Pablo Neruda en Material de Lectura: una puerta breve a una voz desmesurada
Redacción
junio 18, 2026
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La edición de Pablo Neruda publicada por la UNAM en la serie Material de Lectura funciona como una invitación precisa y generosa: no pretende agotar la obra del poeta chileno, sino abrir una puerta de entrada a algunos de sus registros más intensos. Con selección y nota introductoria de Efraín Bartolomé, el cuaderno reúne poemas como “Caballo de los sueños”, “Tango del viudo”, “Walking Around”, “Rangoon 1927” y una amplia sección de “Alturas de Macchu Picchu”, uno de los grandes momentos de la poesía latinoamericana del siglo XX.
Desde la nota inicial, la edición propone leer a Neruda a partir de una imagen central: la raíz. Bartolomé lo presenta como un poeta unido a la tierra chilena, a la materia elemental, a los oficios, a los objetos y a los pueblos de América. Esa lectura resulta especialmente útil para un público amplio, porque permite comprender que Neruda no escribió sólo sobre el amor o la naturaleza, sino sobre una experiencia total del mundo: la piedra, el cuerpo, la historia, el deseo, la muerte, la injusticia y la esperanza.
La selección muestra también las distintas temperaturas de su escritura. En “Walking Around”, por ejemplo, aparece el Neruda urbano, desencantado, casi asfixiado por la rutina moderna: un sujeto que se cansa “de ser hombre” y transforma el tedio cotidiano en una poderosa imagen poética. En “Tango del viudo”, el dolor amoroso se vuelve rabia, memoria corporal y soledad. En “Rangoon 1927”, la experiencia del viaje se mezcla con el deseo, el exilio y una mirada sobre Oriente marcada por la intensidad sensorial.
El punto más alto de la edición está en “Alturas de Macchu Picchu”. Allí, Neruda abandona la voz individual para buscar una voz colectiva. La ciudad de piedra no es sólo ruina arqueológica: es memoria de los trabajadores anónimos, de quienes construyeron la historia y quedaron fuera de ella. Cuando el poema dice “Sube a nacer conmigo, hermano”, la poesía se convierte en acto de restitución: llama a los muertos, a los olvidados, a los cuerpos silenciados por los siglos.
Esta edición de Material de Lectura tiene, además, un valor pedagógico evidente. Su brevedad permite acercarse a Neruda sin intimidación, pero su selección conserva la complejidad de una obra que va del surrealismo íntimo a la épica americana. Para lectores nuevos, es una entrada clara; para lectores habituales, una relectura concentrada de algunos de sus momentos decisivos.
En tiempos de lectura fragmentaria, este cuaderno recuerda algo esencial: la poesía puede seguir siendo una forma de conocimiento. Neruda no sólo nombra el mundo; lo agranda, lo vuelve materia ardiente, memoria compartida y pregunta viva. Esta edición confirma que leerlo sigue siendo una experiencia de asombro, pero también de conciencia histórica.
La edición puede verificarse en Pablo Neruda, Material de Lectura, serie Poesía Moderna, núm. 124, de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.
Dragon Ball, Sailor Moon y Astro Boy: por qué el anime conquista generaciones
junio 18, 2026
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Desde Dragon Ball y Sailor Moon hasta Attack on Titan y Demon Slayer, el anime se ha convertido en un fenómeno cultural global que atrae a personas de todas las edades. Su éxito no solo se explica por la calidad de sus historias o su estilo visual, sino también por la forma en que conecta con emociones profundas, genera empatía con los personajes y satisface necesidades psicológicas como la pertenencia, la inspiración o la búsqueda de identidad.
Son historias que requieren de un público activo. Además, el anime suele dejar una reflexión sobre la vida y presentar personajes que evolucionan a lo largo de la trama, explicó José Ángel Garfias Frías, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
¿Cómo surgió el anime?
Su historia se remonta al Japón de la posguerra, cuando se desarrollaron diversas industrias, entre ellas la animación.
En aquella época, el anime recibió una fuerte influencia de las producciones de Disney, cuyas películas llegaron con gran éxito a Japón durante las décadas de 1950, 1960 y 1970.
A ello se sumó el impacto de Osamu Tezuka, conocido como el “Dios del Manga”, quien revolucionó la narrativa y el estilo visual de la animación y el cómic japonés, y sentó las bases de gran parte de la industria moderna.
Su obra más influyente fue Astro Boy (Tetsuwan Atom), personaje que se convirtió en uno de los pilares de la animación japonesa moderna. A partir de ahí, la industria tomó historias cortas y las publicó en tomos dentro de revistas, para que esas narraciones continuaran de acuerdo con la aceptación del público.
“Pensemos en revistas como Weekly Shōnen Jump, que ofrecían en sus páginas historias con 12 o 13 capítulos, cada una de diferentes autores, y de acuerdo con su popularidad se mantenían”.
Cuando una historia demostraba su popularidad entre los lectores, existía la posibilidad de adaptarla a una serie animada. Así surgieron varias obras como Dragon Ball, One Piece y Candy Candy, entre otras muy queridas.
La cultura oriental siempre ha sido muy dedicada a lo visual y sensorial; por ello, el manga siempre ha sido muy rico visualmente. Las historias tienen cierto grado de complejidad, contrario a la tira cómica estadounidense, que salía en los periódicos y ocupaba entre tres y nueve cuadros para contar historias cortas como Popeye, Lorenzo y Pepita o Garfield, entre otras.
Los mangas, además de tener una historia central, tienen un objetivo en el que el personaje se desarrolla a partir de las situaciones que vive y persigue sus metas casi de forma obsesiva.
Así surgen historias narrativamente más complejas y personajes con trasfondo. La idea era llegar en algún momento al final. Estas bases sirvieron para historias de antaño, en la década de los 70, cuando eran más cortas.
Astro Boy, parte del imaginario colectivo japonés
Astro Boy, creado en 1952 por Osamu Tezuka, es uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular japonesa. Su influencia ha sido tan grande que forma parte del imaginario colectivo del país. Como reconocimiento al legado de su creador, en la ciudad de Takarazuka existe un museo dedicado a la vida y obra del llamado “Dios del Manga”.
De hecho, la ciudad de Niiza registró simbólicamente a Astro Boy como residente en 2003, para celebrar su fecha de nacimiento dentro de la ficción.
En esa época había una proyección utópica sobre la tecnología. Así, la historia comienza con el doctor Tenma, un prodigio de la robótica que tiene un hijo que fallece en un accidente automovilístico.
El científico intenta recrear a su hijo mediante un robot al que implanta sus recuerdos y parte de su personalidad. Además, lo dota de una estructura resistente para evitar que sufra el mismo destino.
Sin embargo, al descubrir que el robot no puede crecer ni comportarse exactamente como un ser humano, Tenma lo rechaza. Más tarde, otro científico lo rescata y lo convierte en un héroe dedicado a proteger a los demás.
De hecho, cuando Osamu Tezuka creó a Astro Boy en 1952, imaginó un robot del futuro que nacería el 7 de abril de 2003. Es decir, Tezuka situó el nacimiento de su héroe más de 50 años en el futuro.
Se trata de un tema de inteligencia artificial muy desarrollado y adelantado para su época, en el que se abordan diversos asuntos, desde la conciencia humana hasta la fuerza y la supremacía de los robots, entre otros.
Algunos otros títulos famosos
Una de las obras más importantes es Mazinger Z. El manga fue más corto y ágil, pero en televisión el capítulo ocupaba más espacio al desarrollar la lucha contra un monstruo.
En el plano narrativo destacan historias como Candy Candy o Remi, que tienen un dramatismo muy marcado. Otra historia relevante es Saint Seiya, conocida como Los Caballeros del Zodiaco en México.
“Todos esos elementos han logrado, hoy en día, que el anime y el manga sean tan importantes y estén vigentes en todo el mundo. Deben tener una trama bien planteada y un objetivo”.
Actividades para disfrutar la agenda cultural de la UNAM este fin de semana
Redacción
junio 18, 2026
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Este 20 y 21 de junio, la Universidad Nacional Autónoma de México ofrece una pequeña selección de actividades para acercarse al teatro, la danza, la música, los museos y los talleres culturales. Las propuestas forman parte de la amplia agenda cultural que la UNAM mantiene de manera permanente para sus comunidades y para el público en general.
Desde espacios universitarios ubicados en el Centro Histórico hasta recintos del Centro Cultural Universitario y Coyoacán, esta programación invita a recorrer distintas expresiones artísticas y reflexivas durante el fin de semana.
Museo UNAM Hoy: memoria universitaria en el Centro Histórico
Una opción para iniciar el recorrido es el Museo UNAM Hoy, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El edificio forma parte del conjunto declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Este recinto, perteneciente al Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, tiene como misión dar cuenta de la trascendencia de la Universidad y de su compromiso social.
Teatro: una mirada sensible sobre infancia, duelo y violencia
En teatro, se presenta Mi hermano no murió como un niño héroe, un unipersonal de estreno del programa Ruta Teatral Universitaria. La obra narra la historia de una niña de primaria que, mientras participa en un concurso escolar de coros, reflexiona sobre la amistad, la violencia cotidiana y el duelo por la muerte de su hermano, víctima de una bala perdida. La puesta en escena articula de manera sensible la vida escolar con temas de identidad, memoria y violencia.
La danza también tendrá presencia con Giselle, las que no volvieron, del Taller Coreográfico de la UNAM. Creada por la coreógrafa sonorense Melva Olivas, la obra parte de la música del ballet Giselle, de Adolphe Adam, para replantear este clásico desde una perspectiva contemporánea y latinoamericana. La pieza aborda la violencia de género y los feminicidios como una crisis urgente, al tiempo que honra a las víctimas y exige justicia.
Como parte del mes del orgullo, el Centro Cultural Universitario Tlatelolco realizará el taller Diversidades en emergencia. La actividad propone un recorrido para reconocer estrategias artísticas impulsadas desde la comunidad LGBTTTIQ+ con el fin de visibilizar situaciones de emergencia. Al final, las personas participantes elaborarán stickers para expresar problemáticas que afectan a esta comunidad.
Música: repertorio pianístico en la Sala Carlos Chávez
Para quienes buscan una experiencia musical, la Sala Carlos Chávez recibirá el programa La FaM en la Chávez | Músicadecámara. La presentación reúne obras del repertorio pianístico de los siglos XIX y XX, con piezas de Robert Schumann, Alberto Ginastera, Franz Liszt y Frédéric Chopin, interpretadas por Francisco Arista y Fernando Alec Vera.
Estas actividades son apenas una muestra de la gran agenda cultural que la UNAM ofrece durante todo el año, con propuestas que abren espacios para el encuentro, la memoria, la reflexión y el disfrute artístico.
Gemelos idénticos: cerebros parecidos, pero nunca iguales
Redacción
Con información de UNAM Juriquilla
junio 17, 2026
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Aunque comparten el mismo ADN, los gemelos idénticos no tienen cerebros exactamente iguales. La genética influye, pero el ambiente también deja huellas únicas en la forma, el funcionamiento y la química cerebral.
Los gemelos idénticos suelen despertar una pregunta fascinante: si comparten el 100 % de su ADN, ¿también piensan igual?, ¿sus cerebros son iguales?, ¿su salud mental depende sólo de la genética?
La respuesta, desde la neurociencia, es más compleja y mucho más interesante: sus cerebros se parecen, pero no son idénticos. Cada experiencia, cada entorno, cada historia de vida contribuye a moldearlos de manera única.
Así lo explicó Sarael Alcauter Solórzano, investigador del Instituto de Neurobiología de la UNAM, campus Juriquilla, durante la charla “Gemelos idénticos, ¿cerebros distintos? La influencia de la genética y el ambiente sobre nuestros cerebros”, realizada en el marco de la inauguración de la exposición plástica CONEXIÓN. La ciencia de lo idéntico y lo único.
De acuerdo con el especialista, la salud física y mental está determinada por la interacción entre dos grandes fuerzas: la heredabilidad, es decir, la influencia de los genes, y la ambientalidad, que corresponde al efecto del entorno y las experiencias.
Esta relación también ayuda a explicar rasgos como la inteligencia, la estatura, la forma del cerebro o incluso ciertos procesos relacionados con la salud mental.
Gemelos para entender la salud
El estudio de gemelos es una herramienta clave para conocer cuánto influyen los genes y cuánto el ambiente en distintas características humanas.
Los gemelos idénticos, también llamados monocigóticos, comparten el 100 % de su ADN. En cambio, los gemelos fraternos, conocidos como cuates o mellizos, comparten aproximadamente el 50 % de su material genético.
Al comparar muchos pares de gemelos idénticos y fraternos, los investigadores pueden estimar qué tanto una característica depende de la genética o del ambiente.
Sarael Alcauter señaló que, con datos del Registro Mexicano de Gemelos, proyecto universitario conocido como TwinsMX, se ha observado que la genética influye en alrededor de 70 % en la variación del coeficiente intelectual.
En el caso de la estatura, los datos obtenidos en población mexicana indican que la contribución genética puede llegar hasta 90 %. Esto significa que algunos rasgos físicos tienen una fuerte influencia hereditaria.
Sin embargo, no todo está escrito en los genes.
El ambiente también transforma el cerebro
Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo con gemelos es que distintas características del cerebro no dependen de la misma manera de la genética.
Por ejemplo, el área de superficie de la corteza cerebral suele parecerse más entre gemelos idénticos que entre gemelos fraternos. Esto indica una heredabilidad alta, superior a 70 %.
Pero cuando se analiza el grosor cortical, la diferencia entre ser gemelo idéntico o fraterno ya no es tan marcada. En ese caso, explicó el investigador, el ambiente parece tener un peso mayor.
También se han estudiado metabolitos cerebrales, como Glx, que agrupa al glutamato, principal neurotransmisor excitatorio del cerebro, y a la glutamina. En este caso, los datos muestran que la heredabilidad no es alta; por el contrario, domina la influencia ambiental.
Estos resultados muestran que el cerebro no puede entenderse únicamente como producto de la genética. También es resultado de la vida cotidiana, de las condiciones sociales, de la alimentación, de los aprendizajes, de los vínculos y de las experiencias personales.
Un registro mexicano de gemelos
Para estudiar estos procesos en México, la UNAM participa en el Registro Mexicano de Gemelos, junto con especialistas del Instituto de Neurobiología, el Laboratorio Internacional de Investigación sobre el Genoma Humano, la Facultad de Psicología y el Instituto de Investigación Médica de Queensland, en Australia.
El proyecto es especialmente importante porque la población mexicana tiene una gran diversidad genética. En promedio, explicó Alcauter, los mexicanos tenemos una composición ancestral aproximada de 51 % indígena, 44 % europea, 4 % africana y 1 % de Asia del Este.
Por ello, estudiar a la población mexicana permite generar información más precisa sobre nuestra salud y nuestras características biológicas, en lugar de depender únicamente de estudios realizados en otros países.
Hasta marzo de 2026, el Registro Mexicano de Gemelos contaba con 4 mil participantes de todos los estados del país, con una alta representación del centro, especialmente de la Ciudad de México, el Estado de México y Querétaro.
