidades para nuevos talentos y para quienes buscan transmitir su experiencia.

Otro frente corresponde a las condiciones laborales. Además de revisar los mecanismos de supervisión de promotores y empresarios, es necesario hacer efectivos los derechos existentes y establecer con claridad las condiciones de contratación. También podrían discutirse parámetros o tabuladores de pago que consideren las diferencias entre empresas, funciones y categorías.

La protección frente a los riesgos físicos constituye otro aspecto fundamental. La lucha libre es una actividad de gran exigencia corporal en la que pueden producirse lesiones graves. La Ley Federal del Trabajo establece, entre las obligaciones especiales de los patrones de deportistas profesionales, mantener un servicio médico que realice reconocimientos periódicos; también prohíbe exigir esfuerzos excesivos que pongan en peligro la salud o la vida.

Para quienes trabajan por cuenta propia, facilitar el acceso a la seguridad social y a coberturas adecuadas para los riesgos de la profesión representa otra vía de protección. Los seguros privados pueden complementar estos mecanismos, pero no sustituyen las obligaciones que correspondan cuando existe una relación laboral.

Finalmente, según lo propuesto en la investigación desarrollada en el IIS UNAM , cualquier política de protección tendría que considerar la participación de los propios luchadores. La debilidad de la organización colectiva es uno de los problemas identificados en este texto; por ello, las medidas que se diseñen difícilmente podrán ser efectivas si quienes trabajan en el gremio no participan en su elaboración y aplicación. La protección del patrimonio cultural de la lucha libre debería incluir también la protección de las personas que mantienen vivo ese patrimonio.

Ver más allá de los encordados

Detrás de cada función existe una red de trabajadores que sostiene una tradición ampliamente reconocida, pero cuyas condiciones pueden estar marcadas por la inestabilidad, los bajos ingresos, la falta de protección efectiva y los riesgos físicos.

Reconocer su labor requiere generar condiciones que les permitan continuar ejerciendo y transmitiendo este oficio, acceder a sus derechos y construir una trayectoria dentro y fuera del ring.

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Queso cotija: un alimento tradicional que esconde ciencia en su elaboración

México posee una amplia tradición quesera que forma parte de su riqueza gastronómica y cultural. La elaboración de quesos se desarrolló a partir de la introducción de la ganadería y de técnicas europeas durante el periodo colonial, las cuales se combinaron con los conocimientos y costumbres de las comunidades locales. Con el paso del tiempo, cada región desarrolló sus propias formas de producción, dando origen a una gran variedad de quesos.

Esta diversidad se encuentra estrechamente relacionada con las características de cada territorio, como el clima, la alimentación del ganado, el tipo de leche y las técnicas empleadas durante su elaboración y maduración. Por ello, los quesos mexicanos representan no solo una fuente de alimento, sino también una expresión de las tradiciones y de la identidad de las comunidades que los producen.

Entre esta diversidad destaca el queso cotija artesanal de la sierra de Jalmich, una región ubicada entre Michoacán y Jalisco. Su elaboración, sus características particulares y su importancia dentro de la gastronomía regional lo convierten en un referente de la tradición quesera mexicana.

Pero detrás de una pieza de queso cotija hay mucho más que leche, sal y tiempo. Durante su elaboración y maduración ocurren transformaciones en las que participan enzimas, microorganismos y diferentes componentes de la leche. Estos procesos son los que, poco a poco, permiten que el queso adquiera su textura, aroma y sabor característicos.

Elaboración del queso

Para comprender cómo se producen estas transformaciones, es necesario comenzar por los ingredientes y las técnicas empleadas durante la elaboración. La doctora Maricarmen Quirasco Baruch, académica de la Facultad de Química (FQ) de la UNAM, explicó el papel de la leche, la sal y el cuajo en este proceso.

El cotija artesanal de esta región se elabora con leche cruda de vaca, es decir, sin pasteurizar. Esta característica es relevante para comprender la comunidad de microorganismos que participa en su maduración, como describen las investigaciones de la UNAM sobre su microbiota.

Entre estos ingredientes, la leche tiene un papel fundamental. Proviene de ganado criado en pastoreo libre, que incluye animales criollos y cruzas con cebú y otras razas. Esto es importante porque la alimentación del ganado puede influir en la composición de la leche y, posteriormente, en las características del queso.

En el proceso descrito por la especialista se utiliza sal de la laguna de Cuyutlán, en Colima. Además de aportar sabor, tiene una función importante durante la elaboración y maduración: contribuye a la salida del suero y modifica las condiciones en las que pueden desarrollarse los microorganismos presentes en el queso.

Con estos ingredientes comienza un proceso en el que la leche va adquiriendo poco a poco las características propias del queso. Primero se realiza el ordeño manual del ganado. Posteriormente, la leche se traslada al lugar destinado para la elaboración, donde se incorpora el cuajo.

El cuajo de origen animal contiene quimosina, una enzima que actúa sobre una de las proteínas de la leche, la kappa-caseína. Esta acción permite que las caseínas se agrupen y formen una red que retiene grasa y parte del agua, dando lugar a la cuajada. En términos sencillos, este es uno de los primeros momentos en que la leche comienza a convertirse en queso.

Una vez formada, la cuajada se corta y se deja reposar para facilitar la separación del suero. Este es el líquido que se separa de la cuajada y contiene principalmente agua, además de lactosa, proteínas del suero, minerales y otras sustancias disueltas. No todas las proteínas de la leche quedan retenidas en el queso.

El aspecto del suero también sirve como referencia para los productores. Normalmente presenta una tonalidad amarillenta o verdosa y una apariencia translúcida. El matiz verdoso se relaciona con la riboflavina, también conocida como vitamina B2. Un aspecto más blanquecino puede indicar pérdidas de grasa o de partículas de cuajada, aunque el color por sí solo no permite determinar el rendimiento.

Después, la cuajada se coloca en una manta para favorecer la salida del suero y se manipula antes de incorporar manualmente la sal. Además de aportar sabor, este paso modifica la humedad y la disponibilidad de agua para los microorganismos, lo que favorece a algunos y dificulta el crecimiento de otros.

A continuación, la cuajada salada se moldea y se prensa. En la elaboración tradicional pueden utilizarse piedras como peso para facilitar la salida del suero y dar consistencia a la pieza. Las condiciones del prensado pueden variar según el tamaño del queso y las prácticas de cada productor.

Una vez prensado, el queso se desmolda y puede observarse en su superficie la trama de la tela utilizada. Después se realiza el fajado, que ayuda a mantener su forma, y se coloca una tela para protegerlo de los insectos. Finalmente, se lleva a cabo el oreado y comienza la etapa que dará lugar a buena parte de sus características sensoriales: la maduración.

La maduración del queso

El queso cotija artesanal de la región se madura durante un mínimo de tres meses. Durante este periodo pierde humedad, puede cambiar de color y desarrolla diferentes características de aroma, sabor y textura. Estos cambios son resultado de procesos químicos, bioquímicos y microbiológicos que ocurren de manera gradual, explicó la doctora Quirasco Baruch.

Una vez que el queso entra en maduración, los componentes de la leche que quedaron en la cuajada continúan transformándose. Desde el punto de vista bioquímico, los azúcares residuales, los lípidos y las proteínas experimentan diferentes modificaciones. Como resultado, se producen sustancias que contribuyen a las características finales del queso.

En el caso de los azúcares, los microorganismos utilizan la lactosa, principalmente durante la elaboración y las primeras etapas de maduración. A partir de ella pueden producir ácido láctico y otros compuestos que modifican la acidez y ayudan a definir las condiciones en las que se desarrolla la comunidad microbiana del queso.

Los lípidos también se transforman durante la maduración. Mediante la acción de enzimas pueden liberarse ácidos grasos, algunos de los cuales contribuyen directamente al sabor y al aroma o se convierten en otras sustancias con efectos sensoriales.

Por su parte, las proteínas, especialmente las caseínas, se van degradando en moléculas más pequeñas, como péptidos y aminoácidos. Estos últimos pueden transformarse posteriormente en sustancias que también contribuyen a las características del queso.

De esta manera, la transformación de azúcares, lípidos y proteínas genera una variedad de moléculas que, en conjunto, participan en el aroma y el sabor. Su efecto depende tanto de la cantidad en que se encuentran como de su combinación con otros compuestos. Por ello, la presencia de una sola sustancia no basta para explicar el perfil sensorial de una pieza.

El análisis metagenómico realizado por investigadores de la UNAM permitió identificar, además de microorganismos, genes relacionados con procesos que pueden contribuir a esas transformaciones. Esta información revela capacidades metabólicas de la comunidad microbiana, aunque no equivale por sí sola a medir los compuestos aromáticos presentes en cada queso.

Por esta razón, la especialista de la FQ definió al queso cotija como una especie de “perfume complejo”, ya que sus características sensoriales dependen de la combinación y proporción de numerosos compuestos.

Sin embargo, estas transformaciones no ocurren de manera aislada. Detrás de buena parte de ellas se encuentra una comunidad de microorganismos que también cambia conforme avanza la maduración.

Los pequeños habitantes del queso

Desde la microbiología, el estudio de los microorganismos, el queso cotija también ofrece mucho que explorar.

La doctora Quirasco Baruch destacó la gran diversidad microbiana de este alimento. En un estudio publicado en 2016, su equipo identificó, mediante el análisis del material genético, tres géneros dominantes y más de 500 géneros no dominantes de bacterias y arqueas.

Este resultado describe la diversidad detectada en el queso analizado; no significa que todas las piezas contengan exactamente los mismos microorganismos o que estos se encuentren en las mismas proporciones. Entre los grupos predominantes destacan las bacterias lácticas, que participan en la fermentación y en otras transformaciones del alimento.

Entre las especies predominantes identificadas se encuentran Leuconostoc mesenteroides, Weissella paramesenteroides y Lactiplantibacillus plantarum, antes denominada Lactobacillus plantarum. Estas bacterias pueden contribuir al desarrollo de características como el sabor y el aroma. El cambio de nombre de esta última especie corresponde a una actualización de su clasificación científica.

Además de estos microorganismos predominantes, el análisis detectó otros grupos en proporciones menores, incluidas arqueas, que pertenecen a un dominio de la vida distinto del de las bacterias. La identificación de material genético permite conocer esa diversidad, pero no demuestra por sí sola que todos los microorganismos detectados estén vivos o metabólicamente activos.

Esta diversidad se relaciona con las características propias de la elaboración tradicional del queso cotija. Los microorganismos pueden provenir de la leche, la sal, las superficies utilizadas durante su elaboración y el ambiente, por lo que el queso se convierte en un ecosistema en el que interactúan diferentes comunidades microbianas.

A medida que avanza la maduración, las condiciones del queso también cambian. Disminuye la humedad, se redistribuye la sal y se modifican otras características del alimento, como la acidez y la disponibilidad de nutrientes. Como consecuencia, algunos microorganismos encuentran mejores condiciones para desarrollarse, mientras que otros disminuyen.

Por ello, la microbiota que finalmente se encuentra en el queso es el resultado de una interacción dinámica entre los microorganismos y las condiciones de elaboración y maduración.

Esto no significa que todos los microorganismos presentes sean iguales o que su presencia sea necesariamente positiva. En un alimento artesanal es importante distinguir entre los que participan en el desarrollo de sus características y aquellos que pueden provocar alteraciones o representar un riesgo para la inocuidad. Por ello, las condiciones de elaboración, higiene y maduración son fundamentales.

Una combinación de tradición y ciencia

Todo lo anterior permite observar que la elaboración del queso cotija no consiste únicamente en seguir una serie de pasos tradicionales. Cada una de estas etapas modifica las condiciones físicas, químicas y microbiológicas del alimento, y estos cambios influyen en las características que finalmente llegan a la mesa.

Así, detrás de una pieza de queso cotija existe una compleja interacción entre sus ingredientes, los microorganismos y las condiciones del entorno. Lo que para el consumidor puede parecer simplemente un queso madurado es, en realidad, el resultado de una serie de transformaciones que ocurren durante semanas y meses.

El queso cotija es, de esta manera, un ejemplo de cómo la ciencia también puede encontrarse en los alimentos que forman parte de la vida cotidiana. Su sabor, aroma y textura son el resultado de procesos que los productores han aprendido a manejar a través de generaciones, convirtiendo una técnica tradicional en un producto que también guarda una historia de química, microbiología y cultura.

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El girasol: una alternativa ante los desafíos del agua, el suelo y la agricultura

En la agricultura, el agua y el suelo son mucho más que recursos indispensables para producir. De su disponibilidad y de sus condiciones depende, en buena medida, la capacidad de una parcela para sostener los cultivos a lo largo del tiempo. Sin embargo, ambos enfrentan presiones que pueden comprometer la producción: periodos de sequía, lluvias irregulares, exceso de humedad, cambios en las temperaturas y deterioro de los suelos agrícolas.

Ante este escenario, encontrar cultivos capaces de adaptarse a condiciones ambientales variables y contribuir a diversificar los sistemas de producción se ha convertido en una tarea importante para la investigación agrícola.

Hace aproximadamente diez años, Ana Karen Granados Mayorga, entonces estudiante y hoy académica de la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán de la UNAM, inició una línea de investigación que puso la mirada en un cultivo conocido, pero con importantes posibilidades por explorar: el girasol. Con el paso de los años, este trabajo se ha fortalecido mediante la participación y colaboración de académicos de la misma institución, como Rubén Vargas Márquez, y ha ampliado las líneas de estudio en torno al cultivo y sus posibilidades de producción.

La investigación comenzó con una pregunta práctica: ¿qué cultivo podría incorporarse a los sistemas de producción como una alternativa ante los bajos rendimientos y las condiciones ambientales cambiantes? El girasol apareció entonces como una opción prometedora, particularmente por su capacidad para tolerar ciertos periodos de escasez de agua y por las características de su sistema de raíces.

Desde entonces, diversas parcelas del Centro de Enseñanza Agropecuaria de la FES Cuautitlán se han convertido en un espacio para observar, experimentar y aprender. El cultivo se ha establecido bajo condiciones climáticas diversas y mediante diferentes estrategias de manejo. Esta experiencia ha permitido conocer tanto sus fortalezas como los retos que implica incorporarlo a los sistemas agrícolas de la región y de otros estados.

¿Por qué el girasol?

Una de las principales razones para estudiar el cultivo de girasol es su capacidad para enfrentar periodos de escasez de agua, comentó Granados Mayorga. Esta característica resulta relevante en un contexto en el que la disponibilidad de agua para la agricultura representa uno de los principales desafíos para la producción de alimentos.

Su tolerancia está relacionada, entre otros factores, con la morfología de la planta. La académica explicó que el girasol desarrolla una raíz pivotante, es decir, una raíz principal que puede explorar capas profundas del suelo cuando sus condiciones lo permiten. Esto le ayuda a aprovechar agua y nutrientes que no siempre están al alcance de cultivos con raíces más superficiales.

Sin embargo, tolerar la sequía no significa que el girasol necesite poca agua o que su rendimiento no disminuya cuando esta escasea. La respuesta depende del material cultivado, del suelo y del momento en que ocurre el déficit hídrico. La FAO identifica la floración como una etapa especialmente sensible a la falta de agua; también es importante contar con humedad suficiente durante el llenado de las semillas.

Además, sus residuos vegetales representan una aportación de materia orgánica que puede contribuir a mejorar las condiciones del suelo cuando se conservan y manejan adecuadamente.

Por ello, uno de los aspectos centrales de la investigación ha sido analizar al girasol como parte de un sistema de producción. En este esquema puede desempeñar un papel en la rotación de cultivos, una práctica que consiste en alternar diferentes especies a lo largo de los ciclos productivos para diversificar el uso de los recursos y contribuir al manejo de plagas, enfermedades y malezas.

De acuerdo con Granados Mayorga, en las parcelas de la FES Cuautitlán se ha observado un desarrollo favorable de algunos cultivos establecidos después del girasol, como avena, maíz y alfalfa. Productores de la región también han compartido experiencias positivas. Héctor Manuel Barajas Maldonado y Víctor Castro Cortés, originarios de Zumpango y dedicados al cultivo de maíz, cebada y trigo, han trabajado con girasol y reconocen algunos de los beneficios que puede aportar al sistema productivo.

“El girasol tiene un impacto positivo en el suelo. Durante la cosecha se retira principalmente el capítulo (la cabeza) de la planta, mientras que gran parte de la biomasa permanece en la parcela como rastrojo. Al incorporarse al suelo, este material contribuye al aumento de la materia orgánica y al mejoramiento de sus condiciones. De hecho, hemos visto que cuando sembramos girasol dos años consecutivos, el cultivo establecido posteriormente puede presentar un incremento considerable en su rendimiento”, dijo Héctor.

Este testimonio describe la experiencia del productor y no constituye una recomendación general para sembrar girasol de manera consecutiva. Repetirlo en una misma parcela puede favorecer problemas sanitarios y reducir las reservas de agua del suelo. Por ello, la secuencia de cultivos debe planearse según las condiciones locales.

Las observaciones realizadas ofrecen motivos para seguir estudiando sus efectos sobre los cultivos posteriores. Para determinar cuánto contribuye el girasol a un cambio de rendimiento, es necesario considerar también factores como la fertilización, las lluvias y el manejo de los residuos.

Pero el interés por la planta no termina en el suelo ni en la parcela: una parte importante de la investigación busca aprovechar también aquello que queda después de la cosecha.

Un cultivo que conecta disciplinas

La investigación en torno al girasol ha abierto la puerta a colaboraciones dentro de la propia FES Cuautitlán. Una de ellas surgió a partir de una pregunta que va más allá del rendimiento del cultivo: ¿qué puede hacerse con las partes de la planta y los subproductos que quedan después de aprovechar su producto principal?

El acercamiento entre Granados Mayorga y la Dra. María de la Luz Zambrano Zaragoza, académica y responsable del Laboratorio de Procesos de Transformación y Tecnologías Emergentes de Alimentos de la Unidad de Investigación Multidisciplinaria, permitió llevar esta pregunta del campo al laboratorio.

De acuerdo con la Dra. Zambrano Zaragoza, su grupo cuenta con más de cinco años de experiencia en la extracción de compuestos bioactivos a partir de subproductos de las industrias alimentaria y agrícola. En el caso del girasol alto oleico, cuyo aceite contiene una proporción elevada de ácido oleico, el interés se concentra inicialmente en la pasta que permanece después de extraer el aceite de la semilla.

Lejos de considerarse un desecho, esta pasta contiene proteínas y compuestos fenólicos que pueden aprovecharse para obtener productos de mayor valor agregado. Entre las líneas de investigación se encuentra la obtención de péptidos bioactivos, pequeñas cadenas de aminoácidos que pueden liberarse mediante la descomposición controlada de las proteínas.

Estos compuestos han despertado interés por sus posibles actividades antioxidantes, antihipertensivas y antiinflamatorias. En el caso del girasol, estudios experimentales con péptidos derivados de sus proteínas han encontrado actividades biológicas de interés. Sin embargo, los resultados de laboratorio o en modelos animales no bastan para establecer beneficios clínicos en personas.

También se estudian compuestos fenólicos, entre ellos el ácido clorogénico, por su potencial para contribuir al desarrollo de formulaciones relacionadas con la protección frente a la radiación ultravioleta. Se trata de una línea experimental que requiere evaluar la eficacia, estabilidad y seguridad de los productos que pudieran desarrollarse. Investigaciones sobre extractos de girasol han explorado sus propiedades de absorción y disipación de energía ultravioleta.

Según la académica, dos estudiantes de doctorado participan en la caracterización y estudio de estos subproductos, incorporando así una nueva dimensión a su formación como investigadores.

La colaboración no termina en la semilla. Como parte de las siguientes etapas, se contempla estudiar los tallos y las hojas para identificar y evaluar compuestos con posible actividad antimicrobiana. La intención es determinar si pueden aprovecharse como base para el desarrollo de conservadores. Su origen natural, por sí solo, no garantiza su seguridad o eficacia.

Este aprovechamiento también plantea una decisión de manejo: qué proporción de los residuos puede destinarse a otros usos y cuál conviene conservar en la parcela para mantener sus aportaciones al suelo.

Más que una investigación aislada, esta experiencia muestra cómo un cultivo puede convertirse en punto de encuentro entre distintas disciplinas. La producción agrícola aporta la materia prima; la investigación en alimentos permite identificar y caracterizar sus componentes; y la participación de estudiantes abre nuevas posibilidades de formación y generación de conocimiento.

Para Zambrano Zaragoza, este tipo de colaboración permite diversificar los proyectos y descubrir oportunidades que pueden pasar inadvertidas cuando cada área trabaja de manera independiente. La interacción entre las áreas agrícola, químico-biológica y de ingeniería en alimentos puede contribuir, además, al desarrollo de procesos de transferencia tecnológica, con la posibilidad de que los conocimientos generados en la universidad se traduzcan en alternativas aplicables al sector productivo.

Así, el aprovechamiento del girasol puede continuar en otros espacios de la Facultad, donde sus semillas, tallos, hojas y subproductos se convierten en materia prima para nuevas investigaciones. De esta manera, una parcela puede dar origen a preguntas que terminan involucrando a estudiantes, académicos y especialistas de distintas disciplinas.

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El girasol y sus polinizadores

Esta visión integral del cultivo también incluye su relación con los insectos. Las flores del girasol atraen a abejas y otros visitantes, por lo que, a la par de las investigaciones agronómicas y de aprovechamiento de subproductos, la FES Cuautitlán desarrolla un proyecto para identificar las especies que visitan el cultivo y conocer su función.

En esta investigación también participan estudiantes. Es el caso de Alan Cortés Caballero, alumno de Ingeniería Agrícola, quien desde quinto semestre se incorporó al proyecto como parte de la asignatura de Entomología. Desde entonces ha estudiado la presencia y dinámica de los insectos asociados con el girasol.

Durante su primera etapa de participación, Alan se enfocó en el monitoreo de insectos diurnos. Posteriormente, el trabajo se amplió al análisis de las variaciones en las poblaciones de un año a otro y, más recientemente, a una línea relacionada con la fertilización del cultivo.

El interés por los insectos no es menor. Aunque muchos híbridos comerciales de girasol pueden autopolinizarse, las visitas de abejas pueden mejorar la formación de semillas y el rendimiento. La magnitud del beneficio depende del material cultivado, las condiciones ambientales y los polinizadores presentes. Así lo muestran investigaciones del Servicio de Investigación Agrícola de Estados Unidos.

Por ello, conocer qué especies visitan el cultivo, en qué momento aparecen y cómo cambia su abundancia a lo largo del desarrollo de la planta puede aportar información relevante para comprender su comportamiento.

Entre los insectos registrados por el equipo se encuentran mosquitas blancas y pulgones, que pueden comportarse como plagas, pero también destaca la presencia de Apis mellifera, la abeja de la miel, como uno de los principales polinizadores observados.

