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Mujeres fumadoras. Tabaquismo con enfoque de género

  • El cigarro atrapa a hombres y mujeres, pero con algunas diferencias en las secuelas a lo largo de su vida.
  • “Los efectos del tabaquismo en el organismo, las motivaciones para empezar y abandonarlo sí son diferentes entre hombres y mujeres”.

Es la conclusión a la que llega la doctora Guadalupe Ponciano, tras su experiencia en la atención a personas fumadoras en la Facultad de Medicina de la UNAM. Esa cercanía le permite reconocer las necesidades físicas, psicológicas, emocionales y sociales de quienes acuden al Programa de Investigación y Prevención del Tabaquismo, que ella coordina.

“Ahora tenemos 26 años de experiencia en lo que es el fumador mexicano. No es que seamos diferentes a los demás, pero sí tenemos características muy particulares a considerar al abordar esta adicción”.

Y en el universo de pacientes, la especialista reconoce que las diferencias se extienden incluso entre hombres y mujeres. El enfoque de género es parte de su trabajo contra el tabaquismo. “El humo contiene unas 7 mil sustancias químicas de efecto más agresivo en las mujeres”, afirma.

El tórax de las mujeres  —la parte del cuerpo que contiene a los órganos principales de las funciones respiratorias y cardiovasculares— tiene menor superficie en comparación con el tórax de los hombres.

“Eso hace que el riesgo de desarrollar enfisema, bronquitis crónica o cáncer pulmonar al fumar sea mayor en nosotras. Hay varios estudios que han demostrado que el efecto productor de cáncer de cada cigarrillo equivale a dos, se duplica; entonces si una mujer me dice que está fumando tres cigarrillos al día, en realidad estaría fumando seis”.

Otra alteración asociada es el cáncer de mama. “Algunos compuestos del tabaco son disruptores endocrinos, alteran el equilibro hormonal, en particular de los estrógenos, claves para el ciclo menstrual y la fisiología de la mujer. La exposición a los disruptores aumenta el riesgo a desarrollar cáncer mamario, por eso es importante que si la mujer fuma y quiere empezar a utilizar anticonceptivos o terapia hormonal por menopausia, sea bajo vigilancia médica.”

Las razones que acercan a las mujeres al tabaco y las mantienen dependientes tampoco son las mismas que en la población varonil, reconoce la doctora Ponciano. 

“En ellas es principalmente la sensación de empoderamiento. En cambio, los varones se introducen más por curiosidad y por querer pertenecer al grupo. En cuanto a la dependencia, las mujeres reportan con mayor frecuencia cuestiones emocionales: fumar las tranquiliza si están estresadas o tristes; si tienen problemas de pareja, se refugian en el cigarro.

Aunque los varones también consumen para sobrellevar eventos estresantes ellos generalmente fuman en ciertos contextos, en reuniones con amigos, después del partido de fútbol, en la sobremesa, por ejemplo.

La decisión de evitarlo 

Guadalupe Ponciano dedica parte de su tiempo a difundir las evidencias de los daños del tabaquismo y a hacer notar que es una enfermedad prevenible. Quiere encender las alertas, especialmente en las jóvenes.

“La mercadotecnia del tabaco ya no va dirigida a los adultos sino a los niños, las niñas y los adolescentes, tanto hombres como mujeres, porque son los que van a durar más tiempo fumando”.

La mejor decisión es evitarlo. “Es común que las mujeres jóvenes acudan a nuestra clínica en el momento que quieren embarazarse. Es algo que deben considerar cuando empiezan a fumar, que las etapas de la vida van cambiando; el embarazo, la lactancia son etapas en las cuales es indispensable desintoxicar al organismo para evitar riesgos a la madre y al bebé”.

Aunque conocemos mejor lo que sucede en el cuerpo de las mujeres fumadoras, las alertas siguen vigentes. En 2026, el lema del Día Mundial Sin Tabaco (31 de mayo) es «Desenmascarar el atractivo: contrarrestar la adicción a la nicotina y el tabaco».

Si nos trasladamos al pasado, a través de los relatos del siglo XVI, ya se hablaba de las mujeres que fumaban demasiado, a la par de los hombres, en las calles de lo que hoy es la Ciudad de México.

A los migrantes europeos les inquietaba; no era una práctica femenina extendida en sus países. Con el paso del tiempo, el consumo de tabaco fue mal visto hasta considerarlo indeseable en las mujeres “buenas” y educadas, narra el historiador Martín González de la Vara, en el artículo Tabaquismo femenino en México durante el siglo XIX.

Hacia 1900, persistió como una costumbre masculina, a pesar de las descripciones de la época sobre los problemas de salud derivados. En la actualidad, alrededor de 15 millones de personas en México son fumadoras, el 26.3% de los hombres y el 9.4% de las mujeres adultas consumen tabaco; un porcentaje menor usa cigarro electrónico, según los resultados de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025.

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La confianza en la pareja: el pilar invisible que sostiene o rompe el amor

Es uno de los pilares más importantes en toda relación de pareja. Puede entenderse como el eje que permite que dos personas se unan, compartan experiencias y construyan un vínculo significativo a lo largo del tiempo. En cierto sentido, la confianza funciona como un pegamento emocional que favorece la cercanía entre sus integrantes y ayuda a afrontar las diferencias que inevitablemente surgen en la convivencia.

Además, permite tolerar y gestionar esas diferencias sin que representen una amenaza para la relación. Gracias a ella, cada integrante puede mostrarse vulnerable, auténtico y genuino, con la certeza de que será escuchado, comprendido y acogido. También implica esperar que la otra persona cumpla lo acordado, respete lo prometido y esté presente en los momentos importantes de la vida en común.

En otras palabras, todo ello busca responder a una pregunta fundamental en toda relación íntima: «¿Puedo confiar en que estarás para mí?».

Precisamente sobre esta dimensión de la confianza reflexionó Alma Gabriela Gómora Figueroa, jefa de sede del programa Espora en el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, durante la conferencia «De la tranquilidad a la sospecha: cómo se construye, cuándo se trastoca y cómo se diluye la confianza en la pareja», realizada como parte del 10.º Ciclo de Conferencias UNAMirada desde la Psicología.

A lo largo de su participación, la especialista explicó cómo se desarrolla la capacidad de confiar desde las primeras etapas de la vida, de qué manera influye en las relaciones de pareja y cuáles pueden ser las consecuencias de su deterioro o pérdida.

La raíz de la confianza: primera infancia y apego

Para comprender cómo surge la capacidad de confiar, Gómora Figueroa señaló que es necesario remontarse mucho antes de las relaciones de pareja. Las personas llegan a sus vínculos afectivos con una base previa de confianza o desconfianza, denominada confianza básica, que comienza a formarse durante la primera infancia a partir de las experiencias tempranas con las figuras cuidadoras.

Desde el nacimiento, los seres humanos dependen por completo de otras personas para sobrevivir. La primera relación de amor suele establecerse con quien cumple la función de cuidador principal. Esta figura brinda atención, protección y apoyo, interpretando y respondiendo a las necesidades del bebé.

De acuerdo con la especialista, la calidad de esta relación temprana desempeña un papel decisivo en la formación de la confianza básica, pues constituye el primer modelo de lo que significa depender de alguien y sentirse seguro en presencia de otro.

De esta manera, comienza a construirse una sensación fundamental de seguridad en el mundo y en las relaciones humanas. Por ello, las experiencias infantiles de cuidado, atención y afecto influyen significativamente en la forma en que las personas confiarán posteriormente en sus parejas y en otros vínculos importantes. Aunque las experiencias posteriores también pueden modificar estas creencias, las relaciones tempranas constituyen una base relevante para el desarrollo de la confianza interpersonal.

Elementos fundamentales de la confianza

A partir de esta confianza básica se desarrolla la capacidad de construir relaciones significativas durante la vida adulta. Sin embargo, como destacó Gómora Figueroa, la confianza no surge de manera automática ni se mantiene por sí sola: requiere una serie de condiciones que la fortalecen y sostienen con el paso del tiempo.

La especialista explicó que la construcción y el mantenimiento de la confianza en cualquier relación se apoyan en varios componentes esenciales. El primero es la honestidad, entendida como la disposición a actuar con transparencia y sinceridad. El segundo es la fiabilidad, que consiste en que aquello que la persona comunica corresponda efectivamente con la realidad y pueda corroborarse mediante sus comportamientos.

El tercero es la coherencia, es decir, la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Finalmente, la constancia resulta indispensable, ya que este pilar relacional necesita reafirmarse continuamente a través de acciones repetidas y consistentes.

Por esta razón, la confianza no puede darse por sentada una vez que la relación ha comenzado. No basta con construirla al inicio y asumir que permanecerá intacta para siempre. Requiere cuidado cotidiano, atención constante y múltiples demostraciones de consideración hacia la otra persona. Cada interacción representa una oportunidad para fortalecerla o debilitarla.

Cuando ambos integrantes actúan con honestidad, coherencia, fiabilidad y constancia, contribuyen a que este pilar permanezca sólido a lo largo del tiempo.

La confianza en la pareja: una construcción compleja

Tras explicar las bases que permiten el desarrollo de la confianza, Gómora Figueroa abordó la manera en que esta opera dentro de las relaciones de pareja. La confianza se convierte en uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de vínculos afectivos satisfactorios. Además de los componentes ya mencionados, la especialista explicó que existen diversos elementos emocionales que contribuyen a fortalecerla.

Uno de ellos es el anhelo y la ilusión, que se manifiestan en la expectativa positiva hacia la relación y en la emoción de compartir un proyecto afectivo con otra persona. También interviene el amor, entendido como la experiencia de sentirse escuchado, cuidado, valorado y admirado por el otro.

A estos elementos se suman la intimidad y la complicidad. La intimidad permite experimentar la sensación de ocupar un lugar significativo en la vida y en los pensamientos de la pareja, incluso sin compartir el mismo espacio físico. La complicidad, por su parte, surge de una conexión especial que genera apoyo mutuo, entendimiento y una visión compartida frente a las situaciones de la vida.

El deseo también desempeña un papel importante en la construcción de este vínculo. No se limita al ámbito sexual, sino que incluye la disposición a acercarse al otro, abrirse emocionalmente y apostar por la relación. Asimismo, la lealtad, el compromiso y la seguridad refuerzan la vida en común al sostener el respeto por los acuerdos establecidos, la coherencia entre palabras y acciones, y la sensación de respaldo en momentos de necesidad.

Más allá de estos elementos emocionales, la especialista destacó que la confianza también se organiza a partir de acuerdos que estructuran la convivencia. Algunos son explícitos y se comunican de manera clara, mientras que otros permanecen implícitos y se construyen a través de expectativas y dinámicas cotidianas. Incluso existen pactos inconscientes vinculados a las experiencias familiares y a los modelos de relación aprendidos a lo largo de la vida.

En conjunto, estos elementos muestran que la confianza no se reduce a una emoción aislada, sino que requiere una presencia emocional sostenida y una construcción cotidiana. Escuchar activamente, mostrar interés por la experiencia del otro, brindar apoyo en momentos difíciles y actuar con coherencia frente a los acuerdos establecidos son prácticas que la fortalecen. Cuando ambas personas se sienten vistas, valoradas y respetadas, la sensación de seguridad dentro del vínculo se consolida.

De la confianza idealizada a una confianza madura

Durante la conferencia, Gómora Figueroa explicó que la confianza no permanece estática a lo largo de la relación, sino que atraviesa distintas transformaciones. Una de ellas ocurre durante el paso del enamoramiento inicial hacia etapas más maduras del vínculo.

Durante la etapa inicial de enamoramiento, la confianza suele fortalecerse con rapidez debido a la intensa sensación de cercanía emocional. En esta fase, las personas suelen sentirse especialmente comprendidas, valoradas y priorizadas por su pareja. La idealización del otro favorece la percepción de una conexión única y significativa, generando sentimientos de bienestar y seguridad emocional.

Sin embargo, conforme la relación evoluciona, llega una etapa en la que la idealización disminuye y comienzan a hacerse visibles las diferencias individuales. Este proceso, que forma parte natural del desarrollo de la pareja, puede generar dudas, inseguridades y desilusiones. Al descubrir que el otro posee espacios privados, intereses propios y necesidades independientes, se pone a prueba la confianza construida durante las primeras etapas del vínculo.

Lejos de significar un debilitamiento automático de la relación, esta etapa puede representar una oportunidad para que la confianza evolucione hacia una forma más madura y realista. Conforme la pareja deja atrás la idealización inicial, surge el desafío de equilibrar el «nosotros» con el «yo»: construir un proyecto compartido sin renunciar a la individualidad.

Confiar implica entonces reconocer que cada integrante conserva espacios, intereses y necesidades propias, sin que ello suponga una amenaza para la relación. Cuando esta diferencia puede aceptarse y respetarse, la confianza se fortalece sobre bases más sólidas que las del enamoramiento inicial.

