El Harlem Shake fue una de esas tendencias que, por un momento, parecían estar en todas partes. Personas de distintas edades y lugares del mundo grababan sus propias versiones, las compartían en internet y se sumaban así a un fenómeno que crecía con cada nuevo video. Más de una década después, las tendencias siguen formando parte de la vida cotidiana en redes sociales, aunque sus formas y códigos hayan cambiado. Hoy, expresiones como “farmear aura” muestran una nueva manera de participar en estos fenómenos colectivos.

Lo que ha cambiado no es la necesidad de pertenecer. Desde mucho antes de internet, las personas han buscado formar parte de un grupo, sentirse aceptadas y obtener reconocimiento de los demás. Lo que han transformado las redes sociales es la manera de hacerlo: ahora esa búsqueda puede ocurrir frente a una pantalla, a gran velocidad y ante una audiencia que puede estar en cualquier parte del mundo.
Por eso, detrás de un trend aparentemente pasajero puede haber algo más profundo que el simple entretenimiento. Participar en una tendencia permite compartir códigos con otras personas, sentirse parte de una comunidad y, al mismo tiempo, proyectar una determinada imagen de uno mismo.
Una sociedad cada vez más conectada y acelerada
Para comprender por qué las tendencias pueden convertirse en fenómenos colectivos es necesario observar primero el contexto en el que surgen: una sociedad cada vez más conectada, acelerada y mediada por la tecnología.
Héctor Alejandro Ramos Chávez, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información (IIBI) de la UNAM y especialista en cómo las tecnologías están impactando en la formación de ciudadanía y en los procesos de socialización, destacó que cada vez se pasa más tiempo en internet y, especialmente, en las redes sociales digitales.
Esto provoca que la información circule prácticamente en tiempo real: una noticia puede ser conocida en distintos lugares del mundo apenas unos minutos después de haber ocurrido.
Esta velocidad también ha transformado la manera en que las personas se relacionan con la información, con los acontecimientos y entre sí. Los procesos sociales se aceleran y las tendencias aparecen, se reproducen y desaparecen con una rapidez que habría sido difícil de imaginar antes de la expansión de las plataformas digitales.
Pero la aceleración no solo modifica la manera en que circula la información. También influye en la sensación de estabilidad que experimentan los individuos y, con ello, en algunas de las formas tradicionales de construir vínculos y encontrar un sentido de pertenencia.
En ese sentido, el Dr. Ramos Chávez retomó el concepto de “modernidad líquida”, postulado por el sociólogo Zygmunt Bauman, para describir una sociedad en la que muchas de las estructuras que anteriormente proporcionaban estabilidad se han vuelto más cambiantes. Instituciones como la familia, la religión o el empleo funcionaban tradicionalmente como espacios capaces de proporcionar certezas, vínculos y sentido de pertenencia.
En el ámbito laboral, por ejemplo, durante buena parte del siglo XX era común imaginar una trayectoria relativamente estable dentro de una misma organización o profesión. Actualmente, los empleos pueden ser más dinámicos, los contratos más cortos y las trayectorias profesionales menos predecibles.
La llamada liquidez, sin embargo, no se limita al trabajo. También alcanza las relaciones sociales, las identidades y las formas en que las personas buscan reconocimiento. Cuando algunas de las estructuras tradicionales que proporcionaban certezas se debilitan, los individuos deben encontrar nuevas maneras de construir su identidad, relacionarse con los demás y sentirse parte de algo.
En este contexto, las redes sociales se convierten en uno de esos nuevos espacios de pertenencia. Y es precisamente ahí donde las tendencias adquieren una dimensión que va más allá del entretenimiento: permiten a las personas participar en códigos compartidos, mostrar quiénes son y obtener reconocimiento dentro de una comunidad digital.
La necesidad de pertenecer no es nueva
Participar en una tendencia no significa necesariamente que una persona quiera convertirse en famosa. Mucho antes de TikTok, Instagram o cualquier otra plataforma, las personas buscaban la aprobación de los demás y realizaban actividades que les permitían sentirse parte de un grupo.
El investigador del IIBI explicó que el ser humano es, por naturaleza, un ser social. La convivencia, el contacto con otras personas y la pertenencia a una comunidad han sido fundamentales para la vida en sociedad. Lo novedoso es que una parte cada vez mayor de esa necesidad de pertenencia se expresa ahora mediante herramientas digitales.