Cerebros únicos, como huellas digitales
Como parte del proyecto, varios participantes acudieron al Laboratorio Nacional de Imagenología por Resonancia Magnética del Instituto de Neurobiología. Ahí se analizaron, mediante resonancia magnética, propiedades anatómicas, funcionales, metabólicas y de conectividad cerebral.
A finales de 2025 concluyó el estudio con 500 participantes. Los investigadores analizaron tres características principales: la anatomía del cerebro, su metabolismo y su conectividad funcional.
Uno de los aspectos más llamativos es que los giros y surcos de la corteza cerebral son únicos e irrepetibles. Incluso en recién nacidos, cada persona presenta patrones particulares, comparables con una huella digital.
Esto significa que, aunque dos personas compartan el mismo ADN, su cerebro conserva marcas propias. La biología nos acerca, pero la experiencia nos distingue.
Ciencia y arte en conexión
La charla formó parte de la inauguración de CONEXIÓN. La ciencia de lo idéntico y lo único, una exposición plástica que une investigación científica y creación artística.
La muestra presenta seis pares de cerebros impresos en 3D a escala real. Cada pieza fue intervenida por artistas que convivieron con gemelos participantes en el proyecto, con el propósito de traducir sus historias, memorias y experiencias en obras plásticas.
El resultado es una exposición que recuerda una idea central de la neurociencia contemporánea: incluso aquello que parece idéntico contiene diferencias profundas.
Los gemelos idénticos comparten genes, historia familiar y, muchas veces, rasgos físicos sorprendentes. Pero sus cerebros, como sus vidas, son únicos.
Debido a las altas concentraciones de contaminación en las grandes ciudades, cada vez es más común que las autoridades establezcan restricciones a la circulación de vehículos, razón por la cual especialistas en transporte urbano consideran necesario pasar del transporte con motor de combustión interna al transporte eléctrico.
La contaminación, la salud y, sobre todo, la dependencia de las gasolinas del extranjero, principalmente de Estados Unidos, colocan a México en una situación grave cada vez que aumenta el precio del barril de petróleo en los mercados internacionales.
Los especialistas consideran que frente a estos incrementos en el precio de los combustibles, México está en una situación de vulnerabilidad porque un porcentaje muy grande de sus gasolinas es importado, por lo que se debe acelerar la transición a la electromovilidad, especialmente en el transporte público de las grandes zonas urbanas.
Sin embargo, en la actualidad los autobuses son fundamentales en el transporte urbano porque movilizan a la mayor parte de los usuarios en las ciudades de todo el país. En el caso de la Ciudad de México, las combis, los autobuses, el Metrobús, y los trolebuses y el Metro y son utilizados todos los días por millones de pasajeros.
De acuerdo con investigaciones recientes de la UNAM, la electromovilidad no debe limitarse al automóvil particular. También debe llegar al transporte público, porque ahí es donde puede tener mayores beneficios sociales, económicos y ambientales.
En el Instituto de Ingeniería de la UNAM, por ejemplo, se desarrollan trabajos sobre evaluación de vehículos eléctricos, estaciones de recarga, rendimiento energético y movilidad eléctrica sostenible.
La electromovilidad y sus beneficios económicos
“Para la gente de bajos ingresos el transporte eléctrico tiene beneficios económicos porque las tarifas pueden ser más bajas”, explica David Bonilla Vargas, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. “El transporte eléctrico, en el caso de los trolebuses, es más seguro y de mejor calidad”.
Otro beneficio serían viajes más cortos, cómodos y seguros, lo que daría lugar a una fuerza de trabajo mucho más productiva. El ahorro en el tiempo de traslado les permitiría dedicarlo a otras actividades de su vida diaria, como pasar más tiempo con la familia. Por supuesto, tendrían más horas de sueño y menos estrés.
“Si una persona deja su vehículo y utiliza el transporte público podría tener menos enfermedades cardiovasculares porque cuando uno se transporta en el auto los riesgos de un ataque al corazón son más altos”, señala el investigador.
Además de los beneficios para la salud, el transporte eléctrico puede reducir los costos de operación de las unidades, siempre y cuando haya una planeación adecuada, infraestructura de recarga y mantenimiento especializado. Por eso, para los investigadores universitarios, el cambio tecnológico debe ir acompañado de una reorganización del sistema de transporte.
En el libro Intercambio de baterías: elemento clave para una electromovilidad sustentable, publicado por el Instituto de Energías Renovables de la UNAM, se plantean las ventajas de la electromovilidad y se enfatizan sus beneficios en el transporte público eléctrico. Esta propuesta coincide con la necesidad de pensar en la transición energética no sólo desde el automóvil particular, sino también desde los sistemas colectivos que utilizan diariamente millones de personas.
Beneficios ambientales
Mucha gente no deja de utilizar su coche porque considera que el transporte público es de muy mala calidad y, dependiendo de la región de la ciudad, también lo percibe como peligroso. Para Bonilla Vargas, ese es uno de los puntos que se deben atender si se quiere que más personas dejen el automóvil y utilicen sistemas colectivos.
“Los metrobuses están muy saturados porque están llegando a su capacidad, razón por la cual es muy importante invertir para expandir la flota de metrobuses. Y tiene que ser eléctrica”, señala el investigador. “Ha habido inversión en metrobuses, pero necesitamos más y más velocidad en la introducción de Metrobús eléctrico”.
Ahora bien, se debe planear la generación de electricidad para que vaya de la mano con la introducción gradual de metrobuses eléctricos, porque eso no se puede hacer de la noche a la mañana, tiene que ser de forma paulatina.
En la ciudad, durante algunas décadas no se había introducido un medio de transporte novedoso; el más importante fue el Metro, hasta que en junio de 2005 empezó a funcionar el Metrobús.
A finales de 2019, el gobierno de la Ciudad de México introdujo los primeros trolebuses, en lo que fue un paso inicial hacia la electromovilidad. En años recientes se han abierto numerosas líneas de trolebuses, en especial en la zona oriente.
Para el investigador, esos avances son importantes, pero todavía falta ampliar la cobertura, mejorar la calidad del servicio e integrar mejor los distintos modos de transporte.
“Se necesita más inversión en el sector. Es bienvenido lo que se ha hecho, pero es insuficiente. La Ciudad de México debe tener una red de transporte integrada”.
Tiene que haber un transporte público atractivo para las clases medias, para los profesionistas, para que se bajen del coche y aborden el Metrobús o los trolebuses.
“Las clases trabajadoras no tienen auto y lo que están haciendo ahora es adquirir motocicletas en las que los tiempos de traslado son mucho más cortos, pero la fiebre por las motocicletas está causando nuevos problemas debido a los numerosos accidentes”.
Redes de transporte integradas
“Cuando hablo de una red integrada, me refiero, por ejemplo, a que las líneas del metro deberían estar alimentando a los otros medios para que cada red de transporte no se vaya ‘por la libre’, sin ninguna coordinación con las otras. Por ejemplo, en este momento no puedes subir tu bici al metrobús por lo que es necesario resolver el problema de la última milla”.
En otros países uno se puede llevar su bicicleta en un metrobús o en un tren, de tal manera que se pueden hacer viajes combinados. Como la saturación del Metrobús no permite que entre una bicicleta, se tienen que rediseñar, explica Bonilla Vargas. En Canadá, por ejemplo, uno puede colocar la bicicleta en la parte trasera del metrobús, por fuera. Y en otros países se puede meter por una puerta especial.
“Me llama la atención que aquí se les olvide que hay otros modos de transporte y que se pueden combinar para hacer viajes combinados”, señala el investigador. “A veces uno puede hacer un viaje en metrobús con la bicicleta, bajar y seguir por otra ruta, o dejar el coche en un estacionamiento fuera de la ciudad, donde lo cuiden, y abordar el metrobús. Debe haber facilidades para hacer viajes combinados”.
Los domingos y días festivos, en el Metro de la Ciudad de México se puede viajar con bicicleta, o de lunes a sábado en horario nocturno. En el caso de las bicis plegables se permiten todos los días sin restricciones de horario. “Eso lo hubieran hecho hace 20 o 30 años, pero qué bueno que lo hacen ahora porque así se pueden hacer viajes combinados”.
En algunos trolebuses también pueden subir una bicicleta. “Pero yo creo que ahí se tiene que trabajar más”.
El metrobús eléctrico sólo resuelve una parte del problema porque se tienen que resolver los viajes cortos, en los que los autobuses y camionetas tienen una ventaja espacial, porque ellos pueden hacer viajes muy cortos.
Otra opción en los viajes cortos es lo que se conoce como la micromovilidad, que tampoco está muy bien organizada en la ciudad porque en viajes relativamente cortos algunas personas utilizan el patín eléctrico. En ese caso, también puede haber muchos accidentes.
“Necesitamos un transporte seguro, eficiente, limpio y que también cuide a las mujeres para que se sientan seguras. Y para eso se necesita mucha inversión”.
El problema del financiamiento
Para Bonilla Vargas, se deben explorar distintas formas de obtener recursos para mejorar el transporte público, reducir la congestión y acelerar la transición hacia tecnologías menos contaminantes.
Si no aumentan los ingresos públicos, entonces se tiene que buscar cómo fortalecer las arcas del gobierno local para financiar un mejor sistema de transporte. Una reforma fiscal le daría más libertad para que pueda tener su propia recaudación. Pero se necesita más crecimiento económico para que aumente la recaudación y se pueda invertir.
Inversión privada en el transporte público local
En México la mayor parte de la inversión es privada, la inversión pública es apenas de alrededor de veinte por ciento. Una solución sería acercarse al sector privado y ver cómo gobierno local puede hacer una asociación con ellos como y buscar fórmulas financieras.
“Pero se tiene que buscar una solución porque el problema del transporte público no se va a resolver, la ciudad sigue creciendo, la población sigue creciendo y la gente sigue comprando motocicletas o automóviles”.
El transporte público concesionado
Muchas empresas privadas son dueñas de los peseros, y tradicionalmente han sido parte de sindicatos y de otros grupos, sobre todo en el Estado de México.
“En el Estado de México hay intereses políticos locales, pero se tiene que negociar con ellos, atraerlos para ver cómo se pueden integrar sus intereses con los intereses de la sociedad, aunque es complejo”, señala el investigador.
Para Bonilla Vargas, uno de los retos es encontrar mecanismos de negociación que permitan integrar a concesionarios, trabajadores y empresas a esquemas de transporte más ordenados, con mejores unidades y con posibilidades de financiamiento para la transición eléctrica.
Ahora bien, el problema del transporte va más allá de un problema tecnológico, porque también requiere acuerdos, financiamiento y una mejor coordinación entre los distintos actores que participan en la movilidad urbana.
En la Ciudad de México se han incorporado avances en transporte eléctrico; sin embargo, desde una perspectiva técnica todavía hay retos importantes, porque buena parte de los usuarios dependen del pesero, que pertenece a empresas privadas.
Se debe dar incentivos a esas empresas para que se vayan integrando a un sistema de transporte público, pero tendría que haber un acuerdo financiero para que adquieran un vehículo eléctrico.
En el problema del transporte hay retos de gobernanza, coordinación e integración de distintos intereses. Para el investigador, no basta con introducir vehículos eléctricos, también se necesita mejorar la regulación, la coordinación de rutas, la operación del transporte concesionado y la manera en que se organiza el espacio vial.
Incentivos económicos para cambiar a tecnologías limpias
“Una de las dificultades es que el precio de la gasolina es relativamente bajo. En el momento en que la gasolina sea muy cara, por ejemplo, que el precio del barril de petróleo llegue a 150 dólares, en ese momento se le va a dar incentivos al sector privado y al sector público para cambiar sus inversiones a las tecnologías verdes. Pero mientras sea barato contaminar, ¿por qué voy a invertir en un auto eléctrico?”.
“Se necesitan mejor financiamiento y mejor gobernanza, pero mientras el precio de gasolina sea relativamente bajo, no va a haber un incentivo para invertir en un auto eléctrico. Con el precio de gasolina alto, la inversión en un auto eléctrico se va a recuperar mucho más rápido”, finalizó David Bonilla Vargas.
Mientras que hoy somos testigos de migraciones y conflictos sociales y geopolíticos derivados de las olas de calor y otros fenómenos —como sequías y tormentas asociadas a la crisis climática— hubo una época en la que los humanos emprendieron expediciones trasatlánticas y transformaron mapas de imperios persiguiendo, indirectamente, un calor interno muy particular: aquel que producen ciertas especias como la canela, la nuez moscada y la pimienta.
En el siglo V, por ejemplo, el rey visigodo Alarico le exigió a Roma un tributo que incluía tres mil libras de pimienta negra para dejar de asediar a la metrópoli. Más de un milenio después, en 1667, los Países Bajos cedieron a Inglaterra la colonia de Nueva Ámsterdam —la actual Manhattan— a cambio de la diminuta isla de Rhun, en Indonesia —de apenas tres kilómetros de largo por uno de ancho—, el único lugar donde entonces se producía nuez moscada. Aunque no hay registros de intercambios de tal magnitud en torno al chile, en los últimos siglos se ha hecho evidente el gran interés, casi masoquista, que provoca su ardor, esencial ya en prácticas culinarias de todo el mundo.
Asimismo, la asociación de algunas especias con el calor es muy antigua. En diversas tradiciones medicinales los alimentos se clasificaban según sus cualidades, como la temperatura que podían producir al consumirse, pues se partía de la idea de que la salud dependía del equilibrio de los humores o los fluidos vitales y de las relaciones entre el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En Irán, el jengibre se consideraba de naturaleza caliente y seca, por lo que sus propiedades picantes se empleaban para tratar enfermedades “frías”, incluidos ciertos trastornos neurológicos, como la epilepsia, y se le atribuía el aumento tanto de la energía sexual como de la cantidad de semen. Monografías chinas, por su parte, recomendaban la canela para combatir el frío. Y la farmacología medieval europea organizaba la pimienta, el cardamomo, el clavo y la nuez moscada en distintos grados, según el calor que provocaran.
La percepción de la naturaleza caliente de estos aditamentos culinarios anticipaba lo que hoy entendemos gracias a investigaciones apoyadas en la biología molecular y otras técnicas modernas. El ardor del habanero, capaz de hacernos transpirar; el picor más sutil del jengibre y la pimienta; o la calidez de la canela no son meras metáforas culturales, tienen una base fisiológica. El estudio de la interacción de estos ingredientes con nuestro cuerpo nos ha ayudado a comprender cómo percibimos la temperatura y el dolor, y ha derivado, incluso, en la obtención de un Premio Nobel.
Lo que pica, duele y acalora
El picor del chile ha intrigado a la humanidad probablemente desde sus primeros encuentros —hace unos ocho mil o diez mil años en lo que hoy es México— con una variedad ancestral del Capsicum annuum, antepasado de muchos de los chiles que hoy comemos. A este fruto también se le han atribuido propiedades calientes y secas y, por milenios, se ha utilizado para aliviar calambres, diarrea, indigestión, entre otros malestares. Aquello que quizás empezó como una curiosidad sensorial pronto se convirtió en un elemento central de la cultura culinaria. Luego, con la llegada de los europeos a América, el chile cruzó océanos y echó raíces, sobre todo, en Asia. Siglos después, su popularidad sigue intacta: fascina por igual a agricultores, antropólogos, chefs y a cualquiera con el antojo de unos taquitos con salsa.