¿Qué puede deteriorar la confianza y qué ocurre cuando se rompe?

Después de explicar cómo se construye y transforma la confianza, la especialista abordó algunos de los factores que pueden debilitarla o incluso fracturarla.

Entre ellos destacan las incongruencias entre lo que una persona dice y lo que hace, el incumplimiento de acuerdos previamente establecidos, la falta de consistencia en los comportamientos y la presencia de mensajes ambiguos que generan incertidumbre.

Cuando una persona percibe que las acciones de su pareja contradicen aquello que había prometido o acordado, comienzan a surgir dudas que impactan la seguridad emocional y la sensación de estabilidad dentro de la relación.

De igual forma, la disminución del apoyo emocional, del acompañamiento y del respaldo que antes se recibía puede generar sentimientos de abandono o desinterés, lo que afecta profundamente el vínculo.

Asimismo, la confianza comienza a diluirse de manera más evidente cuando aparecen mentiras, ocultamientos y traiciones que dañan los acuerdos establecidos. También ocurre cuando surgen formas de violencia, faltas de respeto, abuso, manipulación o control que generan miedo, inseguridad o dependencia.

Dentro de estas dinámicas se encuentran situaciones como el sometimiento de una persona a la voluntad de la otra, la invalidación constante de sus opiniones o experiencias, prácticas como el gaslighting, que provocan confusión y cuestionamiento de la propia percepción de la realidad, así como burlas disfrazadas de humor que minimizan o desacreditan la experiencia de la otra persona. Estas conductas no solo afectan la confianza, sino que también erosionan la dignidad y el bienestar emocional de quienes las experimentan.

Finalmente, Gómora Figueroa señaló que este pilar relacional también se deteriora cuando la relación pierde sus espacios exclusivos de intimidad y complicidad. Toda pareja desarrolla formas particulares de conexión, actividades compartidas y significados que fortalecen el vínculo. Cuando estos espacios dejan de existir o son reemplazados por relaciones externas que adquieren mayor relevancia, puede surgir la percepción de que la relación ha dejado de ser una prioridad.

Una de las expresiones más severas de este deterioro puede ser la infidelidad. Sin embargo, incluso en una situación tan compleja como esta, algunas parejas logran superar la experiencia cuando ambos miembros están dispuestos a comprender lo ocurrido, asumir responsabilidades, reparar el daño y reconstruir los acuerdos que sostienen la relación.

Este proceso requiere compromiso, honestidad y un trabajo consciente para recuperar la cercanía y la seguridad perdidas. Aunque no siempre es posible, la reconstrucción de la confianza puede lograrse cuando existe disposición genuina para afrontar el conflicto y transformar la relación.

No se tiene, se construye

A manera de cierre, la especialista subrayó que la confianza en la pareja no es un estado fijo ni un atributo permanente, sino un proceso dinámico que se construye, se pone a prueba y se transforma a lo largo del tiempo.

Se alimenta de la honestidad, la coherencia, la constancia, la intimidad, el compromiso y la capacidad de responder a una necesidad fundamental en toda relación humana: saber que el otro estará presente cuando se le necesite.

Sin embargo, también es un elemento vulnerable. Puede erosionarse ante la incongruencia, el incumplimiento de acuerdos, la falta de presencia emocional o la aparición de dinámicas de control, violencia o traición.

En este sentido, más que un punto de partida o de llegada, la confianza constituye un proceso continuo de construcción y negociación entre la seguridad y la incertidumbre. De su fortaleza depende, en gran medida, la calidad, la estabilidad y la profundidad del vínculo amoroso.

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Comer trabajando: la alimentación también se decide en el mundo laboral

Jornadas extensas, traslados largos, informalidad, falta de pausas y ausencia de espacios dignos para comer muestran que la desigualdad alimentaria no se explica solo por el ingreso: también se produce en los entornos de trabajo.

Durante mucho tiempo, la alimentación se ha pensado desde el hogar: qué se compra, qué se cocina, quién come con quién y cómo se distribuyen los alimentos entre los integrantes de una familia. Sin embargo, en ciudades como la de México, donde millones de personas pasan buena parte del día fuera de casa, el trabajo se convierte en un espacio decisivo para entender qué, cuándo, dónde y con quién se come.

La conferencia “Comer trabajando: repensar la alimentación a partir de los mundos laborales”, impartida por Tiana Bakić Hayden, investigadora del Centro de Estudios Demográficos, Urbanos y Ambientales de El Colegio de México, planteó una pregunta central para los estudios sociales de la alimentación: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar únicamente el hogar y observamos las prácticas alimentarias desde los espacios laborales?

La respuesta abre una perspectiva amplia. La desigualdad alimentaria no depende solamente del dinero disponible. También está atravesada por los horarios de trabajo, los tiempos de traslado, el tipo de empleo, la posibilidad de hacer pausas, la existencia o ausencia de un lugar para comer, las relaciones sociales en el trabajo y los entornos urbanos donde se desarrolla la jornada.

“Este trabajo es sobre cómo podemos entender las desigualdades alimentarias en relación no solamente con la cuestión del ingreso, que suele ser en lo que principalmente nos fijamos cuando hablamos de esto, sino también en los tipos de trabajo a los cuales se dedican las personas”, explicó Bakić Hayden.

Salir del hogar para entender cómo comemos

La investigadora partió de una crítica metodológica: las encuestas y muchas investigaciones suelen tomar al hogar como unidad principal para medir seguridad alimentaria, gasto e ingreso. Esa mirada permite conocer aspectos importantes, pero también puede ocultar diferencias internas.

Un mismo hogar puede integrar personas con rutinas alimentarias completamente distintas. Un trabajador que pasa diez o doce horas fuera de casa puede comprar alimentos dos o tres veces al día; una trabajadora del hogar puede comer en la casa de sus empleadores; niñas y niños pueden alimentarse en la escuela o comprar comida en la calle. Aunque todos pertenezcan al mismo hogar, sus experiencias alimentarias no son equivalentes.

Para Bakić Hayden, mirar el trabajo permite observar dimensiones que suelen quedar fuera cuando se asume que la alimentación se organiza principalmente en el espacio doméstico. “Diferentes trabajos pueden tener diferentes implicaciones alimentarias y es importante contemplarlas para tener una comprensión más completa del contexto alimentario actual”, señaló.

El trabajo, subrayó, no es solo una actividad económica. También es un espacio social donde se forman rutinas, gustos, normas, relaciones y formas de convivencia. Por eso, los mundos laborales no solo determinan el ingreso: también modelan el cuerpo, el tiempo y las posibilidades cotidianas de alimentarse.

Comer de prisa, comer solo, comer donde se pueda

La investigación cualitativa presentada por la académica se basa en entrevistas y observación con distintos grupos de trabajadores de bajos ingresos en la Ciudad de México: albañiles, trabajadoras del hogar, personas dedicadas a la limpieza del espacio público, transportistas y, en una etapa aún en proceso, cargadores y diableros.

Aunque comparten condiciones económicas precarias o informalizadas, sus formas de comer son muy distintas. En el caso de los albañiles, por ejemplo, la comida suele estar más organizada alrededor de una pausa colectiva. En muchas obras se respeta una hora de comida y los trabajadores comen juntos en mesas improvisadas, en el suelo o en espacios apropiados dentro de la construcción. Ahí se comparten tortillas, refrescos, guisados llevados desde casa o alimentos comprados cerca de la obra.

En cambio, las trabajadoras del hogar viven una relación más ambigua con la comida. Al trabajar en casas donde hay cocinas y alimentos, suelen gastar menos fuera, pero también enfrentan restricciones simbólicas y prácticas: qué pueden comer, cuándo pueden hacerlo, si se les permite sentarse a la mesa o si deben consumir solamente sobras.

“La insatisfacción y la satisfacción laboral se describen muchas veces a través del lenguaje de la comida”, afirmó Bakić Hayden. En esos casos, la alimentación puede convertirse en una expresión de reconocimiento o de violencia cotidiana. Ser invitada a comer, poder elegir un alimento o comer con dignidad no son detalles menores: forman parte de la experiencia laboral.

Entre barrenderos y trabajadores de limpieza del espacio público aparece otro problema: la dependencia del entorno urbano. Muchas de estas personas comen en la calle, en fondas o en puestos cercanos a las zonas donde trabajan. Sin embargo, no siempre encuentran opciones accesibles, higiénicas o acordes con sus preferencias. Algunas expresan incomodidad al entrar a fondas por el uniforme que portan o por la mirada de otros comensales.

Los transportistas enfrentan una de las situaciones más complejas. Sus jornadas pueden extenderse entre 12 y 16 horas, muchas veces sin descanso fijo. Comen en la base, en la ruta, dentro del vehículo o de pie, según lo permita el flujo de pasajeros y el tiempo disponible. La comida se vuelve entonces un trámite apresurado, condicionado por el movimiento constante.

La desigualdad también está en el tiempo

Uno de los hallazgos transversales de la investigación es la falta de tiempo para comer. La palabra “apurarse” aparece de manera reiterada en los testimonios: apurarse para terminar una tarea, para no molestar al patrón, para regresar pronto a casa, para seguir manejando o para aprovechar el día de trabajo.

La falta de pausas no solo afecta la calidad nutricional de la alimentación. También incide en la experiencia subjetiva del comer. Comer rápido, comer solo o comer sin un lugar adecuado produce insatisfacción, cansancio y una sensación de pérdida de control sobre el propio cuerpo.

A ello se suman los traslados. En una ciudad marcada por la hipermovilidad, muchas personas trabajadoras salen muy temprano, regresan tarde y pasan varias horas diarias en transporte. Esto rompe los horarios tradicionales de desayuno, comida y cena, y dificulta la comensalidad familiar.

“Las jornadas laborales largas y los traslados extensos implican que las personas trabajadoras pasan la gran mayoría de su tiempo fuera del hogar y que sus rutinas laborales son importantes para la organización del comer”, sostuvo la investigadora.

El resultado es una especie de desfase alimentario: trabajadores que desayunan cuando otros duermen, comen cuando pueden, cenan muy tarde o solo logran compartir alimentos con su familia una vez por semana. Así, el trabajo no solo organiza la jornada laboral; también reorganiza la vida doméstica.

Comida callejera, fondas y redes de cuidado

La comida callejera y las fondas aparecen como infraestructuras esenciales para sostener la vida laboral urbana. Aunque suelen ser vistas desde discursos de riesgo, por la higiene, la grasa o el consumo de refrescos, para muchos trabajadores representan una de las pocas opciones reales para alimentarse durante la jornada.

Bakić Hayden llamó a mirar estos espacios con mayor complejidad. No se trata únicamente de puestos informales o comercios de paso, sino de redes que permiten que miles de personas trabajen, se desplacen y resuelvan sus necesidades alimentarias fuera de casa.

En varios casos, los trabajadores desarrollan relaciones de confianza con vendedoras, cocineras o personas que preparan alimentos en rutas, bases, esquinas y mercados. Esos vínculos pueden ofrecer algo más que comida: también brindan reconocimiento, conversación, familiaridad y cierto sentido de pertenencia.

La investigadora destacó además que son mujeres quienes sostienen gran parte de esta infraestructura alimentaria, dentro y fuera del hogar. Madres, esposas, abuelas, empleadoras, cocineras, vendedoras de café, encargadas de fondas y comerciantes callejeras hacen posible que muchos trabajadores coman durante su jornada.

“Las mujeres que venden en las calles, las cafeteras, son quienes realmente dan esa infraestructura que permite el ejercicio de los trabajos”, señaló.

Más allá del ingreso: comensalidad, agencia y dignidad

La investigación permite pensar la alimentación desde tres dimensiones que no siempre se miden: la comensalidad, la agencia y la dignidad.

La comensalidad se refiere a la posibilidad de comer con otros. Aunque muchas personas prefieren compartir la comida, numerosos trabajadores comen solos por las condiciones de su empleo. La agencia tiene que ver con la capacidad de decidir qué comer, cuándo hacerlo y en qué condiciones. La dignidad aparece cuando el acto de comer ocurre en un espacio respetado, sin discriminación, sin prisa excesiva y sin depender de sobras, permisos o miradas incómodas.

Por eso, repensar la alimentación desde los mundos laborales obliga a ampliar la conversación pública. No basta con hablar de calorías, precios o disponibilidad de alimentos. También hay que hablar de pausas laborales, informalidad, movilidad urbana, derechos, espacios públicos, fondas, comedores, discriminación y reconocimiento.

En palabras de Bakić Hayden, “una aproximación al comer a través del trabajo permite ver cómo las prácticas, experiencias y desigualdades alimentarias se producen no solamente en términos económicos, sino en el cruce de factores donde la informalidad, la autoexplotación laboral, la movilidad cotidiana y las desigualdades territoriales juegan un papel importante”.