Según los registros del proyecto, su presencia cambia de acuerdo con la etapa de desarrollo de la planta: algunos insectos que pueden causar daños son más frecuentes durante la etapa vegetativa, mientras que las visitas de polinizadores aumentan durante la floración.

La investigación, señaló Granados Mayorga, busca determinar si existe una relación entre la presencia de ciertos polinizadores y el rendimiento del girasol. Así, el estudio de los insectos permite observar otra dimensión del cultivo: su interacción con organismos que forman parte del ecosistema y que, al mismo tiempo, pueden influir en la producción.

Para Alan, participar en este proyecto ha representado una oportunidad para complementar su formación académica con experiencia práctica. El trabajo en campo le ha permitido desarrollar habilidades de investigación y redacción, además de fortalecer sus conocimientos sobre el comportamiento de los cultivos y los organismos que interactúan con ellos.

El estudiante considera importante que otros alumnos se acerquen a sus profesores y conozcan las diferentes líneas de investigación disponibles en la FES Cuautitlán. Desde su experiencia, participar en estos proyectos permite complementar la formación académica y acercarse desde la licenciatura a los retos y posibilidades del campo agrícola.

Echa raíces también en lo económico

A las dimensiones ambiental, productiva y científica se suma el potencial económico del girasol. La planta puede aprovecharse de diferentes maneras, destacó Vargas Márquez. Según la variedad y el objetivo de producción, puede destinarse al mercado ornamental como flor de corte, utilizarse como forraje para el ganado o cultivarse para obtener grano destinado a la producción de aceite y otros derivados.

A estos usos se suma el sector cosmético, en el que el aceite de girasol se utiliza como ingrediente de productos para el cuidado de la piel. Cada destino requiere características de calidad y condiciones de manejo específicas, por lo que no todos los aprovechamientos pueden combinarse en una misma cosecha.

Incluso el paisaje puede convertirse en una fuente adicional de ingresos. Héctor Barajas compartió que los campos de girasol tienen un atractivo turístico que puede generar oportunidades para los productores mediante actividades relacionadas con el acceso y disfrute del paisaje. Así, el cultivo puede ofrecer alternativas económicas que van más allá de la venta tradicional del grano.

Estas posibilidades también han favorecido que el proyecto trascienda las parcelas de la FES Cuautitlán. De acuerdo con los académicos, el trabajo ha establecido vínculos con productores y colaboradores en Hidalgo, Guanajuato, Sinaloa y Chihuahua, así como con instituciones académicas y empresas relacionadas con la producción de semillas.

Estas colaboraciones han permitido intercambiar experiencias sobre manejo agronómico, rendimientos, adaptación climática y nuevas posibilidades de aprovechamiento. Su viabilidad económica depende también de los costos de producción, la disponibilidad de compradores y las condiciones de procesamiento y comercialización.

Retos para mantener el cultivo

Sin embargo, considerar al girasol como una alternativa agrícola no significa ignorar los problemas que enfrenta su producción. Durante la investigación se han identificado enfermedades y plagas que pueden afectar el cultivo.

Granados Mayorga compartió que una de las enfermedades observadas es la roya blanca. Su infección se favorece por la presencia de agua sobre los tejidos y temperaturas frescas; su desarrollo posterior puede ocurrir con temperaturas más cálidas. Por ello, no es preciso relacionarla únicamente con temperaturas elevadas. La Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires describe la importancia de la humedad y de las variaciones de temperatura en esta enfermedad.

En determinados años también se ha registrado la mosca del capítulo del girasol, cuyas larvas pueden dañar los frutos en formación y las semillas que contienen. El capítulo es la estructura conocida comúnmente como “cabeza”, en la que se agrupan numerosas flores.

Las condiciones ambientales también han obligado a modificar las prácticas agrícolas. El equipo ha experimentado con diferentes formas de preparar y trabajar el suelo antes de la siembra, conocidas como labranza, para evaluar el manejo del exceso de agua y reducir el riesgo de que las plantas se inclinen o caigan.

El girasol requiere un suelo con drenaje adecuado: su tolerancia a la escasez de agua no implica resistencia al encharcamiento prolongado. Por ello, las decisiones sobre labranza deben considerar las características del terreno y sus efectos sobre la estructura y conservación del suelo.

La mecanización constituye otro de los grandes desafíos. A medida que aumenta la superficie cultivada, se requiere contar con maquinaria adecuada para realizar de manera eficiente las diferentes labores, mencionó Vargas Márquez. Por ejemplo, fue necesario modificar una sembradora de maíz para adaptarla a la siembra de girasol.

La cosecha de grano presenta un reto adicional, debido a que requiere maquinaria y cabezales adecuados o adaptados, que no siempre están disponibles en las regiones donde el cultivo tiene poca presencia.

Por esta razón, uno de los objetivos actuales consiste en avanzar de una producción de pequeña escala hacia superficies medianas y, posteriormente, grandes. Para lograrlo no basta con disponer de semilla y conocimientos agronómicos: también se necesita desarrollar infraestructura, maquinaria, equipos y sistemas de acopio que permitan sostener la producción.

El reto consiste en construir las condiciones necesarias para que el girasol pueda integrarse de manera viable a los sistemas agrícolas. Después de aproximadamente una década de investigación, el cultivo se presenta como una alternativa con posibilidades en distintos frentes: diversificar los sistemas productivos, aportar residuos orgánicos al suelo, ofrecer recursos a los polinizadores, generar nuevas líneas de investigación y abrir oportunidades económicas.

En ese sentido, la experiencia de la FES Cuautitlán muestra que estudiar un cultivo también implica mirar más allá de la parcela. Una semilla puede convertirse en alimento, materia prima, objeto de investigación y oportunidad para los productores, mientras la planta ofrece recursos a otros organismos. El siguiente paso será determinar hasta dónde pueden llegar esas posibilidades y qué condiciones se necesitan para llevarlas de la experimentación a una producción de mayor escala.

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Más allá del peso: cuando el exceso de grasa afecta la salud durante la adolescencia

Hablar de la salud durante la adolescencia implica prestar atención a una etapa en la que ocurren cambios importantes en el cuerpo y comienzan a consolidarse muchos de los hábitos que pueden acompañarnos a lo largo de la vida. En este periodo, aspectos como la alimentación, la actividad física, el descanso y el bienestar emocional adquieren especial importancia, particularmente cuando se trata de prevenir problemas relacionados con el exceso de grasa corporal o adiposidad excesiva.

Sobre este tema, la doctora Ana Lilia Rodríguez Ventura, jefa del Departamento de Embriología y Genética de la Facultad de Medicina de la UNAM y pediatra endocrinóloga, explicó que el exceso de grasa corporal no debe reducirse a una cuestión de peso o apariencia. Se trata de un problema complejo en el que intervienen diversos factores y que puede tener repercusiones en diferentes órganos y sistemas del organismo. Por ello, comprender sus causas, reconocer sus posibles complicaciones y conocer las medidas que pueden contribuir a prevenirlo resulta fundamental desde edades tempranas.

¿Qué es la adiposidad?

La adiposidad se refiere a la cantidad de grasa presente en el cuerpo y no implica, por sí misma, una enfermedad. El tejido adiposo cumple funciones necesarias, como almacenar energía y participar en la regulación hormonal. El problema aparece cuando su acumulación es excesiva o su distribución y funcionamiento afectan la salud.

Durante su ponencia “Adiposidad en adolescentes, causas, complicaciones y soluciones”, Rodríguez Ventura abordó las repercusiones del exceso de tejido adiposo, que puede favorecer un estado de inflamación crónica de bajo grado y contribuir a alteraciones metabólicas.

Sus efectos pueden comenzar desde edades tempranas. La obesidad durante la infancia y la adolescencia se asocia con un mayor riesgo de problemas de salud posteriores, especialmente cuando persiste en la vida adulta. Sin embargo, ese riesgo puede disminuir: un estudio de seguimiento encontró que quienes habían tenido sobrepeso u obesidad en la infancia, pero no presentaban obesidad en la adultez, tenían riesgos similares para varios indicadores cardiometabólicos a los de quienes nunca habían presentado ese problema.

Por esta razón, identificar y atender el exceso de grasa desde etapas tempranas ofrece una oportunidad para mejorar la salud presente y futura. Su valoración requiere considerar el crecimiento, los antecedentes y el estado de salud; en adolescentes, el índice de masa corporal se interpreta de acuerdo con la edad y el sexo, y no mide directamente la grasa corporal.

Un problema con diversos factores

El exceso de grasa corporal no tiene un solo origen. Aunque una alimentación poco saludable y la falta de actividad física pueden contribuir a su desarrollo, estos factores no lo explican por sí solos. También intervienen factores genéticos, psicológicos, conductuales, económicos, culturales, ambientales y relacionados con la gestación y las primeras etapas de la vida.

La predisposición genética influye en la susceptibilidad de cada persona, pero actúa en interacción con el entorno. Su contribución no puede resumirse en un porcentaje único aplicable a todos los casos ni significa que el desarrollo de obesidad sea inevitable.

Además, estos elementos no actúan de manera aislada. Las condiciones en las que una persona crece pueden facilitar o dificultar la adopción de hábitos saludables. Por ejemplo, el acceso a alimentos nutritivos, las oportunidades para realizar actividad física, la calidad del sueño y el nivel de estrés pueden estar determinados, en parte, por el entorno familiar, escolar y social.

En el caso de los adolescentes, estos elementos adquieren especial importancia, ya que se encuentran en una etapa de cambios físicos, emocionales y sociales. Por ello, abordar el exceso de adiposidad requiere considerar tanto las decisiones individuales como las circunstancias que pueden favorecer o dificultar determinados hábitos.

Esta perspectiva permite entender que su prevención y atención requieren considerar las características y el contexto de cada persona.

Complicaciones del exceso de adiposidad

El exceso de grasa corporal puede tener consecuencias en distintos sistemas del organismo, aunque no todas las personas presentan las mismas complicaciones.

Una de las principales preocupaciones durante la infancia y la adolescencia es la resistencia a la insulina, condición en la que tejidos como el músculo, el hígado y el tejido adiposo responden de manera insuficiente a esta hormona. El páncreas puede compensarlo produciendo más insulina, pero, si esa respuesta resulta insuficiente, aumenta la glucosa en la sangre y pueden desarrollarse prediabetes y diabetes tipo 2.

Entre los problemas asociados con la obesidad también se encuentran la hipertensión arterial, las alteraciones del colesterol y los triglicéridos y la acumulación excesiva de grasa en el hígado. Esta última puede acompañarse de inflamación y, en algunos casos, de cicatrización del tejido hepático. Algunas de estas alteraciones aumentan el riesgo cardiovascular a largo plazo.

También pueden presentarse problemas respiratorios. La obesidad puede dificultar el control del asma y favorecer la apnea obstructiva del sueño, en la que la vía aérea superior se obstruye parcial o completamente de manera repetida durante el descanso. Esto puede fragmentar el sueño y ocasionar cansancio, dificultades de concentración y cambios en el comportamiento.

En el sistema musculoesquelético pueden aparecer dolor articular, alteraciones en la alineación de las piernas y problemas en la cadera. Estas molestias pueden generar un círculo difícil de romper: el dolor dificulta la actividad física, la menor actividad puede favorecer el aumento de grasa corporal y este incremento puede intensificar nuevamente las molestias.

Asimismo, el exceso de adiposidad se ha asociado con una pubertad más temprana, especialmente en las niñas. En los niños, los resultados son menos uniformes y dependen, entre otros aspectos, del indicador de desarrollo puberal que se estudie.

Ante este panorama, la prevención adquiere un papel central. Sin embargo, cuando ya existe obesidad o alguna complicación, también se necesita una valoración clínica y un tratamiento individualizado. Promover hábitos saludables forma parte de esa atención, que puede requerir otras intervenciones según las necesidades de cada adolescente.

¿Cómo prevenir el exceso de adiposidad?

La alimentación es uno de los pilares de la prevención, pero debe evitarse la idea de que la solución consiste simplemente en comer menos. En niños y adolescentes, una restricción excesiva o sin supervisión puede comprometer el aporte de nutrientes necesarios para el crecimiento y el desarrollo.

Por ello, la recomendación central es mejorar la calidad de la alimentación. En este sentido, Rodríguez Ventura recomendó aumentar el consumo de alimentos frescos o mínimamente procesados, como verduras, frutas, frijoles, lentejas y otras leguminosas, semillas, nueces, cacahuates y cereales integrales. También se recomienda incluir pescado y preferir grasas insaturadas, presentes en alimentos como el aguacate, las semillas, los frutos secos y algunos aceites vegetales.

Conviene limitar las bebidas azucaradas, las carnes procesadas —como los embutidos— y los productos con abundantes azúcares libres, sodio o grasas saturadas, además de evitar las grasas trans de producción industrial. Las grasas son necesarias para el organismo; importa tanto su cantidad como el tipo que se consume. Estas orientaciones coinciden con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre alimentación saludable.

También se recomienda priorizar el agua simple como bebida habitual. Para variar su sabor, puede añadirse limón o prepararse agua de jamaica sin azúcar.

Junto con la alimentación, la actividad física constituye otro elemento fundamental. No tiene que consistir exclusivamente en practicar un deporte formal. Caminar, jugar, bailar y desplazarse en bicicleta son formas de incorporar movimiento a la vida cotidiana.

Para la población de 5 a 17 años, la OMS recomienda realizar, a lo largo de la semana, un promedio de al menos 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa, principalmente aeróbica. También aconseja incluir actividades vigorosas y que fortalezcan músculos y huesos al menos tres días por semana. La incorporación del movimiento puede ser gradual y adaptarse a las capacidades de cada persona.

Además de contribuir al gasto energético, la actividad física favorece la salud cardiovascular, el bienestar emocional y el descanso. Reducir el tiempo sedentario también es importante, aunque levantarse con frecuencia o realizar tareas ligeras no sustituye todos los beneficios de las actividades de mayor intensidad.

Salud mental y manejo del estrés

El estrés provocado por las exigencias escolares, las relaciones sociales, el entorno familiar u otras situaciones puede influir en la forma en que una persona come, duerme y maneja sus emociones. En algunos casos, puede favorecer cambios en el apetito, una mayor búsqueda de alimentos como respuesta emocional o dificultades para mantener un sueño adecuado.

Estos cambios pueden afectar otros hábitos relacionados con la salud y, por ello, también deben considerarse al abordar la prevención del exceso de grasa corporal. Contar con espacios de escucha y apoyo puede ayudar a identificar las dificultades que atraviesa cada adolescente.

De igual manera, es importante evitar las críticas y los estigmas relacionados con el cuerpo, ya que pueden afectar la autoestima y la relación de las y los jóvenes con la alimentación. Las conversaciones sobre peso y salud deben desarrollarse con respeto, empatía y sin humillar o culpar a la persona.

Decir que alguien tiene exceso de grasa porque simplemente “come demasiado” o “no hace ejercicio” ignora la complejidad del problema. Las burlas y la discriminación también pueden afectar la salud mental y favorecer conductas alimentarias perjudiciales.

En consecuencia, la atención debe centrarse en identificar los factores que están influyendo y buscar estrategias que puedan mantenerse a largo plazo, sin culpar a los niños, adolescentes o sus familias.

Dormir bien, otro aliado

Además de la alimentación, la actividad física y el bienestar emocional, el sueño constituye otro componente esencial del cuidado de la salud.

Dormir poco de manera habitual se asocia con un mayor riesgo de obesidad y alteraciones metabólicas. También puede afectar la regulación del apetito, el estado de ánimo y la disposición para realizar actividad física.

La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño recomienda que los adolescentes de 13 a 18 años duerman regularmente entre ocho y diez horas por cada periodo de 24 horas. Para quienes tienen entre 6 y 12 años, la recomendación es de nueve a doce horas.

Por ello, es conveniente establecer horarios regulares para dormir y despertar, reducir el uso de pantallas antes de acostarse y procurar un ambiente adecuado para descansar. Evitar la cafeína por la tarde y la noche también puede ayudar.

Mantener una rutina de descanso adecuada forma parte del cuidado integral de la salud durante la adolescencia.

Familia, escuela y sociedad

Todos estos hábitos, sin embargo, no dependen exclusivamente de las decisiones individuales. El entorno familiar, escolar y social influye directamente en las posibilidades de mantener un estilo de vida saludable.

En la familia, padres y cuidadores pueden participar en la preparación de alimentos, realizar actividades físicas y establecer rutinas de sueño. Los adultos también pueden convertirse en modelos de comportamiento para los niños y adolescentes, mediante prácticas compartidas que beneficien a todos.

Las escuelas pueden contribuir mediante la promoción de la actividad física, la educación para la salud y la disponibilidad de opciones alimentarias más saludables. Sin embargo, las acciones escolares tienen mayor alcance cuando existe participación de las familias y de la comunidad.

Desde una perspectiva más amplia, las condiciones económicas, la disponibilidad y el precio de los alimentos, el entorno urbano y las políticas públicas también influyen en las decisiones relacionadas con la salud.

Por ello, prevenir y atender el exceso de adiposidad requiere una estrategia integral que involucre a la persona, la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones. Entender que se trata de un problema multifactorial permite alejarse de las explicaciones basadas únicamente en la voluntad individual y centrar los esfuerzos en la construcción de condiciones que faciliten hábitos saludables desde edades tempranas.

Mucho más que una cuestión de peso

La prevención del exceso de adiposidad durante la adolescencia no consiste en perseguir un determinado número en la báscula, sino en crear condiciones que permitan cuidar la salud de manera sostenible. Esto implica aprender a relacionarse con la alimentación, el movimiento, el descanso y el propio cuerpo sin convertirlos en fuentes de culpa o presión.

Entender esta etapa desde una perspectiva integral también permite cambiar la manera en que se habla de salud: menos desde el señalamiento y más desde el acompañamiento. En ese proceso, cada espacio —desde el hogar y la escuela hasta la comunidad— puede contribuir a que los adolescentes desarrollen hábitos saludables y una relación más positiva con su bienestar.

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Un Atlántico inusualmente tranquilo: por qué no se han formado huracanes en 2026

La temporada de huracanes de 2026 en el Atlántico ha mostrado un comportamiento poco habitual: mientras agosto, septiembre y octubre suelen concentrar la mayor actividad ciclónica, hasta el 28 de septiembre no se ha formado ningún huracán en la cuenca. Aunque se han registrado ocho tormentas tropicales, Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo y Hanna, ninguna ha alcanzado la intensidad necesaria para convertirse en huracán.

La situación resulta particularmente llamativa porque septiembre es, climatológicamente, uno de los meses de mayor actividad del Atlántico. La temporada oficial se extiende del 1 de junio al 30 de noviembre, pero el periodo de mayor actividad suele concentrarse entre agosto y octubre.

¿Qué explica entonces esta inusual tranquilidad? Para entenderlo es necesario observar no solo las condiciones del océano, sino también lo que ocurre en la atmósfera.

UNAM Global entrevistó a la Dra. Christian Domínguez Sarmiento, investigadora titular del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, para conocer cuáles son los factores que están influyendo en la temporada de este año.

¿Qué necesita un ciclón tropical para convertirse en huracán?

Para que un ciclón tropical se forme y pueda intensificarse hasta convertirse en huracán deben coincidir varios ingredientes. El océano necesita proporcionar suficiente calor, generalmente se considera favorable una temperatura superficial de alrededor de 26.5 °C o superior; la atmósfera debe contar con suficiente humedad y la cizalladura vertical del viento, es decir, los cambios en la velocidad o dirección del viento con la altura, no debe ser demasiado intensa.

También se necesita la fuerza de Coriolis, un efecto de la rotación de la Tierra que ayuda a que el aire en movimiento comience a girar alrededor de un centro de baja presión, donde puede desarrollarse un ciclón tropical.

Por eso, un océano cálido por sí solo no garantiza la formación de un huracán. El desarrollo y la intensificación de estos sistemas dependen de que las condiciones del océano y de la atmósfera sean favorables simultáneamente.

Y es precisamente en la configuración de esos vientos donde entran en juego otros patrones de circulación atmosférica, como El Niño y la Oscilación Cuasi-Bienal (QBO, por sus siglas en inglés).

¿Cómo influyen El Niño y la QBO?

El Niño modifica los patrones de circulación de la atmósfera y puede favorecer, en determinadas regiones del Atlántico, una mayor cizalladura vertical del viento, lo que dificulta la formación y el fortalecimiento de ciclones tropicales. De esta manera, incluso cuando el océano conserva temperaturas suficientemente elevadas, la atmósfera puede impedir que las tormentas se organicen y evolucionen hacia sistemas más intensos, como los huracanes.

La influencia de El Niño, sin embargo, no es uniforme en toda la cuenca. El Atlántico es una región extensa, con condiciones atmosféricas y oceánicas diferentes, por lo que puede haber zonas donde el ambiente sea más favorable para la formación de ciclones. En el caso de México, comentó la investigadora del ICAyCC, el Caribe y el Golfo de México son particularmente relevantes, ya que las condiciones atmosféricas asociadas con este fenómeno pueden reducir las posibilidades de desarrollo de ciclones.

A esta configuración se suma otro fenómeno que la Dra. Christian, junto con sus colegas del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático (ICAyCC), el Dr. Alejandro Jaramillo Moreno, la Dra. Graciela Binimelis de Raga y el Dr. Ignacio Arturo Quintanar, llevan tiempo analizando: la Oscilación Cuasi-Bienal.

La QBO es una variación natural de los vientos de la estratosfera tropical, que alternan entre fases del este y del oeste aproximadamente cada 24 a 30 meses. Estos cambios se desplazan gradualmente hacia niveles inferiores de la estratosfera y pueden influir en la circulación atmosférica tropical.

Diversos estudios han analizado una posible relación entre las fases de la QBO y la actividad de los ciclones tropicales en el Atlántico. Aunque investigaciones realizadas con registros históricos encontraron asociaciones entre determinadas fases y una mayor o menor actividad ciclónica, trabajos posteriores han mostrado que esta relación no ha sido constante a lo largo del tiempo.

Por ello, ni El Niño ni la QBO pueden explicar por sí solos la ausencia de huracanes. Lo importante es la interacción conjunta de ambas oscilaciones que modifican diferentes patrones atmosféricos y oceánicos. En el escenario descrito por la especialista, la combinación de El Niño más una QBO ha contribuido a mantener condiciones poco favorables para que las tormentas se organicen y se intensifiquen durante buena parte de la temporada.

De esta manera, la excepcional quietud del Atlántico no responde a una sola causa. Es el resultado de la coincidencia de diferentes condiciones que, al interactuar, han dificultado que las tormentas tropicales evolucionen hasta convertirse en huracanes.

Un fenómeno extraordinario

Que hasta finales de septiembre no se haya formado ningún huracán resulta particularmente inusual porque este periodo coincide con el pico climatológico de actividad del Atlántico.

Para dimensionar el comportamiento de este año, basta compararlo con temporadas en las que la formación del primer huracán ocurrió relativamente tarde. En 2002, Gustav se convirtió en el primer huracán de la temporada el 11 de septiembre, mientras que en 2013 Humberto alcanzó esa categoría también el 11 de septiembre.