Motivados por sus variados efectos, químicos y farmacólogos se propusieron identificar la sustancia responsable de su inconfundible picor, y, a finales del siglo XIX, lograron aislarla: la capsaicina. Décadas más tarde, se descubrió que esta molécula activa ciertas neuronas sensoriales que están en todo el cuerpo encargadas de detectar estímulos potencialmente dañinos y de enviar señales de alarma al cerebro. Después, durante la segunda mitad del siglo XX, se entendió mejor el mecanismo: la capsaicina provoca la entrada masiva de iones de calcio y de sodio desde el medio extracelular hacia estas células nerviosas, desencadenando así la señal de dolor.
Sin embargo, seguía una gran incógnita: ¿cómo interactuaba exactamente con las neuronas para provocarles ese cambio interno? La hipótesis favorita en los noventa era que la capsaicina debía unirse a un receptor específico de la membrana de estas células sensoriales. Identificarlo se volvió una obsesión científica; en una entrevista, el fisiólogo estadounidense David Julius cuenta que ese receptor era el santo grial de la pequeña comunidad de biólogos moleculares interesados en el estudio del dolor en aquella época. Julius, además, narra que un día, mientras caminaba por el pasillo de las especias de un supermercado, le comentó a su esposa, la fisióloga Holly Ingraham, lo interesante que le parecía el problema, y ella respondió enseguida: “al chile, déjate de rodeos y ponte a investigarlo”.
Julius y sus colegas recurrieron a una estrategia monumental: cultivaron células derivadas del riñón humano, insensibles a la capsaicina. A la par, construyeron una biblioteca genética con más de dos millones de fragmentos de ADN extraídos de neuronas sensoras del dolor en ratas y ratones. La idea era identificar qué fragmento en particular era sensible a la sustancia del chile; así pues, los introdujeron en las células de riñón para ver si alguno les “enseñaba” a reaccionar a la capsaicina, delatándose mediante una señal fluorescente asociada con la entrada de calcio.
Para la titánica labor el equipo dividió los millones de fragmentos de ADN en 144 grupos y probó todos hasta que uno reaccionó. Luego, tras un proceso de iteraciones, aislaron un gen responsable que codifica una proteína que se expresa en la membrana celular, actuando como receptor; lo denominaron receptor vanilloide, VR1 (ahora conocido como TRPV1). Para confirmar la actividad de este receptor, los científicos expusieron las células de riñón modificadas a extractos de distintos chiles. El habanero desató una intensa fluorescencia; el poblano, apenas una señal tenue, tal como sucede en nuestro paladar.
Después, pensando en la sensación de calor y ardor que provocan los chiles, decidieron subirle la temperatura al cultivo. Observaron que el mismo receptor que respondía a la capsaicina también se activaba alrededor de los 43°C, que es el umbral térmico a partir del cual el calor resulta dañino para los tejidos.
Los experimentos con capsaicina, habanero y poblano en estas células de riñón modificadas desencadenaron una ola de investigaciones que abrió la puerta al entendimiento de una familia de receptores hasta entonces poco explorada en mamíferos: los TRP. Son “familia” porque comparten secuencias similares y, con ello, un origen evolutivo común. Habitan membranas de células nerviosas específicas y actúan como puertas microscópicas: se abren ante distintos estímulos físicos y químicos, permitiendo el paso de iones, como de calcio y sodio, lo que genera señales eléctricas que las neuronas sensoriales transmiten como señal de ardor o dolor. Muchos de estos receptores responden a rangos de temperatura, de modo que funcionan como un sistema de alerta: le indican al cerebro cuándo hace demasiado calor o demasiado frío y activan respuestas, como la sudoración o los escalofríos.
El hallazgo del receptor de capsaicina y todo lo que vino después convirtió a Julius en uno de los galardonados con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el 2021.
De la pimienta al mentol
Además de la capsaicina hay otros compuestos en nuestras cocinas que activan el TRPV1; los gingeroles del jengibre y la piperina de la pimienta negra también lo hacen, si bien con menor potencia. Curiosamente, esta coincidencia molecular fue intuida siglos antes, cuando, al llegar a América, Cristobal Colón llamó “pimiento” al chile porque el picor le recordaba a esa especia.
Sin embargo, el TRPV1 no es el único receptor capaz de percibir el calor. Experimentos con ratones han demostrado que los roedores sin el gen que codifica ese termosensor siguen sintiendo el calor extremo —mas no el picante—, aunque les toma más tiempo reaccionar: al sumergirles la cola en agua por encima de los 48°C, tardaban entre tres y cuatro veces más en retirarla que ratones con ese gen intacto, pero no dejaban de hacerlo.
Con el paso de los años, se han identificado otros miembros de esta familia de receptores, revelando que nuestro termómetro biológico está compuesto por varios sensores. Uno de ellos es el TRPV3, que responde a temperaturas más moderadas —típicamente entre los 31 y los 39°C— y que se activa con compuestos presentes en la canela, el orégano, el clavo, la nuez moscada y las hojas de laurel.
En ese mismo mapa térmico aparecen receptores sensibles a temperaturas más bajas, como el TRPM8, que en los mamíferos reacciona entre los 15 y 30°C. El mentol de la menta y el eucaliptol del eucalipto también lo estimulan, generando esa sensación refrescante que engaña al sistema nervioso, tal como la capsaicina y la piperina activan los sensores de calor. De hecho, el descubrimiento del TRPM8, ligado al estudio del mentol, fue identificado de manera independiente por Julius y por el otro nobel de 2021, Ardem Patapoutian, a comienzos de los años 2000.
Dentro de esta familia de receptores hay un miembro muy peculiar: el TRPA1, conocido como el receptor del wasabi. Inicialmente se pensó que actuaba como un sensor de frío nocivo en mamíferos, pero los resultados experimentales han sido inconsistentes y varían entre especies, por lo que aún no hay consenso. Además, en insectos, serpientes, ranas y lagartijas, puede funcionar como detector de calor y, en algunas especies incluso, de radiación infrarroja. Hace un par de años, por ejemplo, se descubrió que los mosquitos lo usan como una pista para encontrarnos —y hacernos sufrir—, un recurso especialmente útil cuando las corrientes de aire dificultan rastrear nuestros olores.5 El único consenso claro sobre el TRPA1 es que se activa con compuestos presentes en el wasabi, el rábano picante, la cebolla y el ajo, pero sólo cuando se cortan, trituran o mastican. Es decir, cuando se rompen sus tejidos y se liberan las moléculas responsables de ese picor penetrante: una experiencia familiar para cualquiera que haya llorado mientras pica cebolla.
Estudiar los receptores no sólo ha afinado nuestra comprensión del termómetro corporal, sino también de cómo percibimos el dolor y cómo, al modular estos receptores, podríamos aprender a aliviarlo. A casi treinta años del descubrimiento del sensor de la capsaicina, hoy se conocen siete subfamilias de receptores TRP y veintiocho canales dentro de ellas. ¿Será que aún quedan más por identificar?
Un arsenal botánico convertido en placer culinario
¿Cómo es que los termosensores de calor también responden a compuestos como la capsaicina y la piperina? En realidad, no lo sabemos con certeza, pero una de las hipótesis es que algunos receptores surgieron primero en animales como mecanismos para detectar temperaturas potencialmente dañinas y, sólo después, en un giro evolutivo alucinante, algunas plantas desarrollaron moléculas capaces de activarlos.
El picor, entonces, sería una estrategia defensiva: un arsenal químico moldeado por la selección natural para disuadir a los depredadores. Mutaciones al azar llevarían a que algunas plantas ancestras del chile produjeran compuestos, como la capsaicina, capaces de activar receptores de dolor en mamíferos, que suelen destruir las semillas al masticarlas. Así, las plantas que lograban disuadirlos tenían más probabilidades de sobrevivir. Es probable que la producción de capsaicina haya sido moldeada por la selección natural para disuadir específicamente a los mamíferos. Activa el TRPV1 de estos animales, pero no el de las aves, cuya estructura es ligeramente distinta, haciéndolo sensible al calor pero no a la capsaicina. Como las aves tragan las semillas enteras, favorecen su dispersión y no representan una amenaza para el éxito reproductivo de la planta.
Desde esta perspectiva, no fueron los animales los que evolucionaron para detectar la capsaicina, sino las plantas las que, a través de la selección natural, desarrollaron compuestos capaces de activar nuestros sensores. Sin embargo, no todo está escrito. Hace un par de años, un estudio que intentó reconstruir las secuencias ancestrales del TRPM8 (el receptor del mentol y el frío) sugirió que, en ese caso particular, la sensibilidad química al mentol pudo haber surgido antes que la sensibilidad al frío. En este escenario, entonces, los animales habrían evolucionado este sensor para detectar y evitar sustancias nocivas de las plantas, y luego lo reciclaron para medir la temperatura ambiental.6
Ahora bien, las estrategias químicas de defensa que han desarrollado muchas de estas plantas no sólo ahuyentan a los depredadores, sino que también las protegen de bacterias y hongos. En su arsenal hay moléculas capaces de frenar el crecimiento o incluso matar a estos bichos microscópicos. Entre los ingredientes con mayor poder antibacteriano destacan el ajo, la cebolla, la pimienta gorda y el orégano, los cuales pueden inhibir o eliminar bacterias que suelen contaminar a los alimentos, como algunas especies de Salmonella y de Escherichia. De hecho, existe la idea de que el uso de especias a lo largo de la historia podría estar relacionado con esta función: ayudar a combatir microorganismos, conservar los alimentos y reducir el riesgo de intoxicación. Incluso se ha propuesto que, en climas cálidos —donde la comida se descompone más rápido—, las culturas desarrollaron cocinas más especiadas como una forma de proteger los alimentos por más tiempo.
Además de sus posibles beneficios antimicrobianos, hay quienes proponen que el gusto particular por el picante puede entenderse también a partir de una conducta de riesgo controlado, un placer similar al de ver una película de terror: sentimos la amenaza, pero no estamos realmente en peligro. Sustancias que activan receptores TRP —como las del chile, el jengibre o el ajo— provocan una sensación de ardor que imita el fuego sin causar daño. Al experimentarla, el cerebro podría liberar compuestos que alivian el dolor o elevan el ánimo, convirtiendo este “ardor de la advertencia” en una suerte de experiencia disfrutable.
Así, nuestras cocinas, con sus especias y chiles secos, albergan mucho más que sabores: desde promesas de un calorcito interno —a veces intenso y otras apenas insinuado— hasta siglos de historia humana marcados por nuestra fascinación por estos ingredientes. Pero más aún son el resultado de conflictos e interacciones entre reinos: de plantas defendiéndose de bacterias, hongos y mamíferos, y de humanos que, eventualmente, aprendimos a convertir esas defensas químicas en una quemazón placentera.
Hace unos días, mientras buscaba dónde hospedarme para un congreso en Veracruz, leí la reseña de John en TripAdvisor quejándose de que el aire acondicionado no funcionaba en su alojamiento: “Horrible!!! The AC doesn´t work, the room is smelly and noisy. This place is hell, don´t come here!”. Es verdad que empieza la primavera y que el calor puede ser tremendo, pero no es el cataclismo que describe. No obstante, su comentario y mi percepción me despertaron algunas preguntas sobre cómo varía la forma en que sentimos el calor. Para algunos, como este viajero, es una experiencia que irrumpe de forma violenta su cómoda “experiencia de viaje”. En cambio, para la mayoría de quienes lo viven cotidianamente sólo es el telón de fondo de su historia. ¿Acaso estas vivencias dependen también de la posición social?
La lectura de los testimonios de un grupo de viajeros particularmente quisquillosos, que hizo la ruta de Veracruz a Ciudad de México entre las décadas de 1820 y 1850, puede darnos una idea. Prácticamente todos sus diarios dan cuenta de la naturaleza contradictoria e inclemente de las costas de México. El contacto inicial, por ejemplo, materializaba una promesa colosal: las cumbres nevadas del Pico de Orizaba aparecían entre las olas y, cuenta el austriaco Isidore Löwenstern: “Aquellos glaciares, aquellos volcanes majestuosos eran el símbolo del ideal que yo me había forjado de esa tierra histórica, tal como la veía en mis sueños. Y estos desiertos, esta playa tan llana, tan desolada, el símbolo de la triste realidad que debía yo encontrar en este país tan destruido.
Sin embargo, el anhelo por encontrar las riquezas prometidas perecía pronto y, en su lugar, se padecía el clima extremo de un país en violentísima formación. Era como si la naturaleza hiciera eco del caos y la ira de los primeros años de vida independiente. Según la época del año, los barcos que provenían de La Habana se enfrentaban a los tempestuosos nortes que los arrojaban a los complejos sistemas de coral que rodeaban el antiguo puerto veracruzano.
En su trayecto a la fortaleza de San Juan de Ulúa o al embarcadero que unía la aduana con Veracruz, los visitantes pasaban de la sorpresa a la incertidumbre y el tedio; los efectos del calor húmedo se hacían sentir mientras averiguaban quién estaba a cargo del puerto, que, a inicios del siglo XIX, vio transitar entre sus muros a iturbidistas, santanistas y ejércitos de ocupación.
Los europeos y los estadounidenses consideraron a Veracruz como el reino de la pestilencia. El naturalista inglés William Bullock, por ejemplo, dijo en 1824 que era: “el lugar más malsano del globo, el cuartel general de la muerte”; y Frances Erskine Inglis, que llegó junto con su esposo a México por esta ruta, escribió: “Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente ante nuestros fatigados ojos”. La mala primera impresión se vio incrementada por el impacto directo del calor que, junto con los mosquitos, parecía haber confabulado para quitarle el sueño a madame Calderón en su primera noche porteña. La dificultad para dormir después de la travesía parecía algo común; otros testigos de la época también se quejaban de ello y culpaban a la humedad y el ambiente desordenado y ruidoso provocado por aquellos que gozaban de las noches veracruzanas. Desde las ventanas o los agujeros que se hacían en los muros para que entrara algo de luz a los cuartos de hotel, los observadores extranjeros se lamentaban por su suerte.
El calor como clima indeseable es un tópico frecuente en los testimonios de otros visitantes; a los ojos del europeo, además, es el detonante de una fatiga y miseria que pueden llevar a la enfermedad e, incluso, a la muerte. La fiebre amarilla era quizás el mayor temor de los viajeros; se creía que aparecía a causa de los miasmas y la podredumbre de la materia orgánica, producto, a su vez, del insoportable calor. Con un racismo propio de la época, los extranjeros contaban que los habitantes estaban acostumbrados a estos malos humores y, de manera condescendiente, vinculaban el clima insalubre con lo que ellos percibían como la apatía de la población local. Tanto Bullock como Erskine veían a los veracruzanos como “[unos] pobres diablos” que vegetaban bajo los rayos del sol y cuya pasividad se pausaba solamente para comerciar pescados de colores increíbles o unas apestosas tiras de carne.
Mientras tanto los trabajadores de los muelles descargaban mercancías inglesas o de otros lugares del mundo; las tripulaciones de las naves vivían en condiciones sofocantes y la gente comerciaba en el trajín del puerto bajo el flagelante calor. Entre la costa y las zonas templadas de tierra adentro se encontraban los trapiches y las fábricas de azúcar; ahí el calor de las calderas agobiaba a los operarios.