Mirar cómo comen las personas mientras trabajan permite entender mejor la ciudad. Una ciudad donde alimentarse no siempre significa sentarse a la mesa, sino resolver el hambre entre rutas, obras, casas ajenas, banquetas, bases de transporte y jornadas que rara vez se detienen.

La pregunta, entonces, no es solo qué comemos. También es cuánto tiempo tenemos para hacerlo, quién nos acompaña, qué opciones nos ofrece el entorno y qué condiciones laborales hacen posible o imposible comer con dignidad.

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La UNAM mantiene una amplia agenda académica sobre género, tecnología, cultura digital y organización laboral

La Universidad Nacional Autónoma de México desarrolla una amplia agenda académica que refleja la diversidad de temas, enfoques y problemáticas que hoy ocupan a la investigación, la docencia y la divulgación universitaria. Seminarios, conferencias, diplomados y cursos integran una oferta que permite acercarse, desde distintas disciplinas, a debates contemporáneos sobre igualdad de género, inteligencia artificial, humanidades digitales, política exterior feminista y nuevas formas de organización del trabajo.

Esta selección de actividades muestra la vitalidad académica de la UNAM y su capacidad para vincular el conocimiento especializado con asuntos de interés público. Desde una perspectiva divulgativa, pero con rigor académico, las propuestas abren espacios para analizar desafíos sociales, tecnológicos, culturales y laborales que inciden en la vida cotidiana y en la construcción de políticas públicas.

Igualdad de género y Agenda 2030

El Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, en Morelos, realizará la sesión “Igualdad de género en la transversalidad de la Agenda 2030”, un encuentro dedicado a reflexionar sobre la manera en que la educación con perspectiva de género, vinculada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible 4 y 5, puede convertirse en una herramienta efectiva para enfrentar problemáticas como la pobreza, las desigualdades y otros retos sociales en México.

La actividad propone un diálogo interdisciplinario sobre los desafíos estructurales y comunitarios que dificultan la implementación de este enfoque, con el propósito de generar perspectivas aplicables a contextos locales.

Más información: https://www.crim.unam.mx/eventos/sagenda2030s3/

Inteligencia artificial, derecho y responsabilidad pública

En el campo jurídico y tecnológico, el Instituto de Investigaciones Jurídicas llevará a cabo la decimoctava sesión del Seminario Permanente “Derecho e Inteligencia Artificial”, titulada “Antropomorfizar la IA: implicaciones jurídicas, regulatorias y de política pública”.

El encuentro analizará las repercusiones legales y regulatorias que surgen cuando se atribuyen rasgos humanos a las herramientas de inteligencia artificial. Esta discusión resulta clave para evaluar sus efectos en la determinación de responsabilidades, la protección de derechos y el diseño de políticas públicas frente al avance de estas tecnologías.

Más información: https://www.juridicas.unam.mx/actividades-academicas/4320-seminario-permanente-derecho-e-inteligencia-artificial-decimoctava-sesion-antropomorfizar-la-ia-implicaciones-juridicas-regulatorias-y-de-politica-publica

Humanidades digitales y diversidad lingüística

La Biblioteca Nacional de México, a través del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, presentará la conferencia “Laboratorios de Humanidades Digitales”, en la que se compartirán resultados y aprendizajes derivados de la implementación de un laboratorio colaborativo en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca.

La charla permitirá reflexionar sobre los desafíos que enfrentan las comunidades originarias para participar plenamente en los entornos digitales. Además de la infraestructura tecnológica, se abordarán temas como la alfabetización informacional, las habilidades digitales, la presencia de las lenguas indígenas en internet, la creación de contenidos patrimoniales digitales y las estrategias para fortalecer la diversidad lingüística mexicana en el espacio digital.

Más información: https://bnm.iib.unam.mx/index.php/instituto-de-investigaciones-bibliograficas/actividades/actividades-academicas/conferencia-laboratorios-de-humanidades-digitales-hd

Política exterior feminista y relaciones internacionales

La agenda universitaria también incorpora una mirada internacional con el diplomado “Política exterior feminista como nuevo paradigma de las relaciones internacionales”, que iniciará el 26 de junio en modalidad en línea.

Esta actividad propone analizar el enfoque feminista como una perspectiva capaz de transformar la práctica diplomática, la cooperación internacional y la formulación de políticas públicas. Su incorporación al debate académico permite discutir nuevas formas de entender las relaciones internacionales desde la igualdad, los derechos humanos y la justicia social.

Más información: https://fundacionunam.org/cei/curso.php?ofertaId=TQ9BM&modalidad=4

Organización laboral y gestión del tiempo

Como parte de la formación continua, el Palacio de Minería ofrecerá el curso “Administración efectiva del tiempo y organización laboral”, dirigido a fortalecer habilidades prácticas para mejorar la productividad, la planeación y la organización personal y profesional.

El curso permitirá que las personas participantes identifiquen sus hábitos actuales de gestión del tiempo, analicen modelos de administración y apliquen herramientas para organizar con mayor eficacia sus actividades en distintos entornos laborales.

Más información: https://www.mineria.unam.mx/administracion-efectiva-del-tiempo-y-organizacion-laboral-CDA268-2026

Una universidad activa y plural

En conjunto, estas actividades dan cuenta de una universidad dinámica, plural y comprometida con la producción de conocimiento pertinente. La UNAM no solo impulsa la especialización académica, sino que también promueve espacios de reflexión pública sobre los grandes desafíos del presente: la justicia de género, la regulación tecnológica, la diversidad cultural, las relaciones internacionales y las nuevas formas de organización del trabajo.

ActividadEntidad / sedeModalidadFecha y horaLiga
Sesión “Igualdad de género en la transversalidad de la Agenda 2030”Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, MorelosPresencial y en línea24 de junio, 11 hhttps://www.crim.unam.mx/eventos/sagenda2030s3/
Seminario “Antropomorfizar la IA: implicaciones jurídicas, regulatorias y de política pública”Instituto de Investigaciones Jurídicas, CCUPresencial y en línea25 de junio, 10 hhttps://www.juridicas.unam.mx/actividades-academicas/4320-seminario-permanente-derecho-e-inteligencia-artificial-decimoctava-sesion-antropomorfizar-la-ia-implicaciones-juridicas-regulatorias-y-de-politica-publica
Conferencia “Laboratorios de Humanidades Digitales”Biblioteca Nacional de México, CCUPresencial y en línea25 de junio, 12 hhttps://bnm.iib.unam.mx/index.php/instituto-de-investigaciones-bibliograficas/actividades/actividades-academicas/conferencia-laboratorios-de-humanidades-digitales-hd
Diplomado “Política exterior feminista como nuevo paradigma de las relaciones internacionales”En líneaEn líneaInicia 26 de juniohttps://fundacionunam.org/cei/curso.php?ofertaId=TQ9BM&modalidad=4
Curso “Administración efectiva del tiempo y organización laboral”Palacio de MineríaEn línea26 y 27 de juniohttps://www.mineria.unam.mx/administracion-efectiva-del-tiempo-y-organizacion-laboral-CDA268-2026
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Lo que debes saber sobre los alacranes: ¿realmente hay una temporada y cómo actuar si te pican?

Con las primeras lluvias de la temporada, no solo reverdece el paisaje: también reaparece una advertencia que año tras año se repite en conversaciones, noticieros y redes sociales: la llegada de los alacranes. Entre recomendaciones caseras, remedios populares y alertas sobre una supuesta “temporada”, abundan las dudas sobre estos arácnidos y los riesgos que representan.

Pero ¿qué hay de cierto en estas creencias? ¿Por qué parece que los alacranes aparecen con mayor frecuencia en determinadas épocas del año? Y, sobre todo, ¿qué se debe hacer ante una picadura?

Para responder estas dudas, el doctor Edmundo González Santillán, curador de la Colección Nacional de Arácnidos del Instituto de Biología (IB) de la UNAM, explicó por qué durante la época de lluvias aumentan los encuentros con estos animales, qué tan cierta es la idea de una “temporada de alacranes” y cuáles son las medidas realmente efectivas para prevenir accidentes y actuar correctamente ante una picadura.

Pero antes de abordar los mitos en torno a estos animales, es necesario entender qué son los alacranes y cómo están adaptados a su entorno.

¿Qué son los alacranes?

El doctor González Santillán explicó que los alacranes pertenecen al grupo de los artrópodos, caracterizados por tener patas articuladas y un exoesqueleto que protege sus órganos y tejidos. Asimismo, forman parte de los arácnidos, el mismo grupo al que pertenecen las arañas, los ácaros y las garrapatas.

Su cuerpo está adaptado a la depredación. Poseen un par de pinzas con las que sujetan a sus presas, cuatro pares de patas caminadoras y una cola segmentada, conocida científicamente como metasoma. En el extremo de esta estructura se localiza el aguijón, conectado a glándulas productoras de veneno.

Debido a estas características, su dieta se compone principalmente de insectos y otros artrópodos. Utilizan sus pinzas para capturar a sus presas y, cuando es necesario, inyectan veneno para inmovilizarlas. Posteriormente, emplean sus estructuras bucales especializadas para alimentarse.

Gracias a esta actividad depredadora, los alacranes contribuyen al control natural de las poblaciones de insectos y otros pequeños invertebrados, por lo que desempeñan una función ecológica fundamental en numerosos ecosistemas.

Hábitos y hábitats

Los alacranes suelen ser organismos relativamente sedentarios. Aunque pueden desplazarse en busca de alimento, refugio o pareja, generalmente permanecen dentro de áreas reducidas durante gran parte de su vida.

Buscan refugio en grietas entre rocas, huecos en paredes, acumulaciones de hojas secas, debajo de piedras, madrigueras superficiales y espacios oscuros y secos. En ambientes urbanos también aprovechan muros, bardas y estructuras con cavidades.

Su actividad está estrechamente relacionada con las condiciones ambientales. En regiones con temporadas marcadas de lluvia y sequía, suelen incrementar su actividad superficial durante la época de lluvias.

Esto ocurre porque algunos refugios pueden inundarse, aumenta la disponibilidad de alimento y se intensifican las oportunidades de reproducción.

Por ello, durante ciertas épocas del año es más común observarlos fuera de sus escondites. Sin embargo, esto no significa que exista una “temporada de alacranes”, ya que están presentes todo el año.

De acuerdo con el especialista del IB, la explicación está en su comportamiento natural y en las condiciones ambientales que favorecen su actividad.

“Lo que ocurre es que determinadas condiciones ambientales, especialmente las lluvias, incrementan temporalmente su actividad y hacen que sean más visibles para las personas. Este aumento en los encuentros entre humanos y alacranes suele interpretarse erróneamente como una ‘temporada’, cuando en realidad se trata de un comportamiento normal asociado a su ciclo biológico”, explicó.

Comprender estos hábitos ayuda a explicar por qué los encuentros con humanos aumentan durante ciertas épocas del año. Sin embargo, otro factor clave es la enorme diversidad de especies presentes en México, un país considerado líder mundial en riqueza de alacranes.

Diversidad de alacranes en México

México es el país con mayor diversidad de alacranes del mundo, con más de 322 especies descritas, lo que representa casi el 11 % de las aproximadamente 2 mil 933 conocidas a nivel global. Aunque aún existen especies por describir, se estima que entre 20 y 25 tienen importancia médica significativa para los humanos en México.

Todas las especies peligrosas en el país pertenecen al género Centruroides, que presenta una coloración variable entre tonos amarillos, café o marrón.

Aunque México alberga cientos de especies, no todas representan el mismo riesgo. En la Ciudad de México, por ejemplo, predominan especies de menor relevancia médica en comparación con otras regiones del país.

Los alacranes de la Ciudad de México

En la capital habitan principalmente dos especies: Vaejovis mexicanus y Vaejovis granulatus.

La más común es Vaejovis mexicanus, que se ha adaptado a ambientes urbanos y puede encontrarse incluso dentro de viviendas. Vaejovis granulatus, en cambio, se asocia con zonas más conservadas, con vegetación y hojarasca.

“Estas especies no son consideradas de importancia médica grave para la mayoría de la población. No obstante, una picadura siempre debe tratarse con precaución”, señaló el especialista.

Sin embargo, en otras regiones del país existen especies cuyo veneno puede provocar cuadros de intoxicación graves.

Los alacranes de importancia médica

La mayoría de los accidentes graves por picadura en México están asociados con especies del género Centruroides, distribuidas en regiones cálidas y templadas del país.

Esto incluye entidades como Sonora, Sinaloa, Nayarit, Colima, Jalisco, Michoacán, Guerrero y Oaxaca, así como estados del centro como Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Morelos y Puebla.

Entre las especies más frecuentes se encuentran Centruroides limpidus, Centruroides elegans, Centruroides infamatus y Centruroides noxius.

La peligrosidad de estas especies está directamente relacionada con la composición y potencia de su veneno.