La ausencia de huracanes hasta este momento ya representa el inicio de temporada más tardío sin que se haya formado uno desde el comienzo de la vigilancia satelital moderna en los años 60’s.

La situación adquiere una dimensión histórica adicional si la temporada terminara sin huracanes. La Dra. Christian citó los registros de 1907 y 1914, años en los que no se reportaron huracanes en el Atlántico. Sin embargo, estos registros deben tomarse con cautela, ya que corresponden a una época anterior a la observación satelital moderna y la capacidad para detectar y registrar sistemas sobre el océano era mucho más limitada.

Que no haya huracanes no significa que no haya peligro

Esta inusual tranquilidad tampoco debe interpretarse como una desaparición del riesgo. La Dra. Christian subrayó que una sola tormenta tropical puede producir lluvias torrenciales, inundaciones, desbordamientos de ríos y deslaves incluso sin alcanzar la categoría de huracán.

Cuando un sistema se intensifica considerablemente, además, aumentan otros peligros, como los vientos destructivos, el oleaje y la marea de tormenta, que ocurre cuando los niveles del mar se elevan anormalmente por efecto de los vientos y la presión asociados con un ciclón. Las comunidades costeras son particularmente vulnerables a este fenómeno.

Por ello, una temporada con pocos huracanes puede seguir teniendo consecuencias importantes. El riesgo no depende únicamente del número de sistemas que se formen, sino también de su trayectoria, intensidad, tamaño y del lugar donde eventualmente impacten.

Además, la temporada de huracanes concluye hasta noviembre, por lo que las condiciones atmosféricas pueden volverse un poco más favorables para que se formen en el Atlántico. La falta de huracanes hasta ahora, por tanto, no significa que el riesgo haya terminado.

Los huracanes también cumplen una función en el sistema climático

Uno de sus principales efectos es el transporte de calor y humedad desde las regiones tropicales hacia latitudes mayores. Al liberar grandes cantidades de energía y redistribuir el calor acumulado en el océano, los ciclones contribuyen al intercambio de energía entre el océano y la atmósfera y entre distintas regiones del planeta.

También pueden desempeñar un papel importante en el ciclo del agua. Las grandes cantidades de lluvia asociadas con estos sistemas pueden recargar ríos, lagos, presas y acuíferos, además de aportar agua a regiones que pueden atravesar periodos de sequía. En algunas zonas, las precipitaciones de los ciclones representan una parte importante de la lluvia anual.

En los ecosistemas costeros también pueden producir efectos que, aunque ocurren de manera abrupta y pueden resultar destructivos, forman parte de procesos naturales. Los vientos, el oleaje y las mareas de tormenta pueden redistribuir sedimentos y nutrientes, modificar temporalmente las condiciones de los humedales y favorecer procesos de renovación en determinados ambientes costeros.

En este sentido, la ausencia prolongada de ciclones tampoco debe interpretarse simplemente como una situación positiva. Estos fenómenos forman parte del funcionamiento natural del sistema climático y sus efectos pueden ser distintos dependiendo de la región, el ecosistema y las condiciones previas.

El problema surge cuando estos fenómenos interactúan con sociedades altamente expuestas y vulnerables. Cuando un ciclón afecta zonas pobladas, sus consecuencias dependen no solo de la intensidad del sistema, sino también de factores como su trayectoria, tamaño, duración, exposición de la población, infraestructura y capacidad de respuesta.

Por ello, entender los huracanes implica reconocer ambas dimensiones: son fenómenos capaces de provocar daños severos, pero al mismo tiempo forman parte de procesos naturales que contribuyen a redistribuir energía, agua y materia dentro del sistema terrestre.

En alerta porque aún falta

El Atlántico todavía tiene varias semanas por delante antes de que termine oficialmente la temporada. Y aunque la ausencia de huracanes hasta esta fecha ya convirtió a 2026 en un año excepcional, las condiciones que hoy mantienen contenida la actividad ciclónica no son permanentes. La atmósfera puede cambiar, y con ella también el comportamiento de las tormentas.

Por ahora, el océano y la atmósfera ofrecen una imagen poco habitual: un Atlántico con suficiente energía disponible, pero con una atmósfera que ha dificultado que esa energía se transforme en huracanes. Es precisamente esa diferencia entre lo que el océano puede ofrecer y lo que la atmósfera permite desarrollar la que hace de esta temporada un caso particularmente interesante para entender la compleja relación entre ambos.

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Del intercambio lingüístico al encuentro intercultural: la experiencia del teletándem en UNAM Chicago

Aprender una lengua implica mucho más que conocer palabras, estructuras gramaticales o reglas de pronunciación. También supone encontrar oportunidades para utilizarla, interactuar con otras personas y acercarse a las realidades culturales en las que adquiere significado. Desde esta perspectiva, el teletándem se ha convertido en una experiencia que ha enriquecido la enseñanza y el aprendizaje del español en UNAM Chicago.

El teletándem es una modalidad de intercambio lingüístico en la que dos personas con lenguas diferentes interactúan, generalmente mediante herramientas digitales, para apoyarse mutuamente en el aprendizaje. Cada participante utiliza la lengua que aprende y, al mismo tiempo, ayuda a su interlocutor con la propia. Se trata de una forma de telecolaboración que favorece la comunicación auténtica y el aprendizaje autónomo y colaborativo.

Su valor no se limita a la práctica lingüística. Las conversaciones permiten explicar expresiones, negociar significados, comparar formas de hablar y compartir experiencias relacionadas con la vida cotidiana. Por ello, la interacción puede convertirse también en un espacio para explorar aspectos culturales y reflexionar sobre las semejanzas y diferencias entre los participantes. 

Esta práctica comenzó a incorporarse en la sede en 2018, en colaboración con la Mediateca de la Escuela Nacional de Lenguas, Lingüística y Traducción (ENALLT), como una manera de ampliar las oportunidades de interacción de los estudiantes de español en UNAM Chicago y de inglés en la UNAM. La propuesta partía de una premisa sencilla: ofrecer espacios en los que pudieran utilizar la lengua en situaciones reales de comunicación y establecer contacto con personas que se encontraban en otros entornos.

Con el tiempo, la experiencia permitió ampliar los intercambios y establecer vínculos con otras comunidades académicas de la UNAM como la ENES-León y la FES-Acatlán y ,poco a poco, la red de colaboración se especializó. Los proyectos de teletándems involucran a estudiantes de diferentes entidades de la UNAM, entre ellas la Facultad de Trabajo Social, antes Escuela Nacional de Trabajo Social, la Facultad de Medicina, la Facultad de Derecho y la Facultad de Contaduría y Administración. En esta nueva modalidad, los intercambios lingüísticos se centran en temas de interés de las profesiones para las que se están formando las personas participantes en uno y otro lado de la frontera para aprender sobre aspectos comparativos del ejercicio profesional. 

Un tercer avance en el programa de teletándem de UNAM Chicago ha sido la colaboración con el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Vallejo y la Escuela Nacional Preparatoria 5 (ENP) y estudiantes de español de centros comunitarios y High School en distritos escolares de la región. En ese intercambio, los participantes no solo conocen información sobre otra comunidad: también tienen que explicar cómo viven y perciben su entorno y decidir qué aspectos consideran relevantes para compartir. En cada sesión se generan productos colaborativos entre los jóvenes, como podcasts bilingües elaborados conjuntamente por los participantes.

En todos ellos, la interacción entre participantes introduce un elemento que difícilmente puede reproducirse mediante ejercicios exclusivamente centrados en el aula: la necesidad de comunicarse con una persona concreta. Una pregunta, una expresión desconocida o una diferencia en el uso de una palabra se convierten en oportunidades para aclarar, reformular y aprender. Este proceso también permite observar la diversidad del español. Los estudiantes descubren que una lengua compartida no significa necesariamente utilizar las mismas palabras, expresiones o formas de interacción. Las diferencias regionales y sociales dejan de ser contenidos abstractos y aparecen en conversaciones reales. Las conversaciones pueden llevarlos a hablar sobre la escuela, las ciudades donde viven, sus actividades cotidianas, las tradiciones familiares, la música, las celebraciones o sus expectativas académicas y profesionales. 

Esta dinámica favorece el desarrollo de la competencia comunicativa intercultural, entendida como la capacidad de interactuar de manera adecuada y efectiva con personas de diferentes referentes culturales. Los participantes necesitan escuchar, preguntar, explicar sus propias referencias y comprender las de los demás. Así, el intercambio no solo contribuye al aprendizaje de la lengua, sino también al desarrollo de habilidades para relacionarse con personas que tienen experiencias y perspectivas diferentes.

Esta dimensión adquiere particular relevancia en Chicago, donde el español forma parte de la vida cotidiana de numerosas comunidades. Para los estudiantes, entrar en contacto con distintas formas de hablar y con experiencias relacionadas con la migración, la educación, el trabajo y la vida comunitaria amplía la comprensión de la lengua como una práctica social.

El desarrollo de estos proyectos también implica un proceso de planeación y acompañamiento. La telecolaboración requiere definir objetivos, organizar las actividades, establecer acuerdos entre los participantes y dar seguimiento a las interacciones. Esta estructura permite aprovechar las posibilidades de la interacción y, al mismo tiempo, atender los desafíos propios de la comunicación a distancia. En este sentido, la tecnología es un medio, no el propósito de la experiencia. Las plataformas digitales hacen posible el encuentro, pero es la interacción entre las personas la que da sentido al aprendizaje.

Después de varios años, el recorrido del teletándem en UNAM Chicago muestra una evolución que va más allá de una estrategia para practicar español. La experiencia ha permitido construir colaboraciones con distintas entidades de la UNAM, generar espacios de comunicación entre estudiantes de México y Estados Unidos y acercar el aprendizaje de la lengua y la cultura a diferentes realidades sociales y culturales.

También plantea una forma particular de entender la internacionalización. Los estudiantes pueden tener una experiencia de contacto internacional sin salir de su entorno habitual: basta con abrir un espacio virtual de comunicación con otra comunidad. De esta manera, la dimensión internacional puede incorporarse a la experiencia cotidiana del aula y no depender exclusivamente de los programas de movilidad presencial.

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Apnea del sueño: el trastorno que puede robarte el descanso y afectar tu salud

El descanso nocturno tiene un papel fundamental en la salud y en el funcionamiento cotidiano. Sin embargo, existen trastornos que pueden alterar la calidad del sueño y tener consecuencias que van mucho más allá del cansancio al despertar. Entre ellos se encuentra la apnea del sueño, un problema que puede pasar desapercibido durante años.

Para conocer sus principales características, factores de riesgo, consecuencias, métodos de diagnóstico y alternativas de tratamiento, se consultó a la doctora Gabriela Millán Rosas, neumóloga especialista en Medicina del Sueño con certificación y académica de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

A partir de su explicación, es posible comprender por qué los problemas respiratorios durante el sueño no deben considerarse únicamente una causa de ronquidos o cansancio, sino una condición que puede afectar la calidad de vida y la salud de distintos órganos cuando no se identifica y atiende oportunamente.

¿Qué es la apnea del sueño?

La doctora Millán Rosas explicó que la apnea del sueño es un trastorno respiratorio que se presenta mientras dormimos y se caracteriza por interrupciones repetidas de la respiración. También pueden registrarse reducciones parciales del flujo de aire, conocidas como hipopneas. Estos episodios pueden disminuir la oxigenación del organismo y alterar el descanso.

Existen diferentes tipos de apnea. La más frecuente es la apnea obstructiva del sueño, que ocurre cuando la vía aérea superior se estrecha o se bloquea, dificultando el paso del aire. También existe la apnea central del sueño, menos frecuente, en la que el problema se relaciona con las señales que envía el cerebro para controlar la respiración.

En ambos casos puede producirse una disminución de la cantidad de aire que llega a los pulmones y, en consecuencia, una reducción de la oxigenación de la sangre. Ante esta situación, el organismo activa mecanismos destinados a recuperar la respiración.

También pueden presentarse episodios de apnea mixta, que combinan un componente central y otro obstructivo.

Aunque las causas pueden ser diferentes, estos trastornos comparten una característica: interrumpen el proceso normal del sueño y pueden manifestarse mediante distintos síntomas.

Síntomas

Uno de los signos más conocidos de la apnea obstructiva son los ronquidos. Sin embargo, la especialista aclaró que roncar no significa necesariamente que una persona tenga apnea, ya que también existen personas que roncan sin presentar este trastorno.

Otras señales de alerta son las pausas respiratorias observadas por quien comparte la habitación y los despertares con sensación de ahogo.

Otro de los principales efectos es despertar con la sensación de no haber descansado, incluso después de haber permanecido en la cama durante ocho horas. A esto pueden sumarse la somnolencia excesiva durante el día y el cansancio constante.

También pueden presentarse dolor de cabeza al despertar, irritabilidad, dificultad para concentrarse, problemas de memoria y sensación de “niebla mental”. La boca seca es otro síntoma posible, especialmente en pacientes que respiran por la boca durante la noche.

Reconocer estos signos puede ayudar a identificar el problema, pero también es importante considerar qué personas tienen mayores probabilidades de desarrollar apnea.

¿Quiénes tienen mayor riesgo?

La apnea obstructiva del sueño puede presentarse en diferentes personas, pero existen factores que aumentan el riesgo. Entre ellos se encuentran ser del sexo masculino, la obesidad, la edad avanzada y determinadas características anatómicas de la vía aérea.

La anatomía de la garganta también tiene un papel importante. Una lengua grande, determinadas características de la úvula, conocida popularmente como “campanilla”, una garganta estrecha, un cuello ancho y una mayor cantidad de tejido en la región pueden favorecer el estrechamiento de la vía aérea durante el sueño.

La edad es otro factor relevante. Conforme envejecemos, pueden producirse cambios en los músculos y tejidos que favorecen el colapso de la vía aérea en personas predispuestas.

Las mujeres tampoco están exentas de presentar apnea. De acuerdo con la explicación de la doctora Millán Rosas, el riesgo aumenta después de la menopausia. Los cambios hormonales de esta etapa pueden influir en el control de la respiración y en el funcionamiento de los músculos de la vía aérea.

Identificar estos factores es importante porque la apnea no solo afecta la sensación de descanso. Cuando las interrupciones respiratorias se repiten durante la noche, también pueden aparecer consecuencias durante el día y, si el trastorno permanece sin tratamiento, afectar otros sistemas del organismo.

Consecuencias de un mal descanso

Cuando la apnea interrumpe continuamente el sueño, las personas afectadas pueden experimentar lentitud mental, olvidos frecuentes, dificultades para concentrarse y cambios en el estado de ánimo.

La irritabilidad es frecuente y, en algunos casos, la mala calidad del sueño puede relacionarse con ansiedad. La persona puede incluso desarrollar preocupación por dormir debido a la sensación de que durante la noche tiene dificultades para respirar.

La somnolencia durante el día también representa un problema de seguridad. Una persona que se queda dormida involuntariamente puede sufrir un accidente mientras conduce o realiza actividades cotidianas. El riesgo no se limita al tránsito: también pueden ocurrir accidentes en casa o durante actividades que requieren permanecer alerta.

Sin embargo, las consecuencias de la apnea no se limitan a la calidad del descanso ni a sus efectos durante el día. Cuando las interrupciones respiratorias se repiten de manera constante, también pueden producir cambios que afectan al sistema cardiovascular y al cerebro.

Implicaciones en el corazón, la presión arterial y el cerebro

De acuerdo con la doctora Millán Rosas, las interrupciones repetidas de la respiración generan una respuesta en el organismo que puede afectar al sistema cardiovascular y al cerebro, particularmente cuando el trastorno permanece sin tratamiento.

Durante estos episodios puede disminuir la cantidad de oxígeno disponible en la sangre. Ante esta situación, el organismo pone en marcha mecanismos para intentar recuperar la respiración. Estas respuestas pueden aumentar la frecuencia cardíaca y la presión arterial, mientras que, en la apnea obstructiva, los esfuerzos por respirar contra una vía aérea cerrada generan cambios en la presión dentro del tórax.

Cuando esta respuesta se repite numerosas veces durante una misma noche y de manera constante a lo largo del tiempo, representa una exigencia para el sistema cardiovascular. Por ello, la apnea del sueño se ha relacionado con un mayor riesgo de hipertensión arterial y alteraciones del ritmo cardíaco, así como con otros problemas cardiovasculares. La especialista señaló que, en pacientes que no reciben tratamiento, también se ha asociado con padecimientos como la angina de pecho y el infarto agudo de miocardio.

Los episodios respiratorios también pueden provocar breves activaciones cerebrales, conocidas como microdespertares. Aunque pueden contribuir a recuperar la respiración, fragmentan el sueño y dificultan que sea reparador. La persona no siempre es consciente de que ocurren.

Además, la disminución repetida de oxígeno y las alteraciones cardiovasculares asociadas con la apnea se han relacionado con un mayor riesgo de eventos cerebrovasculares.

La apnea también puede coexistir con otros padecimientos, como la diabetes tipo 2, y contribuir a dificultades para controlar la glucosa. De esta manera, cuando el trastorno se mantiene sin tratamiento, sus efectos pueden contribuir al deterioro general de la salud.

¿Puede ser mortal?

Una interrogante frecuente sobre la apnea del sueño es si esta puede provocar la muerte. Para comprender ese riesgo, es importante considerar las complicaciones que el trastorno puede favorecer, especialmente cuando permanece sin tratamiento.

La apnea del sueño sin tratamiento puede aumentar el riesgo de problemas graves, como el infarto y los eventos cerebrovasculares, que pueden ser mortales. Su gravedad y sus consecuencias dependen de las características de cada paciente y de la presencia de otras enfermedades.

La somnolencia excesiva también puede tener consecuencias graves cuando provoca accidentes. Por ello, identificar el trastorno y recibir una evaluación médica resulta fundamental para determinar su gravedad y establecer el tratamiento adecuado.

¿Cómo se diagnostica?

El diagnóstico requiere una evaluación médica y se confirma mediante un estudio del sueño adecuado para cada paciente. La especialista explicó que existen diferentes modalidades de estudios.

El estudio tipo 1, conocido como polisomnografía supervisada, es el estándar de referencia. Se realiza en un laboratorio del sueño y permite vigilar al paciente durante la noche mediante diferentes sensores. Se registran la actividad cerebral, la actividad cardíaca, los movimientos respiratorios del tórax y el abdomen, la oxigenación de la sangre, el flujo de aire y determinados movimientos musculares, entre otras variables.

El estudio tipo 2 registra prácticamente las mismas variables, pero puede realizarse en el domicilio del paciente y sin la vigilancia continua que existe en un laboratorio.

El tipo 3 es un estudio respiratorio más sencillo, que registra variables como el flujo de aire, la oxigenación, la frecuencia cardíaca y los movimientos respiratorios.

Finalmente, el tipo 4 es todavía más simple y registra un número limitado de variables, según el dispositivo utilizado. Algunos equipos miden la oxigenación y el pulso, pero estos registros por sí solos no equivalen a una evaluación diagnóstica completa.

La elección del estudio depende de las características clínicas del paciente y de la indicación médica. Los estudios simplificados pueden utilizarse en determinados pacientes, pero tienen limitaciones. Si un estudio domiciliario resulta negativo, inconcluso o técnicamente insuficiente, puede ser necesario realizar una polisomnografía.

Una vez identificado el trastorno, el siguiente paso consiste en determinar su gravedad y seleccionar la estrategia de tratamiento más adecuada.

Tratamiento: no existe una solución única

Una vez realizado el diagnóstico, el tratamiento depende del tipo de apnea, su gravedad y las características del paciente. En adultos, la apnea obstructiva puede clasificarse como leve, moderada o grave, principalmente según el número de apneas e hipopneas por hora de sueño. También se consideran los síntomas, la disminución de la oxigenación y las enfermedades asociadas para orientar el tratamiento.

En algunos pacientes con ronquido habitual o apnea obstructiva leve pueden utilizarse dispositivos de avance mandibular. Estos aparatos, elaborados a la medida, buscan adelantar la mandíbula para favorecer el paso del aire. Su indicación requiere una valoración profesional.

En pacientes con apnea obstructiva, especialmente moderada o grave, puede indicarse un dispositivo de presión positiva continua en la vía aérea (CPAP, por sus siglas en inglés). Mediante una mascarilla, el equipo proporciona aire a una presión determinada para ayudar a mantener abierta la vía respiratoria durante el sueño. También puede utilizarse en determinados casos leves, según los síntomas y la evaluación médica.

La especialista enfatizó que estos dispositivos no deben adquirirse ni utilizarse sin una evaluación médica. El tratamiento requiere determinar si el paciente es candidato, realizar los ajustes correspondientes y mantener un seguimiento. Un dispositivo mal indicado o utilizado incorrectamente puede no resolver el problema e incluso ocasionar molestias o complicaciones.

Además del tratamiento específico, se deben considerar medidas relacionadas con la higiene del sueño y el estilo de vida. Entre las recomendaciones se encuentran evitar el uso de aparatos electrónicos antes de dormir, mantener horarios regulares, procurar una alimentación saludable y realizar actividad física. Estas medidas complementan el tratamiento, pero no lo sustituyen.

También se recomienda evitar el consumo de alcohol antes de dormir, debido a que puede relajar los músculos de la vía aérea y favorecer la aparición de más episodios de obstrucción.

La alimentación y el ejercicio son particularmente importantes en personas con sobrepeso u obesidad. Aunque el peso corporal no determina por sí solo que una persona vaya a desarrollar apnea, puede ser un factor que contribuya al problema. En estos pacientes, la reducción de peso puede ayudar a disminuir su gravedad.

Asimismo, es importante evaluar la respiración nasal. Algunos pacientes presentan inflamación o aumento de tejido en las fosas nasales que dificulta el paso del aire. Identificar y tratar estos problemas puede contribuir a mejorar la respiración durante el sueño, aunque no necesariamente resuelve la apnea.

El abordaje también puede incluir apoyo psicológico cuando existe ansiedad u otras consecuencias emocionales relacionadas con el trastorno.

Poner atención a las señales

Dormir varias horas no siempre significa haber descansado bien. Si los ronquidos son frecuentes, alguien observa pausas en la respiración, existe somnolencia durante el día o se presenta la sensación de despertar sin haber recuperado energía, es importante solicitar una evaluación médica y no asumir que se trata simplemente de malos hábitos o de falta de descanso.

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La lucha por recuperar la lactancia materna

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT) Continua 2023, sólo 34.2 por ciento de los bebés menores de seis meses son alimentados exclusivamente con leche materna. En mayo de 2026, UNICEF México seguía utilizando esta cifra como referencia nacional.

En los últimos años también se ha documentado la influencia que puede tener la promoción de sucedáneos de la leche materna. En 2026, UNICEF México informó que un monitoreo realizado entre abril de 2025 y enero de este año encontró más de mil presuntas infracciones al Código Internacional de Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna en plataformas digitales, entre ellas publicidad directa o encubierta, declaraciones nutricionales y de salud sin respaldo científico y estrategias que idealizan las fórmulas comerciales infantiles.