La travesía continuaba fuera de las murallas de Veracruz; allí las dunas hacían que los viajeros, asfixiados por el calor y el polvo, evocaran paisajes bíblicos. El primer pasaje hacia Xalapa era, de acuerdo con Löwenstern, una ruta muy desagradable: “ya que casi toda la ruta atraviesa por tierras calientes […] y expuestas al calor más agobiante”; por lo que, claro, era una zona dominada por el vómito negro, como se le conocía también a la fiebre amarilla.
Para los viajeros resultaba evidente la comparación de estos parajes con los de Egipto o los alrededores de Jerusalén —una implantación, por supuesto, de estereotipos orientalistas—. Entre la esterilidad del paisaje camino a La Antigua y las “chozas pobres, pero limpias”, que con pena observó Frances Erskine, los conductores de las diligencias llevaban, bajo el rigor del sol, a nuestros observadores; y, algunas leguas más atrás, los arrieros dirigían a las mulas cargadas de equipaje: instrumentos científicos, bibliotecas enteras, muebles y ropa —no podían faltar los vestidos, trajes y sombreros que eran el último grito de la moda en París o Londres.
La gente de los pueblos se detenía un instante a ver pasar a estas pequeñas cortes itinerantes; después, seguían con las labores cotidianas: hombres, mujeres y niños buscaban su sustento en las plantaciones de caña, tabaco o alguna mata de café, en los muelles cercanos o en las aguas de los ríos y las costas. Si levantamos el velo condescendiente y desdeñoso de los pocos testimonios de los viajeros sobre estas poblaciones, no resulta difícil imaginar e inferir las actividades que realizaban a pesar de las inclementes temperaturas.
Al llegar a Xalapa los viajeros se desvivían en elogios. El clima templado era una bendición y la gente era, a sus ojos, más civilizada; al habitar en un entorno exuberante y bello, los anfitriones xalapeños eran, a su juicio, personas más amables, industriosas y hospitalarias. Desde las cumbres veracruzanas hasta la entrada a Puebla, los viajantes equiparan constantemente la benevolencia del clima con condiciones de vida más favorables: Angelópolis es descrita como una de las ciudades más ordenadas y adecuadas para los estándares de sociabilidad de los europeos, y sus alrededores son asemejados a algunas zonas de Europa, pese al peligro de los bandidos que asechaban los caminos —sobre todo por Río Frío—, el calor, la enfermedad y la barbarie. Así, nuestros prejuiciosos testigos decimonónicos descendían hacia el Valle de Anáhuac: tierra conquistada, clima templado y centro de la convulsa política de la época.
La imagen de la Cuenca de México creada por los exploradores y las viajeras del siglo XIX es una réplica de la visión del conquistador. Después de los periplos del viaje —desde los horrores del calor de la costa hasta las tierras templadas—, la riqueza prometida del Nuevo Mundo, el cuerno de la abundancia de Humboldt aparecía por fin frente a los ojos de los europeos y angloamericanos. En ese momento, todos y todas adoptaban una suerte de “mirada cortesina”: observan las calzadas, los imponentes lagos y la ciudad de México–Tenochtitlan como un espejismo que cubre la ciudad de su época, rodeada todavía de agua, pero fundamentalmente concentrada en cuerpos pantanosos o anegados. A partir de entonces, las narraciones se centran en la comedia de la política y en la tragedia de la plebe del México de la época, pero esa es otra historia: la del calor de las pasiones humanas.
Si leemos a contrasentido las generalizaciones e impresiones de los viajeros, podemos imaginar otras experiencias del calor, aquellas vinculadas al mundo del trabajo. Los obreros, campesinos, comerciantes y marineros padecieron seguramente con mayor intensidad y regularidad las altas temperaturas y, sin embargo, pocas veces tuvieron espacios para plasmar por escrito lo que pensaban sobre el clima; quizás hubiese sido lo último de lo que escribirían. A pesar de los estridentes quejidos de los visitantes, tal vez es tiempo de que nos dejemos guiar por la pregunta brechtiana: “¿Quién sudó para construir Tebas, la de las siete puertas?”.
Conocido principalmente por El complot mongol, de 1969, Rafael Bernal ocupa un lugar importante en la literatura mexicana. En esa obra se mezclan la novela negra y la novela de espías, y su éxito editorial y crítico hizo que de inmediato se le considerara como el iniciador de la novela negra en México.
Sin embargo, El complot mongol no fue la primera obra en la que Bernal practicó el género policiaco. Ya en 1946 había publicado Un muerto en la tumba y Tres novelas policiacas, donde aparece don Teódulo Batanes, su detective aficionado. Después dio a conocer los cuentos “La muerte poética”, en 1947, y “La muerte madrugadora”, en 1948. En buena parte de estos relatos, Bernal siguió el modelo del relato policial clásico, aunque más tarde lo llevaría hacia una forma más ágil, violenta y moderna.
El éxito de El complot mongol provocó, en cierta medida, que el resto de su literatura quedara opacada. Bernal también escribió poesía, teatro, novela histórica, relatos de aventuras, textos de tema religioso y narraciones sociales. Por eso, más que recordarlo sólo como autor policiaco, conviene verlo como un escritor de registros variados, interesado en la historia, el mar, la violencia, la pobreza y los conflictos morales.
En este volumen de Material de Lectura, la UNAM ofrece dos cuentos de Rafael Bernal. El primero, “Gerónimo de Gálvez, piloto del Rey”, está ambientado durante la Colonia y tiene como fondo el mundo marítimo del Galeón de Manila. En él, un hombre cruza el Pacífico movido por la búsqueda de venganza contra el asesino de su esposa. El segundo cuento, “El compadre Santiago”, muestra la peor cara de la pobreza frente al abuso de alguien con poder: un mundo duro, marcado por la explotación, la miseria y la necesidad.
Rafael Bernal García nació el 28 de junio de 1915 en la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, y murió en Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972. Fue bisnieto del filólogo, historiador y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua Joaquín García Icazbalceta, lo que ayuda a entender su cercanía con la historia y las letras.
Poco antes de morir, Bernal obtuvo el doctorado en Letras por la Universidad de Friburgo, con la tesis Mestizaje y criollismo en la literatura de la Nueva España en el siglo XVI. Esta faceta académica confirma que su obra no se limita al relato policiaco: también dialoga con la tradición histórica, cultural y literaria de México.
En La guerra de Tres Años, Emilio Rabasa aborda, con un tono satírico y crítico, los conflictos surgidos después de la Guerra de Reforma, también conocida como Guerra de Tres Años, librada entre 1857 y 1861 por liberales y conservadores. La novela traslada ese enfrentamiento a un pueblo cualquiera, El Salado, donde las tensiones políticas y religiosas aparecen representadas por el jefe político don Santos Camacho y por doña Nazaria, una viuda devota, conservadora y de fuerte influencia entre las beatas del lugar.
La novela cuenta los conflictos entre los liberales, que intentan imponer en la vida cotidiana de El Salado las Leyes de Reforma, y los conservadores, que buscan mantener sus fiestas religiosas y sus antiguas prácticas de devoción. En ese pequeño pueblo, la política nacional se vuelve pleito local, chisme, procesión, multa y venganza personal.
Un día, los religiosos del pueblo sacan en procesión al arcángel san Miguel, con lo que violan las Leyes de Reforma. Don Santos ordena entonces encarcelar al cura y al propio arcángel. Pero no contaba con la organización de las mujeres devotas, encabezadas por doña Nazaria y las integrantes de la Vela Perpetua, quienes consiguen reunir el dinero de la multa para liberar al sacerdote. Así, Rabasa convierte un conflicto político y religioso en una escena de humor, abuso de poder y crítica a las formas provincianas de la autoridad.
En un comentario sobre la novela, el crítico Emmanuel Carballo señala que Rabasa es uno de los mejores novelistas mexicanos del siglo XIX porque, “como pocos, sabe contar las peripecias de la anécdota” y explicar con malicia y humor el porqué de las acciones. Esa malicia es justamente una de las virtudes de La guerra de Tres Años: Rabasa no sólo narra un enfrentamiento entre liberales y conservadores, sino que muestra cómo la política se mezcla con los intereses personales, los rencores amorosos, la vida religiosa y las ambiciones de los pequeños poderes locales.
En su versión folletinesca, la novela se publicó en el periódico El Universal entre el martes 22 de septiembre y el domingo 3 de octubre de 1891. Por cierto, Rabasa estuvo entre los fundadores de ese diario en 1888, junto con Rafael Reyes Spíndola, quien lo dirigió durante sus primeros años.
La edición en PDF que hoy presentamos de La guerra de Tres Años pertenece a la colección Novelas en Tránsito, dentro de La Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Esta edición se basó en la segunda edición de la obra, publicada por Editorial “Cvltvra” en 1931.
También ofrecemos la edición facsimilar de La guerra de Tres Años, precisamente la de Editorial “Cvltvra”, con prólogo de Victoriano Salado Álvarez, escritor, diplomático porfirista y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
Dentro de la obra de Mariano Azuela, La Malhora ocupa un lugar especial. Escrita en 1923, esta novela corta narra la historia de Altagracia, una muchacha surgida de los bajos fondos urbanos, conocida por todos como “La Malhora”. Su vida aparece marcada desde el origen por la pobreza, el abandono, el alcohol, la violencia y una educación nacida entre los hábitos más duros de su barrio.
De acuerdo con el propio Azuela, Altagracia es una muchacha salida del arroyo, y su tragedia pertenece a esas vidas formadas bajo la pobreza más agobiante. Nació con la herencia de muchas fallas físicas y mentales, y maduró en un ambiente donde la delincuencia, el pulque, la miseria y la brutalidad eran parte de la vida diaria. Violada por Marcelo cuando todavía era muy joven, pierde el poco equilibrio que conserva y queda dominada por una obsesión: vengarse del hombre que causó su desgracia.
La novela no presenta a Altagracia como una simple criminal, sino como el resultado de un medio social enfermo. Azuela la mira con dureza, pero también con una compasión amarga. La Malhora es víctima y victimaria al mismo tiempo. En ella se cruzan la violencia recibida, el resentimiento, el alcohol, el deseo de redención y la imposibilidad de escapar de aquello que la formó.
El libro está dividido en cinco partes: “Bajo la onda fría”, “La reencarnación de Lenín”, “…Santo… Santo… Santo…”, “La Tapatía. Se pintan rótulos” y “La Malhora” . Esta estructura permite seguir las distintas estaciones de la vida de Altagracia. Primero aparece el mundo de la pulquería, del crimen y del fango. Después vienen la casa del médico, la religiosidad doméstica, el trabajo servil y, finalmente, el regreso inevitable a la violencia.
Uno de los mayores aciertos de Azuela está en mostrar que ninguna institución consigue salvar a la protagonista. La justicia la desprecia, la medicina la observa como caso, la religión intenta domesticarla y el trabajo sólo la mantiene en otra forma de sometimiento. Cada posible salida termina cerrándose. Por eso la tragedia de Altagracia no es individual únicamente, sino social. La Malhora encarna el fracaso de una sociedad que produce seres destruidos y luego los condena por estar destruidos.
El aprendizaje del vocabulario, los gestos y el modo de hablar de estos personajes lo obtuvo Azuela de su experiencia como estudiante de medicina frente al jardín de Santiago Tlatelolco y de su práctica médica. En 1922, como médico de la Beneficencia Pública en el consultorio 3, situado a espaldas de la Plaza de San Bartolomé de las Casas, en Tepito, pudo observar de cerca las angustias de sus pacientes y de esa experiencia obtuvo parte del material humano y social que alimenta La Malhora .
Sin embargo, la importancia de la novela no se limita a su origen testimonial. Azuela transforma esa observación médica y social en literatura. Su prosa es áspera, visual, llena de imágenes de frío, fango, sangre, pulque, cuerpos enfermos y calles degradadas. No embellece la miseria ni la convierte en asunto pintoresco. La muestra como una fuerza que deforma el cuerpo, la conciencia y el destino.
También destaca la figura de la Tapatía, personaje fundamental para comprender el mundo de la novela. Frente a Altagracia, que actúa movida por impulsos, heridas y obsesiones, la Tapatía representa una inteligencia práctica, calculadora y oportunista. Ambas pertenecen al mismo ambiente, pero responden de manera distinta a la violencia. Una se consume en la venganza; la otra convierte la miseria en estrategia.
La Malhora es una de las novelas más duras de Mariano Azuela. Su fuerza está en haber convertido una historia de los márgenes en una crítica profunda contra la pobreza, la hipocresía social, la falsa caridad, la soberbia médica y la indiferencia de la justicia. Altagracia no es sólo una mujer caída. Es el retrato de una sociedad que no supo ofrecerle otro destino.
Dentro de Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, en la colección Novelas en Campo Abierto, el Instituto de Investigaciones Filológicas ofrece al lector una obra breve, intensa y necesaria, donde Azuela confirma su capacidad para mirar de frente las zonas más oscuras de la vida mexicana. La Malhora incomoda porque no permite contemplar la pobreza como paisaje, sino como herida abierta.
Videojuegos fascinan porque nos transportan a mundos fantásticos
Michel Olguín Lacunza
junio 15, 2026
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Desde Super Mario Bros., The Legend of Zelda, Pac-Man, Tetris, Sonic the Hedgehog, Donkey Kong, Street Fighter y Mortal Kombat, hasta sagas más recientes como Assassin’s Creed, los videojuegos han maravillado y atrapado a millones de personas porque permiten entrar a mundos fantásticos y vivir experiencias que serían imposibles en la vida cotidiana.
En entrevista para UNAM Global, José Ángel Garfias Frías, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), explicó que los videojuegos son atractivos porque tienen una parte interactiva; es decir, quien los juega no permanece pasivo ante una pantalla, sino que depende completamente de la interacción.
De hecho, el videojuego se parece más a la lectura que a la televisión, ya que requiere una participación activa del usuario para comprender la historia, interpretar a los personajes y resolver desafíos.
Un libro no se va a leer solo, mientras que una película se puede proyectar por sí misma. En el caso del videojuego, se requiere comprender reglas, interpretar dinámicas y encontrar soluciones dentro del sistema que plantea.
Por ello, el videojuego combina recursos tecnológicos y visuales con dinámicas lúdicas e interactivas que permiten al usuario involucrarse activamente en la resolución de desafíos y, al mismo tiempo, evadirse de la realidad cotidiana.
Y cuando se resuelve el problema llega una satisfacción que regularmente no se tiene en la vida cotidiana. Por eso se vuelve muy atractivo, añadió el investigador universitario.
Tipos de videojuegos
Existen varios géneros que se encuentran en diferentes plataformas y ofrecen múltiples posibilidades de interacción y narrativa. Por eso son omnipresentes. Sin embargo, la principal plataforma en la que se juega es el teléfono móvil, donde millones de usuarios tienen la posibilidad de descargar videojuegos.
Además, para los juegos especializados están las consolas Nintendo, Xbox y PlayStation, pero también los creados para computadoras, disponibles en plataformas de streaming a un costo relativamente accesible.