El veneno y su función biológica

El veneno de los alacranes es una mezcla compleja de compuestos que incluye sales, minerales, proteínas y moléculas bioactivas. Las proteínas son las principales responsables de sus efectos fisiológicos.

Este veneno no evolucionó para atacar a los seres humanos. Su función original es permitir al alacrán capturar y controlar a sus presas, principalmente insectos y otros artrópodos.

Con el tiempo, también adquirió una función defensiva frente a depredadores, lo que favoreció la evolución de toxinas más efectivas.

En algunas especies del género Centruroides, el veneno contiene neurotoxinas que interfieren con los canales de sodio en las células nerviosas, alteran la actividad del sistema nervioso y explican los síntomas en humanos.

Riesgos para la salud humana

Los efectos de una picadura dependen de la especie, la cantidad de veneno y las características de la persona afectada, como la edad y el estado de salud.

En la mayoría de los casos provoca dolor intenso, hormigueo o adormecimiento, además de sensación extraña en la lengua, dificultad para tragar o sensación de obstrucción en la garganta.

En casos más graves puede haber salivación excesiva, lagrimeo, sudoración, movimientos musculares involuntarios, taquicardia o aumento de la presión arterial. En situaciones severas, incluso dificultad respiratoria.

Los niños pequeños son el grupo más vulnerable, aunque también pueden presentarse cuadros graves en adultos mayores o personas con enfermedades previas.

¿Qué hacer ante una picadura?

Para el doctor González Santillán, la recomendación principal ante una picadura es acudir inmediatamente a un centro de salud.

Una vez que el veneno entra al organismo, no existe ningún método casero capaz de detener su acción. El tiempo es determinante para una atención adecuada.

Se recomienda:

  • Mantener la calma en la medida de lo posible.
  • Solicitar ayuda si es necesario.
  • Trasladarse cuanto antes a un servicio médico.
  • Seguir las indicaciones del personal sanitario.

El tratamiento efectivo es el antiveneno, desarrollado a partir de investigación científica.

Se deben evitar remedios caseros como chupar la herida, aplicar hielo, torniquetes, cortes o ungüentos, ya que no neutralizan el veneno y pueden empeorar la situación.

Los supuestos repelentes

Sobre este punto, el especialista del IB destacó que no existe evidencia científica sólida que respalde la eficacia de repelentes caseros elaborados con lavanda, canela o cítricos. El uso indiscriminado de insecticidas tampoco es recomendable, ya que afecta a otros organismos beneficiosos, como abejas, escarabajos y tijerillas, fundamentales para los ecosistemas urbanos.

Prevención y convivencia

En ese contexto, la mejor estrategia es reducir el contacto mediante medidas simples:

  • Colocar mosquiteros.
  • Instalar cubrepolvos en puertas.
  • Mantener puertas y ventanas cerradas por la noche.
  • Evitar la acumulación de objetos en patios.
  • Mantener los espacios limpios.
  • Revisar zonas oscuras o húmedas.

También se recomienda no matarlos innecesariamente. Si es posible, pueden capturarse y entregarse a personal capacitado.

Conocer para valorar

Los alacranes son organismos antiguos y ecológicamente importantes. Contribuyen al equilibrio de los ecosistemas y forman parte de procesos naturales de larga evolución.

Más que hablar de una supuesta “temporada de alacranes”, el doctor Edmundo González recomienda entender su comportamiento, adoptar medidas preventivas y reconocer su papel en la naturaleza. Con información adecuada, es posible reducir riesgos y convivir de forma más segura con estos organismos.

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Ultrasonido para “atar” insectos sin dañarlos

Investigadores de la UNAM desarrollaron levitadores acústicos capaces de suspender moscas y abejas mediante ondas ultrasónicas de alta intensidad, una herramienta que permite estudiar su comportamiento sin contacto físico ni daño.

Estudiar a un insecto vivo sin tocarlo, inmovilizarlo sin ceras ni adhesivos y observar su comportamiento sin alterar su condición natural parece un reto de ciencia ficción. Sin embargo, en el Instituto de Ciencias Físicas (ICF) de la UNAM, con sede en el campus Morelos, un grupo de investigación desarrolló una trampa acústica capaz de mantener suspendidos a organismos como moscas y abejas mediante ondas ultrasónicas.

El proyecto es encabezado por Víctor Ulises Lev Contreras Loera, investigador del ICF, quien junto con su equipo elaboró levitadores acústicos formados por dos estructuras enfrentadas. Entre ellas se genera una cavidad en la que campos acústicos intensos y enfocados producen ondas estacionarias capaces de atrapar distintos materiales y, en este caso, organismos vivos de geometrías complejas.

La clave está en un fenómeno físico conocido como interferencia. Cuando dos ondas se propagan en sentidos contrarios pueden sumarse o cancelarse entre sí, dando lugar a una onda estacionaria. En ciertos puntos de esa onda, llamados nodos de presión, es posible atrapar objetos.

“En la naturaleza, cuando dos ondas se propagan en sentidos contrarios, se produce una onda acústica estacionaria que aparenta que no se está propagando y cambia la amplitud de la presión en algunos puntos, pero en otros no. Esos últimos se llaman nodos de presión, y en ellos se pueden atrapar objetos”, explicó Contreras Loera.

Para lograr esta condición, el equipo utiliza arreglos de pequeñas bocinas que emiten ondas ultrasónicas. El sistema debe construirse y ajustarse con precisión para que las ondas emitidas y reflejadas interfieran de manera eficiente, concentrando la mayor intensidad posible en el centro de la trampa, donde generalmente quedan suspendidos los elementos.

A diferencia de otros laboratorios que han capturado objetos de geometrías simples, como esferas, el grupo del ICF enfrentó un desafío mayor: inmovilizar organismos vivos con formas irregulares. En el caso de los insectos, su estructura alargada y compleja puede provocar inestabilidad o rotación dentro del campo acústico.

“Hacerlo con un insecto de manera estable es un reto debido a su geometría irregular. Para lograrlo jugamos con la intensidad y con la fase de las ondas acústicas, generando una onda estacionaria más compleja capaz de capturar cosas alargadas sin que se desestabilicen o roten. Es una particularidad de nuestras invenciones”, destacó el investigador.

Durante los últimos seis años, Contreras Loera y su grupo han trabajado en el diseño y perfeccionamiento de estos dispositivos, ampliando sus capacidades y posibles aplicaciones científicas.

Una de esas aplicaciones surgió en 2022, cuando investigadores de la Universidad de Aix-Marsella, en Francia, contactaron al especialista de la UNAM para contar con un dispositivo que les permitiera estudiar insectos vivos sin modificar su comportamiento natural ni causarles daño.

El objetivo era sustituir los métodos convencionales de atado, en los que suelen utilizarse ceras o adhesivos para inmovilizar a los insectos durante los experimentos. La ventaja del ultrasonido es que permite mantener al organismo suspendido sin contacto físico y sin interferir con las mediciones.

“Utilizar sonido dentro del rango audible resultaría impráctico debido a su intensidad, pues sería extremadamente molesto, comparable al generado por una turbina de avión”, precisó Contreras Loera.

Por ello, los levitadores acústicos emplean frecuencias de 40 kilohertz, por encima del rango audible para las personas y numerosos seres vivos. El sonido que los humanos escuchamos se ubica entre 20 hertz y 20 kilohertz, mientras que las ondas utilizadas en estos dispositivos no resultan invasivas para los organismos atrapados o “atados” acústicamente.

Desde Cuernavaca, el equipo universitario envió los artefactos a Francia y colaboró a distancia durante tres años en un proyecto con “moscas de las flores”, insectos semejantes a las abejas. En ellos se estudiaron aspectos estadísticos y su caída libre.

El trabajo fue publicado recientemente en Annals of the New York Academy of Sciences y muestra cómo una herramienta basada en principios físicos puede abrir nuevas posibilidades para la investigación biológica, especialmente cuando se busca observar organismos vivos sin dañarlos.

Con esta trampa acústica, la UNAM contribuye al desarrollo de tecnologías no invasivas que permiten estudiar la percepción y el comportamiento de insectos desde una perspectiva más cuidadosa, precisa y respetuosa con los organismos vivos.

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Pablo Neruda en Material de Lectura: una puerta breve a una voz desmesurada

La edición de Pablo Neruda publicada por la UNAM en la serie Material de Lectura funciona como una invitación precisa y generosa: no pretende agotar la obra del poeta chileno, sino abrir una puerta de entrada a algunos de sus registros más intensos. Con selección y nota introductoria de Efraín Bartolomé, el cuaderno reúne poemas como “Caballo de los sueños”, “Tango del viudo”, “Walking Around”, “Rangoon 1927” y una amplia sección de “Alturas de Macchu Picchu”, uno de los grandes momentos de la poesía latinoamericana del siglo XX.

Desde la nota inicial, la edición propone leer a Neruda a partir de una imagen central: la raíz. Bartolomé lo presenta como un poeta unido a la tierra chilena, a la materia elemental, a los oficios, a los objetos y a los pueblos de América. Esa lectura resulta especialmente útil para un público amplio, porque permite comprender que Neruda no escribió sólo sobre el amor o la naturaleza, sino sobre una experiencia total del mundo: la piedra, el cuerpo, la historia, el deseo, la muerte, la injusticia y la esperanza.

La selección muestra también las distintas temperaturas de su escritura. En “Walking Around”, por ejemplo, aparece el Neruda urbano, desencantado, casi asfixiado por la rutina moderna: un sujeto que se cansa “de ser hombre” y transforma el tedio cotidiano en una poderosa imagen poética. En “Tango del viudo”, el dolor amoroso se vuelve rabia, memoria corporal y soledad. En “Rangoon 1927”, la experiencia del viaje se mezcla con el deseo, el exilio y una mirada sobre Oriente marcada por la intensidad sensorial.

El punto más alto de la edición está en “Alturas de Macchu Picchu”. Allí, Neruda abandona la voz individual para buscar una voz colectiva. La ciudad de piedra no es sólo ruina arqueológica: es memoria de los trabajadores anónimos, de quienes construyeron la historia y quedaron fuera de ella. Cuando el poema dice “Sube a nacer conmigo, hermano”, la poesía se convierte en acto de restitución: llama a los muertos, a los olvidados, a los cuerpos silenciados por los siglos.

Esta edición de Material de Lectura tiene, además, un valor pedagógico evidente. Su brevedad permite acercarse a Neruda sin intimidación, pero su selección conserva la complejidad de una obra que va del surrealismo íntimo a la épica americana. Para lectores nuevos, es una entrada clara; para lectores habituales, una relectura concentrada de algunos de sus momentos decisivos.

En tiempos de lectura fragmentaria, este cuaderno recuerda algo esencial: la poesía puede seguir siendo una forma de conocimiento. Neruda no sólo nombra el mundo; lo agranda, lo vuelve materia ardiente, memoria compartida y pregunta viva. Esta edición confirma que leerlo sigue siendo una experiencia de asombro, pero también de conciencia histórica.

La edición puede verificarse en Pablo Neruda, Material de Lectura, serie Poesía Moderna, núm. 124, de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.

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Dragon Ball, Sailor Moon y Astro Boy: por qué el anime conquista generaciones

Desde Dragon Ball y Sailor Moon hasta Attack on Titan y Demon Slayer, el anime se ha convertido en un fenómeno cultural global que atrae a personas de todas las edades. Su éxito no solo se explica por la calidad de sus historias o su estilo visual, sino también por la forma en que conecta con emociones profundas, genera empatía con los personajes y satisface necesidades psicológicas como la pertenencia, la inspiración o la búsqueda de identidad.

Son historias que requieren de un público activo. Además, el anime suele dejar una reflexión sobre la vida y presentar personajes que evolucionan a lo largo de la trama, explicó José Ángel Garfias Frías, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

¿Cómo surgió el anime?

Su historia se remonta al Japón de la posguerra, cuando se desarrollaron diversas industrias, entre ellas la animación.

En aquella época, el anime recibió una fuerte influencia de las producciones de Disney, cuyas películas llegaron con gran éxito a Japón durante las décadas de 1950, 1960 y 1970.

A ello se sumó el impacto de Osamu Tezuka, conocido como el “Dios del Manga”, quien revolucionó la narrativa y el estilo visual de la animación y el cómic japonés, y sentó las bases de gran parte de la industria moderna.

Su obra más influyente fue Astro Boy (Tetsuwan Atom), personaje que se convirtió en uno de los pilares de la animación japonesa moderna. A partir de ahí, la industria tomó historias cortas y las publicó en tomos dentro de revistas, para que esas narraciones continuaran de acuerdo con la aceptación del público.

“Pensemos en revistas como Weekly Shōnen Jump, que ofrecían en sus páginas historias con 12 o 13 capítulos, cada una de diferentes autores, y de acuerdo con su popularidad se mantenían”.

