La Copa Mundial de Futbol suele entenderse como una celebración deportiva global, un espacio de encuentro cultural y una experiencia colectiva capaz de movilizar emociones nacionales. Sin embargo, detrás del espectáculo futbolístico se despliega una compleja red de intereses económicos, disputas políticas, tensiones diplomáticas y estrategias de poder que convierten al torneo en un escenario privilegiado para comprender el mundo contemporáneo.

Esa fue una de las principales reflexiones del conversatorio “Geopolítica del balón. El mundo en la cancha”, organizado por el Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la UNAM y transmitido por Señal Tlatelolco, donde especialistas analizaron el papel del futbol en la reconfiguración política y económica global rumbo al Mundial 2026.
Para Sergio Varela Hernández, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, la relación entre futbol y política es inseparable. “El futbol es política”, afirmó durante la conversación al explicar que este deporte surgió históricamente ligado a procesos de formación social y construcción de poder.
Desde sus orígenes en las escuelas inglesas del siglo XIX, el futbol funcionó como un mecanismo de disciplina, identidad y organización colectiva. Con el tiempo, la profesionalización permitió su expansión hacia las clases trabajadoras y consolidó al deporte como uno de los principales fenómenos culturales del planeta. Sin embargo, esa misma masificación abrió la puerta a una creciente mercantilización del espectáculo deportivo.
Actualmente, la FIFA opera como una estructura supranacional capaz de influir sobre gobiernos, corporaciones y ciudades sede. El director del Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN), Juan Carlos Barrón, sostuvo que el organismo “logra imponer condiciones a gobiernos locales” y funciona como un actor global que articula intereses políticos y económicos alrededor del futbol.
El Mundial de 2026 representa una expresión clara de este fenómeno. Por primera vez en la historia, la Copa del Mundo será organizada de manera conjunta por tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Además, contará con 48 selecciones participantes, lo que la convertirá en la edición más grande del torneo.
No obstante, el crecimiento del espectáculo también ha profundizado sus contradicciones. Mientras la FIFA promueve una narrativa de inclusión y globalización, los especialistas señalaron que el modelo actual del Mundial fortalece mecanismos de exclusión económica y concentración corporativa.
Barrón explicó que alrededor de los estadios se establecen zonas controladas por patrocinadores internacionales que limitan la participación de comerciantes locales y regulan el uso de símbolos, palabras e imágenes asociadas al torneo. “¿Cómo vamos a sentir que la fiesta es nuestra si no estamos ni siquiera invitados?”, cuestionó el investigador al referirse al distanciamiento entre el evento y las poblaciones anfitrionas.
En México, estas tensiones ya comienzan a hacerse visibles en zonas cercanas al Estadio Azteca, hoy denominado Estadio Banorte. Comerciantes, vecinos y trabajadores informales enfrentan incertidumbre ante las restricciones comerciales y transformaciones urbanas asociadas al Mundial. Al mismo tiempo, el incremento en los costos de boletos, hospedaje y servicios turísticos refleja que la experiencia mundialista está diseñada cada vez más para sectores con alto poder adquisitivo.
La dimensión geopolítica del torneo también atraviesa las relaciones entre México, Estados Unidos y Canadá. El Mundial coincidirá con la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T MEC), en un contexto marcado por tensiones migratorias, conflictos comerciales y disputas internacionales.
Aunque inicialmente el torneo fue pensado como una oportunidad para fortalecer la integración regional de Norteamérica, el endurecimiento de las políticas estadounidenses ha complicado ese escenario. Los especialistas advirtieron que temas como las redadas migratorias, la vigilancia fronteriza y el discurso antimigrante podrían impactar directamente el ambiente mundialista.
Aun así, ambos académicos coincidieron en que la integración cultural entre los tres países continúa creciendo más allá de las tensiones gubernamentales. Barrón afirmó que “América del Norte es mucho más que tres gobiernos”, al señalar que las relaciones sociales, familiares y culturales construyen diariamente una región profundamente interconectada.
El futbol también se ha convertido en una plataforma de protesta y disputa simbólica. Los especialistas señalaron que distintos movimientos sociales han comenzado a utilizar el Mundial como escaparate para denunciar problemáticas relacionadas con desapariciones, violencia, acceso al agua y desigualdad urbana. La magnitud mediática del torneo transforma al evento en un espacio donde también se disputa el control de la narrativa pública sobre las crisis contemporáneas.
A ello se suma la dimensión tecnológica. El Mundial de 2026 será el primero atravesado masivamente por herramientas de inteligencia artificial aplicadas al análisis deportivo, la seguridad y la producción mediática. “Va a ser el primer mundial en donde la inteligencia artificial va a jugar un papel importantísimo”, señaló Barrón al referirse a la transformación tecnológica que experimenta actualmente el futbol global.
Pese a las tensiones políticas y económicas que rodean al torneo, el futbol conserva una dimensión profundamente cultural y emocional. Sergio Varela defendió la importancia del componente lúdico del deporte y sostuvo que disfrutar el futbol no implica abandonar una mirada crítica sobre las estructuras de poder que lo atraviesan. “Lo lúdico no quita lo crítico”, afirmó.
En ese sentido, el Mundial 2026 no será solamente una competencia deportiva. También será un espejo de las tensiones contemporáneas del orden global. En la cancha convivirán intereses corporativos, disputas diplomáticas, avances tecnológicos, identidades nacionales y demandas sociales. El balón, una vez más, mostrará que el deporte también es una forma de entender la política mundial.








