Entre los géneros están los básicos, como los de acción y deportes, pero también hay otros más complejos, como la narrativa gráfica y las novelas interactivas. “Existen múltiples posibilidades, desde franquicias como Grand Theft Auto, Metal Gear, Silent Hill y Resident Evil, hasta videojuegos con menos violencia y acción, como FIFA, Mario Kart o títulos de rompecabezas como Tetris y Candy Crush”.
También están los de crimen y delincuencia. Lo increíble de Grand Theft Auto es que reconstruye ciudades y estereotipos; genera una ciudad viva en la que se puede interactuar, cuenta una historia y, por supuesto, plantea una reflexión.
La franquicia de Yakuza es otro caso que trata sobre el crimen organizado de Japón, pero que además contiene una historia de valor y grandes aportes.
Todas estas posibilidades de mundos son muy atractivas para salir de la vida cotidiana, que a veces resulta muy aburrida.
Están los dedicados a la salud, o Health Games. Por ejemplo, Just Dance, que brinda una experiencia lúdica en la que, al bailar, se deben perfeccionar los movimientos para obtener puntos y, al mismo tiempo, activar el cuerpo.
El videojuego también es una herramienta de creación. Por ejemplo, Roblox o Minecraft entran en esta categoría, en la que los usuarios pueden construir prácticamente lo que quieran. Otro caso es Mario Maker, donde el usuario puede diseñar niveles de Mario, compartirlos con la comunidad en línea y crear una historia infinita.
Están aquellos que son de aprendizaje, como la saga de Assassin’s Creed, en la que se aprende sobre historia. Pero hay otros que se enfocan en aspectos muy específicos. Por ejemplo, Nintendo tuvo una generación llamada Labo, que, a través de la programación, enseñaba a los niños a crear sus robots, aunque las piezas eran de cartón. “Daba la posibilidad de crear lo que fuera”.
Otro caso es Carmen Sandiego, franquicia que plantea al jugador convertirse en detective mientras sigue la pista de criminales en distintas partes del mundo.
A través de esta dinámica, las personas conocen ciudades, culturas y contextos internacionales casi sin darse cuenta. “Vas a Italia y conoces lugares, conoces personas y demás; sin darte cuenta ya viajaste por el mundo y aprendiste muchas culturas”, explicó.
El caso de Mario Bros.
Más de cuatro décadas después del lanzamiento de Mario Bros., en 1983, la franquicia continúa como una de las más exitosas e influyentes en la historia de los videojuegos. Su permanencia responde a diversos factores, entre ellos una dinámica sencilla e intuitiva, basada en avanzar, saltar obstáculos y esquivar peligros, además de la capacidad de transportar a los jugadores a mundos de fantasía, aventura y exploración.
“Sin embargo, hay una temática compleja, más allá de rescatar a la princesa”. Aunque hay algunas versiones en las que se puede jugar con la princesa y el objetivo es acabar con Bowser.
Parte del éxito que tiene Mario está en su mensaje: no rendirse, intentarlo una y otra vez hasta lograr el objetivo. Esa tenacidad hace que el público se identifique con él.
Se vuelve real lo imposible
Por supuesto, los videojuegos son una evasión del mundo real; ahí se viven cosas que difícilmente se experimentan en la realidad. “Ahí, México puede ganar la Copa del Mundo de futbol, ser un héroe del viejo oeste o un gran personaje”.
En los videojuegos, México puede ganar una Copa del Mundo; el usuario puede convertirse en un héroe del viejo oeste en Red Dead Redemption, ser un yakuza en busca de redención en la saga Like a Dragon o asumir el papel del legendario espía Solid Snake en Metal Gear Solid.
“Cuando logras que un videojuego deje algo positivo en ti y lo implementas en la vida cotidiana; por ejemplo, si logras tenacidad como en Mario Bros., es algo muy bonito”, concluyó el académico universitario.
¿Por qué algunas personas aman el picante y otras lo sufren? La ciencia detrás del chile
Michel Olguín Lacunza
junio 15, 2026
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Para millones de personas, comer chile es parte de la vida cotidiana. En países como México, el picante acompaña frutas, botanas, guisos, sopas y hasta dulces. Sin embargo, mientras algunas personas disfrutan intensamente la sensación de ardor que provoca, otras apenas prueban un poco y sienten que “se incendian”. ¿Por qué ocurre esto?
La respuesta está en la relación entre el cerebro, el sistema nervioso, la genética y la cultura alimentaria. De acuerdo con especialistas en neurociencia y fisiología, el picante no es realmente un sabor como lo dulce, lo salado o lo amargo. En realidad, se trata de una sensación de dolor y calor provocada por sustancias químicas presentes en ciertos alimentos, especialmente en los chiles.
La capsaicina
La principal responsable es la capsaicina, un compuesto químico presente en distintas variedades de chile. Cuando una persona consume alimentos picantes, la capsaicina entra en contacto con receptores nerviosos llamados TRPV1, localizados principalmente en la boca y la lengua. Estos receptores están diseñados para detectar altas temperaturas y posibles daños en los tejidos.
Por eso, el cerebro interpreta el picante como si la boca estuviera expuesta al calor extremo, aunque en realidad no exista una quemadura física. El resultado es la sensación característica de ardor, sudoración, lagrimeo y aumento del ritmo cardiaco que muchas personas experimentan al comer chile.
Sin embargo, no todos reaccionan igual. La sensibilidad al picante puede variar considerablemente entre individuos debido a factores genéticos. Algunas personas nacen con receptores más sensibles a la capsaicina, lo que hace que perciban el picante de manera más intensa. Otras poseen una tolerancia natural mayor y requieren concentraciones más altas para experimentar la misma sensación.
Además de la genética, la exposición frecuente al picante modifica la respuesta del sistema nervioso. Quienes consumen chile regularmente desde la infancia suelen desarrollar cierta habituación fisiológica. Esto significa que los receptores nerviosos se vuelven menos reactivos con el tiempo, lo que reduce la intensidad del ardor percibido.
Por eso, en muchas culturas donde el picante forma parte habitual de la alimentación, las personas pueden tolerar niveles de capsaicina que resultarían insoportables para alguien no acostumbrado. La experiencia alimentaria y el contexto cultural desempeñan un papel fundamental en esta adaptación.
Experiencias placenteras
La neurociencia también ha mostrado que el cerebro puede asociar el picante con experiencias placenteras. Aunque inicialmente la capsaicina activa circuitos relacionados con el dolor, el organismo responde liberando endorfinas y dopamina, sustancias vinculadas con la sensación de bienestar y recompensa.
Este mecanismo ha llevado a algunos investigadores a comparar el gusto por el picante con otras actividades que generan adrenalina, como las montañas rusas o las películas de terror. En estos casos, el cerebro interpreta una situación controlada de “riesgo” como algo estimulante y placentero.
Además, factores psicológicos y sociales influyen en la percepción del picante. La expectativa, el entorno cultural y la convivencia familiar pueden modificar la experiencia sensorial. En lugares donde el chile se relaciona con identidad cultural, tradición y convivencia, el consumo de picante adquiere también un componente emocional.
La tolerancia al chile tampoco es completamente fija. Puede cambiar con el tiempo, dependiendo de la alimentación, la frecuencia de consumo y ciertas condiciones fisiológicas. Algunas personas que antes disfrutaban mucho el picante pueden volverse más sensibles, mientras que otras desarrollan mayor resistencia con la práctica.
Aunque el picante suele asociarse con molestias, la capsaicina también ha despertado interés científico por sus posibles efectos fisiológicos. Diversos estudios han explorado su relación con el metabolismo, la sensación de saciedad y algunos mecanismos antiinflamatorios. Incluso se utiliza en ciertos tratamientos médicos tópicos para aliviar dolor muscular o neuropático, debido a su efecto sobre las terminaciones nerviosas.
Amar o sufrir el picante
Sin embargo, los especialistas advierten que el consumo excesivo de alimentos extremadamente picantes puede provocar irritación gastrointestinal en algunas personas, especialmente si existen padecimientos digestivos previos. Por ello, la tolerancia individual sigue siendo un factor importante.
En resumen, amar o sufrir el picante no depende únicamente de “aguantar” el chile, sino de una compleja interacción entre genética, sistema nervioso, aprendizaje cultural y respuesta cerebral. Lo que para algunos es una experiencia dolorosa, para otros puede convertirse en una fuente de placer, identidad y costumbre cotidiana.
Así, cada vez que alguien disfruta una salsa extremadamente picante o, por el contrario, busca desesperadamente un vaso de agua tras probar un chile, su cerebro y su sistema nervioso están reaccionando de maneras profundamente distintas ante la misma sustancia: la capsaicina.
El bostezo es un reflejo fisiológico ampliamente distribuido en el reino animal, presente en mamíferos, aves y algunos reptiles, cuya función exacta aún no ha sido completamente esclarecida.
Se caracteriza por una inspiración profunda y prolongada, seguida de una breve retención del aire y una espiración rápida, acompañada con frecuencia de estiramiento muscular facial y corporal. Aunque suele asociarse con el sueño o el aburrimiento, la evidencia científica sugiere que se trata de un fenómeno neurofisiológico multifactorial.
Desde el punto de vista del sistema nervioso central, el bostezo está regulado por estructuras del tronco encefálico, particularmente el bulbo raquídeo, en interacción con el hipotálamo y con sistemas neurotransmisores como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina.
Esta compleja red sugiere que no es un acto aislado, sino parte de mecanismos más amplios relacionados con la regulación del estado de alerta, la homeostasis cerebral y la modulación conductual.
Algunas hipótesis
Una de las hipótesis más estudiadas en la literatura reciente es la teoría de la termorregulación cerebral. Esta propone que el bostezo contribuye al enfriamiento del encéfalo mediante el aumento del flujo sanguíneo cerebral y el intercambio de aire con el ambiente.
Estudios experimentales han mostrado que la frecuencia del bostezo puede disminuir en condiciones de temperatura ambiental elevada o cuando el cerebro ya se encuentra en un estado térmicamente estable, lo que apoya parcialmente esta hipótesis. Sin embargo, no explica por completo su aparición en contextos sociales o durante la transición entre sueño y vigilia.
Otra línea de investigación lo relaciona con la regulación del estado de alerta cortical. El bostezo aparece con frecuencia en momentos de transición neurofisiológica, como el paso de la vigilia al sueño o el despertar.
En este sentido, podría funcionar como un mecanismo transitorio de activación que facilita la reorganización del nivel de atención mediante cambios en la actividad del sistema reticular activador ascendente. Este sistema es clave en la modulación del nivel de conciencia y la respuesta a estímulos externos.
La antigua hipótesis de la hiperventilación compensatoria, que proponía que el bostezo aumenta la oxigenación sanguínea y reduce el dióxido de carbono, ha perdido respaldo empírico.
Estudios controlados han demostrado que las variaciones en los niveles de oxígeno y CO₂ no se correlacionan de manera consistente con la frecuencia del bostezo, por lo que actualmente no se considera una explicación principal.
La susceptibilidad al bostezo contagioso parece variar entre individuos y puede estar modulada por factores como la edad, el nivel de conexión social e, incluso, condiciones del neurodesarrollo.
Aunque su función exacta sigue en estudio, se ha propuesto que podría desempeñar un papel en la sincronización conductual dentro de grupos sociales.
Desde una perspectiva evolutiva, el bostezo es un comportamiento altamente conservado, lo que sugiere que cumple funciones adaptativas relevantes.
Su presencia en múltiples especies indica que podría haber surgido tempranamente en la evolución de los vertebrados, posiblemente vinculado a la regulación del estado de activación cerebral y a la comunicación social no verbal.
En conjunto, el bostezo no debe entenderse únicamente como una respuesta a la somnolencia o el aburrimiento, sino como un reflejo neurofisiológico complejo que involucra sistemas de regulación térmica, control del estado de alerta y, en algunos casos, interacción social. A pesar de los avances en neurociencia y fisiología, su función exacta continúa siendo objeto de investigación.
Hace unos días, mientras buscaba dónde hospedarme para un congreso en Veracruz, leí la reseña de John en TripAdvisor quejándose de que el aire acondicionado no funcionaba en su alojamiento: “Horrible!!! The AC doesn´t work, the room is smelly and noisy. This place is hell, don´t come here!”. Es verdad que empieza la primavera y que el calor puede ser tremendo, pero no es el cataclismo que describe. No obstante, su comentario y mi percepción me despertaron algunas preguntas sobre cómo varía la forma en que sentimos el calor. Para algunos, como este viajero, es una experiencia que irrumpe de forma violenta su cómoda “experiencia de viaje”. En cambio, para la mayoría de quienes lo viven cotidianamente sólo es el telón de fondo de su historia. ¿Acaso estas vivencias dependen también de la posición social?
La lectura de los testimonios de un grupo de viajeros particularmente quisquillosos, que hizo la ruta de Veracruz a Ciudad de México entre las décadas de 1820 y 1850, puede darnos una idea. Prácticamente todos sus diarios dan cuenta de la naturaleza contradictoria e inclemente de las costas de México. El contacto inicial, por ejemplo, materializaba una promesa colosal: las cumbres nevadas del Pico de Orizaba aparecían entre las olas y, cuenta el austriaco Isidore Löwenstern: “Aquellos glaciares, aquellos volcanes majestuosos eran el símbolo del ideal que yo me había forjado de esa tierra histórica, tal como la veía en mis sueños. Y estos desiertos, esta playa tan llana, tan desolada, el símbolo de la triste realidad que debía yo encontrar en este país tan destruido.
Sin embargo, el anhelo por encontrar las riquezas prometidas perecía pronto y, en su lugar, se padecía el clima extremo de un país en violentísima formación. Era como si la naturaleza hiciera eco del caos y la ira de los primeros años de vida independiente. Según la época del año, los barcos que provenían de La Habana se enfrentaban a los tempestuosos nortes que los arrojaban a los complejos sistemas de coral que rodeaban el antiguo puerto veracruzano.
En su trayecto a la fortaleza de San Juan de Ulúa o al embarcadero que unía la aduana con Veracruz, los visitantes pasaban de la sorpresa a la incertidumbre y el tedio; los efectos del calor húmedo se hacían sentir mientras averiguaban quién estaba a cargo del puerto, que, a inicios del siglo XIX, vio transitar entre sus muros a iturbidistas, santanistas y ejércitos de ocupación.
Los europeos y los estadounidenses consideraron a Veracruz como el reino de la pestilencia. El naturalista inglés William Bullock, por ejemplo, dijo en 1824 que era: “el lugar más malsano del globo, el cuartel general de la muerte”; y Frances Erskine Inglis, que llegó junto con su esposo a México por esta ruta, escribió: “Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente ante nuestros fatigados ojos”. La mala primera impresión se vio incrementada por el impacto directo del calor que, junto con los mosquitos, parecía haber confabulado para quitarle el sueño a madame Calderón en su primera noche porteña. La dificultad para dormir después de la travesía parecía algo común; otros testigos de la época también se quejaban de ello y culpaban a la humedad y el ambiente desordenado y ruidoso provocado por aquellos que gozaban de las noches veracruzanas. Desde las ventanas o los agujeros que se hacían en los muros para que entrara algo de luz a los cuartos de hotel, los observadores extranjeros se lamentaban por su suerte.