Cuando una historia demostraba su popularidad entre los lectores, existía la posibilidad de adaptarla a una serie animada. Así surgieron varias obras como Dragon Ball, One Piece y Candy Candy, entre otras muy queridas.

La cultura oriental siempre ha sido muy dedicada a lo visual y sensorial; por ello, el manga siempre ha sido muy rico visualmente. Las historias tienen cierto grado de complejidad, contrario a la tira cómica estadounidense, que salía en los periódicos y ocupaba entre tres y nueve cuadros para contar historias cortas como Popeye, Lorenzo y Pepita o Garfield, entre otras.

Los mangas, además de tener una historia central, tienen un objetivo en el que el personaje se desarrolla a partir de las situaciones que vive y persigue sus metas casi de forma obsesiva.

Así surgen historias narrativamente más complejas y personajes con trasfondo. La idea era llegar en algún momento al final. Estas bases sirvieron para historias de antaño, en la década de los 70, cuando eran más cortas.

Astro Boy, parte del imaginario colectivo japonés

Astro Boy, creado en 1952 por Osamu Tezuka, es uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular japonesa. Su influencia ha sido tan grande que forma parte del imaginario colectivo del país. Como reconocimiento al legado de su creador, en la ciudad de Takarazuka existe un museo dedicado a la vida y obra del llamado “Dios del Manga”.

De hecho, la ciudad de Niiza registró simbólicamente a Astro Boy como residente en 2003, para celebrar su fecha de nacimiento dentro de la ficción.

En esa época había una proyección utópica sobre la tecnología. Así, la historia comienza con el doctor Tenma, un prodigio de la robótica que tiene un hijo que fallece en un accidente automovilístico.

El científico intenta recrear a su hijo mediante un robot al que implanta sus recuerdos y parte de su personalidad. Además, lo dota de una estructura resistente para evitar que sufra el mismo destino.

Sin embargo, al descubrir que el robot no puede crecer ni comportarse exactamente como un ser humano, Tenma lo rechaza. Más tarde, otro científico lo rescata y lo convierte en un héroe dedicado a proteger a los demás.

De hecho, cuando Osamu Tezuka creó a Astro Boy en 1952, imaginó un robot del futuro que nacería el 7 de abril de 2003. Es decir, Tezuka situó el nacimiento de su héroe más de 50 años en el futuro.

Se trata de un tema de inteligencia artificial muy desarrollado y adelantado para su época, en el que se abordan diversos asuntos, desde la conciencia humana hasta la fuerza y la supremacía de los robots, entre otros.

Algunos otros títulos famosos

Una de las obras más importantes es Mazinger Z. El manga fue más corto y ágil, pero en televisión el capítulo ocupaba más espacio al desarrollar la lucha contra un monstruo.

En el plano narrativo destacan historias como Candy Candy o Remi, que tienen un dramatismo muy marcado. Otra historia relevante es Saint Seiya, conocida como Los Caballeros del Zodiaco en México.

En la década de los 90, Sailor Moon significó para las niñas otorgarle protagonismo a la mujer. Todas son historias muy complejas, con elementos de ficción muy importantes, pero en sí mismas son maduras y crudas.

“Todos esos elementos han logrado, hoy en día, que el anime y el manga sean tan importantes y estén vigentes en todo el mundo. Deben tener una trama bien planteada y un objetivo”.

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Actividades para disfrutar la agenda cultural de la UNAM este fin de semana

Este 20 y 21 de junio, la Universidad Nacional Autónoma de México ofrece una pequeña selección de actividades para acercarse al teatro, la danza, la música, los museos y los talleres culturales. Las propuestas forman parte de la amplia agenda cultural que la UNAM mantiene de manera permanente para sus comunidades y para el público en general.

Desde espacios universitarios ubicados en el Centro Histórico hasta recintos del Centro Cultural Universitario y Coyoacán, esta programación invita a recorrer distintas expresiones artísticas y reflexivas durante el fin de semana.

Museo UNAM Hoy: memoria universitaria en el Centro Histórico

Una opción para iniciar el recorrido es el Museo UNAM Hoy, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El edificio forma parte del conjunto declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Este recinto, perteneciente al Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, tiene como misión dar cuenta de la trascendencia de la Universidad y de su compromiso social.

Museo UNAM Hoy
20 de junio, 11:00 a 17:00 horas.
Más información: https://www.iisue.unam.mx/museo-unam-hoy/#Museo_UNAM_Hoy

Teatro: una mirada sensible sobre infancia, duelo y violencia

En teatro, se presenta Mi hermano no murió como un niño héroe, un unipersonal de estreno del programa Ruta Teatral Universitaria. La obra narra la historia de una niña de primaria que, mientras participa en un concurso escolar de coros, reflexiona sobre la amistad, la violencia cotidiana y el duelo por la muerte de su hermano, víctima de una bala perdida. La puesta en escena articula de manera sensible la vida escolar con temas de identidad, memoria y violencia.

Mi hermano no murió como un niño héroe
Teatro Santa Catarina, Coyoacán
20 de junio, 19:00 horas.
21 de junio, 18:00 horas.
Más información: https://teatrounam.com.mx/teatro/entradasteatro/mi-hermano-no-murio-como-un-nino-heroe/

Danza: Giselle como denuncia contemporánea

La danza también tendrá presencia con Giselle, las que no volvieron, del Taller Coreográfico de la UNAM. Creada por la coreógrafa sonorense Melva Olivas, la obra parte de la música del ballet Giselle, de Adolphe Adam, para replantear este clásico desde una perspectiva contemporánea y latinoamericana. La pieza aborda la violencia de género y los feminicidios como una crisis urgente, al tiempo que honra a las víctimas y exige justicia.

Taller Coreográfico de la UNAM: Giselle, las que no volvieron
Sala Miguel Covarrubias, Centro Cultural Universitario
20 de junio, 19:00 horas.
21 de junio, 12:30 horas.
Más información: https://cultura.unam.mx/evento/tcunam–giselle-las-que-no-volvieron

Taller: diversidades, arte y visibilidad

Como parte del mes del orgullo, el Centro Cultural Universitario Tlatelolco realizará el taller Diversidades en emergencia. La actividad propone un recorrido para reconocer estrategias artísticas impulsadas desde la comunidad LGBTTTIQ+ con el fin de visibilizar situaciones de emergencia. Al final, las personas participantes elaborarán stickers para expresar problemáticas que afectan a esta comunidad.

Diversidades en emergencia
Centro Cultural Universitario Tlatelolco
21 de junio, 12:00 horas.
Más información: https://tlatelolco.unam.mx/events/diversidades/

Música: repertorio pianístico en la Sala Carlos Chávez

Para quienes buscan una experiencia musical, la Sala Carlos Chávez recibirá el programa La FaM en la Chávez | Música de cámara. La presentación reúne obras del repertorio pianístico de los siglos XIX y XX, con piezas de Robert Schumann, Alberto Ginastera, Franz Liszt y Frédéric Chopin, interpretadas por Francisco Arista y Fernando Alec Vera.

La FaM en la Chávez | Música de cámara
Sala Carlos Chávez, Centro Cultural Universitario
21 de junio, 18:00 horas.
Más información: https://cultura.unam.mx/evento/la-fam-en-la-chavez–musica-de-camara-3

Estas actividades son apenas una muestra de la gran agenda cultural que la UNAM ofrece durante todo el año, con propuestas que abren espacios para el encuentro, la memoria, la reflexión y el disfrute artístico.

ActividadDisciplinaSedeFecha y horaMás información
Museo UNAM HoyMuseoMuseo UNAM Hoy, Centro Histórico20 de junio, 11:00 a 17:00 hhttps://www.iisue.unam.mx/museo-unam-hoy/#Museo_UNAM_Hoy
Mi hermano no murió como un niño héroeTeatroTeatro Santa Catarina, Coyoacán20 de junio, 19:00 h; 21 de junio, 18:00 hhttps://teatrounam.com.mx/teatro/entradasteatro/mi-hermano-no-murio-como-un-nino-heroe/
Giselle, las que no volvieronDanzaSala Miguel Covarrubias, CCU20 de junio, 19:00 h; 21 de junio, 12:30 hhttps://cultura.unam.mx/evento/tcunam–giselle-las-que-no-volvieron
Diversidades en emergenciaTallerCentro Cultural Universitario Tlatelolco21 de junio, 12:00 hhttps://tlatelolco.unam.mx/events/diversidades/
La FaM en la Chávez | Música de cámaraMúsicaSala Carlos Chávez, CCU21 de junio, 18:00 hhttps://cultura.unam.mx/evento/la-fam-en-la-chavez–musica-de-camara-3

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Gemelos idénticos: cerebros parecidos, pero nunca iguales

Aunque comparten el mismo ADN, los gemelos idénticos no tienen cerebros exactamente iguales. La genética influye, pero el ambiente también deja huellas únicas en la forma, el funcionamiento y la química cerebral.

Los gemelos idénticos suelen despertar una pregunta fascinante: si comparten el 100 % de su ADN, ¿también piensan igual?, ¿sus cerebros son iguales?, ¿su salud mental depende sólo de la genética?

La respuesta, desde la neurociencia, es más compleja y mucho más interesante: sus cerebros se parecen, pero no son idénticos. Cada experiencia, cada entorno, cada historia de vida contribuye a moldearlos de manera única.

Así lo explicó Sarael Alcauter Solórzano, investigador del Instituto de Neurobiología de la UNAM, campus Juriquilla, durante la charla “Gemelos idénticos, ¿cerebros distintos? La influencia de la genética y el ambiente sobre nuestros cerebros”, realizada en el marco de la inauguración de la exposición plástica CONEXIÓN. La ciencia de lo idéntico y lo único.

De acuerdo con el especialista, la salud física y mental está determinada por la interacción entre dos grandes fuerzas: la heredabilidad, es decir, la influencia de los genes, y la ambientalidad, que corresponde al efecto del entorno y las experiencias.

Esta relación también ayuda a explicar rasgos como la inteligencia, la estatura, la forma del cerebro o incluso ciertos procesos relacionados con la salud mental.

Gemelos para entender la salud

El estudio de gemelos es una herramienta clave para conocer cuánto influyen los genes y cuánto el ambiente en distintas características humanas.

Los gemelos idénticos, también llamados monocigóticos, comparten el 100 % de su ADN. En cambio, los gemelos fraternos, conocidos como cuates o mellizos, comparten aproximadamente el 50 % de su material genético.

Al comparar muchos pares de gemelos idénticos y fraternos, los investigadores pueden estimar qué tanto una característica depende de la genética o del ambiente.

Sarael Alcauter señaló que, con datos del Registro Mexicano de Gemelos, proyecto universitario conocido como TwinsMX, se ha observado que la genética influye en alrededor de 70 % en la variación del coeficiente intelectual.

En el caso de la estatura, los datos obtenidos en población mexicana indican que la contribución genética puede llegar hasta 90 %. Esto significa que algunos rasgos físicos tienen una fuerte influencia hereditaria.

Sin embargo, no todo está escrito en los genes.

El ambiente también transforma el cerebro

Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo con gemelos es que distintas características del cerebro no dependen de la misma manera de la genética.

Por ejemplo, el área de superficie de la corteza cerebral suele parecerse más entre gemelos idénticos que entre gemelos fraternos. Esto indica una heredabilidad alta, superior a 70 %.

Pero cuando se analiza el grosor cortical, la diferencia entre ser gemelo idéntico o fraterno ya no es tan marcada. En ese caso, explicó el investigador, el ambiente parece tener un peso mayor.

También se han estudiado metabolitos cerebrales, como Glx, que agrupa al glutamato, principal neurotransmisor excitatorio del cerebro, y a la glutamina. En este caso, los datos muestran que la heredabilidad no es alta; por el contrario, domina la influencia ambiental.

Estos resultados muestran que el cerebro no puede entenderse únicamente como producto de la genética. También es resultado de la vida cotidiana, de las condiciones sociales, de la alimentación, de los aprendizajes, de los vínculos y de las experiencias personales.

Un registro mexicano de gemelos

Para estudiar estos procesos en México, la UNAM participa en el Registro Mexicano de Gemelos, junto con especialistas del Instituto de Neurobiología, el Laboratorio Internacional de Investigación sobre el Genoma Humano, la Facultad de Psicología y el Instituto de Investigación Médica de Queensland, en Australia.

El proyecto es especialmente importante porque la población mexicana tiene una gran diversidad genética. En promedio, explicó Alcauter, los mexicanos tenemos una composición ancestral aproximada de 51 % indígena, 44 % europea, 4 % africana y 1 % de Asia del Este.

Por ello, estudiar a la población mexicana permite generar información más precisa sobre nuestra salud y nuestras características biológicas, en lugar de depender únicamente de estudios realizados en otros países.