En agosto, el organismo advirtió además que la desinformación y la promoción de fórmulas comerciales pueden afectar el inicio y la continuidad de la lactancia materna. En México, más de la mitad de las fórmulas consumidas son recomendadas por personal de salud, directamente o mediante la presencia de marcas en artículos y regalos proporcionados por esta industria.

En relación con lo anterior, la ENSANUT 2022 señala que 27.2 por ciento de las niñas y los niños menores de dos años recibió fórmula comercial infantil durante los primeros tres días de vida.

Durante la Semana Mundial de la Lactancia Materna, la Organización Panamericana de la Salud señaló que la lactancia materna es una de las intervenciones más eficaces para mejorar la supervivencia, la nutrición, la salud y el desarrollo infantil porque brinda una nutrición óptima, protege contra enfermedades infecciosas, contribuye al desarrollo cognitivo y reduce el riesgo de sobrepeso y obesidad en etapas posteriores de la vida.

Al mismo tiempo, las madres también se benefician porque amamantar se asocia con un menor riesgo de cáncer de mama y de ovario y de diabetes tipo 2.

“Como es bien sabido, antes de la llegada de los españoles al territorio que hoy es México el amamantamiento fue la regla. Por fray Diego de Landa sabemos que los niños eran amamantados durante tres y cuatro años, por lo que según él había gente de tan buenas fuerzas, y que los mayas eran altos”, señaló Ana María Carrillo Farga en su conferencia La lactancia materna en México, entre la tradición y la medicalización, que dio el 27 de agosto de 2026 en el Auditorio Dr. Ramón de la Fuente Muñiz, de la Facultad de Medicina de la UNAM.

“Por su parte, en el siglo XVI a fray Bernardino de Sahagún sus informantes le relataron que entre los mexicas todas las mujeres amamantaban, incluso las esposas de los emperadores”, agregó la investigadora.

“Esta tendencia continuó prácticamente inalterada durante los tres siglos de la colonización española. Incluso en el Museo Amparo de Puebla se puede ver un cuadro novohispano anónimo de la Virgen de la Leche, que es una representación de la Virgen María amamantando al Niño Jesús”, señaló la doctora Carrillo Farga, fundadora del Seminario Permanente de Historia de la Medicina y la Salud Pública en América Latina de la Facultad de Medicina.

La Liga de la Lactancia Materna

La investigadora recordó una anécdota de la década de 1950 en Estados Unidos. En 1956, en pleno auge de la alimentación artificial, con el fin de apoyarse y poder amamantar a sus hijos, siete mujeres decidieron fundar un grupo al que llamaron The Breastfeeding League o Liga de la Lactancia Materna.

Sin embargo, les informaron que no era posible que en Estados Unidos una asociación llevara la palabra “pecho” en su nombre, así que decidieron llamarla La Leche League, nombre que tomaron de la Virgen de la Leche y el Buen Parto, de España.

“Volviendo a la Nueva España, Marcos Cortés Guadarrama, de la Universidad de Veracruz, en sus estudios analiza cómo vieron a la lactancia y a los lactantes los religiosos, médicos, cirujanos y naturalistas del periodo, quienes recomendaban utilizar la leche materna para tratar desde la sordera y problemas oculares, hasta las fiebres en los tísicos”.

Estas prácticas deben entenderse dentro de los conocimientos médicos de aquella época y no como recomendaciones terapéuticas actuales.

Pero las mujeres debieron haber conocido remedios para ese y otros problemas comunes al amamantamiento, porque esta práctica continuó al menos durante 60 años después de la Independencia.

Los inicios de los cambios en la alimentación

“En la última década del siglo XIX comenzó el cambio de la lactancia materna a la alimentación con sucedáneos de la leche humana, que ocurrió simultáneamente en varios lugares del mundo, y siguió durante cien años”, señaló la investigadora.

Aunque hubo muchas razones para este cambio, la fundamental fue que una parte de la profesión médica influyó en la forma en que las madres mexicanas alimentaban a sus hijos.

“Sitúo los inicios de este proceso hacia 1892. Ese año, en la Escuela Nacional de Medicina fue establecida la Clínica de Enfermedades Infantiles, que al principio tuvo carácter de cátedra de perfeccionamiento, pero a partir de 1897 se convirtió en una materia obligatoria para los estudiantes de medicina, y en 1906 pasó a ser una especialidad”, señala la académica.

Los nuevos especialistas trataron de influir en tres aspectos: la maternidad científica, el control de las nodrizas y los primeros experimentos con lactancia artificial.

“En relación con la maternidad científica, los médicos pusieron en duda la capacidad de las madres para criar a sus hijos y comenzaron a definir la alimentación de los infantes como un fenómeno complejo, especializado y científico que por lo mismo debía quedar bajo la esfera del servicio profesional”, explica Carrillo Farga.

Hasta entonces, las madres solían escuchar a sus bebés para saber cuándo amamantarlos, darles alimentos sólidos o destetarlos, pero los médicos de finales del siglo XIX dedicados a la atención de niños opusieron al instinto materno la educación para la maternidad e intentaron sujetar la lactancia natural a ciertas normas.

“Por ejemplo, llamaban a alimentar al niño con el pecho entre 24 y hasta 48 horas después del nacimiento, pues calificaban al calostro como nocivo para los niños, y también hacían llamados a concentrarse desde el inicio de la vida del niño en la regularidad de las comidas”.

Estas indicaciones corresponden a la medicina de finales del siglo XIX. En la actualidad, la OMS y UNICEF recomiendan iniciar la lactancia durante la primera hora después del nacimiento y amamantar a libre demanda. El calostro aporta nutrientes y factores inmunológicos y de crecimiento importantes para el recién nacido.

Consideraban a la lactancia natural como lo mejor, pero estaba contraindicada en un gran número de casos: cuando las mujeres padecían anemia o alguna enfermedad transmisible, tenían lesiones en el pezón, pechos pequeños o muy grandes, eran irascibles o nerviosas.

“También cuando los niños tomaban el pecho con avidez o rehusaban tomarlo, si vomitaban entre dos mamadas o presentaban temperatura elevada. De acuerdo con los facultativos, en cualesquiera de estas situaciones, la madre tenía que renunciar a su deseo de amamantar”.

Esas contraindicaciones pertenecen igualmente a los criterios médicos de aquella época y no deben interpretarse como recomendaciones actuales. Hoy las situaciones en las que la lactancia debe suspenderse o evitarse son específicas y requieren una valoración individual.

Las nodrizas

Todavía a inicios del siglo XX se recurría a ellas por muerte o enfermedad grave de la madre, y en el caso de niños de familias ricas y de niños abandonados.

“En 1767, la Iglesia Católica estableció en la Ciudad de México la casa de cuna Casa de Niños Expósitos. En sus estudios, Pilar Gonzalvo concluyó que no se construyó tanto porque hubiera muchos niños abandonados, sino porque se consideraba un escándalo que las madres solteras vivieran con sus hijos”, señaló la investigadora.

En su obra La vida en México durante la residencia de dos años en ese país, que se publicó en inglés en 1843, la marquesa Calderón de la Barca, escocesa casada con el primer ministro de España en México después de la Independencia, menciona que había madres que dejaban a sus hijos en la Casa de Niños Expósitos para evitar que se les criticara por tener un hijo siendo solteras, pero que después se contrataban como nodrizas sin salario para poder amamantarlos.

“Esto, precisamente, lo confirma con datos fehacientes la Introducción a la Guía del Fondo Casa de Niños Expósitos del Archivo Histórico de la Secretaría de Salud, escrita por Xóchitl Martínez”, señala Ana María Carrillo.

Algunos testimonios de la época coinciden en que en general las nodrizas cuidaban muy bien a los niños, pero en esta época la profesión médica empezó a caracterizar a las amas de cría, como también se les conocía, como peligrosas. Esto condujo a considerar que su trabajo debía estar sujeto a la inspección de las autoridades sanitarias.

“Hasta entonces, la manera tradicional para confirmar que una nutriz estaba sana era observar a su bebé. Sin embargo, la mayoría de los médicos exigían el análisis de la composición de la leche por el microscopio y un detenido examen médico de toda posible nodriza, el cual violaba los códigos decimonónicos del pudor. Como en el caso de las madres, muchos médicos tuvieron hacia las nodrizas un doble discurso”, señala la investigadora.

En casi todos los artículos sobre alimentación de los recién nacidos se mencionaba que a falta de la madre debía recurrirse a un ama de cría, pero éstas fueron censuradas por favorecer a sus propios hijos, por lo que llegaron a ser separadas de sus recién nacidos.

“A finales del siglo XIX surgieron las nodrizas in situ, que ya no amamantaban a su hijo y al otro niño, sino sólo al otro niño, generalmente de casas ricas, pero entonces las acusaron de ser malas madres”, dice la investigadora.

Experimentos con la lactancia artificial

“Por lo que toca a los experimentos con lactancia artificial, empezó a ponerse en duda la idoneidad de la leche humana. Por ejemplo, el periódico La Emulación, publicación de la Sociedad Médico-Farmacéutica, de Mérida, Yucatán, afirmaba que la leche de algunas madres era pobre, por lo tanto, inadecuada para los niños, pero que la de otras mamás era demasiado rica, por lo que podía causar indigestiones y trastornos nerviosos”.

En México, como en otros lugares del planeta, se experimentaba con leche de vaca diluida en agua y con azúcar, a la que luego se fueron agregando otras cosas, como harina, bicarbonato o cebada perla.

“Algunas compañías encontraron en la alimentación con biberón un negocio rentable, y en el último tercio del siglo XIX ya producían fórmulas basadas en la leche de vaca”.

En 1867 fue introducido el alimento para lactantes de Liebig, uno de los primeros preparados comerciales de este tipo, y en 1870 Nestlé ya exportaba su fórmula a Europa, Estados Unidos y Australia. También llegaba a México.

“Desde entonces, se desarrolló un discurso que seguiría repitiéndose en prácticamente cada artículo en el siglo XX: el amamantamiento constituía el mejor modo de alimentación para los niños recién nacidos, pero a falta de lactancia completa por el seno, la mixta, bien conducida, ofrecía ventajas reales. Y la lactancia artificial con leche de vaca, rodeada de grandes precauciones, podía dar buenos resultados”.

“Con excepciones, estas fueron las tesis cada vez más empleadas por muchos pediatras: sugerían alimentar al niño con leche de burra, de cabra o de vaca, en ese orden”.

La de cabra ofrecía la ventaja de que el niño podía mamar directamente del animal, y a esa cabra había que consentirla y nunca castigarla, aunque en la ciudad era difícil tener una cabra.

Los médicos experimentaron con leche artificial en dos espacios de la Ciudad de México, la Gota de Leche para Madres Trabajadoras y la Casa de Niños Expósitos.

La medicalización de la lactancia

La intervención médica en la alimentación de los infantes, natural o artificial, fue paralela a la penetración de la profesión médica en todos los espacios privados y públicos.

“La definición de medicalización de la lactancia es el intento de expropiación del poder de las madres por los profesionales de la salud para determinar el patrón de alimentación que seguirían, así como la intervención sistemática en la vigilancia de la salud de los infantes y en el control del cuerpo y el comportamiento de las madres”, expresa la académica.

“Estas políticas fueron interrumpidas durante la Revolución de 1910, pero se reorganizaron en 1921, al término de la Revolución”.

“Son muchísimas las ventajas de la lactancia materna, tanto nutricionales, como fisiológicas, económicas, inmunológicas, tanto para la madre como para el niño”, dice la doctora Carrillo Farga.

“En un estudio cohorte con maestras, ESMaestras, del Instituto Nacional de Salud Pública, que ya cumplió veinte años, de los treinta que se planearon, se ha encontrado que hay una asociación entre las madres que amamantaron y la protección frente al cáncer de mama”.

El Estudio de la Salud de las Maestras (ESMaestras) cumplió dos décadas en 2026. Esta cohorte está integrada por 115 mil 273 maestras de educación básica de 12 estados del país y ha generado investigaciones sobre salud reproductiva, enfermedades cardiometabólicas y distintos tipos de cáncer, entre otros temas.

Durante la conversación posterior a la conferencia, Carrillo Farga hizo una precisión importante sobre el acompañamiento a las mujeres:

“A mí me parece muy importante que las mujeres que quieren amamantar reciban todo el apoyo que necesitan del Estado, de la profesión médica, de la sociedad, y que si alguna mujer no quiere o no puede amamantar, también sea respetada sin culpa”.

A más de un siglo del inicio de este proceso, todavía queda mucho por hacer para apoyar la lactancia materna. El desafío no consiste únicamente en informar sobre sus beneficios, sino también en ofrecer acompañamiento a quienes desean amamantar y garantizar que las familias puedan tomar decisiones informadas, con evidencia científica y sin presiones comerciales indebidas.

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Juan Rulfo en Voz Viva de México

La obra de Juan Rulfo ocupa un lugar central en la literatura mexicana del siglo XX pese a estar concentrada en pocos títulos. En 1953 apareció El llano en llamas, el volumen de cuentos en el que quedaron reunidos algunos de sus relatos más conocidos; dos años después se publicó Pedro Páramo, novela construida entre voces, recuerdos, silencios y muertos que continúan hablando.

Leer a Rulfo permite entrar en ese universo. Escucharlo introduce otra dimensión: la voz física del escritor, sus pausas y la manera en que deja avanzar las palabras sin apartarlas de la sobriedad que caracteriza sus textos. Esa posibilidad se encuentra en la edición dedicada a Juan Rulfo de la serie Voz Viva de México, producida por la Dirección de Literatura de la UNAM.

La grabación reúne fragmentos de Pedro Páramo y cuatro relatos de El llano en llamas: “Luvina”, “Talpa”, “¡Diles que no me maten!” y “No oyes ladrar los perros”. La lectura está a cargo del propio Juan Rulfo. La ficha de la colección identifica, además, las ediciones originales del Fondo de Cultura Económica de 1955 para Pedro Páramo y de 1953 para El llano en llamas.

La selección permite reconocer algunas de las situaciones que atraviesan su narrativa. En “Luvina”, el paisaje parece extender sobre sus habitantes una sensación de abandono; en “Talpa”, el viaje está marcado por la culpa y por aquello que los personajes no pueden reparar; “¡Diles que no me maten!” coloca frente a frente el miedo a morir y las consecuencias de un hecho ocurrido muchos años atrás; mientras que “No oyes ladrar los perros” concentra, en el trayecto de un padre y su hijo, una relación atravesada por el reproche, el cansancio y una esperanza cada vez más frágil.

Los fragmentos de Pedro Páramo, por su parte, devuelven al territorio de Comala y a una novela donde hablar desde la muerte no constituye una ruptura excepcional, sino una de las condiciones mismas del relato. En Rulfo, las voces se escuchan aun cuando ya no parece quedar nadie que pueda responderles.

Felipe Garrido, encargado de la presentación de esta edición, llama la atención precisamente sobre lo que ocurre cuando esos textos pasan por la voz de su autor. Considera los cuatro cuentos incluidos entre las piezas fundamentales de Rulfo y observa en su lectura la ausencia de aspavientos, la socarronería y una manera de decir en la que las emociones aparecen contenidas. Para Garrido, son las inflexiones discretas y a veces casi ocultas las que permiten percibir esa contención con particular claridad.

Ahí reside el interés particular de este registro. Voz Viva de México no sustituye la experiencia de leer Pedro Páramo o El llano en llamas, pero conserva algo que la página por sí sola no puede ofrecer: la posibilidad de escuchar las palabras de Rulfo pronunciadas por Juan Rulfo.

La grabación puede consultarse en la colección Voz Viva de México de la UNAM

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Frecuencias del pasado: sintonizando las marcas del estrés en el genoma y como resuenan en la salud mental

La ciudad de la antigua Tenochtitlán, frecuentemente sacudida por temblores, vivió hace un mes un sismo particularmente fuerte que generó graves daños, afectando severamente el barrio La Guadalupana. Luis y Elena vivían en el emblemático edificio gris de la calle Estrella del Tepeyac, que sufrió graves daños estructurales. Ambos estaban en sus hogares cuando comenzó el temblor y tuvieron que evacuar rápidamente para protegerse. Si bien Luis resultó afectado por la difícil situación, pudo volver a su rutina diaria sin mayores inconvenientes. Elena, en cambio, comenzó a experimentar una intensa ansiedad, con dificultades para conciliar el sueño y un temor constante a que otro terremoto ocurriera. Su angustia fue tal que decidió buscar ayuda profesional para afrontar sus emociones y manejar el malestar que ha estado sufriendo.

Dicho ejemplo muestra por qué, a pesar de haber vivido lo mismo, cada sujeto reacciona de manera distinta. La diferencia en sus respuestas no se debe sólo a factores externos, como el piso del edificio en que cada uno vivía o el apoyo que recibieron de amigos, familiares o compañeros, sino también a características propias de cada sujeto, tales como su personalidad, su edad, su sexo, o su estilo de vida. Además, los factores biológicos, incluidos los genes (que como sabemos, son segmentos de ADN) y su “prendido” o “apagado”, mediante mecanismos epigenéticos, también juegan un papel crucial.

Pero ¿qué son los mecanismos epigenéticos? Son cambios químicos en la estructura del material genético que no alteran su secuencia (esto es, el orden en el que están los nucleótidos), pero que sí influyen en cómo se prenden y se apagan los genes, es decir, en cómo estos producen lo que está codificado en ellos. Imaginemos que al activar o desactivar genes, se ajusta un panel repleto de interruptores, que va a modelar cómo se ve y cómo funciona el organismo.

Existen diversas marcas epigenéticas, pero en este artículo nos referiremos a una de las más estudiadas: la metilación, que consiste en la adición de un grupo metilo (CH3 ̶ ), a regiones específicas del material genético, generalmente cercanas al inicio de un gen (que es una secuencia específica de ADN). Esta zona, que conocemos como “promotor”, tiene funciones reguladoras, ya que actúa como un “interruptor” que indica si un gen está activo y se produce lo que está codificado en él o si está inactivo. En la mayoría de los casos, la presencia de grupos metilo en esta región se asocia con “desactivación” o “apagado” de genes.

Los cambios epigenéticos pueden ser inducidos por factores ambientales y, una vez establecidos, pueden persistir a lo largo de la vida, incluso en ausencia del estímulo que los produjo, creando una forma de “memoria genética” qué influye en la actividad de los genes.

Hoy nos gustaría hablarte sobre cómo estos mecanismos influyen en la respuesta a situaciones estresantes. Para ello te invitamos a que imagines a la epigenética como la perilla con la que sintonizamos las estaciones de radio y ésta se mueve ligeramente en respuesta a las experiencias que vivimos en ciertas etapas de la vida como la infancia, sintonizando la actividad de muchos genes para alcanzar la frecuencia que determinará el modo en que responderemos al estrés en situaciones futuras  Cabe señalar que el estrés es un estímulo que se percibe como amenazante e interfiere con el equilibrio interno. La forma en la que los genes producen lo que está codificado en su secuencia, define si la estación de radio sintonizada nos ayudará a tener una respuesta resiliente (de adaptación), o nos dejará atrapados en una frecuencia que nos mantiene en el distrés o malestar, lo que afecta nuestra salud física y mental.

Es decir, la epigenética funciona como una perilla que define qué genes se “activan” o se “desactivan” en respuesta a estímulos ambientales particulares. Lo anterior no significa que cambie la secuencia del ADN, sino que la epigenética modula la forma en la que los genes se prenden o se apagan, marcando la diferencia entre una respuesta saludable y una respuesta negativa al estrés.

El Dr. Michael Meaney, de la Universidad de McGill en Canadá, fue pionero en entender estos procesos. En sus primeros trabajos demostró que el cuidado materno influye en la respuesta al estrés, ya que las crías de ratas que reciben más cuidados de sus madres, desarrollan mayor resiliencia; mientras que las que reciben menos cuidado, muestran una mayor tendencia al distrés.

Para entender los mecanismos moleculares que subyacen a esta respuesta, fue fundamental la colaboración entre el Dr. Meaney y el Dr. Moshe Szyf, también de la Universidad de McGill, pero experto en epigenética y cáncer. En este esfuerzo se descubrió que, en las crías menos cuidadas, un gen importante en la respuesta al estrés conocido como “receptor de glucocorticoides” (GR), está químicamente “desactivado”, por la presencia de grupos metilo en la región “promotora” del gen, lo cual genera mayor vulnerabilidad al estrés.

De manera fascinante, lo que se observó en ratas ya se ha replicado en humanos. Se reportó que sujetos con antecedente de maltrato en la infancia no sólo mostraron “desactivado” el GR, sino que se identificaron cambios en la metilación del material genético en alrededor de 360 genes. Estos resultados, que fueron posibles gracias a la colaboración del Dr. Meaney con el Dr. Gustavo Turecki, también de la Universidad de McGill, y experto en la neurobiología de la depresión y el suicidio, sustentan la idea de que las experiencias en la infancia pueden dejar marcas epigenéticas duraderas, a través de la presencia/ausencia de grupos metilo en diversos genes, con importantes implicaciones en la respuesta al estrés en la vida adulta.

También se ha sugerido que el efecto de las experiencias adversas se puede transmitir de una generación a la siguiente. En sus estudios con descendientes de sobrevivientes del Holocausto, el equipo de la Dra. Rachel Yehuda de la Escuela de Medicina Mount Sinaí en Nueva York, experta en trauma, y colaboradora del Dr. Meaney, identificó en esos sobrevivientes, y a su vez en sus hijos con Trastorno de Estrés Postraumático, cambios en la metilación de genes relacionados con la respuesta al estrés. Si bien es posible que estos efectos se deban, en parte, a los patrones de crianza de los padres con problemas de salud mental, los hallazgos sugieren que el efecto del trauma también puede transmitirse biológicamente mediante marcas epigenéticas, probablemente a través de varias generaciones.

La evidencia de que nuestras experiencias, o las que vivieron nuestros padres o abuelos, dejan marcas duraderas en el genoma, es un tema fascinante. Estos hallazgos nos ayudan a comenzar a comprender algunos mecanismos mediante los cuales el estrés modifica nuestra biología mediante marcas epigenéticas, como la metilación del material genético, que pueden influir, aunque no determinar, ciertos aspectos de la salud mental.

En este sentido, es importante recordar que las marcas epigenéticas constituyen solo una pieza del rompecabezas para comprender la salud mental, la cual surge de la compleja interacción entre factores biológicos (genéticos y epigenéticos) y ambientales. Por lo que aún queda un largo camino por recorrer antes de aplicar la epigenética al manejo y tratamiento de los trastornos mentales.

Para avanzar en este camino, resulta fundamental fomentar la colaboración interdisciplinaria que ayude a profundizar la relación entre el estrés y los mecanismos epigenéticos, como la metilación del material genético, particularmente en poblaciones vulnerables. Este enfoque permitirá identificar los factores que regulan las interacciones entre nuestra biología y el medio ambiente en el que nos desenvolvemos, así como su papel en la prevención y tratamiento de los trastornos mentales.