El calor como clima indeseable es un tópico frecuente en los testimonios de otros visitantes; a los ojos del europeo, además, es el detonante de una fatiga y miseria que pueden llevar a la enfermedad e, incluso, a la muerte. La fiebre amarilla era quizás el mayor temor de los viajeros; se creía que aparecía a causa de los miasmas y la podredumbre de la materia orgánica, producto, a su vez, del insoportable calor. Con un racismo propio de la época, los extranjeros contaban que los habitantes estaban acostumbrados a estos malos humores y, de manera condescendiente, vinculaban el clima insalubre con lo que ellos percibían como la apatía de la población local. Tanto Bullock como Erskine veían a los veracruzanos como “[unos] pobres diablos” que vegetaban bajo los rayos del sol y cuya pasividad se pausaba solamente para comerciar pescados de colores increíbles o unas apestosas tiras de carne.
Mientras tanto los trabajadores de los muelles descargaban mercancías inglesas o de otros lugares del mundo; las tripulaciones de las naves vivían en condiciones sofocantes y la gente comerciaba en el trajín del puerto bajo el flagelante calor. Entre la costa y las zonas templadas de tierra adentro se encontraban los trapiches y las fábricas de azúcar; ahí el calor de las calderas agobiaba a los operarios.
La travesía continuaba fuera de las murallas de Veracruz; allí las dunas hacían que los viajeros, asfixiados por el calor y el polvo, evocaran paisajes bíblicos. El primer pasaje hacia Xalapa era, de acuerdo con Löwenstern, una ruta muy desagradable: “ya que casi toda la ruta atraviesa por tierras calientes […] y expuestas al calor más agobiante”; por lo que, claro, era una zona dominada por el vómito negro, como se le conocía también a la fiebre amarilla.
Para los viajeros resultaba evidente la comparación de estos parajes con los de Egipto o los alrededores de Jerusalén —una implantación, por supuesto, de estereotipos orientalistas—. Entre la esterilidad del paisaje camino a La Antigua y las “chozas pobres, pero limpias”, que con pena observó Frances Erskine, los conductores de las diligencias llevaban, bajo el rigor del sol, a nuestros observadores; y, algunas leguas más atrás, los arrieros dirigían a las mulas cargadas de equipaje: instrumentos científicos, bibliotecas enteras, muebles y ropa —no podían faltar los vestidos, trajes y sombreros que eran el último grito de la moda en París o Londres.
La gente de los pueblos se detenía un instante a ver pasar a estas pequeñas cortes itinerantes; después, seguían con las labores cotidianas: hombres, mujeres y niños buscaban su sustento en las plantaciones de caña, tabaco o alguna mata de café, en los muelles cercanos o en las aguas de los ríos y las costas. Si levantamos el velo condescendiente y desdeñoso de los pocos testimonios de los viajeros sobre estas poblaciones, no resulta difícil imaginar e inferir las actividades que realizaban a pesar de las inclementes temperaturas.
Al llegar a Xalapa los viajeros se desvivían en elogios. El clima templado era una bendición y la gente era, a sus ojos, más civilizada; al habitar en un entorno exuberante y bello, los anfitriones xalapeños eran, a su juicio, personas más amables, industriosas y hospitalarias. Desde las cumbres veracruzanas hasta la entrada a Puebla, los viajantes equiparan constantemente la benevolencia del clima con condiciones de vida más favorables: Angelópolis es descrita como una de las ciudades más ordenadas y adecuadas para los estándares de sociabilidad de los europeos, y sus alrededores son asemejados a algunas zonas de Europa, pese al peligro de los bandidos que asechaban los caminos —sobre todo por Río Frío—, el calor, la enfermedad y la barbarie. Así, nuestros prejuiciosos testigos decimonónicos descendían hacia el Valle de Anáhuac: tierra conquistada, clima templado y centro de la convulsa política de la época.
La imagen de la Cuenca de México creada por los exploradores y las viajeras del siglo XIX es una réplica de la visión del conquistador. Después de los periplos del viaje —desde los horrores del calor de la costa hasta las tierras templadas—, la riqueza prometida del Nuevo Mundo, el cuerno de la abundancia de Humboldt aparecía por fin frente a los ojos de los europeos y angloamericanos. En ese momento, todos y todas adoptaban una suerte de “mirada cortesina”: observan las calzadas, los imponentes lagos y la ciudad de México–Tenochtitlan como un espejismo que cubre la ciudad de su época, rodeada todavía de agua, pero fundamentalmente concentrada en cuerpos pantanosos o anegados. A partir de entonces, las narraciones se centran en la comedia de la política y en la tragedia de la plebe del México de la época, pero esa es otra historia: la del calor de las pasiones humanas.
Si leemos a contrasentido las generalizaciones e impresiones de los viajeros, podemos imaginar otras experiencias del calor, aquellas vinculadas al mundo del trabajo. Los obreros, campesinos, comerciantes y marineros padecieron seguramente con mayor intensidad y regularidad las altas temperaturas y, sin embargo, pocas veces tuvieron espacios para plasmar por escrito lo que pensaban sobre el clima; quizás hubiese sido lo último de lo que escribirían. A pesar de los estridentes quejidos de los visitantes, tal vez es tiempo de que nos dejemos guiar por la pregunta brechtiana: “¿Quién sudó para construir Tebas, la de las siete puertas?”.
Fabricante de lentes, observador de células. La microscopía antes y después de Leeuwenhoek
Cuando Anton van Leeuwenhoek adquirió el libro Micrographia de Robert Hooke (un best-seller publicado en 1665) que mostraba por primera vez dibujos de cosas diminutas observadas bajo un microscopio), sin duda, debe haberle sorprendido conocer el mundo microscópico y probablemente lo leyó interesado en conocer cómo elaborar lentes para crear sus propios microscopios.
No era la primera vez que Anton trabajaba con algo que pudiera identificarse con un instrumento óptico, pues él, un vendedor de telas holandés, durante años trabajó en evaluar la calidad de los tejidos de las telas que vendía. Para ello, utilizaba “piedras de lectura” que en aquellas épocas servían para amplificar lo que se observaba a través de ellas y que a él le permitían contar con detalle los hilos de las telas.
Esta minuciosidad le otorgó cierto conocimiento sobre cómo evaluar y observar a través de estos instrumentos. Por lo que una vez que adquirió el libro de Hooke aprendió sobre la técnica del tallado de lentes para construir sus propios microscopios, de los cuales se cree que elaboró más de 500, pues cada uno de ellos lo usó para observar una muestra distinta, es decir, un microscopio no era utilizado para ver varias muestras.
El microscopio simple que construyó consistía en acoplar la lente que elaboraba de manera rústica y la colocaba sobre dos hojas de latón, las cuales empalmaba y les ponía un soporte. No tenía una sola forma de elaborar un microscopio, en cada uno de ellos buscaba mejoras y después de observar a través de él una muestra, describía detalladamente en una carta lo que encontraba.
“Lo que es interesante es la calidad del trabajo que tenía de las lentes. Siempre se trabajó como un misterio cómo las fabricaba, porque era tan detallado el sistema, pero estudios recientes han mostrado que sus lentes eran muy similares en elaboración a como se elaboraban con las técnicas que había en su época. Parece ser que lo importante era el expertise, la forma tan delicada de trabajar de van Leeuwenhoek”, explica el doctor Miguel Tapia Rodríguez, responsable de la Unidad de Microscopía del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.
Observador famoso
A través de sus microscopios simples, es decir, de una sola lente, una de las primeras cosas que Anton observó fue lo que él mismo denominó protozoos, organismos multicelulares que observó en aguas de charcos. También llegó a ver los primeros parásitos multicelulares, y posteriormente organismos unicelulares. Además, vio por primera vez glóbulos rojos, espermatozoides y bacterias.
“Para ver bacterias con un microscopio simple éste tiene que estar muy bien construido porque se necesita mucha magnificación y una lente sin aberraciones ópticas para poderlas observar. Entonces, por todo esto en conjunto, al momento en que él empieza a describir todo su trabajo de una manera muy descriptiva, con dibujos muy detallados, comienzan a considerarlo como el padre de la Microbiología”.
Durante varios años su trabajo fue comunicado a la Royal Society de Londres; van Leeuwenhoek describía al editor de la revista de la institución sus observaciones en holandés y con dibujos, y éste los traducía al inglés.
“Es muy interesante van Leeuwenhoek porque no era propiamente un científico, no tuvo una carrera científica en una universidad. Era más bien lo que actualmente se conoce como un citizen scientist, una persona dedicada que aplicaba el rigor científico a lo que observaba y describía, contribuyendo de manera impecable a la generación de conocimiento de su época. Citizen science es un término que se usa actualmente en la Open Science y van Leeuwenhoek es probablemente el primer citizen scientist de la historia”, explica el doctor Tapia Rodríguez.
En su época Anton van Leeuwenhoek fue tan famoso que mucha gente importante lo visitó en su pueblo, porque él prácticamente no salía de donde vivía, incluso personalidades como el propio Robert Hooke querían saber cómo construía sus lentes, información que van Leeuwenhoek nunca quiso compartir.
El doctor Tapia Rodríguez explica que en la actualidad se ha postulado que el diseño del soporte de la lente contribuyó a que los microscopios de Leeuwenhoek fueran tan buenos. Porque cuando se quiere magnificar una muestra, si hay vibración, se pierde el enfoque.
“Entonces, la forma en la que diseñó, si bien era un poco incómoda para trabajar, una vez que el espécimen ya estaba montado en el portamuestras, no se movía y permitía tener un detalle microscópico súper claro. Si le añadimos que la lente tenía un acceso preciso a la luz que atravesaba a la muestra en su viaje hacia el ojo –que es prácticamente lo que deja ver el espécimen magnificado– da como resultado una muy buena definición de lo que se observaba con el instrumento. Era un mecanismo muy interesante”, destaca el doctor Tapia.
Lentes mejoradas
Después de los trabajos de van Leeuwenhoek se buscaron mejoras en la construcción del sistema, se crearon las lentes acromáticas que fueron de utilidad para corregir las aberraciones ópticas, es decir, aquellas que no permiten ver con detalle un espécimen.
Y es hasta mediados del siglo XIX cuando Carl Zeiss, junto con algunos ingenieros y físicos alemanes, definen lo que es el microscopio compuesto actual, con el cual se obtienen mayores resoluciones. Además, se perfecciona el microscopio binocular para tener una mayor profundidad de lo que se está observando.
Se agregaron varias mejoras a los microscopios, por ejemplo, se dotó al sistema de un compartimento (platina) para colocar el espécimen, se generaron sistemas de manipulación fina, que proporcionan la estabilidad para que se pueda ver la muestra, y también se mejoró la iluminación, que es el corazón de cualquier microscopio, pues “entre más luz tienes en tu sistema óptico más información puedes obtener de lo que estás observando”.
En cuanto a las resoluciones, en la actualidad, un microscopio óptico alcanza una resolución lateral de alrededor de 200 nanómetros y una resolución axial de hasta 450 nanómetros, pero en un microscopio electrónico la resolución puede llegar hasta picómetros, y permite observar a detalle los elementos de alguna estructura de interés.
Incluso la microscopia electrónica ha avanzado tanto que ahora existe la criomicroscopía electrónica, que permite realizar la congelación a punto de vidrio de un espécimen e incluso ver el arreglo proteico a más detalle, “es decir como si fuera una cristalografía, pero en una imagen, eso ya es una resolución muy alta de los sistemas biológicos”, detalla el doctor Tapia.
El futuro de la microscopía
En el Instituto de Investigaciones Biomédicas existe una Unidad de Microscopía que se fundó en 2009 y en la actualidad cuenta con cinco equipos ópticos de alta precisión. Su función está enfocada en la óptica aplicada a sistemas biológicos y trabajan con lo que se conoce como campo claro y con microscopía de fluorescencia, la cual permite realizar la reconstrucción tridimensional de los elementos marcados con fluorescencia, ya sea un tejido, células o cualquier sistema biológico.
Los sistemas ópticos con los que cuentan también son ayudados por sistemas informáticos que les permiten romper el límite de resolución lateral de 200 nanómetros y llegar a resoluciones 10 veces mayores, es decir, pueden llegar a ver partículas de 20 nm, o incluso hay sistemas combinados que pueden alcanzar resoluciones laterales de hasta un nanómetro.
El doctor Tapia Rodríguez explica que el futuro de la microscopía óptica es obtener altas resoluciones y conocer a mayor detalle lo que se busca observar a través de un microscopio.
“Por un lado, estamos con la microscopía de superresolución, desarrollando técnicas que nos pueden resolver más pequeño. Y por el otro lado, tenemos técnicas como la microscopía de hoja de luz, que nos permite documentar especímenes tan grandes como individuos que pueden llegar a medir centímetros”.
Sin embargo, destaca que la microscopía clásica aún sigue respondiendo muchas preguntas que todavía están sin una respuesta clara: “La búsqueda de la especificidad y la resolución siempre van a estar en el centro de lo que nosotros hacemos como microscopistas, y seguiremos diseñando estrategias para responder preguntas que resultan cada vez más complejas”, concluye el doctor Tapia Rodríguez.
Los días han empezado a ser más largos. Hace unas semanas regresaste de tu viaje invernal por el sur y todo está verde y fresco, con olor a vida. Has vuelto al lugar donde naciste y en el que encontraste a tu pareja hace algunos años. Cuando llegaste a casa, él ya estaba ahí, cantando fuertemente y defendiendo el territorio. Ustedes no migran juntos, a diferencia de las aves más sociales, como los patos; en su caso, cada quien se va por su lado y no suelen pasar juntos el invierno, así que regresar a su lugar de origen, donde se han reproducido cada año, es también un reencuentro. Cuando por fin se ven, cantan y vuelan coordinados, recuerdan sus bailes y cantos únicos, así como el sitio en el que la estación pasada construyeron su nido. Se saludan con un ritual propio, sin que otras aves participen ni interfieran. Ambos están delgados a causa de la difícil migración; entonces van a buscar insectos y gusanos con el fin de recuperar energía y tener reservas, pues deben prepararse, durante varias semanas, para reproducirse.
La migración de este año fue un poco diferente de las anteriores. Antes de dirigirte hacia el sur, a finales del último verano, sentiste menos frío y las ganas de quedarte un poco más de tiempo, pero algo dentro de ti te dijo que era hora de partir y te fuiste. La nieve también llegó más tarde, fue una temporada invernal de fuertes tormentas y temperaturas muy bajas y, aunque la cantidad de nieve fue la misma que en otros años, se concentró en caídas violentas de pocos temporales. Además, los lugares en los que normalmente te detienes para alimentarte estaban muy secos y no había suficiente comida, por lo que tuviste que buscar otros paraderos. Corriste con suerte al toparte con casas de humanos que tenían agua y alimento, dispuestos para que aves como tú se provean. Algunos compañeros tuyos, sin embargo, no tuvieron la misma fortuna. En tu camino atravesaste menos áreas verdes y más construcciones, carreteras y humanos allí en donde antes había árboles y otras plantas. Pero lo lograste, sorteaste los imprevistos y llegaste a casa en el norte.