Hasta marzo de 2026, el Registro Mexicano de Gemelos contaba con 4 mil participantes de todos los estados del país, con una alta representación del centro, especialmente de la Ciudad de México, el Estado de México y Querétaro.

Cerebros únicos, como huellas digitales

Como parte del proyecto, varios participantes acudieron al Laboratorio Nacional de Imagenología por Resonancia Magnética del Instituto de Neurobiología. Ahí se analizaron, mediante resonancia magnética, propiedades anatómicas, funcionales, metabólicas y de conectividad cerebral.

A finales de 2025 concluyó el estudio con 500 participantes. Los investigadores analizaron tres características principales: la anatomía del cerebro, su metabolismo y su conectividad funcional.

Uno de los aspectos más llamativos es que los giros y surcos de la corteza cerebral son únicos e irrepetibles. Incluso en recién nacidos, cada persona presenta patrones particulares, comparables con una huella digital.

Esto significa que, aunque dos personas compartan el mismo ADN, su cerebro conserva marcas propias. La biología nos acerca, pero la experiencia nos distingue.

Ciencia y arte en conexión

La charla formó parte de la inauguración de CONEXIÓN. La ciencia de lo idéntico y lo único, una exposición plástica que une investigación científica y creación artística.

La muestra presenta seis pares de cerebros impresos en 3D a escala real. Cada pieza fue intervenida por artistas que convivieron con gemelos participantes en el proyecto, con el propósito de traducir sus historias, memorias y experiencias en obras plásticas.

El resultado es una exposición que recuerda una idea central de la neurociencia contemporánea: incluso aquello que parece idéntico contiene diferencias profundas.

Los gemelos idénticos comparten genes, historia familiar y, muchas veces, rasgos físicos sorprendentes. Pero sus cerebros, como sus vidas, son únicos.

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Beneficios de electrificar el transporte masivo

Debido a las altas concentraciones de contaminación en las grandes ciudades, cada vez es más común que las autoridades establezcan restricciones a la circulación de vehículos, razón por la cual especialistas en transporte urbano consideran necesario pasar del transporte con motor de combustión interna al transporte eléctrico.

La contaminación, la salud y, sobre todo, la dependencia de las gasolinas del extranjero, principalmente de Estados Unidos, colocan a México en una situación grave cada vez que aumenta el precio del barril de petróleo en los mercados internacionales.

Los especialistas consideran que frente a estos incrementos en el precio de los combustibles, México está en una situación de vulnerabilidad porque un porcentaje muy grande de sus gasolinas es importado, por lo que se debe acelerar la transición a la electromovilidad, especialmente en el transporte público de las grandes zonas urbanas.

Sin embargo, en la actualidad los autobuses son fundamentales en el transporte urbano porque movilizan a la mayor parte de los usuarios en las ciudades de todo el país. En el caso de la Ciudad de México, las combis, los autobuses, el Metrobús, y los trolebuses y el Metro y son utilizados todos los días por millones de pasajeros.

De acuerdo con investigaciones recientes de la UNAM, la electromovilidad no debe limitarse al automóvil particular. También debe llegar al transporte público, porque ahí es donde puede tener mayores beneficios sociales, económicos y ambientales.

En el Instituto de Ingeniería de la UNAM, por ejemplo, se desarrollan trabajos sobre evaluación de vehículos eléctricos, estaciones de recarga, rendimiento energético y movilidad eléctrica sostenible.

La electromovilidad y sus beneficios económicos

“Para la gente de bajos ingresos el transporte eléctrico tiene beneficios económicos porque las tarifas pueden ser más bajas”, explica David Bonilla Vargas, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. “El transporte eléctrico, en el caso de los trolebuses, es más seguro y de mejor calidad”.

Otro beneficio serían viajes más cortos, cómodos y seguros, lo que daría lugar a una fuerza de trabajo mucho más productiva. El ahorro en el tiempo de traslado les permitiría dedicarlo a otras actividades de su vida diaria, como pasar más tiempo con la familia. Por supuesto, tendrían más horas de sueño y menos estrés.

“Si una persona deja su vehículo y utiliza el transporte público podría tener menos enfermedades cardiovasculares porque cuando uno se transporta en el auto los riesgos de un ataque al corazón son más altos”, señala el investigador.

Además de los beneficios para la salud, el transporte eléctrico puede reducir los costos de operación de las unidades, siempre y cuando haya una planeación adecuada, infraestructura de recarga y mantenimiento especializado. Por eso, para los investigadores universitarios, el cambio tecnológico debe ir acompañado de una reorganización del sistema de transporte.

En el libro Intercambio de baterías: elemento clave para una electromovilidad sustentable, publicado por el Instituto de Energías Renovables de la UNAM, se plantean las ventajas de la electromovilidad y se enfatizan sus beneficios en el transporte público eléctrico. Esta propuesta coincide con la necesidad de pensar en la transición energética no sólo desde el automóvil particular, sino también desde los sistemas colectivos que utilizan diariamente millones de personas.

Beneficios ambientales

Mucha gente no deja de utilizar su coche porque considera que el transporte público es de muy mala calidad y, dependiendo de la región de la ciudad, también lo percibe como peligroso. Para Bonilla Vargas, ese es uno de los puntos que se deben atender si se quiere que más personas dejen el automóvil y utilicen sistemas colectivos.

“Los metrobuses están muy saturados porque están llegando a su capacidad, razón por la cual es muy importante invertir para expandir la flota de metrobuses. Y tiene que ser eléctrica”, señala el investigador. “Ha habido inversión en metrobuses, pero necesitamos más y más velocidad en la introducción de Metrobús eléctrico”.

Ahora bien, se debe planear la generación de electricidad para que vaya de la mano con la introducción gradual de metrobuses eléctricos, porque eso no se puede hacer de la noche a la mañana, tiene que ser de forma paulatina.

En la ciudad, durante algunas décadas no se había introducido un medio de transporte novedoso; el más importante fue el Metro, hasta que en junio de 2005 empezó a funcionar el Metrobús.

A finales de 2019, el gobierno de la Ciudad de México introdujo los primeros trolebuses, en lo que fue un paso inicial hacia la electromovilidad. En años recientes se han abierto numerosas líneas de trolebuses, en especial en la zona oriente.

Para el investigador, esos avances son importantes, pero todavía falta ampliar la cobertura, mejorar la calidad del servicio e integrar mejor los distintos modos de transporte.

“Se necesita más inversión en el sector. Es bienvenido lo que se ha hecho, pero es insuficiente. La Ciudad de México debe tener una red de transporte integrada”.

Tiene que haber un transporte público atractivo para las clases medias, para los profesionistas, para que se bajen del coche y aborden el Metrobús o los trolebuses.

“Las clases trabajadoras no tienen auto y lo que están haciendo ahora es adquirir motocicletas en las que los tiempos de traslado son mucho más cortos, pero la fiebre por las motocicletas está causando nuevos problemas debido a los numerosos accidentes”.

Redes de transporte integradas

“Cuando hablo de una red integrada, me refiero, por ejemplo, a que las líneas del metro deberían estar alimentando a los otros medios para que cada red de transporte no se vaya ‘por la libre’, sin ninguna coordinación con las otras. Por ejemplo, en este momento no puedes subir tu bici al metrobús por lo que es necesario resolver el problema de la última milla”.

En otros países uno se puede llevar su bicicleta en un metrobús o en un tren, de tal manera que se pueden hacer viajes combinados. Como la saturación del Metrobús no permite que entre una bicicleta, se tienen que rediseñar, explica Bonilla Vargas. En Canadá, por ejemplo, uno puede colocar la bicicleta en la parte trasera del metrobús, por fuera. Y en otros países se puede meter por una puerta especial.

“Me llama la atención que aquí se les olvide que hay otros modos de transporte y que se pueden combinar para hacer viajes combinados”, señala el investigador. “A veces uno puede hacer un viaje en metrobús con la bicicleta, bajar y seguir por otra ruta, o dejar el coche en un estacionamiento fuera de la ciudad, donde lo cuiden, y abordar el metrobús. Debe haber facilidades para hacer viajes combinados”.

Los domingos y días festivos, en el Metro de la Ciudad de México se puede viajar con bicicleta, o de lunes a sábado en horario nocturno. En el caso de las bicis plegables se permiten todos los días sin restricciones de horario. “Eso lo hubieran hecho hace 20 o 30 años, pero qué bueno que lo hacen ahora porque así se pueden hacer viajes combinados”.

En algunos trolebuses también pueden subir una bicicleta. “Pero yo creo que ahí se tiene que trabajar más”.

El metrobús eléctrico sólo resuelve una parte del problema porque se tienen que resolver los viajes cortos, en los que los autobuses y camionetas tienen una ventaja espacial, porque ellos pueden hacer viajes muy cortos.

Otra opción en los viajes cortos es lo que se conoce como la micromovilidad, que tampoco está muy bien organizada en la ciudad porque en viajes relativamente cortos algunas personas utilizan el patín eléctrico. En ese caso, también puede haber muchos accidentes.

“Necesitamos un transporte seguro, eficiente, limpio y que también cuide a las mujeres para que se sientan seguras. Y para eso se necesita mucha inversión”.

El problema del financiamiento

Para Bonilla Vargas, se deben explorar distintas formas de obtener recursos para mejorar el transporte público, reducir la congestión y acelerar la transición hacia tecnologías menos contaminantes.

Si no aumentan los ingresos públicos, entonces se tiene que buscar cómo fortalecer las arcas del gobierno local para financiar un mejor sistema de transporte. Una reforma fiscal le daría más libertad para que pueda tener su propia recaudación. Pero se necesita más crecimiento económico para que aumente la recaudación y se pueda invertir.

Inversión privada en el transporte público local

En México la mayor parte de la inversión es privada, la inversión pública es apenas de alrededor de veinte por ciento. Una solución sería acercarse al sector privado y ver cómo gobierno local puede hacer una asociación con ellos como y buscar fórmulas financieras.

“Pero se tiene que buscar una solución porque el problema del transporte público no se va a resolver, la ciudad sigue creciendo, la población sigue creciendo y la gente sigue comprando motocicletas o automóviles”.

El transporte público concesionado

Muchas empresas privadas son dueñas de los peseros, y tradicionalmente han sido parte de sindicatos y de otros grupos, sobre todo en el Estado de México.

“En el Estado de México hay intereses políticos locales, pero se tiene que negociar con ellos, atraerlos para ver cómo se pueden integrar sus intereses con los intereses de la sociedad, aunque es complejo”, señala el investigador.

Para Bonilla Vargas, uno de los retos es encontrar mecanismos de negociación que permitan integrar a concesionarios, trabajadores y empresas a esquemas de transporte más ordenados, con mejores unidades y con posibilidades de financiamiento para la transición eléctrica.

Ahora bien, el problema del transporte va más allá de un problema tecnológico, porque también requiere acuerdos, financiamiento y una mejor coordinación entre los distintos actores que participan en la movilidad urbana.

En la Ciudad de México se han incorporado avances en transporte eléctrico; sin embargo, desde una perspectiva técnica todavía hay retos importantes, porque buena parte de los usuarios dependen del pesero, que pertenece a empresas privadas.

Se debe dar incentivos a esas empresas para que se vayan integrando a un sistema de transporte público, pero tendría que haber un acuerdo financiero para que adquieran un vehículo eléctrico. 

En el problema del transporte hay retos de gobernanza, coordinación e integración de distintos intereses. Para el investigador, no basta con introducir vehículos eléctricos, también se necesita mejorar la regulación, la coordinación de rutas, la operación del transporte concesionado y la manera en que se organiza el espacio vial.

Incentivos económicos para cambiar a tecnologías limpias

“Una de las dificultades es que el precio de la gasolina es relativamente bajo. En el momento en que la gasolina sea muy cara, por ejemplo, que el precio del barril de petróleo llegue a 150 dólares, en ese momento se le va a dar incentivos al sector privado y al sector público para cambiar sus inversiones a las tecnologías verdes. Pero mientras sea barato contaminar, ¿por qué voy a invertir en un auto eléctrico?”.

“Se necesitan mejor financiamiento y mejor gobernanza, pero mientras el precio de gasolina sea relativamente bajo, no va a haber un incentivo para invertir en un auto eléctrico. Con el precio de gasolina alto, la inversión en un auto eléctrico se va a recuperar mucho más rápido”, finalizó David Bonilla Vargas.

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QUEMAZÓN CON NOTAS DE PIMIENTA Y HABANERO

Mientras que hoy somos testigos de migraciones y conflictos sociales y geopolíticos derivados de las olas de calor y otros fenómenos —como sequías y tormentas asociadas a la crisis climática— hubo una época en la que los humanos emprendieron expediciones trasatlánticas y transformaron mapas de imperios persiguiendo, indirectamente, un calor interno muy particular: aquel que producen ciertas especias como la canela, la nuez moscada y la pimienta.