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Mientras dormimos: lo que la ciencia descubrió sobre los sueños

Resumen: Cada noche, mientras dormimos, el cerebro no descansa: sueña. Los sueños son una forma de actividad cognitiva subjetiva que procesa emociones, memorias y experiencias del día; aunque no siempre los recordemos, eso no indica ningún problema de salud. Este artículo recorre lo que la ciencia sabe sobre los sueños: por qué ocurren, en qué etapas del sueño aparecen —y por qué no es exclusivo de la fase rem—, cómo el estrés y el trauma los intensifican, y qué son los sueños lúcidos. A partir de investigaciones recientes, se exploran también las pesadillas como respuesta al procesamiento emocional y su relación con eventos como la pandemia de covid-19. Un recorrido por uno de los fenómenos más universales y menos comprendidos de la experiencia humana.

Introducción

Los sueños son sucesos cognitivos fascinantes e interesantes que ocurren al dormir. No siempre se recuerdan —y eso no representa ningún problema de salud—. Su duración y su contenido varían incluso dentro de la misma persona, y sólo el ensoñador tiene acceso directo a lo que sueña. Esa condición íntima plantea un problema para su estudio: no existe una vía directa para investigar los fenómenos oníricos de forma global. Cada individuo accede sólo a sus propios sueños, nunca a los de los demás. Aun así, la imposibilidad de observarlos de manera directa no cancela su estudio. Existen herramientas indirectas —entrevistas, encuestas— que permiten explorar con qué sueñan otras personas. Sin embargo, estos métodos introducen nuevas dificultades: dependen por completo del testimonio del encuestado, que puede ser impreciso por reserva, por fallas de memoria o por otras razones. Por ello, una de las estrategias más confiables consiste en observar a un individuo mientras duerme y realizarle diversos estudios, como los electroencefalogramas (eeg) y la resonancia magnética funcional (fMRI). Estos permiten conocer la profundidad del sueño, relacionar la actividad onírica con los movimientos corporales e identificar qué partes del cerebro muestran actividad, entre otros aspectos (Scarpelli et al., 2022).

Qué son los sueños y para qué sirven

Una vez reconocidas las dificultades del material onírico, es posible aproximarse a su naturaleza. Los sueños son una actividad cerebral cognitiva y subjetiva que ocurre durante el sueño y que busca imitar la realidad. Se generan en la imaginación; sin embargo, persiste la pregunta: ¿por qué soñamos?, ¿tiene alguna función o se trata de un residuo evolutivo? La evidencia sugiere que soñar cumple funciones benéficas. Según Scarpelli et al. (2022), los sueños ayudan a procesar el exceso de información mental y emocional acumulada durante el día. A través de la actividad onírica, la mente construye representaciones de la realidad que expresan lo vivido: deseos, fantasías, miedos y otras experiencias. Esta forma de expresión contribuye a la salud mental (Scalabrini et al., 2021).

Cuando la noche procesa lo difícil

Si los sueños procesan estados emocionales, también intervienen en la elaboración de experiencias traumáticas o estresantes. En estos casos, aumentan su frecuencia, vividez, intensidad emocional y facilidad de recuerdo (Scalabrini et al., 2021). Algunos autores, como Scarpelli et al. (2022), interpretan este fenómeno como una desviación de la función general; aun así, conserva el propósito de procesar la sobrecarga diaria. Estos sueños, asociados con el trauma o el estrés, se conocen como pesadillas. Se distinguen por su carga emocional negativa y por la huella que dejan en el soñador. En la mayoría de los casos, los sueños con emociones intensas —sobre todo negativas— se recuerdan con mayor facilidad y ocurren con más frecuencia que aquellos de tono positivo. Un ejemplo claro apareció durante la pandemia de covid-19. En ese periodo, muchas personas vivieron estados persistentes de ansiedad. La investigación de Sommantico et al. (2021) mostró que los sueños se volvieron más intensos, frecuentes y vívidos. Además, cuanto más cercanos eran los eventos estresantes, mayor era la presencia de emociones negativas en los sueños. El mismo estudio señala variaciones según la edad: los adolescentes reportaron sueños más breves y fáciles de recordar, mientras que los adultos presentaron con mayor frecuencia emociones negativas e impresiones sensoriales.

La geografía del descanso: dónde ocurre el sueño

El simple hecho de dormir no garantiza entrar en un estado de ensoñación; para comprenderlo, es necesario revisar las etapas del sueño. Según Fabres y Moya (2021), estas pueden dividirse en sueño rem —del inglés Rapid Eye Movement, o movimiento ocular rápido— y no rem. El sueño no rem se subdivide en tres fases. La fase N1 corresponde a un estado de somnolencia y agrupa alrededor del 5 % del tiempo de sueño total. La fase N2 se distingue por unas ondas cerebrales denominadas husos de sueño y complejo K; representa entre el 45 y el 55 % del tiempo total del sueño. La fase N3, la más profunda y con mayores propiedades reparadoras para el cuerpo, constituye cerca del 15-20 % del tiempo de sueño total. La otra etapa, el sueño rem, conforma entre el 20 y el 25 % del tiempo de sueño total. Suele manifestarse entre 60 y 120 minutos después de conciliar el sueño y se caracteriza por una parálisis muscular, una actividad de ondas cerebrales desordenadas y un movimiento ocular rápido de forma horizontal.

Espiral

Aunque muchos autores consideran el sueño rem como la etapa en que tienen lugar los sueños, Scarpelli et al. (2022) señalan que es posible experimentarlos en ambas fases —rem y no rem—, pues al modificar el criterio de recolección de datos se pueden obtener reportes de sueños durante la fase no rem. Siclari et al. (2017) van más lejos: aunque es más habitual que las personas recuerden haber soñado tras la fase rem, también existen casos en que se reportan sueños en quienes han atravesado únicamente la fase no rem. Estos autores señalan que los sueños se distinguen más por la actividad cerebral en zonas concretas del área cortical posterior del cerebro —a las que denominan hot zones— que por la fase de sueño en que se encuentre la persona. Dicha actividad se caracteriza por un bajo contenido de actividad de baja frecuencia y un alto contenido de actividad de alta frecuencia. Bajo estos criterios, los sueños en estado no rem son posibles, aunque tienden a ser más fragmentados, basados principalmente en pensamientos y con una baja carga emocional; el sueño rem, en cambio, se caracterizará por sueños más bizarros, vívidos y fantasiosos, con una mayor carga emocional.

Sueños lúcidos: cuando el soñador toma el control

Los sueños son, en términos generales, imágenes y representaciones mentales generadas de manera involuntaria que buscan replicar la realidad. Sin embargo, hay ocasiones en que dejan de ser completamente involuntarios; en esos casos se les conoce como sueños lúcidos. Los sueños lúcidos implican un grado de consciencia durante la ensoñación: el soñador es capaz de percatarse de que los sucesos que experimenta no son la realidad, sino sólo un sueño, y eso le otorga cierto control sobre lo que ocurre. Quienes los experimentan también desarrollan una mayor capacidad para recordar sus sueños. Por todo ello, el entrenamiento del sueño lúcido resulta de gran utilidad para que una persona logre superar exitosamente una pesadilla (Méndez de la Brena y Schoenmann, 2020).

Lo que aún no sabemos

A lo largo de este texto se han repasado diversos conceptos para comprender los sueños; ahora es posible acercarse a ellos con mayor claridad. Aun así, conviene recordar que los sueños son individuales: la forma en que cada persona los experimenta es única, pues dependen en gran medida de las circunstancias en que cada uno se ha desarrollado. Esto abre interrogantes que la ciencia todavía no ha respondido: ¿con qué sueñan las personas ciegas? ¿Los animales también son capaces de soñar, o los humanos somos los únicos con esa capacidad? Estas preguntas muestran que estamos muy lejos de descifrar la totalidad de lo que significa soñar. Sin embargo, eso no debería desalentar a ningún investigador —ni a ningún lector— interesado en la experiencia onírica; la búsqueda de esas respuestas suele ser, en muchas ocasiones, bastante divertida, sobre todo cuando el tema es tan fascinante como los sueños. Grandes obras científicas y de entretenimiento han sido igualmente cautivadas por los sueños, y no es de extrañar: se trata de un tema comprensible de manera universal, sin importar la lengua o la cultura. Despierta un interés generalizado porque representa, de modo extraordinario, todo lo que ocurre en nuestra mente —experiencias, memorias, ideas, miedos, deseos y mucho más. Como nota final, recomendamos a las personas lectoras que sigan ampliando sus conocimientos sobre los sueños como método de comprensión propia, pues a través de ellos expresamos gran parte de lo que sentimos y pensamos. Quien logre aceptarlos y comprenderlos obtendrá un nuevo entendimiento de sí mismo y de quienes lo rodean.

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La luz que volví a encender, impresión a impresión: mi verano en King’s College London

Desde que era pequeña tenía la ilusión de estudiar en el extranjero. Como estudiante de la Licenciatura de Física Biomédica en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, deseaba vivir una experiencia que me permitiera ampliar mi formación académica y conocer otras formas de aprender. Sin embargo, por diferentes factores sentía que esta meta se iba alejando de mi camino poco a poco, así que por un tiempo esa luz se fue apagando. 

Todo cambió a finales de 2025, cuando recibí un correo institucional sobre los siguientes cursos de Verano Puma. Yo ya sabía de la existencia de estos programas, pero tenía entendido que eran únicamente para la profundización del idioma, lo cual no estaba dentro de mis intereses y por ello, nunca les había prestado demasiada atención. 

Esta vez era diferente: la oferta de Verano Puma del Centro de Estudios Mexicanos UNAM–Reino Unido incluía la posibilidad de elegir entre varios cursos de especialización impartidos por King’s College London (KCL) lo que captó aún más mi atención. Aun así, había algo que no me hacía animarme por completo; fuera inseguridad o miedo, no sabía exactamente qué era  lo que me frenaba.

Llegamos a inicios de 2026 y comencé mis prácticas profesionales. No sé si fue el destino, pero el proyecto que me tocó desarrollar implicaba impresión 3D en el sector salud. Fue en ese momento cuando decidí que ir este verano a Inglaterra era verdaderamente parte de mi camino. Envié mis documentos y fui aceptada para cursar “Medical Applications of 3D Printing”, y no solo eso, sino en una de las universidades que se encuentra dentro del ranking 50 a nivel mundial: King’s College London.

El programa nos brindó la opción de alojarnos en una de las residencias estudiantiles de la universidad, lo que hizo la experiencia aún más enriquecedora al permitirnos vivir de primera mano la vida universitaria regular de un estudiante de KCL. La residencia se encontraba a solo diez minutos caminando del campus donde tomaba mis clases: el Guy’s Campus.

En mi primer día estaba algo confundida porque llegué a un hospital, pero pronto descubrí que se trataba de un campus adyacente a Guy’s Hospital, donde se encuentra la Facultad de Ciencias de la Vida y Medicina de King’s College London.

Durante el curso se nos asignó un equipo y debíamos desarrollar un proyecto para presentarlo al final. Decidimos diseñar un maniquí que simulara la anatomía y textura de un cerebro, e incluyera un tumor en su interior con el fin de ser útil en la planeación de cirugías.

Estos modelos de tumores cerebrales impresos en 3D son de gran utilidad en neurocirugía, ya que permiten reconstrucciones tridimensionales de las lesiones a partir de imágenes de resonancia magnética en 2D y herramientas diseño asistido por computadora.

Mi función dentro del equipo consistió en la segmentación de imágenes médicas, un proceso que permite tomar los estudios generados por un equipo de imagen médica (CT, MRI) y convertirlas en un modelo tridimensional. Aunque ya estaba familiarizada con esta tarea utilizando el programa 3D Slicer, el profesor nos enseñó a usar ITK-SNAP, lo cual fue muy beneficioso para conocer nuevas herramientas en un proceso con el que ya había trabajado. Dado que no tenía tanta experiencia en modelado 3D, aprender a usar Fusión 360 fue una gran oportunidad. Además, para la edición de los modelos nos enseñaron a usar Meshmixer, y llevamos a cabo el proceso de impresión utilizando el software Bambu Studio con impresoras Bambu Lab.  

Fue una vivencia plenamente multidisciplinaria. Aunque todas las personas que integramos el equipo pertenecíamos al área de la salud, proveníamos de carreras distintas, como medicina, ingeniería biomédica, ciencias biomédicas y física biomédica. Esta diversidad de conocimientos nos permitió complementarnos y abordar el proyecto desde diferentes perspectivas. El curso nos brindó de habilidades  muy valiosas para nuestros futuros campos profesionales.

Además del aprendizaje académico, pude tener grandes experiencias sociales. El campus se encontraba muy cerca de London Bridge, así que, al salir de clases, era muy fácil desplazarme hacia diferentes sitios turísticos. No puedo ni recordar la cantidad de veces  que crucé por el London Bridge, pasé junto al Big Ben o vi el London Eye solo caminando de un lugar a otro, lo que me permitió conocer la cotidianidad de la ciudad. 

No era necesario ir a alguna atracción en particular; bastaba con caminar y perderme entre   sus calles para asombrarse con la belleza de Londres. Durante esos recorridos podía encontrar las casas donde vivieron figuras destacadas de la literatura, el cine, las artes y otros ámbitos de la historia.

A unos cuantos pasos de la escuela también se encontraba el Borough Market, un emblemático mercado donde disfrutaba muchísimo ir a comer. Por si fuera poco, durante los fines de semana tuve la gran oportunidad de viajar más allá de Londres y explorar lugares increíbles como Stonehenge, Bath, Liverpool y Oxford.

A la par, pude convivir con personas de diferentes países. Fue una oportunidad única para conocer nuevas culturas y puntos de vista. Había estudiantes de cada uno de los continentes y podíamos pasar horas platicando sobre nuestras vidas. 

Aunque veníamos de contextos culturales, políticos, religiosos e idiomas totalmente distintos —y en cualquier otra circunstancia tal vez no nos hubiésemos conocido—, era increíble cómo podíamos encontrar tantas cosas en común. 

Londres también ofrece una enorme cantidad de museos (la mayoría gratuitos), así como obras de teatro, musicales, ópera, ballets y conciertos. Es una ciudad sumamente amigable con las y los estudiantes, ya que al ser menores de 25 años muchos de estos eventos cuentan con descuento.

La universidad también organizó actividades de integración para que pudiéramos convivir con estudiantes de otros cursos de King’s College London, entre ellas un espectáculo de stand-up, un paseo en ferry y diversas reuniones para socializar.

Regresé inmensamente agradecida por esta experiencia y con el deseo de que sea el primer gran paso hacia un futuro posgrado en el extranjero.

Londres es una ciudad viva, multicultural y profundamente acogedora con las y los estudiantes de todo el mundo. Me llevo amistades entrañables, recuerdos inolvidables y aprendizajes que me acompañarán para siempre. 

Hoy me alegra de corazón haber tenido la valentía de tomar esta oportunidad y ver cómo esa luz que alguna vez creí apagada volvió a brillar con más fuerza que nunca. 

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¡Uf!, ¡auch!, ¡wow! Así suena el papel

En las novelas gráficas, el arte de la expresión verbal se dibuja, las palabras adquieren cuerpo, la literatura se rinde a las imágenes. Nuestros ojos recorren cada viñeta y descubren los escenarios, los rostros de los personajes y sus peripecias rumbo al desenlace de la historia. Y aunque la lectura parece silente, las onomatopeyas traspasan el papel y nos conducen por una experiencia sonora: las bombas estallan, ¡buum!; los cristales se rompen, ¡crash!; las multitudes vitorean, ¡ehhh!; los corazones laten, ¡pum-pum, pum-pum!

​Creamos las onomatopeyas para representar las voces del mundo; son las palabras de aquello que era un sonido, un ruido, un murmullo, un silbido, un chasquido o un estruendo. Son el resultado de actos imitativos con los que los seres humanos de todas las épocas hemos construido un repositorio ecoico del mundo. Ya en los textos platónicos se reconocía el vínculo entre el sonido y el significado de las palabras; se planteaba que la mímesis era un mecanismo para nombrar y se discutía si acaso no todos los nombres son, de algún modo, imitaciones del ser de las cosas.1 Hoy sabemos que las palabras asignadas a las realidades depositadas en las lenguas son producto de la convención entre los hablantes; esto es, del acuerdo social, casi nunca explícito, sedimentado históricamente por el uso. Aunque puede haber iconicidad, como sucede con las onomatopeyas, aceptamos que, en general, no hay relación entre aquello que nombramos y la forma sonora que utilizamos para hacerlo.

​Por otro lado, con las onomatopeyas, los seres humanos reinterpretamos los sonidos de nuestro entorno a partir de los recursos fonéticos de nuestra lengua; empero, esta capacidad no nos es exclusiva. Algunos animales reproducen el paisaje sonoro que habitan: las urracas, los cuervos y los loros destacan por su capacidad para imitar sonidos, sea de otras aves, de mamíferos (incluidos los seres humanos) o de objetos; por ejemplo, la lira (Menura), es un ave australiana que emula sonidos artificiales como el claxon de un automóvil.2 De igual modo, algunas focas, ballenas y delfines en cautiverio han desarrollado imitaciones de voces humanas; quizá uno de los casos más famosos es el de la foca Hoover, del Acuario de Nueva Inglaterra, en Boston, que, aproximadamente en los setenta del siglo pasado, imitaba el habla humana con frases como hello there, “hola” y come over here, “ven aquí”. De manera paradójica, nuestros parientes evolutivos más cercanos, los grandes simios, no muestran esta capacidad vocálica imitativa, aunque aprenden con relativa facilidad lenguaje de señas.3 Por su parte, el oído de los seres humanos está capacitado, desde las primeras etapas del desarrollo, para percibir, distinguir y organizar los sonidos de su entorno.4 Identificamos diferencias acústicas, duración, intensidad o patrones de volumen y luego vinculamos estas cualidades con los seres vivos, con los objetos, los acontecimientos o los fenómenos naturales que los producen. Esta capacidad biológica nos permite imitar los sonidos, representarlos fonéticamente, asignarle uno o varios significados y adscribirlos a nuestra lista mental de palabras para luego integrarlos a una escena sonora.

Las onomatopeyas se integran al vocabulario de nuestra lengua de diversas formas. Por ejemplo, tenemos aquellas palabras que imitan sonidos humanos, como la risa, ha ha ha, he he he, ja ja ja, je je je, ji ji ji…; el enfado, buah, buuu, hmm, mmm, pfff, puah…; el carraspeo o la tos, cof cof, ejem ejem, ujum ujum…; los estornudos, aaachís, achú, achús, atchís…; la deglución, ñam ñam, glu glu, gulp, gulp…; el llanto, bua bua, snif snif, waaa….; los ronquidos, rrr, zzz….; el dolor, au, auch, ay, uy…; la emoción o sorpresa, ah, eh, guau, oh, wow…; el frío, berr, brrr, brru…; el asco, buag, ñac…; los eructos, burp…; los besos, muac…; el hipo, hip….; el alivio, uf; el habla, bla bla, güiri güiri…, por mencionar algunos.

​Son también muy comunes las onomatopeyas que representan los sonidos que emite la animalia, como el sonido de la abeja, bzzz; del búho, uhú; del burro, iaaa; del caballo, hiii; del cerdo, oinc oinc; de la gallina, clo clo; del gallo, quiquiriquí; del gato, miau; del grillo, cri cri; del león, roaar; del lobo, aúúú; del mosquito, bzzz; de la oveja, beee; del pato, cuac; del perro, guau; del pollo, pío pío; del ratón: iii iii; de la rana, croac; de la serpiente, ssss o de la vaca, muuu. Las nociones y los objetos inanimados también producen sonidos que las onomatopeyas convierten en palabras, como las explosiones o disparos: bang bang bang, boom, bum, paf, pam, pataplum, patapum, pim pam, pum pum pum, ra ta ta ta…; los golpes: cataplum, cataplún, crash, plaf, plas, plof, plop, splash, trac, tracatrá, tras, zas, zasca…; los crujidos: catacrac, crac, crack, croc, crunch, ras, scratch…; los mecanismos: chac chac, chas, clac, clic, clip, clop, tac, toc…; las campanas, timbres y toques: chirrín, clin, clinc clinc, cling, din don dan, ding dong, ring, rin rin, talán talán, tan tan, tilín tilín, tolón tolón, toc toc…; la fricción: chits, fiiiu, fru fru, pfiuu, zip… o la velocidad: fuuun, run run, rrr, ssum, entre otros.

​En español tenemos, asimismo, un número no desdeñable de palabras cuya etimología se remonta a la imitación de algún sonido; así, por ejemplo, el Diccionario de la lengua española nos dice que los sustantivos batacazo, bofe, burbuja, carcajada, carraspera, cencerro, changarro, chapa, chaparrón, charamusca, charco, chasco, chispa, chorcha, chorro, churro, dengue, gargajo, garganta, pirinola (y perinola), pito, rifa, rifirrafe, sapo, tirria, títere, tope, trampa, trino, trompa, tuétano y vaho tienen un origen onomatopéyico. Lo tienen también los adjetivos bárbaro, bereber, bofo, fofo, guarro, pizpireto y zángano; y los verbos achuchar, arrullar, bambolear, berrear, borbotear, bufar, chacotear, chapotear, chirriar, chocar, chupar, papear, pizcar, refunfuñar, rezongar, tambalear, tararear, tocar, topar, trepar, tumbar, zampar y zumbar, por mencionar algunos.

En muchos de estos casos es posible reconstruir el vínculo de estas palabras con el sonido que las originó, ya que se repiten algunos movimientos de la boca. Así, la voz churro, referida al postre frito, se forma a partir del sonido que produce el redondeamiento y cierre de los labios como para pronunciar el sonido de la ch, seguido de la repetición del sonido de la r, lo cual recuerda el chisporroteo de la masa húmeda al entrar en contacto con el aceite caliente. En otros casos, el tiempo ha difuminado la relación y su reconstrucción resulta mucho más compleja, tal como se podría suponer de la palabra dengue, que habría surgido a partir de la imitación del habla afectada de una persona melindrosa, de ahí que originalmente hiciera referencia a gestos de disgusto y, con el tiempo, terminó por nombrar una enfermedad cuyos dolores y rigidez obligan a quienes la padecen a moverse con una apariencia semejante a quienes hacen dengues. Las onomatopeyas no reproducen los sonidos con exactitud, sino que los “traducen” de acuerdo con las posibilidades fonéticas de cada lengua y con las convenciones culturales de sus hablantes; por eso, en alemán el ladrido es wuff wuff, en coreano meong meong y en español guau guau.

​Para terminar, basta con decir que en las novelas gráficas, las onomatopeyas marcan el ritmo de las páginas e, incluso, sonorizan el final de un relato… ¡tan tan!