Seguir una tendencia, utilizar un audio, reproducir un formato de video, compartir un meme o adoptar una determinada estética puede convertirse en una manera de decir: “Soy parte de esto”. No necesariamente se trata de una decisión completamente consciente. En muchos casos, las personas simplemente observan lo que otros hacen, reconocen que existe una dinámica colectiva y deciden participar.
Así, los trends pueden funcionar como códigos compartidos. Quien conoce la referencia entiende el lenguaje; quien participa demuestra que está al tanto de lo que sucede dentro de determinado grupo. Por eso, aunque una tendencia pueda parecer superficial, también puede cumplir una función social.
Pero si participar permite demostrar que se pertenece a un grupo, surge otra pregunta: ¿qué valor tiene ese reconocimiento dentro de las plataformas digitales?
Del prestigio presencial al capital simbólico digital
Para comprender esta transformación, el Dr. Ramos Chávez también citó la teoría del sociólogo Pierre Bourdieu y su concepto de los distintos tipos de capital. Para Bourdieu, el capital no tiene que ser únicamente económico. Las personas poseen y movilizan diferentes recursos dentro de los espacios sociales. Entre ellos se encuentra el capital simbólico, relacionado con el reconocimiento, el prestigio y el valor que los demás atribuyen a determinadas características de una persona.
Si pertenecer implica, en buena medida, ser reconocido por otros, las redes sociales se convierten en un escenario donde ese reconocimiento puede exhibirse y hacerse visible.
Una fotografía, un video, una determinada forma de vestir, un viaje, una habilidad, una experiencia o una acción que genera admiración pueden funcionar como elementos mediante los cuales una persona comunica quién es y qué posición ocupa frente a los demás.
Cuando esos contenidos generan likes, comentarios, seguidores o visualizaciones, la plataforma proporciona una respuesta cuantificable. La persona ya no necesita únicamente percibir que es reconocida por su grupo. Ahora puede observar números que parecen indicar cuánto reconocimiento está obteniendo.
De esta manera, los jóvenes pueden mostrar y acumular capital simbólico a través de las plataformas digitales. La participación en trends se convierte en una forma de demostrar que se está al tanto de lo que sucede, que se posee determinado estilo o que se pertenece a una comunidad.
Pero cuando el reconocimiento puede medirse, también puede compararse. Y esa posibilidad introduce una nueva dimensión en la participación: la presión por no quedarse fuera.

La presión social y el miedo a quedar fuera
Cuando una persona observa que una actividad se está realizando masivamente y que quienes participan reciben atención, puede sentirse motivada a hacer lo mismo. Existe una tendencia humana a imitar comportamientos que parecen tener éxito, explicó el Dr. Ramos Chávez.
Las métricas de las plataformas pueden reforzar este mecanismo. Si una persona observa que determinado video acumula miles de visualizaciones o que una tendencia genera una gran cantidad de interacciones, puede interpretar esa respuesta como una señal de que participar es una manera de obtener reconocimiento.
Participar en un trend permite, además, evitar la sensación de estar fuera de la conversación.
En una sociedad donde las referencias culturales cambian rápidamente, conocer el meme, el audio, la expresión o el comportamiento del momento puede convertirse en una forma de pertenencia. Incluso las personas que no participan directamente pueden terminar vinculadas con una tendencia mediante memes, imágenes, videos o conversaciones.
De esta manera, un fenómeno puede expandirse más allá de quienes originalmente lo practican.
Sin embargo, la lógica de las plataformas produce un efecto aparentemente contradictorio. Mientras conecta a millones de personas alrededor de las mismas referencias, también permite que cada usuario encuentre comunidades cada vez más específicas.
Una paradoja: todos iguales, pero cada vez más fragmentados
Por un lado, los algoritmos pueden generar una enorme homogeneidad cultural. Una canción, una estética, un baile o un comportamiento pueden reproducirse simultáneamente en distintas partes del planeta. Las plataformas hacen posible que personas de países diferentes consuman contenidos similares y adopten referencias culturales comunes.
Pero, al mismo tiempo, las mismas tecnologías permiten la creación de comunidades extremadamente específicas.
Las redes sociales pueden funcionar como espacios de microsegmentación en los que grupos pequeños encuentran personas con intereses, identidades o gustos similares.