Amaneciste con ganas de cantar, pronto te aparearás y pondrás seis o siete huevos. Vuelas un poco y te das cuenta de que las aves de todas las especies, no sólo de la tuya, también parecen inquietas; se acerca la primavera: todas cantan, gritan, vuelan, despliegan sus colores y se alimentan. Tú pasas gran parte del día comiendo y poniendo tus plumas bonitas, las limpias y peinas con tu pico. Te sorprende la cantidad de gusanos que hay disponibles en esta época. Normalmente, esta cantidad la ves hasta que nacen tus polluelos. “Será un año grandioso”, piensas.
Finalmente llega el momento y, en una semana, pones seis huevos. Empiezas a incubar en cuanto la nidada está completa para que todos los polluelos eclosionen el mismo día, con unas horas de diferencia. No obstante, sientes un calor inusual, así que optas por levantarte y permitir que un poco de aire atraviese tus plumas y refresque el nido —es más peligroso un exceso de temperatura que un poco de fresco, ya que los embriones pueden morirse si sobrepasan los 40°C—; además, das algunos viajes cortos varias veces al día para tomar agua, mojar tus plumas y así refrescar a tus huevos. Afortunadamente, tu pareja y tú han escogido un lugar cerca de un árbol que les da sombra. Son días de trabajo arduo, pues junto a las estrategias que debes adoptar para que los huevos no se calienten demasiado, debes estar atenta a las ardillas y otros roedores, hambrientos depredadores.
Antes de que pasen quince días, algunas de tus crías empiezan a piar dentro del huevo, como si ya quisieran salir. Sorprendida, empiezas a ver cómo una cáscara se va rompiendo; en definitiva, a un pollito le urge nacer y, después de algunas horas, ya puedes ver su piquito. Sin embargo, los otros no dan pistas de querer eclosionar todavía. No entiendes qué está pasando y por qué uno se adelantó tanto. Al día siguiente, otro pollito hace todo por ver el mundo pero, otra vez, sólo uno.
Tu pareja y tú van en busca de gusanos para darles algo de desayunar a los precoces polluelos. Sin embargo, no encuentran tanto alimento como esperarías; hay muchos menos gusanos que hace tres semanas, cuando iniciaba el ciclo de reproducción. Regresas al nido, donde ya nació tu segunda cría, pero el alimento que consiguieron apenas alcanza para repartirlo entre las dos. Al sexto día nace la última, y la diferencia de tamaño es muy grande porque la que nació primero le lleva cinco días de ventaja, tiempo en el que no ha dejado de comer. Tú y tu compañero traen todos los gusanos que pueden encontrar, pero no son suficientes; además, la primogénita acapara la mayor parte de la comida, mientras que las pequeñas cada vez están más débiles. No puedes elegir a quien alimentar, así que dejas que ellas lo resuelvan, como ha sido desde el principio de la vida en la Tierra…
Han pasado dos años y acabas de regresar a tu lugar de nacimiento; en esta ocasión, la migración fue aún más complicada. Volviste antes porque las temperaturas en el sur eran ya muy altas a finales del invierno; tomaste otra ruta porque la última vez apenas encontraste alimento en el camino de siempre y la mayoría de los sitios naturales en donde descansabas había desaparecido. Fue un trayecto más largo y peligroso que terminó pronto con tus reservas de energía y que te obligó a esquivar a las personas y a sus temibles mascotas felinas, una amenaza para todas las aves, porque cazan por diversión y no por hambre; si tan sólo tuvieran un cascabel alertarían de su presencia y harían mucho menos daño. Entonces respiras aliviada y contenta por haber logrado escapar y estar de vuelta en tu hogar. Allí encuentras a tu pareja alimentándose y cuidando el territorio; al menos su árbol sigue en pie.
Es esa época del año otra vez: días largos, bullicio en los árboles, más vida por todos lados y menos frío, aunque mucho menos de lo habitual para estas fechas. De nuevo hay un montón de gusanos justo al inicio de la primavera, por lo que te preguntas si pasará lo mismo que el año pasado y el antepasado, cuando no hubo suficientes para alimentar a tus pollitos. Los gusanos están naciendo antes, pues hace calor antes de tiempo y eso ocasiona que se adelanten, pero tú no has podido alterar tu ciclo porque se rige por las horas de luz que hay en el día y no por la temperatura. ¡Qué desastre! Debes encontrar otra fuente de alimento o empezar a tener menos crías para poder darles de comer.
Los dos últimos años fueron bastante caóticos, tus polluelos, por ejemplo, no necesitaron de tu calor para desarrollarse: si bien tú los empollaste hasta que nacieron todos, el aire caliente actuó como un incubador ambiental. Este será el tercer año en el que todo es diferente y no estás dispuesta a perder a la mayoría de tus crías. Lo único que puedes hacer es poner menos huevos, uno o dos, y esperar que la temperatura no sea tan alta que mate a los embriones, y que los gusanos disponibles basten para alimentarlos cuando nazcan. Es difícil mantener el paso con tanto cambio.
Felizmente, este año no fue tan malo, tus dos crías sobrevivieron y volaron del nido bien alimentadas, listas para enfrentarse a la vida. Sin embargo, todo se ha vuelto más inestable, lo cual es un problema porque tu futuro y el de cientos de especies de aves (canoras, semilleras, marinas, etc.) dependen de eventos ambientales y biológicos puntuales regidos por la cantidad de luz y temperatura. Tú, en particular, has tenido que adelantar la fecha en la que regresas a reproducirte a finales del invierno porque el calor es intolerable, has cambiado de ruta migratoria, abandonas más veces a tus crías cuando vas a refrescarte y realizas viajes más largos al ir en busca de alimento para ellas. Ya no hay vuelta atrás, el pasado no regresará, pero aún es posible que el presente no se convierta en un caos total. ¿Qué sería de un planeta sin plumas de colores, sin cantos tan diversos y sin polluelos en sus nidos? Un planeta devastado, inhabitable y sin futuro.
¿Por qué a veces olvidamos nombres, pero recordamos caras?
Michel Olguín Lacunza
junio 15, 2026
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Seguro te ha pasado: te encuentras con alguien en la calle, reconoces perfectamente su rostro, sabes que lo conoces de algún lugar, pero su nombre simplemente no aparece. Este fenómeno, tan cotidiano como incómodo, tiene una explicación en la forma en que el cerebro humano procesa, almacena y recupera la información.
De acuerdo con especialistas en neurociencia cognitiva, el reconocimiento de rostros y la memoria de nombres dependen de sistemas cerebrales distintos.
Las caras, clave para la supervivencia
Mientras que las caras se procesan principalmente en regiones del lóbulo temporal especializadas en el reconocimiento visual, como el área fusiforme de las caras, los nombres se almacenan y recuperan a través de redes relacionadas con el lenguaje y la memoria semántica. Es decir, el cerebro “ve” las caras de manera directa y casi automática, pero los nombres requieren un proceso más abstracto y dependiente del lenguaje.
Las caras son estímulos extremadamente ricos en información. No solo muestran rasgos físicos, sino también expresiones, emociones y señales sociales. Por eso, el cerebro humano está especialmente afinado para reconocerlas. Desde los primeros meses de vida, los bebés ya muestran preferencia por los rostros humanos y, con el tiempo, desarrollamos una capacidad muy sofisticada para distinguir miles de caras diferentes, incluso con cambios de edad, iluminación o expresión.
Este reconocimiento rápido y eficiente tiene una razón evolutiva: identificar rostros era clave para la supervivencia social. Saber si alguien formaba parte del grupo, si representaba una amenaza o si era una figura de confianza podía marcar la diferencia en entornos antiguos. Por eso, el sistema de reconocimiento facial se volvió altamente especializado y prioritario en el cerebro.
Los nombres
En contraste, los nombres no tienen una representación visual ni sensorial. Son etiquetas arbitrarias que aprendemos culturalmente, sin conexión directa con la apariencia de la persona. El nombre “Ana”, “Carlos” o “María” no contiene pistas que ayuden al cerebro a recordarlo fácilmente. Por eso, su almacenamiento depende más de la repetición, la atención y la asociación con otros elementos del contexto.
Otro factor importante es la forma en que se forman los recuerdos sociales. Cuando conocemos a alguien nuevo, el cerebro intenta vincular múltiples elementos: su rostro, su voz, su nombre, el lugar donde lo conocimos y la emoción del momento. Sin embargo, si la atención en ese instante está centrada en la interacción social, por ejemplo, en qué decir o cómo comportarnos, el nombre puede no consolidarse adecuadamente en la memoria.
Además, los nombres suelen necesitar repetición para fijarse. Si no volvemos a escuchar el nombre de esa persona o no lo usamos activamente, la conexión entre rostro y nombre se debilita con el tiempo. En cambio, el reconocimiento facial es mucho más resistente al olvido, porque se basa en patrones visuales que el cerebro procesa de manera muy eficiente.
La memoria
La atención también desempeña un papel fundamental. Diversos estudios han mostrado que la memoria de nombres mejora significativamente cuando hacemos un esfuerzo consciente por repetirlos o asociarlos con alguna característica. Por ejemplo, repetir mentalmente “Carlos, Carlos” o relacionarlo con alguien más puede aumentar las probabilidades de recordarlo después.
Este fenómeno no es señal de mala memoria ni de falta de inteligencia, sino una consecuencia natural de cómo funciona el cerebro humano. En realidad, estamos programados para priorizar la información social inmediata y visual, como los rostros, por encima de las etiquetas lingüísticas.
Incluso hay evidencia de que el cerebro dedica más recursos neuronales al reconocimiento facial que a otras tareas de identificación, lo que refuerza esta diferencia entre ver una cara y recordar un nombre.
En resumen, no olvidamos nombres porque “tengamos mala memoria”, sino porque el cerebro está diseñado para dar prioridad a lo visual, lo emocional y lo socialmente relevante. Las caras se procesan de forma rápida y automática, mientras que los nombres requieren atención, repetición y esfuerzo consciente para consolidarse.
Así que la próxima vez que no recuerdes cómo se llama alguien, puedes consolarte con algo: tu cerebro probablemente sí lo reconoció de inmediato, solo decidió guardar primero lo más importante para la vida social: su rostro.
Las abejas solitarias: la importancia del suelo para la conservación de estas polinizadoras
Pepe Herrera (Con información del podcast “Del suelo al cielo”, se contó con la participación del Dr. Pablo Jaramillo López)
junio 14, 2026
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Cuando se menciona la palabra “abeja”, la mayoría de las personas imagina inmediatamente una colmena llena de individuos trabajando de manera organizada, produciendo miel bajo la dirección de una reina. Esta imagen, aunque correcta para algunas especies, representa únicamente una pequeña parte de la diversidad de abejas que existe en el planeta. En realidad, el mundo de las abejas es mucho más amplio y complejo de lo que comúnmente se cree.
Actualmente se conocen más de 20 000 especies de abejas en el mundo, y la mayoría de ellas no vive en colmenas ni forma sociedades organizadas. De hecho, alrededor del 90 % de las especies corresponden a las llamadas abejas solitarias. A diferencia de las abejas melíferas, estas no producen miel en cantidades comerciales, no forman enjambres y tampoco cuentan con una estructura social compleja. Cada hembra es responsable de construir su propio nido, recolectar alimento y garantizar el desarrollo de sus crías sin la ayuda de otros individuos.
Para ello, excavan pequeños túneles en suelos con determinadas características físicas, generalmente en zonas poco compactadas y con escasa perturbación. Dentro de estos túneles elaboran celdas individuales donde depositan una mezcla de polen y néctar que servirá de alimento para la futura larva. Posteriormente colocan un huevo y sellan la celda, dejando que el desarrollo del nuevo individuo ocurra completamente bajo la superficie.
Esta estrecha relación con el subsuelo permite comprender por qué las características físicas del terreno son determinantes para su supervivencia.
El papel del suelo en la conservación de las abejas solitarias
Cuando se habla de suelo, generalmente se piensa en agricultura, nutrientes, microorganismos o crecimiento vegetal. Sin embargo, rara vez se considera que también constituye el hogar de numerosos organismos esenciales para los ecosistemas, entre ellos una gran diversidad de polinizadores. Para las abejas solitarias, el suelo no es simplemente un soporte físico, sino un componente indispensable para completar su ciclo de vida.
La supervivencia de estas especies depende de que el suelo conserve una estructura adecuada y una porosidad suficiente que permita la excavación y el mantenimiento de los túneles. Cuando estas condiciones se alteran, las abejas enfrentan serias dificultades para reproducirse.
Uno de los principales problemas es la compactación del suelo provocada por el uso de maquinaria pesada en actividades agrícolas y de construcción. Al endurecerse el terreno, las abejas encuentran mayores obstáculos para excavar y establecer sus nidos.
Otro factor de riesgo importante es la labranza intensiva. Las labores frecuentes de preparación del terreno pueden destruir directamente los nidos subterráneos mientras las larvas aún se encuentran en desarrollo. Debido a que todo el proceso ocurre bajo tierra, estos daños suelen pasar inadvertidos para las personas, aunque sus consecuencias sobre las poblaciones de abejas pueden ser significativas.
¿Cómo afectan los pesticidas a las abejas que anidan bajo tierra?
Además de las alteraciones físicas del suelo, existe una amenaza química relacionada con el uso de pesticidas. Diversas investigaciones han demostrado que algunos insecticidas sistémicos, especialmente los neonicotinoides, pueden acumularse en el suelo y alcanzar concentraciones incluso superiores a las encontradas en las flores.
Esta situación resulta particularmente preocupante para las abejas que anidan bajo tierra, ya que las larvas permanecen enterradas durante semanas o meses dentro de sus celdas. Como consecuencia, se exponen de manera constante a estos compuestos, lo que puede afectar su desarrollo, reducir su tamaño corporal y disminuir sus probabilidades de supervivencia.
¡También son importantes!
A las amenazas derivadas de la degradación y contaminación del suelo se suma otro problema: la escasa atención que reciben estas especies en comparación con otros polinizadores más conocidos. A pesar de su importancia ecológica, las abejas solitarias suelen permanecer fuera del foco de atención. Debido a que no producen miel aprovechable comercialmente, no viven en colmenas visibles y no forman grandes agrupaciones, con frecuencia pasan desapercibidas incluso en los programas de conservación.
Durante muchos años, gran parte de la preocupación pública y científica por los polinizadores se concentró casi exclusivamente en la abeja melífera europea, Apis mellifera. Aunque la conservación de esta especie es relevante, esta visión limitada ha contribuido a que miles de especies nativas reciban menos atención de la que merecen.
Proteger el suelo, es proteger la biodiversidad
Por ello, resulta importante cambiar nuestra percepción acerca del suelo y de los organismos que habitan en él. Un espacio de suelo desnudo en una milpa, un jardín o la orilla de un camino puede parecer vacío a simple vista, pero debajo de la superficie puede existir una compleja red de túneles donde se desarrollan larvas y trabajan silenciosamente cientos de abejas solitarias.
Estos insectos contribuyen diariamente a la reproducción de una gran cantidad de plantas silvestres y cultivadas, favoreciendo la producción de flores, frutos y semillas que sostienen la biodiversidad y la alimentación humana. Reconocer su importancia y proteger las condiciones que necesitan para sobrevivir es fundamental para conservar la diversidad de abejas y garantizar el funcionamiento de los ecosistemas.