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El regreso del Códice Azcatitlan: una memoria de México que vuelve a casa

Después de casi dos siglos fuera del país, el Códice Azcatitlan regresa temporalmente a México. El documento se exhibirá en el Museo Nacional de Antropología hasta el 6 de diciembre de 2026, en el marco de las conmemoraciones por los 200 años de relaciones diplomáticas entre México y Francia.

La presencia de este histórico manuscrito permite al público acercarse a la historia de la peregrinación mexica, a sus relatos de origen y al recorrido que, de acuerdo con esta tradición, llevó a estos pueblos desde Aztlan hasta la fundación de Tenochtitlan y Tlatelolco. Sus imágenes también permiten conocer la manera en que, siglos después, estas historias fueron recuperadas, reinterpretadas y plasmadas en un documento que hoy forma parte de la memoria histórica de México.

Lámina del Códice Azcatitlan interpretada como la entrada de Hernán Cortés a Tenochtitlan. En la escena se han identificado, entre otros personajes, a Malintzin y Hernán Cortés.

Para profundizar en lo que hay detrás de este documento, se consultó a la Dra. María Castañeda de la Paz, investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM y especialista en el estudio de códices pictográficos del centro de México. Su trabajo académico se ha concentrado en la historia prehispánica y virreinal de estos pueblos, a partir del análisis de códices, crónicas y documentos de archivo.

Un documento y muchas historias

El Códice Azcatitlan es un documento pictográfico elaborado en el Valle de México durante el periodo virreinal. De acuerdo con la propuesta de la Dra. María Castañeda de la Paz, su elaboración debe situarse probablemente en la segunda mitad del siglo XVII. Está compuesto por 20 fojas y combina elementos de la tradición pictográfica mesoamericana con recursos de origen europeo. Al mismo tiempo, recupera tradiciones históricas mexicas relacionadas con documentos y representaciones anteriores.

La Dra. María Castañeda de la Paz, investigadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, durante la consulta de materiales relacionados con el estudio del Códice Azcatitlan.
La Dra. María Castañeda de la Paz ha dedicado parte de su trabajo académico al estudio de códices pictográficos del centro de México, entre ellos el Códice Azcatitlan.

Aunque sus imágenes representan acontecimientos mucho más antiguos, el códice fue elaborado siglos después de la fundación de México-Tenochtitlan y no constituye un relato contemporáneo de esos acontecimientos. Su contenido debe entenderse, por tanto, como una reconstrucción del pasado mexica en la que confluyen distintas tradiciones y formas de representar la historia.

De acuerdo con la investigadora, el taller en el que se elaboró estuvo encabezado por don Diego García, conocido también como Diego García de Mendoza Austria Moctezuma. Era un arriero otomí que participaba en la elaboración de documentos para distintos pueblos así como para él y su familia.

Estos documentos tenían una función que iba más allá de conservar el pasado. Servían para preservar la historia y la identidad de las comunidades y, en el caso de don Diego García, podían contribuir a mejorar su posición social, obtener reconocimiento y acceder a cargos. La elaboración de documentos era también una actividad económica.

Entender quién produjo el códice y en qué contexto resulta importante porque permite acercarse a una de sus características centrales: el Azcatitlan no transmite una memoria intacta del pasado, sino una memoria reconstruida desde el periodo virreinal. Esa perspectiva se vuelve especialmente relevante al analizar la manera en que presenta el origen y la migración de los pueblos.

El origen de los pueblos

Uno de los temas centrales del Códice Azcatitlan es el origen y la migración de los pueblos que habitaron la cuenca de México. Los mexicas estaban conformados por dos pueblos: tenochcas y tlatelolcas. De acuerdo con la investigadora, todo indica que ambos tenían un origen norteño y chichimeca y que su lugar de procedencia inicial era Chicomoztoc, el lugar de las Siete Cuevas. Esta tradición, sin embargo, no permaneció inalterada con el paso del tiempo.

De acuerdo con la interpretación de Castañeda de la Paz, con la llegada de Itzcoatl al poder, en 1427, comenzó a construirse una nueva tradición sobre el origen de los tenochcas. A partir de entonces, Aztlan se consolidó como su lugar de procedencia, una tradición que permitía vincularlos con la identidad tolteca y con pueblos sedentarios de habla náhuatl que reivindicaban derechos antiguos sobre la tierra.

Desde entonces, las tradiciones sobre el origen de tenochcas y tlatelolcas no eran idénticas. Mientras los tenochcas quedaron asociados con Aztlan, los tlatelolcas conservaron vínculos con Chicomoztoc y con un origen chichimeca.

El Códice Azcatitlan reúne estas distintas referencias dentro de un mismo relato de peregrinación. La narración comienza en Aztlan y, a lo largo del recorrido, incorpora otros lugares asociados con el origen y la migración de los pueblos, entre ellos Chicomoztoc. De esta manera, el códice no presenta estos lugares necesariamente como relatos excluyentes, sino como parte de una historia más amplia sobre el desplazamiento de los pueblos hasta su llegada a la cuenca de México.

En esta construcción, señala la investigadora, también resulta significativa la representación de Azcapotzalco. En la escena de Aztlan aparece el topónimo de Azcapotzalco, representado mediante una hormiga dentro de un hormiguero. Junto a él se incorporó un mecate, cuya imagen podía aludir al linaje. La combinación de ambos elementos establece una relación entre Azcapotzalco y el linaje de los tenochcas y tlatelolcas.

Así, el códice articula referencias a Aztlan, Chicomoztoc y Azcapotzalco dentro de un mismo relato. Más que ofrecer una única explicación sobre el origen de los pueblos, construye una narración que reúne distintas tradiciones y las conduce hacia un mismo proceso migratorio, cuyo desenlace es la fundación de Tenochtitlan y Tlatelolco.

El camino hacia la cuenca de México

Si el origen constituye el punto de partida del relato, la migración mexica es el recorrido que permite conectar esas tradiciones con la fundación de los asentamientos. Este se divide en dos grandes momentos.

El primero corresponde a un pasado remoto, en el que se representan los lugares de origen y las primeras etapas de la migración.

En esta parte del relato aparecen lugares como Chicomoztoc y Aztlan, vinculados con el origen de los pueblos y con el inicio de su desplazamiento. A partir de estos espacios comienza un largo recorrido marcado por distintas paradas, acontecimientos y cambios en el territorio, que permiten reconstruir de manera retrospectiva el camino seguido por los grupos migrantes.

El segundo momento corresponde a un periodo histórico, en el que el recorrido adquiere una dimensión más concreta y se relaciona con la llegada de los mexicas a la cuenca de México.

En esta etapa aparecen los desplazamientos y asentamientos que anteceden a su establecimiento definitivo, así como la relación que fueron construyendo con otros pueblos y territorios de la cuenca. De este modo, el relato deja atrás los espacios asociados con un pasado remoto y se aproxima progresivamente a acontecimientos que pueden situarse con mayor claridad dentro de la historia de la región.

El recorrido culmina con el establecimiento de los mexicas en la cuenca de México y con la fundación de Tenochtitlan y Tlatelolco. La llegada a estos dos asentamientos constituye, así, el punto final de un proceso migratorio que el códice presenta como una secuencia que va desde los lugares de origen hasta la conformación de nuevos centros de población.

La fundación de ambas ciudades no aparece, por tanto, como un acontecimiento aislado, sino como el desenlace de un largo recorrido que conecta el pasado remoto de los pueblos con su establecimiento definitivo en la cuenca de México.

Tenochtitlan y Tlatelolco, una historia compartida

El recorrido migratorio del Códice Azcatitlan llega a su punto culminante con la fundación de Tenochtitlan y Tlatelolco. Sobre este apartado, la Dra. Castañeda de la Paz explicó que el códice presenta ambas fundaciones de manera conjunta, a diferencia de algunas fuentes alfabéticas que señalan que Tlatelolco fue fundado 13 años después de Tenochtitlan.

La diferencia también aparece en otras fuentes pictográficas. El Mapa de Sigüenza, del siglo XVI, por ejemplo, representa la fundación de Tlatelolco de manera independiente.

Más allá de las distintas versiones sobre la fundación, esta representación permite detenerse en los vínculos que los tlatelolcas mantenían con otros señoríos de la cuenca de México, particularmente con Azcapotzalco. Los tlatelolcas tuvieron una relación estrecha con este señorío, que también aparece vinculada con su propia historia de origen y establecimiento en la cuenca.

Su primer gobernante, Cuacuauhpitzahuac, era hijo de Tezozomoc, gobernante de Azcapotzalco, y ambos aparecen representados en el códice.

Los datos arqueológicos también apuntan a una relación temprana entre los tlatelolcas y Azcapotzalco, dice la investigadora. Los tlatelolcas estuvieron vinculados con actividades como la pesca y la extracción de sal y, posteriormente, establecieron una casa real encabezada por Cuacuauhpitzahuac.

Esta relación ayuda a entender por qué la fundación de Tlatelolco puede leerse dentro de una historia más amplia de vínculos entre pueblos, linajes y señoríos de la cuenca de México. En el Códice Azcatitlan, la fundación no aparece aislada, sino integrada a un relato que también recupera las relaciones que precedieron al establecimiento de estos centros de población.

De esta manera, el códice articula distintas tradiciones sobre el origen, la migración y el establecimiento de los pueblos en la cuenca. Aztlan, Chicomoztoc y Azcapotzalco forman parte de una narración que conduce hasta Tenochtitlan y Tlatelolco, pero que también conserva las relaciones entre los pueblos y territorios que participaron en ese proceso.

Más que ofrecer una narración lineal del pasado, el Azcatitlan reúne y reorganiza distintas tradiciones para construir una historia en la que los lugares de origen, los recorridos migratorios, los linajes y las fundaciones están vinculados entre sí.

Leer las imágenes también es hacer historia

Para comprender este relato es necesario detenerse también en la manera en que se leen las imágenes. La Dra. Castañeda de la Paz subrayó que el Códice Azcatitlan no puede estudiarse de manera aislada y que, para interpretarlo, es necesario comparar sus imágenes con otras fuentes pictográficas y alfabéticas: otros códices, mapas, crónicas y documentos de archivo.

El objetivo de esta comparación es encontrar coincidencias, diferencias y transformaciones entre las distintas versiones de un acontecimiento. Por eso, sus imágenes no deben tomarse simplemente como una representación literal del pasado. También hay que preguntarse cuándo fueron elaboradas, cómo se construyeron y con qué propósito.

Esta perspectiva permite regresar a una de las preguntas que atraviesan todo el documento: ¿cómo se construye una memoria histórica? En el caso del Azcatitlan, la respuesta no está únicamente en lo que representan sus imágenes, sino también en las decisiones que determinaron qué tradiciones conservar, cómo relacionarlas y desde qué momento histórico representarlas.

Un códice lejos de México

La historia del Códice Azcatitlan no termina con su elaboración. Actualmente se encuentra bajo resguardo de la Biblioteca Nacional de Francia, donde forma parte de la colección de manuscritos mexicanos. La institución permite consultar una reproducción digital del documento a través de Gallica, lo que facilita el acceso a sus imágenes y permite estudiar el códice sin necesidad de consultar directamente el manuscrito original.

Su permanencia fuera de México, sin embargo, ha suscitado el debate en torno a la posibilidad de que el códice regrese al país y a los sujetos que podrían intervenir en un proceso de esta naturaleza.

Los mecanismos internacionales de restitución de bienes culturales no operan de manera uniforme, pues el destino de una pieza y las personas o instituciones facultadas para solicitar su devolución dependen de las circunstancias particulares de cada caso.

En el contexto mexicano, las solicitudes de restitución pueden ser gestionadas por instituciones del Estado, mientras que las comunidades o los descendientes vinculados con los bienes pueden plantear, según el caso, distintas formas de relación con ellos.

Esta cuestión resulta especialmente relevante para el Códice Azcatitlan debido a las dificultades para reconstruir la historia de su procedencia. Asimismo, la investigadora del IIA señaló la necesidad de determinar qué ocurrió con los descendientes de don Diego García, personaje relacionado con el taller en el que fue elaborado el documento.

Más que asumir de antemano quién tendría derecho a solicitar la restitución del códice, resulta necesario reconstruir estos vínculos históricos para comprender qué actores podrían estar relacionados con una eventual solicitud y cuál podría ser su papel en ella.

La discusión sobre su permanencia fuera de México introduce, así, otra dimensión de la memoria que atraviesa al códice: no solo importa cómo se construyó y transmitió el relato sobre el pasado, sino también quién conserva hoy el documento que contiene parte de esa memoria.

Volver a mirar el pasado

El regreso temporal del Códice Azcatitlan permite acercarse a un documento que reúne relatos de origen, migraciones, linajes y fundaciones, pero también diferentes maneras de construir la memoria histórica.

Sus imágenes cuentan una historia, pero también cuentan la historia de quienes las produjeron, de las tradiciones que recuperaron y de la sociedad en la que el documento fue elaborado.

Más que ofrecer una versión única sobre el origen de los mexicas, el Azcatitlan reúne un conjunto de tradiciones que deben ser contrastadas con otras fuentes. Leerlo implica observar sus imágenes, pero también preguntarse quién las produjo, cuándo y con qué propósito.

Su presencia temporal en México ofrece, así, la oportunidad de volver a mirar un documento fundamental para comprender cómo los pueblos indígenas del centro de México construyeron, conservaron y transmitieron su memoria a través del tiempo.

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¿Qué pasaría si un asteroide impactara la Tierra?

Hace aproximadamente 66 millones de años, un asteroide de entre 10 y 15 kilómetros de diámetro impactó contra la Tierra en la región de lo que hoy conocemos como Chicxulub, en la península de Yucatán. Se trató de un acontecimiento extremadamente raro. Se calcula que los impactos de objetos de ese tamaño ocurren, en promedio, aproximadamente una vez cada 100 millones de años.

Sin embargo, objetos mucho más pequeños entran constantemente en la atmósfera terrestre. De hecho, cada noche, si se observa el cielo durante un rato, es posible ver estrellas fugaces: pequeñas partículas, de apenas milímetros o centímetros, conocidas como meteoroides, que ingresan a gran velocidad, se calientan y se desintegran en la atmósfera, dejando un rastro luminoso.

Todo el tiempo llegan a la Tierra pequeños fragmentos de roca y polvo, muchos de ellos procedentes de asteroides o cometas y relacionados con los materiales que quedaron de la formación del sistema solar, explicó en entrevista Sergio de Regules, divulgador de Universum, Museo de las Ciencias, de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia.

“Con menos probabilidad, se pueden observar objetos más grandes”, dijo el también redactor de la revista ¿Cómo ves?, de la DGDC. Incluso, ahora se observan más porque hay cámaras por todas partes. Mientras más grande sea el objeto, menos frecuente es que llegue a la Tierra. Por ejemplo, los objetos de 20 o 30 metros son mucho menos comunes.

Uno de los casos mejor documentados ocurrió el 15 de febrero de 2013 en Cheliábinsk, Rusia, cuando un objeto de aproximadamente 20 metros de diámetro entró en la atmósfera y se fragmentó violentamente a gran altura, alrededor de 30 kilómetros sobre la superficie.

Aunque el fenómeno ofreció un espectáculo impresionante, también causó estragos. Al ingresar a gran velocidad en la atmósfera, el objeto produjo una potente onda de choque que rompió ventanas y provocó daños en techos y otras estructuras. Alrededor de mil 500 personas resultaron heridas, muchas de ellas por fragmentos de vidrio. Afortunadamente, nadie murió.

Uno de los mayores fragmentos recuperados, de aproximadamente 650 kilogramos, cayó en el lago Chebarkul y abrió un boquete de alrededor de siete metros en la capa de hielo.

En la mayoría de los casos, los objetos pequeños se desintegran total o parcialmente en la atmósfera. Sin embargo, un objeto suficientemente grande puede causar daños no solo por el impacto contra la superficie, sino también por el estallido en la atmósfera y la onda de choque que genera. En eventos excepcionalmente luminosos, como el de Cheliábinsk, la radiación emitida puede ser tan intensa que incluso se han documentado lesiones semejantes a quemaduras solares.

La buena noticia es que cuanto más grandes son estos objetos, menos frecuentes son sus impactos. Las estimaciones utilizadas en defensa planetaria calculan que un asteroide de unos 300 metros podría impactar la Tierra, en promedio, una vez cada varias decenas de miles de años y producir efectos regionales de enorme magnitud. Los objetos capaces de provocar consecuencias globales son todavía mayores y mucho menos frecuentes.

¿Cómo nos cuidan?

En 1993, los astrónomos Carolyn Jean Shoemaker, Eugene M. “Gene” Shoemaker y David H. Levy descubrieron el cometa Shoemaker-Levy 9, que había quedado atrapado por la gravedad de Júpiter y se había fragmentado. Entre el 16 y el 22 de julio de 1994, sus restos chocaron contra ese planeta.

El fenómeno pudo observarse y fotografiarse con telescopios desde la Tierra y fue estudiado por distintas sondas espaciales, entre ellas Galileo, que se encontraba en camino hacia Júpiter.

Este acontecimiento, sumado a la evidencia de que el impacto de un asteroide estuvo relacionado con la extinción masiva de finales del Cretácico, contribuyó a aumentar la atención científica y pública sobre el riesgo que estos objetos pueden representar para la Tierra.

Durante las décadas siguientes se fortalecieron los programas de observación dedicados a localizar, seguir y estudiar asteroides y cometas cercanos a nuestro planeta.

Actualmente existen numerosos programas de vigilancia y distintos censos que permiten identificar estos objetos, estudiar sus características y calcular sus órbitas para determinar si alguno podría representar un riesgo. La defensa planetaria de la NASA, por ejemplo, mantiene programas dedicados a detectar y seguir objetos cercanos a la Tierra.

Júpiter también juega un papel importante en la dinámica de los cuerpos pequeños del sistema solar. Debido a su enorme gravedad puede capturar algunos objetos, expulsarlos del sistema solar o alterar sus órbitas. Sin embargo, su papel como supuesto “escudo” de la Tierra es más complejo: en determinadas circunstancias también puede modificar las trayectorias de asteroides o cometas y enviarlos hacia el sistema solar interior.

¿Qué trajeron los impactos?

Cuando surgió el sistema solar, hace aproximadamente 4 mil 600 millones de años, el Sol se formó a partir de una nube de gas y polvo. A su alrededor quedó un disco de material en el que pequeñas partículas comenzaron a agruparse hasta formar cuerpos cada vez mayores.

La Tierra se formó mediante ese proceso de acreción: pequeños cuerpos, conocidos como planetesimales, chocaron y se fueron acumulando hasta formar objetos cada vez más grandes y, finalmente, los planetas.

El origen del agua de la Tierra continúa siendo objeto de investigación. Una de las principales hipótesis plantea que una parte importante estaba presente en los materiales con los que se formó nuestro planeta o llegó durante sus primeras etapas mediante cuerpos ricos en agua, entre ellos asteroides relacionados con las condritas carbonáceas. Los cometas también pudieron contribuir, aunque todavía se investiga qué proporción del agua terrestre pudo provenir de cada fuente.

¿La vida llegó a la Tierra en un meteorito?

Hasta el momento no existe evidencia de que la vida haya llegado a la Tierra dentro de un meteorito.

Sí sabemos, en cambio, que los elementos fundamentales para la vida y numerosas moléculas orgánicas están presentes en el espacio. Algunos de estos compuestos se han identificado en meteoritos, asteroides y cometas.

Una posibilidad es que algunos de los ingredientes químicos necesarios para el surgimiento de la vida hayan llegado a bordo de objetos que impactaron contra la Tierra. Sin embargo, esto es muy distinto a afirmar que un meteorito llegó cargado de bacterias u otros organismos vivos.

¿Y si cayera un asteroide grande?

En un escenario hipotético, si un asteroide de más de 300 metros de diámetro impactara contra la Tierra, las consecuencias dependerían de diversos factores: su tamaño, composición, velocidad, ángulo de entrada y el lugar donde ocurriera el impacto.

Si cayera en el océano podría generar tsunamis destructivos, cuya magnitud dependería también de la profundidad del océano, el sitio del impacto y la distancia a las costas. Si impactara en tierra, la onda expansiva, la radiación térmica y el material expulsado podrían provocar una devastación muy importante en una extensa región.

Pero un objeto del tamaño del que formó el cráter de Chicxulub, de entre 10 y 15 kilómetros, produciría un escenario completamente distinto.

Tras el impacto, enormes cantidades de roca y otros materiales serían expulsadas a la atmósfera. Parte de ese material podría alcanzar grandes alturas y posteriormente regresar a la superficie. Su reingreso contribuiría a un intenso calentamiento atmosférico y podría favorecer incendios extensos en distintas regiones del planeta.

“A las pocas horas del impacto el escenario sería espeluznante”, explicó De Regules.

Sin embargo, uno de los efectos más graves ocurriría posteriormente. El polvo, el hollín y los aerosoles expulsados y distribuidos por la atmósfera reducirían drásticamente la cantidad de luz solar que alcanza la superficie terrestre.

Esto podría producir un “invierno de impacto”, con un enfriamiento global intenso que podría prolongarse durante meses o años. La duración y magnitud dependerían de la cantidad y composición de los materiales liberados durante el impacto.

La disminución de la luz solar afectaría gravemente la fotosíntesis. Al reducirse la productividad de las plantas y del fitoplancton, comenzarían a alterarse las cadenas alimenticias tanto terrestres como marinas, uno de los mecanismos relacionados con la extinción masiva ocurrida hace 66 millones de años.

En aquel evento desaparecieron los dinosaurios no avianos, pero sobrevivieron algunos linajes de aves, que constituyen el único grupo de dinosaurios que llegó hasta nuestros días. También sobrevivieron mamíferos y numerosos organismos de otros grupos. En algunos casos, refugiarse bajo tierra, vivir en ambientes acuáticos o poder alimentarse de recursos diversos pudo favorecer su supervivencia.

Si un acontecimiento semejante volviera a ocurrir, las consecuencias para nuestra civilización serían enormes y no es posible saber con certeza qué ocurriría con los seres humanos. Sin embargo, la historia del planeta muestra que la vida ha conseguido persistir incluso después de grandes extinciones.

De momento, no hay un objeto conocido de estas dimensiones en trayectoria de impacto contra nuestro planeta. Además, ningún asteroide conocido de más de 140 metros representa actualmente una amenaza significativa de impacto para la Tierra durante los próximos 100 años.

Esto no significa que la vigilancia pueda detenerse. Los programas de defensa planetaria continúan buscando objetos todavía no identificados y refinando constantemente los cálculos de sus órbitas.

Lo mejor es saberlo

Si se detectara con suficiente anticipación un objeto capaz de destruir una ciudad o causar efectos regionales importantes, una de las mejores herramientas para la humanidad sería conocer su trayectoria con años de anticipación y tratar de modificarla.

La NASA ya demostró que esto es posible con la misión DART. Hace casi cuatro años, el 26 de septiembre de 2022, la nave impactó deliberadamente contra Dimorphos, un pequeño asteroide que orbita alrededor de otro llamado Didymos.