​En el siglo V, por ejemplo, el rey visigodo Alarico le exigió a Roma un tributo que incluía tres mil libras de pimienta negra para dejar de asediar a la metrópoli. Más de un milenio después, en 1667, los Países Bajos cedieron a Inglaterra la colonia de Nueva Ámsterdam —la actual Manhattan— a cambio de la diminuta isla de Rhun, en Indonesia —de apenas tres kilómetros de largo por uno de ancho—, el único lugar donde entonces se producía nuez moscada. Aunque no hay registros de intercambios de tal magnitud en torno al chile, en los últimos siglos se ha hecho evidente el gran interés, casi masoquista, que provoca su ardor, esencial ya en prácticas culinarias de todo el mundo.

​Asimismo, la asociación de algunas especias con el calor es muy antigua. En diversas tradiciones medicinales los alimentos se clasificaban según sus cualidades, como la temperatura que podían producir al consumirse, pues se partía de la idea de que la salud dependía del equilibrio de los humores o los fluidos vitales y de las relaciones entre el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En Irán, el jengibre se consideraba de naturaleza caliente y seca, por lo que sus propiedades picantes se empleaban para tratar enfermedades “frías”, incluidos ciertos trastornos neurológicos, como la epilepsia, y se le atribuía el aumento tanto de la energía sexual como de la cantidad de semen. Monografías chinas, por su parte, recomendaban la canela para combatir el frío. Y la farmacología medieval europea organizaba la pimienta, el cardamomo, el clavo y la nuez moscada en distintos grados, según el calor que provocaran.

​La percepción de la naturaleza caliente de estos aditamentos culinarios anticipaba lo que hoy entendemos gracias a investigaciones apoyadas en la biología molecular y otras técnicas modernas. El ardor del habanero, capaz de hacernos transpirar; el picor más sutil del jengibre y la pimienta; o la calidez de la canela no son meras metáforas culturales, tienen una base fisiológica. El estudio de la interacción de estos ingredientes con nuestro cuerpo nos ha ayudado a comprender cómo percibimos la temperatura y el dolor, y ha derivado, incluso, en la obtención de un Premio Nobel.

Lo que pica, duele y acalora

El picor del chile ha intrigado a la humanidad probablemente desde sus primeros encuentros —hace unos ocho mil o diez mil años en lo que hoy es México— con una variedad ancestral del Capsicum annuum, antepasado de muchos de los chiles que hoy comemos. A este fruto también se le han atribuido propiedades calientes y secas y, por milenios, se ha utilizado para aliviar calambres, diarrea, indigestión, entre otros malestares. Aquello que quizás empezó como una curiosidad sensorial pronto se convirtió en un elemento central de la cultura culinaria. Luego, con la llegada de los europeos a América, el chile cruzó océanos y echó raíces, sobre todo, en Asia. Siglos después, su popularidad sigue intacta: fascina por igual a agricultores, antropólogos, chefs y a cualquiera con el antojo de unos taquitos con salsa.

​Motivados por sus variados efectos, químicos y farmacólogos se propusieron identificar la sustancia responsable de su inconfundible picor, y, a finales del siglo XIX, lograron aislarla: la capsaicina. Décadas más tarde, se descubrió que esta molécula activa ciertas neuronas sensoriales que están en todo el cuerpo encargadas de detectar estímulos potencialmente dañinos y de enviar señales de alarma al cerebro. Después, durante la segunda mitad del siglo XX, se entendió mejor el mecanismo: la capsaicina provoca la entrada masiva de iones de calcio y de sodio desde el medio extracelular hacia estas células nerviosas, desencadenando así la señal de dolor.

Sin embargo, seguía una gran incógnita: ¿cómo interactuaba exactamente con las neuronas para provocarles ese cambio interno? La hipótesis favorita en los noventa era que la capsaicina debía unirse a un receptor específico de la membrana de estas células sensoriales. Identificarlo se volvió una obsesión científica; en una entrevista, el fisiólogo estadounidense David Julius cuenta que ese receptor era el santo grial de la pequeña comunidad de biólogos moleculares interesados en el estudio del dolor en aquella época. Julius, además, narra que un día, mientras caminaba por el pasillo de las especias de un supermercado, le comentó a su esposa, la fisióloga Holly Ingraham, lo interesante que le parecía el problema, y ella respondió enseguida: “al chile, déjate de rodeos y ponte a investigarlo”.

​Julius y sus colegas recurrieron a una estrategia monumental: cultivaron células derivadas del riñón humano, insensibles a la capsaicina. A la par, construyeron una biblioteca genética con más de dos millones de fragmentos de ADN extraídos de neuronas sensoras del dolor en ratas y ratones. La idea era identificar qué fragmento en particular era sensible a la sustancia del chile; así pues, los introdujeron en las células de riñón para ver si alguno les “enseñaba” a reaccionar a la capsaicina, delatándose mediante una señal fluorescente asociada con la entrada de calcio.

​Para la titánica labor el equipo dividió los millones de fragmentos de ADN en 144 grupos y probó todos hasta que uno reaccionó. Luego, tras un proceso de iteraciones, aislaron un gen responsable que codifica una proteína que se expresa en la membrana celular, actuando como receptor; lo denominaron receptor vanilloide, VR1 (ahora conocido como TRPV1). Para confirmar la actividad de este receptor, los científicos expusieron las células de riñón modificadas a extractos de distintos chiles. El habanero desató una intensa fluorescencia; el poblano, apenas una señal tenue, tal como sucede en nuestro paladar.

​Después, pensando en la sensación de calor y ardor que provocan los chiles, decidieron subirle la temperatura al cultivo. Observaron que el mismo receptor que respondía a la capsaicina también se activaba alrededor de los 43°C, que es el umbral térmico a partir del cual el calor resulta dañino para los tejidos.

​Los experimentos con capsaicina, habanero y poblano en estas células de riñón modificadas desencadenaron una ola de investigaciones que abrió la puerta al entendimiento de una familia de receptores hasta entonces poco explorada en mamíferos: los TRP. Son “familia” porque comparten secuencias similares y, con ello, un origen evolutivo común. Habitan membranas de células nerviosas específicas y actúan como puertas microscópicas: se abren ante distintos estímulos físicos y químicos, permitiendo el paso de iones, como de calcio y sodio, lo que genera señales eléctricas que las neuronas sensoriales transmiten como señal de ardor o dolor. Muchos de estos receptores responden a rangos de temperatura, de modo que funcionan como un sistema de alerta: le indican al cerebro cuándo hace demasiado calor o demasiado frío y activan respuestas, como la sudoración o los escalofríos.

​El hallazgo del receptor de capsaicina y todo lo que vino después convirtió a Julius en uno de los galardonados con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en el 2021.

De la pimienta al mentol

Además de la capsaicina hay otros compuestos en nuestras cocinas que activan el TRPV1; los gingeroles del jengibre y la piperina de la pimienta negra también lo hacen, si bien con menor potencia. Curiosamente, esta coincidencia molecular fue intuida siglos antes, cuando, al llegar a América, Cristobal Colón llamó “pimiento” al chile porque el picor le recordaba a esa especia.

​Sin embargo, el TRPV1 no es el único receptor capaz de percibir el calor. Experimentos con ratones han demostrado que los roedores sin el gen que codifica ese termosensor siguen sintiendo el calor extremo —mas no el picante—, aunque les toma más tiempo reaccionar: al sumergirles la cola en agua por encima de los 48°C, tardaban entre tres y cuatro veces más en retirarla que ratones con ese gen intacto, pero no dejaban de hacerlo.

​Con el paso de los años, se han identificado otros miembros de esta familia de receptores, revelando que nuestro termómetro biológico está compuesto por varios sensores. Uno de ellos es el TRPV3, que responde a temperaturas más moderadas —típicamente entre los 31 y los 39°C— y que se activa con compuestos presentes en la canela, el orégano, el clavo, la nuez moscada y las hojas de laurel.

​En ese mismo mapa térmico aparecen receptores sensibles a temperaturas más bajas, como el TRPM8, que en los mamíferos reacciona entre los 15 y 30°C. El mentol de la menta y el eucaliptol del eucalipto también lo estimulan, generando esa sensación refrescante que engaña al sistema nervioso, tal como la capsaicina y la piperina activan los sensores de calor. De hecho, el descubrimiento del TRPM8, ligado al estudio del mentol, fue identificado de manera independiente por Julius y por el otro nobel de 2021, Ardem Patapoutian, a comienzos de los años 2000.

Dentro de esta familia de receptores hay un miembro muy peculiar: el TRPA1, conocido como el receptor del wasabi. Inicialmente se pensó que actuaba como un sensor de frío nocivo en mamíferos, pero los resultados experimentales han sido inconsistentes y varían entre especies, por lo que aún no hay consenso. Además, en insectos, serpientes, ranas y lagartijas, puede funcionar como detector de calor y, en algunas especies incluso, de radiación infrarroja. Hace un par de años, por ejemplo, se descubrió que los mosquitos lo usan como una pista para encontrarnos —y hacernos sufrir—, un recurso especialmente útil cuando las corrientes de aire dificultan rastrear nuestros olores.5 El único consenso claro sobre el TRPA1 es que se activa con compuestos presentes en el wasabi, el rábano picante, la cebolla y el ajo, pero sólo cuando se cortan, trituran o mastican. Es decir, cuando se rompen sus tejidos y se liberan las moléculas responsables de ese picor penetrante: una experiencia familiar para cualquiera que haya llorado mientras pica cebolla.

​Estudiar los receptores no sólo ha afinado nuestra comprensión del termómetro corporal, sino también de cómo percibimos el dolor y cómo, al modular estos receptores, podríamos aprender a aliviarlo. A casi treinta años del descubrimiento del sensor de la capsaicina, hoy se conocen siete subfamilias de receptores TRP y veintiocho canales dentro de ellas. ¿Será que aún quedan más por identificar?

Un arsenal botánico convertido en placer culinario

¿Cómo es que los termosensores de calor también responden a compuestos como la capsaicina y la piperina? En realidad, no lo sabemos con certeza, pero una de las hipótesis es que algunos receptores surgieron primero en animales como mecanismos para detectar temperaturas potencialmente dañinas y, sólo después, en un giro evolutivo alucinante, algunas plantas desarrollaron moléculas capaces de activarlos.

​El picor, entonces, sería una estrategia defensiva: un arsenal químico moldeado por la selección natural para disuadir a los depredadores. Mutaciones al azar llevarían a que algunas plantas ancestras del chile produjeran compuestos, como la capsaicina, capaces de activar receptores de dolor en mamíferos, que suelen destruir las semillas al masticarlas. Así, las plantas que lograban disuadirlos tenían más probabilidades de sobrevivir. Es probable que la producción de capsaicina haya sido moldeada por la selección natural para disuadir específicamente a los mamíferos. Activa el TRPV1 de estos animales, pero no el de las aves, cuya estructura es ligeramente distinta, haciéndolo sensible al calor pero no a la capsaicina. Como las aves tragan las semillas enteras, favorecen su dispersión y no representan una amenaza para el éxito reproductivo de la planta.

​Desde esta perspectiva, no fueron los animales los que evolucionaron para detectar la capsaicina, sino las plantas las que, a través de la selección natural, desarrollaron compuestos capaces de activar nuestros sensores. Sin embargo, no todo está escrito. Hace un par de años, un estudio que intentó reconstruir las secuencias ancestrales del TRPM8 (el receptor del mentol y el frío) sugirió que, en ese caso particular, la sensibilidad química al mentol pudo haber surgido antes que la sensibilidad al frío. En este escenario, entonces, los animales habrían evolucionado este sensor para detectar y evitar sustancias nocivas de las plantas, y luego lo reciclaron para medir la temperatura ambiental.6

Ahora bien, las estrategias químicas de defensa que han desarrollado muchas de estas plantas no sólo ahuyentan a los depredadores, sino que también las protegen de bacterias y hongos. En su arsenal hay moléculas capaces de frenar el crecimiento o incluso matar a estos bichos microscópicos. Entre los ingredientes con mayor poder antibacteriano destacan el ajo, la cebolla, la pimienta gorda y el orégano, los cuales pueden inhibir o eliminar bacterias que suelen contaminar a los alimentos, como algunas especies de Salmonella y de Escherichia. De hecho, existe la idea de que el uso de especias a lo largo de la historia podría estar relacionado con esta función: ayudar a combatir microorganismos, conservar los alimentos y reducir el riesgo de intoxicación. Incluso se ha propuesto que, en climas cálidos —donde la comida se descompone más rápido—, las culturas desarrollaron cocinas más especiadas como una forma de proteger los alimentos por más tiempo.