¿Brazos inútiles o evolución extrema? El T. rex y los grandes dinosaurios carnívoros reescriben su propia anatomía
Pepe Herrera
junio 14, 2026
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Basado en el estudio Drivers and mechanisms of convergent forelimb reduction in non-avian theropod dinosaurs
Durante décadas, los diminutos brazos del Tyrannosaurus rex han alimentado tanto la curiosidad popular como el debate científico. ¿Cómo es posible que uno de los depredadores terrestres más formidables de la historia acabara con unas extremidades anteriores tan reducidas?
Un nuevo estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B propone una respuesta provocadora: la reducción de los brazos estaría vinculada con el aumento progresivo del papel de la mordida como herramienta principal de caza.
La cabeza como herramienta dominante
La idea central del estudio es que, en varios linajes de dinosaurios terópodos no avianos, la evolución favoreció una profunda reorganización funcional del cuerpo. En este proceso, el cráneo se volvió cada vez más robusto y especializado para generar fuerzas de mordida extremas, mientras que las extremidades anteriores fueron perdiendo protagonismo hasta reducirse de forma marcada.
Este cambio funcional no habría sido exclusivo del T. rex, sino parte de una tendencia evolutiva más amplia. En los primeros terópodos, los brazos desempeñaban un papel importante en la captura de presas, pues ayudaban a sujetarlas e inmovilizarlas. Sin embargo, en depredadores posteriores, la estrategia cambió: la caza pasó a depender cada vez más de la mordida, que asumió progresivamente la mayor parte del trabajo de captura y muerte. Con ello, los brazos dejaron de ser esenciales y la presión evolutiva por mantenerlos grandes se redujo.
Un patrón repetido en distintos linajes
Este cambio no ocurrió una sola vez. El estudio analizó la evolución de los terópodos y encontró un patrón repetido: la reducción de los brazos y el fortalecimiento del cráneo surgieron de forma independiente en varios grupos separados por decenas de millones de años.
No se trata, por tanto, de una característica exclusiva de los tiranosaurios. También aparece en otros grandes depredadores, como los abelisáuridos y los carcharodontosáuridos. Aunque no estaban estrechamente emparentados, todos convergieron hacia una misma configuración corporal: cuerpos grandes, cabezas masivas y brazos proporcionalmente pequeños.
En el caso del Tyrannosaurus rex, esta tendencia alcanzó su máxima expresión, con un cráneo extremadamente potente y unos brazos cortos, pero aún musculosos.
Gigantismo y cambios en las proporciones
Sin embargo, este patrón no puede explicarse únicamente por la función. El tamaño corporal también desempeña un papel clave en la configuración de estas proporciones. En animales grandes, la alometría, es decir, el hecho de que el crecimiento no sea uniforme, hace que las extremidades tiendan a ser relativamente más pequeñas respecto del cuerpo.
Pero este fenómeno no es solo pasivo. El estudio sugiere que también estaría reforzado por presiones funcionales: si la supervivencia depende cada vez más de la mordida, invertir energía en mantener brazos grandes deja de ser ventajoso desde el punto de vista evolutivo.
Más allá del tamaño, el estudio profundiza en otro factor clave del sistema: la estructura del cráneo.
Un cráneo cada vez más especializado
Los autores introducen el concepto de “robustez craneal”, entendido como la capacidad del cráneo para resistir y generar grandes fuerzas durante la mordida. Los resultados muestran una correlación clara: cuanto más robusto es el cráneo, más reducidos tienden a ser los brazos.
En especies como los grandes tiranosaurios, el cráneo no solo estaba adaptado para morder con enorme potencia, sino también para soportar tensiones extremas y romper huesos. De este modo, la cabeza se consolidó como la principal herramienta de depredación.
Causas, límites y cautelas
A pesar de la consistencia del patrón, los investigadores advierten que la relación entre mordida potente y reducción de brazos es correlacional. Es decir, no puede afirmarse con certeza que una cause directamente la otra.
Es posible que ambos rasgos respondan a factores compartidos, como el gigantismo, cambios en el tipo de presas o restricciones biomecánicas. Además, el registro fósil es incompleto, por lo que futuras evidencias podrían matizar o incluso modificar estas interpretaciones.
Más allá de los “brazos inútiles”
Lejos de ser una simple rareza anatómica, los pequeños brazos de estos dinosaurios podrían reflejar una reorganización profunda del cuerpo durante su evolución. En este contexto, el Tyrannosaurus rex no sería un animal mal proporcionado, sino un ejemplo extremo de eficiencia evolutiva: un depredador cuya anatomía se reorganizó alrededor de una herramienta dominante, la mandíbula.
Confiar: ¿un acto racional o una necesidad humana?
Pepe Herrera
junio 13, 2026
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La confianza es uno de los pilares invisibles que sostienen las relaciones humanas, las instituciones y gran parte de las decisiones que tomamos a diario. Sin embargo, surge una pregunta fundamental: ¿confiar es realmente un acto racional o una apuesta guiada por la emoción y la incertidumbre? En un contexto donde la información circula constantemente y la desconfianza parece crecer en distintos ámbitos sociales, reflexionar sobre la naturaleza de la confianza se vuelve indispensable.
En este ejercicio, el Dr. Emilio Mendoza Solís, investigador de la Unidad de Investigación sobre Representaciones Culturales y Sociales (UDIR) de la UNAM, y el doctor en Filosofía por la UNAM y actual investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad Veracruzana, Esteban Marín Ávila, reflexionaron sobre los elementos que intervienen en la construcción de la confianza, así como los límites entre la razón, la experiencia y la vulnerabilidad que implica depositar expectativas en los demás.
A través de sus perspectivas, se busca analizar cómo la confianza no solo articula la vida social, sino también cómo se convierte en una decisión compleja que combina argumentos racionales, emociones y contextos culturales.
Un acto de vulnerabilidad
La confianza es una actitud fundamental en la vida humana y, al mismo tiempo, una de las más complejas desde el punto de vista filosófico y práctico, comentó el Dr. Marín Ávila. Gran parte de nuestras acciones cotidianas dependen de algún tipo de confianza, aunque muchas veces no lo notemos.
Confiamos cuando conversamos con otras personas y asumimos que nos dicen la verdad; cuando pagamos un producto esperando recibirlo; cuando aprendemos algo en la escuela, o cuando creemos en testimonios sobre hechos que no hemos vivido directamente. También confiamos en instituciones, medios de comunicación y sistemas sociales enteros. En realidad, la mayoría de las actividades humanas contienen, directa o indirectamente, algún componente de confianza.
Por ello, solemos pensar que la confianza no puede ser completamente racional, pues parece implicar elementos que escapan al control y a la certeza. Además, tiene un componente afectivo central: la esperanza. Cuando confiamos, esperamos que la otra persona responda favorablemente a nuestra vulnerabilidad y nos arriesgamos esperando algo positivo del otro.
Confiar implica exponerse a la posibilidad de ser decepcionados, traicionados o perjudicados. También supone renunciar parcialmente al control y actuar sin saber con exactitud qué ocurrirá después. Estas características hacen que muchas personas consideren la confianza como una actitud “ciega”, guiada más por emociones o impulsos que por razones sólidas.
A ello se suma que gran parte de nuestras prácticas de confianza son automáticas. Los seres humanos confiamos constantemente por hábito, aprendizaje social e incluso por mecanismos evolutivos. Muchas veces ni siquiera reflexionamos conscientemente sobre por qué confiamos en determinadas personas o instituciones.
En muchos contextos, además, se identifica la confianza con una emoción, y las emociones suelen entenderse como opuestas a la racionalidad o, al menos, como menos racionales que el pensamiento analítico. Desde esta perspectiva, confiar parecería una decisión irracional precisamente porque nace de sentimientos y no de certezas objetivas.
Sin embargo, reducir la confianza únicamente a una reacción emocional sería simplificar un fenómeno mucho más complejo.
Entonces, ¿qué la vuelve racional?
Para el investigador de la Universidad Veracruzana, afirmar que la confianza es irracional resulta cuestionable. La confianza sí puede ser racional, aunque ello no significa eliminar la incertidumbre, la vulnerabilidad o la ausencia de control total, sino reflexionar adecuadamente sobre las razones para confiar.
De acuerdo con la filosofía de la confianza, confiar implica ciertas creencias, explícitas o implícitas, acerca de la persona en quien se deposita esa confianza. Existen dos creencias fundamentales.
La primera es la creencia en la capacidad de la otra persona: confiamos porque pensamos que posee las habilidades, los conocimientos o las competencias necesarias para cumplir con aquello que le hemos encomendado. La segunda es la creencia en su buena voluntad: creemos que esa persona tiene la intención de actuar favorablemente y no de perjudicarnos deliberadamente.
Con base en ello, la racionalidad de la confianza depende, en buena medida, de la evaluación de estas creencias. La confianza puede ser irracional cuando ignoramos evidencias claras de incapacidad o mala voluntad. En cambio, confiar puede ser racional cuando existen buenas razones para pensar que alguien posee tanto capacidad como buenas intenciones.
¿Seguir desconfiando o creer ciegamente?
Reconocer que la confianza puede tener fundamentos racionales no elimina otro problema igual de importante: cómo evitar los extremos entre la sospecha permanente y la confianza ciega.
Sobre esta disyuntiva, el Dr. Esteban Marín aclaró que sería imposible, e incluso indeseable, racionalizar absolutamente todas nuestras relaciones de confianza. Los seres humanos, al igual que otros animales, muchas veces confiamos de manera automática e irreflexiva.
Sin embargo, a diferencia de otros seres vivos, las personas sí podemos detenernos a pensar por qué confiamos en determinadas personas o instituciones. Precisamente ahí aparece el verdadero desafío: aprender a confiar críticamente sin caer en el aislamiento escéptico.
Para responder a esta cuestión, es necesario introducir la idea de confianza interpersonal. Esta no implica esperar que todo ocurra exactamente como imaginamos. De hecho, podemos confiar en alguien precisamente para que nos sorprenda. Así, la confianza no consiste en controlar el resultado, sino en aceptar la libertad y la iniciativa del otro.
Esta idea revela un aspecto central del problema: confiar nunca significa eliminar completamente el riesgo. La confianza interpersonal implica exponerse deliberadamente a la libertad ajena. No se trata de ingenuidad, sino de aceptar conscientemente que el otro puede actuar de maneras que no controlamos. Por ello, la posibilidad de la traición siempre acompaña a la confianza.
No obstante, el hecho de que una confianza sea traicionada no significa automáticamente que haya sido irracional. Una persona puede haber confiado racionalmente porque tenía buenas razones para pensar que el otro era capaz y actuaba con buena voluntad. Puede haber reflexionado cuidadosamente antes de confiar y, aun así, ser traicionada. La incertidumbre, por lo tanto, nunca desaparece por completo.
Otro elemento importante es la transitividad de la confianza. Mendoza Solís explicó que muchas veces confiamos en alguien porque una persona en quien ya confiamos nos recomienda hacerlo. Este fenómeno es muy común en ámbitos profesionales, médicos, políticos y sociales.
Esta característica vuelve más compleja la responsabilidad moral relacionada con la confianza. Cuando alguien deposita confianza en otra persona, no solo asume riesgos personales, sino que también puede influir en la confianza de terceros. Por ello, en ciertos contextos existe incluso una obligación moral de confiar racionalmente.
Frente a esta situación, la respuesta adecuada no es el escepticismo absoluto. Desconfiar de todo puede resultar tan problemático como confiar ciegamente. El ejemplo de los terraplanistas es especialmente revelador. Estas personas ejercen, en cierto sentido, un pensamiento crítico muy activo: realizan experimentos, cuestionan autoridades y buscan pruebas por sí mismas. Sin embargo, al desconfiar completamente de la comunidad científica, terminan alejándose de una tradición colectiva de conocimiento construida durante siglos.
Si solo creyéramos aquello que podemos comprobar individualmente, nuestras posibilidades cognitivas serían extremadamente limitadas. Por ello, la alternativa racional no consiste en abandonar toda confianza, sino en aprender a confiar reflexivamente. Esto implica preguntarse por qué confiamos en determinadas personas o instituciones, qué intereses pueden tener, qué evidencias respaldan su credibilidad y cuáles son los mecanismos mediante los cuales producen conocimiento o información.
La confianza reflexiva no elimina el riesgo de error o manipulación, pero sí permite ejercer una actitud crítica sin caer en la desconfianza absoluta.
¿Es posible recuperar la confianza?
Si confiar implica siempre asumir riesgos, también resulta inevitable preguntarse qué ocurre cuando esa confianza se rompe y si realmente puede reconstruirse.
Aunque en el imaginario colectivo suele afirmarse que la confianza perdida nunca se recupera por completo, ambos especialistas consideran que la situación es más compleja. Recuperar la confianza puede ser difícil, pero sí existen condiciones que facilitan su reconstrucción.
Una de ellas es, nuevamente, la transitividad de la confianza. Si personas confiables vuelven a confiar en alguien que nos decepcionó, esto puede generar un clima favorable para reconsiderar nuestra propia desconfianza.
Otra condición importante es la demostración constante de buena voluntad. Cuando alguien realiza acciones reiteradas que muestran sinceridad, responsabilidad y ausencia de malas intenciones, puede reconstruir gradualmente la confianza perdida.
Este punto adquiere especial relevancia en el contexto actual. Para Marín Ávila, hoy se vive una crisis de confianza generalizada hacia gobiernos, iglesias, medios de comunicación, instituciones, relaciones afectivas e incluso familias. Muchas personas sienten que las estructuras tradicionales de autoridad han perdido legitimidad.
Esta situación afecta particularmente a niños y jóvenes. Las nuevas generaciones crecen en entornos donde observan adultos decepcionados, instituciones desacreditadas y relaciones sociales fragmentadas. Ante la ausencia de referentes confiables, muchos jóvenes terminan depositando su confianza en influencers, líderes mediáticos o figuras carismáticas que no necesariamente buscan su bienestar.
La preocupación es profunda, ya que cuando la sociedad no logra ofrecer vínculos sólidos de confianza, otros actores ocupan ese espacio mediante mecanismos emocionales y psicológicos muy eficaces. Algunas figuras manipuladoras logran captar la confianza precisamente porque ofrecen atención, pertenencia, reconocimiento o identidad en contextos donde las instituciones tradicionales han fallado.
Entre lo verdadero y la duda
En última instancia, confiar nunca implica eliminar por completo la incertidumbre. Confiar significa aceptar cierto grado de vulnerabilidad frente a los demás y actuar aun sabiendo que el riesgo de decepción siempre existe. Sin embargo, eso no convierte a la confianza en un acto irracional. Como señalan los especialistas, la confianza puede construirse a partir de razones, experiencias y evaluaciones críticas sobre la capacidad y la buena voluntad de las personas e instituciones.
En una época marcada por la desconfianza hacia autoridades, medios y estructuras sociales, aprender a confiar reflexivamente se vuelve cada vez más importante. No se trata de creer ciegamente ni de desconfiar de todo, sino de desarrollar criterios que permitan distinguir entre vínculos confiables y relaciones manipuladoras.
Al final, la confianza no es una garantía absoluta, sino una decisión humana compleja que combina razón, experiencia, emociones y responsabilidad colectiva. Quizá precisamente por ello siga siendo uno de los elementos más frágiles y, al mismo tiempo, más indispensables para la vida en sociedad.