El objetivo era comprobar si un impacto controlado podía modificar ligeramente la órbita de un cuerpo espacial. La misión logró hacerlo y demostró por primera vez que una técnica de este tipo puede utilizarse como herramienta de defensa planetaria.

“Entrando al tema de la ciencia ficción, la otra sería tomar medidas precautorias, desde evacuar una región hasta construir naves para salir y colonizar Marte”, concluyó De Regules.

Por ahora, la mejor defensa consiste en mirar el cielo, identificar los objetos con suficiente anticipación y calcular con precisión hacia dónde se dirigen.

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Más allá del tratamiento: cómo el ejercicio puede ayudar ante las enfermedades autoinmunes

Vivir con una enfermedad autoinmune puede implicar cambios importantes en la vida cotidiana. El dolor, la fatiga, la rigidez y la inflamación pueden dificultar actividades que antes se realizaban con facilidad, mientras que los tratamientos y las limitaciones físicas pueden llevar a modificar hábitos, trabajo o actividades recreativas.

En este contexto, el ejercicio puede convertirse en un aliado para cuidar la salud física y, al mismo tiempo, recuperar movilidad, autonomía y confianza. Aunque cada enfermedad autoinmune tiene características distintas y puede afectar diferentes partes del organismo, la actividad física, cuando se adapta a las condiciones de cada persona, puede contribuir a mejorar su capacidad funcional y calidad de vida.

Sobre este tema, Deporte UNAM dedicó un episodio de su podcast a “Ejercicio y enfermedades autoinmunes: beneficios y recomendaciones”, con el objetivo de explicar cómo las personas que viven con alguno de estos padecimientos pueden fortalecer su cuerpo, mejorar su condición física y favorecer hábitos que contribuyan al cuidado de su salud.

¿Qué son las enfermedades autoinmunes?

Antes de hablar de los beneficios del ejercicio, es necesario entender qué ocurre en las enfermedades autoinmunes. La Dra. Ana Contreras Barocio, especialista en Medicina de la Actividad Física y Deportiva por la Dirección de Medicina del Deporte de la UNAM, explicó que estas enfermedades se presentan cuando el sistema inmunológico, que normalmente se encarga de defender al organismo frente a virus, bacterias y otros agentes extraños, pierde la capacidad de reconocer adecuadamente los propios tejidos y genera una respuesta contra células, tejidos u órganos del organismo.

De acuerdo con datos de la Asociación Autoinmune, existen más de 100 enfermedades autoinmunes. Entre las más comunes se encuentran la diabetes tipo 1, la artritis reumatoide, la esclerosis múltiple y el lupus. También forman parte de este grupo padecimientos como el síndrome de Sjögren, la tiroiditis de Hashimoto y la anemia perniciosa.

Aunque se trata de enfermedades diferentes, muchas pueden asociarse con una respuesta inmunitaria alterada y procesos inflamatorios que contribuyen a la aparición de síntomas como dolor muscular y articular, rigidez, fatiga y malestar general.

Además, por tratarse en muchos casos de enfermedades crónicas, requieren seguimiento médico y un tratamiento individualizado que permita controlar la actividad de la enfermedad, prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida.

¿Cómo ayuda el ejercicio ante estas enfermedades?

La evidencia acumulada durante aproximadamente dos décadas indica que el ejercicio puede ser una intervención beneficiosa en diversas enfermedades autoinmunes. Una revisión sistemática publicada en 2024, que incluyó 87 estudios, encontró que los programas de ejercicio pueden producir efectos favorables sobre determinados marcadores inflamatorios, particularmente aquellos que combinan diferentes modalidades, como el ejercicio aeróbico y el entrenamiento de resistencia. La mayoría de los protocolos incluidos emplearon intensidades moderadas.

Entre sus principales beneficios se encuentran la reducción de la fatiga y el dolor, así como mejoras en la capacidad funcional, la fuerza y la composición corporal. Estos efectos pueden variar de acuerdo con la enfermedad, el estado clínico y las características del programa de ejercicio.

Pero los beneficios del ejercicio no se limitan a mejorar la condición física. La actividad física genera adaptaciones neuroendocrinas, metabólicas e inmunológicas que pueden ayudar a explicar sus efectos sobre el organismo.

Uno de los mecanismos involucrados es la función del músculo esquelético. Durante la contracción muscular, este tejido libera mioquinas, moléculas que participan en la comunicación entre el músculo y otros tejidos y que pueden contribuir a modular la respuesta inflamatoria. A esto se suma el efecto del ejercicio sobre el tejido adiposo visceral, cuya reducción y modificación metabólica pueden contribuir a disminuir el entorno proinflamatorio asociado con la adiposidad excesiva.

De esta manera, el ejercicio puede entenderse como un estímulo fisiológico capaz de generar adaptaciones que favorecen la regulación de procesos inflamatorios y metabólicos. La interacción entre el músculo esquelético, el tejido adiposo y el sistema inmunitario constituye uno de los mecanismos que ayudan a explicar sus efectos en las enfermedades autoinmunes.

Beneficios que pueden variar según la enfermedad

Los efectos de la actividad física no son iguales para todas las enfermedades autoinmunes. Por ello, conocer las características de cada padecimiento es fundamental para determinar qué tipo de ejercicio puede resultar adecuado.

En el caso de la artritis reumatoide, el ejercicio puede favorecer adaptaciones fisiológicas relacionadas con la inflamación y el funcionamiento del organismo. Sin embargo, los efectos observados sobre citocinas y otros marcadores inflamatorios pueden variar entre estudios y según el tipo de ejercicio realizado.

Los beneficios clínicos están mejor documentados en aspectos como la reducción de la fatiga y el dolor, así como en mejoras en la capacidad aeróbica, la fuerza muscular, la función física, el bienestar psicosocial, el sueño y la calidad de vida.

Otro ejemplo es la tiroiditis de Hashimoto, en la que el ejercicio puede utilizarse como complemento del tratamiento convencional. Algunos estudios, junto con la evidencia disponible en personas con hipotiroidismo, indican que el ejercicio puede favorecer distintos aspectos de la salud física y mental, así como la capacidad funcional y la composición corporal.

El beneficio también puede ser emocional

Los efectos del ejercicio también pueden trascender el ámbito físico. En una persona con una enfermedad autoinmune, el dolor, la rigidez y la fatiga pueden limitar actividades cotidianas y modificar progresivamente su forma de relacionarse con su entorno.

En este contexto, recuperar de manera gradual la capacidad para moverse y realizar actividades puede favorecer la autonomía y ayudar a que la persona retome aquellas tareas y experiencias que son significativas para su vida cotidiana. Así, el ejercicio puede formar parte de un proceso de cuidado que no busca únicamente mejorar la condición física, sino también preservar la independencia y la calidad de vida.

Ejercicio, salud y deporte: Ejercicio en enfermedades autoinmunes: 7 de enero de 2026.

Un aliado que necesita llevarse con cuidado

A pesar de sus beneficios, comenzar a hacer ejercicio cuando se vive con una enfermedad autoinmune requiere precauciones. La Dra. Contreras Barocio destacó algunas recomendaciones para quienes desean incorporar la actividad física a su rutina:

  • No iniciar el ejercicio sin orientación profesional. Es importante conocer qué tan avanzada está la enfermedad, si existen complicaciones y qué órganos pueden estar afectados. La orientación de médicos especialistas y profesionales de la actividad física permite establecer rutinas, intensidades y ejercicios adecuados para cada caso.
  • Adaptar la actividad física a las condiciones de cada persona. La intensidad, duración y tipo de ejercicio pueden modificarse dependiendo de cómo se encuentre el paciente en cada momento. Si existe dolor o fatiga intensa, puede ser necesario disminuir la intensidad, realizar ejercicios de movilidad o descansar para posteriormente retomar la actividad de manera gradual.
  • Incrementar el ejercicio de manera progresiva. El objetivo es recuperar funcionalidad y desarrollar capacidades físicas sin agravar los síntomas. Por ello, la progresión debe realizarse de acuerdo con la respuesta individual y las indicaciones de los profesionales que acompañan el tratamiento.

Más que seguir una rutina determinada, se trata de encontrar una forma de mantenerse activo que sea segura y compatible con las condiciones de cada persona.

El movimiento también es parte del cuidado

Incorporar movimiento a la vida cotidiana puede ser una forma de recuperar espacios que una enfermedad autoinmune ha hecho más difíciles: caminar, realizar actividades cotidianas o simplemente sentirse nuevamente en confianza con el propio cuerpo.

Aunque el ejercicio no sustituye el tratamiento médico, puede formar parte del cuidado integral de quienes viven con estos padecimientos. La clave no está en exigirse más, sino en encontrar una forma de mantenerse en movimiento que responda a las posibilidades y necesidades de cada persona.

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Diabetes y depresión: un binomio que afecta la salud física y mental

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, 830 millones de personas viven con diabetes en todo el mundo. Además de las dificultades y complicaciones que puede traer consigo esta enfermedad, en los últimos años se ha estudiado con mayor atención su relación con otra condición: la depresión.

La relación entre ambas es bidireccional. Por un lado, la depresión puede aparecer asociada a los cambios físicos, emocionales y sociales que implica vivir con diabetes. Por otro, las personas que padecen depresión pueden presentar un mayor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Por ello, la relación entre ambas enfermedades no debe entenderse únicamente desde el punto de vista físico, sino también desde la salud mental y la calidad de vida de quienes las padecen.

Para profundizar en este vínculo, UNAM Global entrevistó a la doctora Ana Lilia Rodríguez Ventura, jefa del Departamento de Embriología y Genética de la Facultad de Medicina de la UNAM, pediatra endocrinóloga y con un posgrado en diabetes en el Joslin Diabetes Center, afiliado a la Universidad de Harvard.

A lo largo de la conversación, la doctora explicó cómo pueden relacionarse ambas enfermedades, qué factores pueden favorecer su aparición y cuáles son algunas de las señales que permiten identificar un posible cuadro de depresión en una persona que vive con diabetes. También habló sobre distintos aspectos relacionados con el bienestar emocional y el cuidado integral del paciente.

Un binomio de cuidado

Para comprender por qué la diabetes y la depresión mantienen una relación estrecha y bidireccional, es necesario observar cómo cada una puede influir en la otra.

En el caso de la diabetes, el descontrol de los niveles de glucosa y las complicaciones asociadas con la enfermedad pueden acompañarse de cambios físicos y emocionales que contribuyan a un mayor riesgo de presentar síntomas depresivos. Sin embargo, esto no significa que todas las personas con diabetes tendrán depresión. Lo que se ha observado es que las personas con diabetes presentan una mayor probabilidad de desarrollar depresión que quienes no viven con esta enfermedad.

La relación también puede ocurrir al revés, explicó la doctora Rodríguez Ventura. En las personas que viven con depresión se han estudiado distintos mecanismos que podrían participar en esta relación, entre ellos procesos inflamatorios, cambios en el funcionamiento del sistema nervioso y alteraciones en la producción de cortisol, una hormona relacionada con la respuesta al estrés. Algunos de estos procesos pueden relacionarse con cambios en la sensibilidad a la insulina y el metabolismo de la glucosa.

Así, aunque se trata de dos enfermedades diferentes, existen factores biológicos, conductuales y emocionales que pueden hacer que se influyan mutuamente. Sin embargo, esta relación no se limita a los procesos que ocurren dentro del organismo. El impacto emocional de recibir un diagnóstico de diabetes también puede ser significativo.

Más allá de la parte física, también está la salud mental

Recibir el diagnóstico de una enfermedad crónica puede representar un impacto emocional importante. Cuando una persona recibe la noticia de que tiene diabetes, explicó la especialista, puede experimentar inicialmente un mecanismo de defensa conocido como negación. Algunas personas pueden tener dificultades para aceptar el diagnóstico y mostrar poca disposición para aprender los cambios necesarios para controlar la enfermedad.

Al asimilar la nueva situación, algunas personas pueden atravesar un proceso de duelo asociado con la percepción de haber perdido su estado de salud. Durante esta etapa pueden aparecer sentimientos de tristeza, ansiedad, angustia o desesperanza. En algunos casos, estos estados emocionales pueden evolucionar hacia un cuadro depresivo y requerir atención profesional.

Estos estados emocionales no equivalen por sí mismos a una depresión clínica, por lo que su valoración corresponde a un profesional de la salud.

A su vez, la depresión puede dificultar considerablemente el control de la diabetes. Una persona deprimida puede tener menos motivación para cuidar su alimentación, realizar actividad física, medir su glucosa o tomar correctamente sus medicamentos.

Esto puede generar un círculo difícil de romper: la depresión puede dificultar el autocuidado; el descontrol de la diabetes puede afectar el estado físico y emocional; y estas dificultades, a su vez, pueden intensificar los síntomas depresivos.

Por esta razón, desde el momento del diagnóstico es importante considerar también la salud mental del paciente y, cuando sea necesario, buscar apoyo psicológico o psiquiátrico.

¿Cómo identificar un cuadro depresivo?

Una detección oportuna puede facilitar que la persona reciba atención antes de que los síntomas interfieran de manera importante con su vida cotidiana y con el control de la diabetes.

Con base en su experiencia, la doctora Ana Lilia Rodríguez Ventura señaló que para identificar una posible depresión es necesario prestar atención a los cambios en la conducta y en el estado de ánimo.

Los familiares pueden observar señales como el abandono del cuidado de la glucosa, dejar de hacer ejercicio, abandonar una alimentación saludable, aislarse de otras personas, dejar de realizar actividades que antes disfrutaban, presentar cambios importantes de humor, descuidar la higiene personal o expresar sentimientos de desesperanza.

Asimismo, los comentarios relacionados con no poder continuar, sentirse rebasado por la enfermedad o preferir no estar vivo deben tomarse con mucha seriedad y requieren atención profesional inmediata.

Un aspecto que puede generar confusión es diferenciar algunos síntomas de una hipoglucemia del cansancio relacionado con la depresión. En el caso de una hipoglucemia, los síntomas suelen aparecer de manera repentina y pueden incluir cansancio, sudoración, taquicardia, mareo y malestar general. Estos síntomas pueden mejorar cuando se recuperan los niveles adecuados de glucosa.

En cambio, en la depresión no se trata únicamente de sentirse físicamente cansado. Una característica importante puede ser la pérdida de entusiasmo, motivación y esperanza. La persona puede dejar de disfrutar actividades que anteriormente le producían satisfacción y comenzar a percibir el futuro de manera negativa.

Identificar estos cambios permite dar un siguiente paso fundamental: buscar una atención que considere de manera conjunta la salud física y emocional.

¿Cómo atender de manera conjunta ambas condiciones?

La doctora Rodríguez Ventura destacó que el estilo de vida constituye un elemento fundamental para el cuidado de la diabetes y el bienestar general.

Por ello, entre las medidas importantes está mantener una alimentación equilibrada que incluya alimentos naturales como frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales, semillas, nueces y grasas saludables. Al mismo tiempo, es importante reducir el consumo de productos ultraprocesados y bebidas con exceso de azúcar. Una alimentación adecuada no solo contribuye al control de la glucosa, sino que también favorece la salud general y el bienestar emocional.

Ligado a este punto, la actividad física es un complemento importante. La especialista recomendó combinar ejercicio aeróbico con ejercicios de fuerza, debido a que los músculos son uno de los principales tejidos encargados de utilizar la glucosa. Además, realizar ejercicio favorece el estado de ánimo y ayuda a liberar tensión y estrés.

Otro aspecto importante es desarrollar estrategias de afrontamiento y resiliencia. Esto no significa ignorar las dificultades de vivir con una enfermedad crónica, sino aprender a reconocer los problemas y buscar alternativas para enfrentarlos. La resiliencia puede ayudar a mantener una actitud orientada hacia las soluciones y conservar la esperanza ante situaciones adversas.

Aunado a lo anterior, el automonitoreo de la glucosa es una herramienta útil para conocer cómo responden los niveles de azúcar ante los alimentos, el ejercicio y el tratamiento. Llevar un registro permite identificar tendencias y comunicar oportunamente al médico cuando los valores no se encuentran dentro de los objetivos establecidos. La frecuencia de medición debe adaptarse al tratamiento y a las indicaciones del equipo médico.

Este seguimiento también puede ayudar al paciente a reconocer cómo sus hábitos influyen en sus niveles de glucosa y favorecer una mayor participación en el cuidado de su salud.

Además del control de la glucosa, las personas con diabetes deben acudir regularmente a sus consultas y realizar las revisiones necesarias para detectar posibles complicaciones. Entre ellas se encuentran la revisión de los pies y los controles oftalmológicos para evaluar la retina.

La educación del paciente también es fundamental. Conocer la enfermedad, expresar dudas y comunicar al médico los síntomas, miedos y dificultades facilita la toma de decisiones y contribuye a una atención más adecuada a las necesidades de cada persona.

Un tratamiento que considere cuerpo y mente

El cuidado conjunto de la diabetes y la depresión requiere tomar en cuenta las características particulares de cada paciente. La doctora Rodríguez Ventura subrayó que, al seleccionar los medicamentos, el médico debe considerar aspectos como el peso corporal, el control de la glucosa y la función renal.

Algunos antidepresivos pueden favorecer el aumento de peso, por lo que la selección del tratamiento debe realizarse de manera individualizada y bajo supervisión médica.

De igual manera, la atención psicológica o psiquiátrica puede ayudar a la persona a enfrentar sus emociones, comprender su enfermedad y desarrollar estrategias para recuperar la motivación y fortalecer el autocuidado.

Sin embargo, el tratamiento no ocurre de manera aislada. El entorno de la persona también puede influir en su capacidad para afrontar una enfermedad crónica.

El papel de la familia también importa

La familia puede desempeñar un papel importante durante este proceso. Su apoyo puede facilitar que la persona mantenga una alimentación saludable, realice actividad física, siga su tratamiento y evite el aislamiento.

No obstante, este acompañamiento no debe convertirse en vigilancia excesiva, críticas o culpabilización. Lo ideal es establecer una comunicación basada en el respeto, la confianza y la colaboración, de manera que la persona con diabetes conserve un papel activo en las decisiones relacionadas con su salud.

Asimismo, es importante considerar la salud de quienes cuidan. Acompañar a una persona con diabetes puede generar cansancio y desgaste emocional, especialmente cuando toda la responsabilidad recae sobre un solo familiar. La situación puede tornarse aún más difícil cuando el paciente presenta síntomas de depresión.

Por ello, el cuidado debe ser compartido. Tanto la persona que vive con diabetes como sus familiares y cuidadores deben contar con apoyo cuando lo necesiten.

Más allá del control de la glucosa

La relación entre diabetes y depresión muestra que el cuidado de una enfermedad crónica no puede limitarse al control de los niveles de glucosa. Ambas condiciones pueden influirse mutuamente y, cuando coinciden, pueden dificultar el autocuidado y afectar de manera importante la calidad de vida.

Atender la diabetes y la depresión de manera integral significa, en última instancia, cuidar no solo la salud física del paciente, sino también sus emociones y su entorno.

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El español: una lengua que heredamos, que resiste y que a veces transformamos

El español forma parte de nuestra vida cotidiana. Lo hablamos, lo escuchamos y lo escribimos constantemente, muchas veces sin preguntarnos por qué utilizamos determinadas palabras o expresiones, de dónde vienen o cómo llegaron hasta nosotros. La lengua parece algo que simplemente está ahí, disponible para comunicarnos con los demás.

Sin embargo, el español tiene una historia mucho más larga de lo que solemos imaginar. Detrás de las palabras que utilizamos existen otras épocas, otras formas de pensar y otras maneras de relacionarse. Algunas expresiones han cambiado con el paso del tiempo, mientras que otras han logrado permanecer durante generaciones.

Pero ¿qué hace que una lengua cambie? ¿Por qué algunas formas desaparecen mientras otras sobreviven durante siglos? ¿Cuánto de lo que hablamos actualmente hemos heredado de quienes nos precedieron y cuánto estamos transformando sin darnos cuenta?

Reflexionar sobre estas preguntas permite acercarnos al español no solo como una lengua que utilizamos para comunicarnos, sino también como una parte de nuestra historia y de nuestra vida en sociedad. Hablar una lengua significa recibir una herencia, utilizarla y, al mismo tiempo, participar en su transformación.

Una lengua que nos da identidad

El español no es solamente un conjunto de palabras y reglas gramaticales. Es una lengua que nos permite expresar quiénes somos, relacionarnos con los demás y formar parte de una comunidad, explicó la Dra. Concepción Company Company, investigadora emérita del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Desde que comenzamos a hablar, aprendemos palabras, pero también formas de expresar ideas, sentimientos, peticiones, bromas y maneras de relacionarnos con quienes nos rodean.

Aprendemos a hablar escuchando a nuestros padres, familiares, amigos, maestros y a las personas que forman parte de nuestro entorno. En ese proceso incorporamos expresiones y formas de comunicarnos que reflejan la cultura de nuestra comunidad. Algunas pasan de una generación a otra y otras se transforman con el tiempo, de acuerdo con las experiencias y necesidades de quienes las utilizan.

Por eso, la lengua nos convierte en seres históricos. “Ser históricos no significa únicamente conocer fechas o acontecimientos del pasado, sino recibir y transmitir hábitos, expresiones y formas de entender el mundo”. Al hablar, recibimos parte de esa herencia y, al mismo tiempo, contribuimos a modificarla y transmitirla.

En México tenemos expresiones, frases hechas, chistes, albures y palabras que reconocemos como propias, incluso cuando ya no conocemos completamente su origen. Estas formas de expresión hablan de nuestras experiencias compartidas y contribuyen a construir una identidad colectiva.

Pero la lengua no solo nos da identidad: también refleja la sociedad en la que vivimos. Su evolución está relacionada con los cambios políticos, religiosos, culturales, demográficos y sociales que atraviesan a las comunidades. Por eso, estudiar cómo hablamos permite observar también cómo nos relacionamos, qué consideramos apropiado, cómo expresamos respeto y cuáles son algunas de las tensiones de nuestra vida social.

Esa relación entre lengua, sociedad e historia puede observarse en investigaciones que siguen los cambios del español a través del tiempo. La Sintaxis histórica de la Lengua Española, dirigida por la Dra. Company y elaborada con la participación de numerosos investigadores, permite acercarse precisamente a esa dimensión histórica de la lengua.

Aunque se trata de una obra especializada, su importancia va más allá de la gramática: ayuda a comprender cómo el español ha cambiado junto con las sociedades que lo hablan.

La obra está formada por diez tomos, organizados en cuatro partes, sobre el estudio histórico de la sintaxis del español. La cuarta parte, presentada en 2026, consta de tres volúmenes. En ellos se analizan distintas construcciones y formas de organizar las oraciones, siguiendo sus cambios a través de diferentes periodos de la historia. Para hacerlo, los investigadores recurren a textos de distintas épocas y observan cómo determinadas formas aparecen, se modifican, adquieren nuevos usos o dejan de utilizarse.