Así, internet produce simultáneamente una cultura global cada vez más homogénea y una sociedad dividida en numerosas microcomunidades. Las tendencias pueden unir a millones de personas alrededor de un mismo código y, al mismo tiempo, ayudar a que cada individuo encuentre un espacio social que responda a intereses mucho más particulares.
Esta doble capacidad de las plataformas —conectar y fragmentar— resulta especialmente relevante cuando se observa la experiencia de las generaciones más jóvenes.
¿Por qué son tan relevantes en la población juvenil?
Más allá del entretenimiento, las tendencias también pueden reflejar algunas de las preocupaciones de las nuevas generaciones.
Uno de los elementos señalados por el investigador es la ansiedad por la irrelevancia. Los jóvenes crecen en un contexto marcado por la incertidumbre económica, la precarización laboral, las dificultades para acceder a empleos estables y la transformación de los espacios tradicionales de convivencia. A esto se suma el miedo a la soledad y a quedar excluidos socialmente.
En ese contexto, las redes sociales ofrecen una herramienta para controlar, al menos parcialmente, la propia narrativa. Cada usuario puede decidir qué historia contar sobre sí mismo, qué imagen presentar y qué aspectos de su vida hacer visibles.
La participación en tendencias puede convertirse así en una manera de afirmar: “Estoy aquí”, “Formo parte de esto” y “Soy relevante dentro de este grupo”.
La búsqueda de visibilidad no necesariamente responde únicamente al deseo de llamar la atención. También puede estar relacionada con la necesidad de construir una identidad reconocible y encontrar un lugar dentro de una comunidad. Es precisamente en este escenario donde expresiones como “farmear aura” adquieren sentido.
¿Qué significa “farmear aura”?
“Farmear aura” es un término que ha ganado espacio entre las generaciones más jóvenes. La expresión puede entenderse como un conjunto de acciones deliberadas mediante las cuales una persona busca proyectar ante los demás una personalidad atractiva, segura, interesante o con un estilo definido.
No se trata únicamente de hacer algo, sino de realizarlo de una manera que pueda producir una determinada percepción en quienes observan.
La expresión toma parte de su significado del mundo de los videojuegos. “Farmear” hace referencia a realizar determinadas actividades de manera constante para obtener puntos o recursos, o para avanzar dentro de un juego. El “aura”, por su parte, se relaciona con aquello que hace que una persona tenga presencia, resulte atractiva o proyecte determinadas características ante los demás.
Llevado a las redes sociales, “farmear aura” implica realizar acciones que permitan construir esa percepción. La persona busca mostrar seguridad, atractivo, estilo, éxito o una personalidad interesante. Y, sobre todo, busca que esa imagen sea reconocida por los demás.
En ese sentido, “farmear aura” puede interpretarse como una expresión contemporánea de una práctica mucho más antigua: la búsqueda de reconocimiento social. Lo que cambia es el escenario y, sobre todo, la velocidad con la que esa imagen puede construirse, difundirse y recibir una respuesta.

¿Desaparecerán los trends?
Cuando se le preguntó si en algún momento estas tendencias específicas desaparecerán, el Dr. Ramos Chávez respondió que es muy probable. Así como el Harlem Shake pertenece a una época determinada de internet y “farmear aura” responde a códigos culturales diferentes, en el futuro aparecerán nuevas expresiones, nuevos formatos y nuevas formas de interacción.
Lo que probablemente permanecerá es la infraestructura que hace posibles estos fenómenos. La tecnología continuará mediando una parte importante de los procesos sociales y los seres humanos seguirán utilizando las plataformas digitales para entretenerse, comunicarse, expresarse y buscar reconocimiento.
Por eso, más que preguntarnos cuánto durará una tendencia concreta, quizá sea más útil observar qué necesidad social consigue canalizar mientras existe. Al fin y al cabo, las personas siempre han buscado pertenecer, destacar y ser reconocidas. Lo que ha cambiado es el escenario: ahora gran parte de esa búsqueda ocurre frente a una pantalla y puede ser observada por una audiencia potencialmente global.
Desde el Harlem Shake hasta “farmear aura”, las tendencias cambian de nombre, estética y plataforma, pero permiten observar una transformación más profunda: la manera en que construimos identidad, buscamos reconocimiento y establecemos vínculos está cada vez más mediada por la tecnología. La tendencia cambia. La comunidad permanece.



