Acercarse a estos diez tomos implica, por tanto, encontrarse con un español que no siempre funciona como el que conocemos actualmente. Algunas construcciones pueden resultar extrañas al principio, mientras que otras permiten reconocer formas que todavía utilizamos. Esa comparación ayuda a entender que la gramática que hoy consideramos normal también tiene una historia y que muchas de sus características fueron resultado de cambios que, en su momento, probablemente pasaron inadvertidos para quienes los estaban produciendo.

La importancia de una investigación de este tipo está precisamente en ampliar la manera en que entendemos el español. La historia de una lengua no se encuentra únicamente en las palabras que cambian de significado; también está en la manera en que construimos las frases, expresamos relaciones entre las ideas y utilizamos determinadas estructuras para comunicarnos. La Sintaxis Histórica de la Lengua Española permite seguir esas transformaciones y ofrece herramientas para estudiar el español como una lengua en movimiento, pero también como una lengua en la que muchas formas han logrado permanecer durante siglos.

Más que presentar una lengua antigua separada de la que hablamos hoy, la obra permite reconocer la continuidad entre distintos momentos del español. Leer algunos de sus ejemplos puede hacer visible algo que normalmente no advertimos: cuando hablamos, utilizamos estructuras que vienen de muy atrás, junto con otras que son producto de transformaciones relativamente recientes. En ese sentido, acercarse a la Sintaxis Histórica de la Lengua Española puede ser también una forma de mirar el español cotidiano desde otra perspectiva.

Cambia el español, pero muy lentamente

Esa convivencia entre lo que permanece y lo que cambia lleva a una pregunta fundamental: ¿cómo se producen las transformaciones de una lengua?

Una de las ideas más interesantes de la obra que guio la Dra. Concepción Company es que los hablantes somos bastante conservadores. No solemos levantarnos cada mañana con la intención de modificar el español. Al contrario, utilizamos las formas que ya conocemos porque nos permiten comunicarnos con los demás y sentirnos parte de una comunidad.

Los cambios lingüísticos que se han producido a lo largo de la historia suelen comenzar de manera mucho menos evidente: con pequeños deslices, reinterpretaciones o innovaciones que realiza un hablante sin proponérselo. Si otras personas adoptan esa forma y la transmiten, puede llegar a convertirse en una característica común de la lengua. Así, algo que comenzó como una variación puede terminar siendo completamente normal después de varias generaciones.

Los cambios en el significado de las palabras permiten observar este proceso. Muchas palabras y expresiones que utilizamos diariamente tienen significados u orígenes que ya no reconocemos, explicó la investigadora emérita de la UNAM.

Un ejemplo es “sendos”, cuyo sentido tradicional es distributivo: uno para cada una de las personas o cosas mencionadas. Sin embargo, en el habla popular de diversas zonas de América también se han desarrollado usos relacionados con algo muy grande o extraordinario.

Algo parecido sucede con “adiós”. Actualmente lo utilizamos simplemente como una despedida, pero su origen está relacionado con antiguas fórmulas en las que se encomendaba a una persona a Dios. Con el paso del tiempo, la expresión perdió esa asociación y se convirtió en una fórmula cotidiana.

También ocurre con “saludos cordiales”. Actualmente puede aparecer automáticamente al final de un correo o una carta, sin que pensemos en el origen de la palabra. Como explicó la Dra. Company, “cordial” está relacionada etimológicamente con el corazón y expresa afecto o buena voluntad hacia la persona a quien va dirigido el saludo.

Estos ejemplos muestran cómo las palabras conservan huellas de la historia, aunque los hablantes ya no seamos conscientes de ellas. También muestran que el cambio lingüístico no necesariamente implica una ruptura: muchas veces consiste en tomar una forma que ya existe, utilizarla de otra manera y transmitir ese nuevo uso hasta que termina formando parte de la lengua.

Las nuevas tecnologías y el español

Ese proceso de adaptación también puede observarse en las nuevas formas de comunicación. En los chats y las redes sociales se han generado nuevas maneras de escribir. Abreviaturas, símbolos y mensajes muy breves forman parte de una comunicación que busca principalmente la rapidez.

Sin embargo, no necesariamente debemos pensar que estas formas están destruyendo el español. A lo largo de la historia también han existido maneras de escribir rápidamente. En documentos jurídicos y administrativos de siglos anteriores, por ejemplo, se utilizaban numerosas abreviaturas para agilizar la elaboración y transmisión de documentos.

Por eso, las formas de comunicación de las redes pueden entenderse como códigos utilizados para una situación específica. El hecho de que escribamos de una manera en un chat no significa necesariamente que vayamos a hablar de la misma forma en nuestra vida cotidiana.

La comparación con el pasado permite, además, entender que la tecnología no representa necesariamente una ruptura con la historia de la lengua. Cambian los medios y las necesidades de comunicación, pero permanece la capacidad de los hablantes para adaptar las formas lingüísticas a cada situación.

Entonces, ¿podemos cambiar conscientemente el español?

La pregunta es distinta cuando la transformación no surge de manera espontánea, sino de una decisión consciente.

No todos los cambios lingüísticos ocurren de la misma manera. Actualmente existen propuestas conscientes, como algunas formas del lenguaje incluyente, entre ellas “todes” o “nosotres”. Estas propuestas buscan modificar determinadas estructuras del español por razones sociales y culturales.

Desde la perspectiva de la Dra. Company, para que una innovación llegue a consolidarse tendría que ser adoptada ampliamente por los hablantes y transmitida a las siguientes generaciones. La historia del español muestra que los cambios conscientes no son los más habituales. La lengua suele transformarse de manera gradual, mediante el uso cotidiano de millones de personas.

Esto permite distinguir entre la intención de cambiar una lengua y el hecho de que una innovación llegue realmente a formar parte de ella. Una propuesta puede surgir de manera deliberada, pero su permanencia dependerá de lo que hagan los hablantes con ella a lo largo del tiempo.

Una lengua que resiste

Y es precisamente esa combinación de cambio y permanencia la que permite entender otra característica del español: su capacidad de resistir.

Una de las conclusiones que destaca la Dra. Concepción Company tras décadas de estudiar la historia del español es descubrir cuánto se ha conservado. Aunque nuestra manera de hablar ha cambiado, todavía podemos reconocer y comprender, con cierto entrenamiento, textos escritos hace muchos siglos.

Esto ocurre porque necesitamos conservar un código común. Si cada generación modificara completamente la lengua, sería muy difícil comunicarnos con los demás. Por eso los hablantes somos, al mismo tiempo, conservadores y creativos: conservamos gran parte de lo que recibimos, pero realizamos pequeñas modificaciones que permiten que la lengua continúe funcionando.

Esa tensión entre conservación y cambio explica, en buena medida, la continuidad del español. Las formas lingüísticas pueden transformarse, desaparecer o adquirir nuevos significados, pero una gran parte del sistema permanece lo suficientemente estable como para que distintas generaciones puedan reconocerse en una misma lengua.

Una lengua que seguimos construyendo

El español que hablamos hoy es el resultado de cientos de pequeñas transformaciones acumuladas durante siglos. Algunas fueron conscientes, pero muchas comenzaron como simples deslices o reinterpretaciones que terminaron extendiéndose entre los hablantes.

Por eso, nuestra relación con el español no consiste únicamente en recibir una lengua ya terminada. La heredamos, la conservamos y también participamos, aunque lentamente, en su transformación. Cada vez que hablamos, escribimos, creamos una expresión o adoptamos una nueva forma de comunicarnos, contribuimos, aunque sea mínimamente, a su historia.

El español, entonces, no es una lengua detenida en el pasado ni una lengua que cambia de un día para otro. Es una herencia que recibimos, utilizamos y modificamos mientras la transmitimos a quienes vendrán después. En cada palabra que conservamos y en cada forma nueva que incorporamos permanece algo de esa historia que comenzó mucho antes que nosotros y que, sin darnos cuenta, seguimos construyendo.

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¿Es posible envejecer sin enfermar?

Vivir más años no necesariamente significa vivir más tiempo con buena salud. En México, las enfermedades crónicas se vuelven más frecuentes conforme avanza la edad y, entre la población de 50 años y más, padecimientos como la hipertensión y la diabetes tienen una presencia importante, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) 2024, del INEGI.

Frente a este escenario, Susana Castro Obregón, investigadora del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, estudia qué ocurre en el organismo durante el envejecimiento para encontrar formas de retrasar la aparición de estas enfermedades.

El objetivo no es solamente aumentar la esperanza de vida, sino conseguir que una mayor parte de esos años transcurra en buenas condiciones. Es decir, acercar la esperanza de vida saludable a la esperanza de vida. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, el envejecimiento saludable se relaciona con mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez y no necesariamente con estar completamente libre de enfermedades.

En su laboratorio buscan comprender los mecanismos biológicos relacionados con el envejecimiento para contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas mayores.

Conforme avanza la edad, algunas personas desarrollan simultáneamente varias enfermedades crónicas. Si una persona presenta cáncer, por ejemplo, también puede tener osteoporosis, hipertensión o una disminución de la masa muscular. Esta acumulación de padecimientos, conocida como multimorbilidad, puede afectar considerablemente su calidad de vida.

De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) 2024, publicados por el INEGI en 2026, padecimientos crónicos como la hipertensión y la diabetes son frecuentes entre la población de 50 años y más y aumentan conforme avanza la edad.

En 2026, la esperanza de vida al nacimiento en México es de 75.9 años en promedio: 79.2 para las mujeres y 72.7 para los hombres. La cifra ayuda a dimensionar el reto: no se trata solamente de vivir más años, sino de procurar que una mayor parte de ellos transcurra con buena salud.

Por ello, una de las preguntas centrales de su laboratorio es qué cambios biológicos hacen que aumente la probabilidad de desarrollar estas enfermedades conforme envejecemos.

“Si entendemos cuál es la causa biológica que permite el surgimiento de estas enfermedades asociadas a la vejez, podemos retrasar la aparición de todas estas enfermedades de manera simultánea”, explicó.

¿Por qué algunas personas envejecen de manera diferente?

La naturaleza ofrece ejemplos que permiten estudiar esta pregunta. Incluso dentro de una misma especie existen personas que llegan a edades avanzadas con buena salud y otras que comienzan a desarrollar múltiples padecimientos décadas antes.

El envejecimiento biológico no ocurre de la misma manera en todas las personas. Las diferencias entre individuos pueden estar relacionadas con una combinación de factores genéticos y ambientales. Pero las claves podrían encontrarse incluso mucho antes de que aparezcan los primeros signos del envejecimiento.

La experta recordó un estudio realizado en la UNAM hace más de una década, en el que participaron alrededor de dos mil estudiantes y trabajadores universitarios. Los investigadores recopilaron información sobre sus hábitos, alimentación y actividad física, además de realizar mediciones fisiológicas, análisis de sangre y estudios genómicos.

Uno de los objetivos era determinar si existían características genéticas que permitieran explicar por qué algunas personas eran más saludables que otras.

Sin embargo, de acuerdo con Castro, las diferencias encontradas no se explicaban únicamente por la genética. Un factor que mostró una asociación importante con la salud en la edad adulta fueron los hábitos durante la infancia.

Las personas que habían practicado algún deporte durante la primaria y que habían tenido una alimentación con menor consumo de productos procesados presentaban mejores indicadores de salud en la edad adulta, incluso cuando posteriormente otras personas habían comenzado a realizar ejercicio.

Los resultados mostraban una asociación entre estos hábitos y mejores indicadores de salud, lo que refuerza la importancia de analizar la vida de una persona como un proceso continuo y no solamente observar sus hábitos cuando ya es adulta.

El misterio del ratopín

Para entender qué permite que algunos organismos envejezcan más lentamente, el laboratorio también estudia una especie: el ratopín rasurado (Heterocephalus glaber), un pequeño mamífero con una longevidad excepcional para un roedor de su tamaño y que puede vivir más de 30 años. Investigaciones recientes continúan analizándolo como un modelo particularmente valioso para estudiar los mecanismos del envejecimiento.

A diferencia del ratón de laboratorio, cuya esperanza de vida es cercana a los dos o tres años y que desarrolla cambios y enfermedades asociados con la edad, el ratopín mantiene durante mucho más tiempo algunas características de salud.

Una de las diferencias más llamativas está relacionada con la mortalidad. En un ratón, como en la mayoría de los mamíferos estudiados, la probabilidad de morir aumenta considerablemente conforme envejece.

En el ratopín, en cambio, esta relación es mucho menos evidente. Un individuo de 25 años puede tener una probabilidad de morir similar a la de uno mucho más joven.

Por ello, esta especie permite estudiar qué mecanismos biológicos le permiten mantener su salud durante periodos extraordinariamente largos.

“¿Qué estrategias biológicas tiene el ratopín para vivir con salud a lo largo de su vida? Eso es lo que queremos descubrir en el laboratorio”, explicó Castro.

Ahí comparan las células del ratopín con las del ratón para identificar diferencias en mecanismos celulares y moleculares. Entre las líneas de investigación de Castro Obregón se encuentran la senescencia celular, la autofagia y los mecanismos relacionados con el envejecimiento en roedores de diferente longevidad.

El envejecimiento comienza antes de lo que pensamos

Una de las líneas de investigación del laboratorio parte de una idea particularmente interesante: algunos mecanismos celulares relacionados con el envejecimiento también desempeñan funciones esenciales durante el desarrollo embrionario.

Uno de ellos es la senescencia celular, un estado en el que una célula deja de dividirse y experimenta una serie de cambios. Aunque suele relacionarse con el envejecimiento, la evidencia científica ha demostrado que también puede presentarse de manera programada durante el desarrollo embrionario y participar en la formación y remodelación de los tejidos.

Es decir, procesos celulares y moleculares que resultan indispensables durante determinadas etapas del desarrollo pueden tener efectos diferentes cuando se presentan o se acumulan posteriormente. Con el envejecimiento, la acumulación de células senescentes se ha relacionado con deterioro de la función de los tejidos y diversas enfermedades asociadas con la edad.

Por ello, el laboratorio estudia el envejecimiento desde una perspectiva relacionada con el desarrollo embrionario, buscando comprender cómo esos mecanismos cambian a lo largo de la vida y cómo pueden contribuir posteriormente al deterioro asociado con la edad.

Esta perspectiva también ayuda a estudiar la vida de una persona como un proceso continuo, en el que lo que ocurre en las primeras etapas puede tener consecuencias muchos años después.

¿Podremos retrasar el envejecimiento?

La posibilidad de modificar el envejecimiento biológico todavía pertenece en buena medida al terreno de la investigación. En modelos animales se han identificado intervenciones capaces de modificar algunos mecanismos relacionados con el envejecimiento, pero en seres humanos todavía no existe una intervención clínicamente validada capaz de frenar el envejecimiento como un proceso global.

Castro considera que sí es factible retrasar algunos de los procesos asociados con el envejecimiento y disminuir la incidencia de enfermedades relacionadas con la edad. La gran incógnita es cuánto tiempo tomará conseguirlo.

“Yo sí veo factible que se pueda retrasar el envejecimiento y disminuir la incidencia de las enfermedades. La pregunta es en cuánto tiempo”.

La investigadora también destacó la importancia de que las universidades públicas participen en este campo de investigación.

Actualmente, numerosas empresas privadas invierten en estrategias relacionadas con la longevidad y ofrecen productos que prometen mantener la juventud o retrasar el envejecimiento. Sin embargo, advirtió que existe una gran cantidad de propuestas sin evidencia científica suficiente, impulsadas por el deseo humano de mantenerse joven.

El reto, en última instancia, no sería simplemente conseguir que las personas vivan más años, sino lograr que esos años adicionales transcurran con mayor salud y calidad de vida.

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Cuerpo en resistencia: las sustancias de riesgo causantes de la enfermedad por modelantes

Pintarnos el cabello, “ponernos uñas”, aplicar maquillaje, optar por cortes de cabello, usar cierta vestimenta y accesorios son formas de mostrarnos ante el mundo y de sentirnos identificados con nuestro género, la moda o algún estilo.

A veces queremos acentuar áreas o ver algún cambio en nuestro cuerpo que no nos convence: cirugía de nariz, inyección de bótox, aumento de busto, eliminación de grasa en el abdomen… ¿Y si mi cuerpo no se ve como lo imagino?, ¿A dónde ir para realizarlo de forma segura?

«Todas las personas -cisgénero o transgénero- experimentamos la necesidad legítima de armonizar nuestra identidad con nuestra apariencia física. Si recurren a procedimientos no regulados y en contextos inseguros, no es por vanidad o imprudencia voluntaria, sino por la inexistencia o el acceso sumamente limitado a terapias de afirmación de género supervisadas por especialistas», asegura Karen Aranza Marañón Solorio, médica adscrita al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ).

Ante esta necesidad de armonizar la imagen corporal con la identidad de género -que se puede sentir como urgente y vital- y por la falta de alternativas en el sistema público, muchas mujeres trans recurrieron a la aplicación de inyecciones informales de sustancias modelantes (también conocidas como biopolímeros en contextos informarles), mayoritariamente sin saber si eran seguras.

La infectóloga ha sido testigo de la gran cantidad de mujeres trans (transgénero, transexual o de otra identidad de género que no coincida con el sexo asignado al nacer) que acuden a las áreas de urgencias hospitalarias y a los centros de atención especializada de la Ciudad de México con alteraciones cutáneas graves, dolor crónico que llega a ser incapacitante, infecciones, úlceras y necrosis de tejidos, el diagnóstico clínico: Enfermedad por Modelantes.

“La enfermedad también es conocida como alogenosis iatrogénica o respuesta inmune inducida por biopolímeros. Es la respuesta inflamatoria, infecciosa o autoinmune crónica causada por la infiltración en tejidos blandos de sustancias de alta densidad no biocompatibles”, expone la especialista, investigadora principal del estudio «Epidemiología y desenlaces clínicos de la inyección de modelantes en mujeres transgénero en México (2025-2026).»

En dicho estudio incluyó a pacientes del INCMNSZ y a personas captadas en los centros de atención especializada de la Ciudad de México, como la Clínica Especializada Condesa (CEC), la Clínica Especializada Condesa Iztapalapa (CECI) y de la Unidad de Salud Integral para Personas Trans (USIPT), esta última ubicada en el Casco de Santo Tomás en la Alcaldía Miguel Hidalgo.

Se analizaron 222 expedientes de mujeres trans con antecedente de inyección de modelantes. Los datos principales revelan la gravedad de la situación en el país:

El 44.5% de las participantes (99 mujeres) presentó complicaciones severas asignables a la EPM.

El 93% de los procedimientos fue realizado por personal no médico (amigas, conocidas o autoaplicación).

El 36% de las pacientes requirió hospitalización, con una estancia media intrahospitalaria de 17 días para el manejo de complicaciones graves.

 Entre los compuestos documentados de forma recurrente en las pacientes destacan:

Aceites minerales y vegetales comestibles: inyectados por su viscosidad pero altamente tóxicos al reaccionar con el tejido humano.

Silicona líquida industrial / «Biopolímeros»: compuestos no degradables que se impregnan en las fibras musculares.

Grasas animales, parafinas y sustancias automotrices: casos extremos derivados de la desesperación por lograr cambios corporales en entornos de absoluta marginalidad.

Principales complicaciones

Karen Marañón explica que el organismo reconoce la sustancia como un cuerpo extraño imposible de fagocitar o degradar, por lo que el sistema inmune intenta encapsular el compuesto formando granulomas y fibrosis; sin embargo, debido a la fuerza de gravedad y la presión muscular, el material migra hacia regiones distantes (como la espalda baja, muslos, rodillas o tobillos), desencadenando otros efectos a nivel inflamatorio e infeccioso.

Uno de los hallazgos más críticos es que las manifestaciones clínicas pueden aparecer desde días después de la aplicación hasta 25 años o más tarde, lo que complica más el diagnóstico y seguimiento médico.

“Además, no podemos olvidar que esto no se da en un vacío clínico, sino en la intersección de múltiples vulnerabilidades sociales a las que se enfrentan, a lo largo de su vida, las personas trans. Por ejemplo, las distintas violencias y la inseguridad que las acecha; la inseguridad alimenticia y de vivienda; el trabajo sexual ante la discriminación en otros empleos (el 62% de la muestra refirió el antecedente de trabajo sexual como ocupación primaria); más el rechazo reiterado en hospitales de cualquier nivel para atender sus complicaciones”

Asegura que, en el seguimiento de estas pacientes, la mayoría declaró que lo común fue enfrentarse a comentarios culpabilizantes como «tú te lo inyectaste porque quisiste» o negarles la atención, lo que provocaba que acudieran a urgencias únicamente cuando la infección o necrosis estaba sumamente avanzada o que las atendieran cuando existen pocas opciones para su tratamiento.

Afirmación de género como necesidad de salud

La especialista expresa que ahora comienza un cambio de paradigma en el sistema público de salud, en el que se les debe atender con protocolos especializados y sin el estigma social que históricamente a culpabilizado a las pacientes con el argumento de la vanidad.

“Realmente se trata de un problema de salud pública y una consecuencia directa de las barreras de acceso a la salud integral de estas poblaciones”.

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México existen más de 5 millones de personas que se identifican dentro de la comunidad LGBTIQ+, de las cuales más de 909 mil se identifican como personas trans (transgénero o transexuales).

Tan solo en los centros de atención especializada de la Ciudad de México, se atienden de forma continua a más de 3,800 mujeres trans, asegura la doctora Karen Marañón.

A nivel nacional, el acceso a la Terapia Hormonal de Afirmación de Género (THAG) supervisada y a cirugías de modificación corporal (como implantes mamarios, orquiectomías o vaginoplastias) ha sido históricamente casi inexistente dentro del catálogo público de servicios de salud.

“Durante décadas, la medicina tradicional encasilló erróneamente estos procedimientos como ¨intervenciones cosméticas¨, omitiendo la evidencia científica internacional que demuestra cómo la afirmación de género médica disminuye los índices de depresión e ideación suicida, y mejora la calidad de vida”.

Frente a esta problemática, hay intentos de consolidar avances trascendentales como el Protocolo Nacional para la Atención de EPM por parte de la Secretaría de Salud federal, junto con otras dependencias.

“Este documento busca construir bajo un marco estricto de derechos humanos, no discriminación, lenguaje respetuoso y rutas claras de derivación entre el primer, segundo y tercer nivel de atención sanitaria”, asegura la infectóloga Karen.

Mientras tanto, las personas trans han encontrado en la Unidad de Salud Integral para Personas Trans un “modelo humanizado” de atención que ha demostrado la efectividad de la atención por pares (personal médico, de enfermería, salud comunitaria y administrativo integrado por personas trans) y la creación de proyectos como una Clínica de Heridas para el manejo digno de la Enfermedad por Modelantes.

“Además, las activistas y colectivas trans desempeñan un rol vital, acompañando a las pacientes a través del sistema hospitalario y difundiendo estrategias de prevención y control de daños entre las jóvenes. Las activistas también han sido consultadas y son una parte vital en todos estos proyectos”, finaliza Karen Marañón