​Además de sus posibles beneficios antimicrobianos, hay quienes proponen que el gusto particular por el picante puede entenderse también a partir de una conducta de riesgo controlado, un placer similar al de ver una película de terror: sentimos la amenaza, pero no estamos realmente en peligro. Sustancias que activan receptores TRP —como las del chile, el jengibre o el ajo— provocan una sensación de ardor que imita el fuego sin causar daño. Al experimentarla, el cerebro podría liberar compuestos que alivian el dolor o elevan el ánimo, convirtiendo este “ardor de la advertencia” en una suerte de experiencia disfrutable.

​Así, nuestras cocinas, con sus especias y chiles secos, albergan mucho más que sabores: desde promesas de un calorcito interno —a veces intenso y otras apenas insinuado— hasta siglos de historia humana marcados por nuestra fascinación por estos ingredientes. Pero más aún son el resultado de conflictos e interacciones entre reinos: de plantas defendiéndose de bacterias, hongos y mamíferos, y de humanos que, eventualmente, aprendimos a convertir esas defensas químicas en una quemazón placentera.

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Viajeros y habitantes acalorados en el México del siglo XIX: experiencias y explotación

Hace unos días, mientras buscaba dónde hospedarme para un congreso en Veracruz, leí la reseña de John en TripAdvisor quejándose de que el aire acondicionado no funcionaba en su alojamiento: “Horrible!!! The AC doesn´t work, the room is smelly and noisy. This place is hell, don´t come here!”. Es verdad que empieza la primavera y que el calor puede ser tremendo, pero no es el cataclismo que describe. No obstante, su comentario y mi percepción me despertaron algunas preguntas sobre cómo varía la forma en que sentimos el calor. Para algunos, como este viajero, es una experiencia que irrumpe de forma violenta su cómoda “experiencia de viaje”. En cambio, para la mayoría de quienes lo viven cotidianamente sólo es el telón de fondo de su historia. ¿Acaso estas vivencias dependen también de la posición social?

​La lectura de los testimonios de un grupo de viajeros particularmente quisquillosos, que hizo la ruta de Veracruz a Ciudad de México entre las décadas de 1820 y 1850, puede darnos una idea. Prácticamente todos sus diarios dan cuenta de la naturaleza contradictoria e inclemente de las costas de México. El contacto inicial, por ejemplo, materializaba una promesa colosal: las cumbres nevadas del Pico de Orizaba aparecían entre las olas y, cuenta el austriaco Isidore Löwenstern: “Aquellos glaciares, aquellos volcanes majestuosos eran el símbolo del ideal que yo me había forjado de esa tierra histórica, tal como la veía en mis sueños. Y estos desiertos, esta playa tan llana, tan desolada, el símbolo de la triste realidad que debía yo encontrar en este país tan destruido.

​Sin embargo, el anhelo por encontrar las riquezas prometidas perecía pronto y, en su lugar, se padecía el clima extremo de un país en violentísima formación. Era como si la naturaleza hiciera eco del caos y la ira de los primeros años de vida independiente. Según la época del año, los barcos que provenían de La Habana se enfrentaban a los tempestuosos nortes que los arrojaban a los complejos sistemas de coral que rodeaban el antiguo puerto veracruzano.

​En su trayecto a la fortaleza de San Juan de Ulúa o al embarcadero que unía la aduana con Veracruz, los visitantes pasaban de la sorpresa a la incertidumbre y el tedio; los efectos del calor húmedo se hacían sentir mientras averiguaban quién estaba a cargo del puerto, que, a inicios del siglo XIX, vio transitar entre sus muros a iturbidistas, santanistas y ejércitos de ocupación.

​Los europeos y los estadounidenses consideraron a Veracruz como el reino de la pestilencia. El naturalista inglés William Bullock, por ejemplo, dijo en 1824 que era: “el lugar más malsano del globo, el cuartel general de la muerte”; y Frances Erskine Inglis, que llegó junto con su esposo a México por esta ruta, escribió: “Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente ante nuestros fatigados ojos”. La mala primera impresión se vio incrementada por el impacto directo del calor que, junto con los mosquitos, parecía haber confabulado para quitarle el sueño a madame Calderón en su primera noche porteña. La dificultad para dormir después de la travesía parecía algo común; otros testigos de la época también se quejaban de ello y culpaban a la humedad y el ambiente desordenado y ruidoso provocado por aquellos que gozaban de las noches veracruzanas. Desde las ventanas o los agujeros que se hacían en los muros para que entrara algo de luz a los cuartos de hotel, los observadores extranjeros se lamentaban por su suerte.

El calor como clima indeseable es un tópico frecuente en los testimonios de otros visitantes; a los ojos del europeo, además, es el detonante de una fatiga y miseria que pueden llevar a la enfermedad e, incluso, a la muerte. La fiebre amarilla era quizás el mayor temor de los viajeros; se creía que aparecía a causa de los miasmas y la podredumbre de la materia orgánica, producto, a su vez, del insoportable calor. Con un racismo propio de la época, los extranjeros contaban que los habitantes estaban acostumbrados a estos malos humores y, de manera condescendiente, vinculaban el clima insalubre con lo que ellos percibían como la apatía de la población local. Tanto Bullock como Erskine veían a los veracruzanos como “[unos] pobres diablos” que vegetaban bajo los rayos del sol y cuya pasividad se pausaba solamente para comerciar pescados de colores increíbles o unas apestosas tiras de carne.

​Mientras tanto los trabajadores de los muelles descargaban mercancías inglesas o de otros lugares del mundo; las tripulaciones de las naves vivían en condiciones sofocantes y la gente comerciaba en el trajín del puerto bajo el flagelante calor. Entre la costa y las zonas templadas de tierra adentro se encontraban los trapiches y las fábricas de azúcar; ahí el calor de las calderas agobiaba a los operarios.

​La travesía continuaba fuera de las murallas de Veracruz; allí las dunas hacían que los viajeros, asfixiados por el calor y el polvo, evocaran paisajes bíblicos. El primer pasaje hacia Xalapa era, de acuerdo con Löwenstern, una ruta muy desagradable: “ya que casi toda la ruta atraviesa por tierras calientes […] y expuestas al calor más agobiante”; por lo que, claro, era una zona dominada por el vómito negro, como se le conocía también a la fiebre amarilla.

​Para los viajeros resultaba evidente la comparación de estos parajes con los de Egipto o los alrededores de Jerusalén —una implantación, por supuesto, de estereotipos orientalistas—. Entre la esterilidad del paisaje camino a La Antigua y las “chozas pobres, pero limpias”, que con pena observó Frances Erskine, los conductores de las diligencias llevaban, bajo el rigor del sol, a nuestros observadores; y, algunas leguas más atrás, los arrieros dirigían a las mulas cargadas de equipaje: instrumentos científicos, bibliotecas enteras, muebles y ropa —no podían faltar los vestidos, trajes y sombreros que eran el último grito de la moda en París o Londres.

La gente de los pueblos se detenía un instante a ver pasar a estas pequeñas cortes itinerantes; después, seguían con las labores cotidianas: hombres, mujeres y niños buscaban su sustento en las plantaciones de caña, tabaco o alguna mata de café, en los muelles cercanos o en las aguas de los ríos y las costas. Si levantamos el velo condescendiente y desdeñoso de los pocos testimonios de los viajeros sobre estas poblaciones, no resulta difícil imaginar e inferir las actividades que realizaban a pesar de las inclementes temperaturas.

​Al llegar a Xalapa los viajeros se desvivían en elogios. El clima templado era una bendición y la gente era, a sus ojos, más civilizada; al habitar en un entorno exuberante y bello, los anfitriones xalapeños eran, a su juicio, personas más amables, industriosas y hospitalarias. Desde las cumbres veracruzanas hasta la entrada a Puebla, los viajantes equiparan constantemente la benevolencia del clima con condiciones de vida más favorables: Angelópolis es descrita como una de las ciudades más ordenadas y adecuadas para los estándares de sociabilidad de los europeos, y sus alrededores son asemejados a algunas zonas de Europa, pese al peligro de los bandidos que asechaban los caminos —sobre todo por Río Frío—, el calor, la enfermedad y la barbarie. Así, nuestros prejuiciosos testigos decimonónicos descendían hacia el Valle de Anáhuac: tierra conquistada, clima templado y centro de la convulsa política de la época.

​La imagen de la Cuenca de México creada por los exploradores y las viajeras del siglo XIX es una réplica de la visión del conquistador. Después de los periplos del viaje —desde los horrores del calor de la costa hasta las tierras templadas—, la riqueza prometida del Nuevo Mundo, el cuerno de la abundancia de Humboldt aparecía por fin frente a los ojos de los europeos y angloamericanos. En ese momento, todos y todas adoptaban una suerte de “mirada cortesina”: observan las calzadas, los imponentes lagos y la ciudad de México–Tenochtitlan como un espejismo que cubre la ciudad de su época, rodeada todavía de agua, pero fundamentalmente concentrada en cuerpos pantanosos o anegados. A partir de entonces, las narraciones se centran en la comedia de la política y en la tragedia de la plebe del México de la época, pero esa es otra historia: la del calor de las pasiones humanas.

​Si leemos a contrasentido las generalizaciones e impresiones de los viajeros, podemos imaginar otras experiencias del calor, aquellas vinculadas al mundo del trabajo. Los obreros, campesinos, comerciantes y marineros padecieron seguramente con mayor intensidad y regularidad las altas temperaturas y, sin embargo, pocas veces tuvieron espacios para plasmar por escrito lo que pensaban sobre el clima; quizás hubiese sido lo último de lo que escribirían. A pesar de los estridentes quejidos de los visitantes, tal vez es tiempo de que nos dejemos guiar por la pregunta brechtiana: “¿Quién sudó para construir Tebas, la de las siete puertas?”.

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Rafael Bernal en Material de Lectura

Conocido principalmente por El complot mongol, de 1969, Rafael Bernal ocupa un lugar importante en la literatura mexicana. En esa obra se mezclan la novela negra y la novela de espías, y su éxito editorial y crítico hizo que de inmediato se le considerara como el iniciador de la novela negra en México.

Sin embargo, El complot mongol no fue la primera obra en la que Bernal practicó el género policiaco. Ya en 1946 había publicado Un muerto en la tumba y Tres novelas policiacas, donde aparece don Teódulo Batanes, su detective aficionado. Después dio a conocer los cuentos “La muerte poética”, en 1947, y “La muerte madrugadora”, en 1948. En buena parte de estos relatos, Bernal siguió el modelo del relato policial clásico, aunque más tarde lo llevaría hacia una forma más ágil, violenta y moderna.

El éxito de El complot mongol provocó, en cierta medida, que el resto de su literatura quedara opacada. Bernal también escribió poesía, teatro, novela histórica, relatos de aventuras, textos de tema religioso y narraciones sociales. Por eso, más que recordarlo sólo como autor policiaco, conviene verlo como un escritor de registros variados, interesado en la historia, el mar, la violencia, la pobreza y los conflictos morales.

En este volumen de Material de Lectura, la UNAM ofrece dos cuentos de Rafael Bernal. El primero, “Gerónimo de Gálvez, piloto del Rey”, está ambientado durante la Colonia y tiene como fondo el mundo marítimo del Galeón de Manila. En él, un hombre cruza el Pacífico movido por la búsqueda de venganza contra el asesino de su esposa. El segundo cuento, “El compadre Santiago”, muestra la peor cara de la pobreza frente al abuso de alguien con poder: un mundo duro, marcado por la explotación, la miseria y la necesidad.

Rafael Bernal García nació el 28 de junio de 1915 en la colonia Santa María la Ribera, en la Ciudad de México, y murió en Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972. Fue bisnieto del filólogo, historiador y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua Joaquín García Icazbalceta, lo que ayuda a entender su cercanía con la historia y las letras.

Poco antes de morir, Bernal obtuvo el doctorado en Letras por la Universidad de Friburgo, con la tesis Mestizaje y criollismo en la literatura de la Nueva España en el siglo XVI. Esta faceta académica confirma que su obra no se limita al relato policiaco: también dialoga con la tradición histórica, cultural y literaria de México.

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La guerra de Tres Años, 1891, de Emilio Rabasa

En La guerra de Tres Años, Emilio Rabasa aborda, con un tono satírico y crítico, los conflictos surgidos después de la Guerra de Reforma, también conocida como Guerra de Tres Años, librada entre 1857 y 1861 por liberales y conservadores. La novela traslada ese enfrentamiento a un pueblo cualquiera, El Salado, donde las tensiones políticas y religiosas aparecen representadas por el jefe político don Santos Camacho y por doña Nazaria, una viuda devota, conservadora y de fuerte influencia entre las beatas del lugar.

La novela cuenta los conflictos entre los liberales, que intentan imponer en la vida cotidiana de El Salado las Leyes de Reforma, y los conservadores, que buscan mantener sus fiestas religiosas y sus antiguas prácticas de devoción. En ese pequeño pueblo, la política nacional se vuelve pleito local, chisme, procesión, multa y venganza personal.

Un día, los religiosos del pueblo sacan en procesión al arcángel san Miguel, con lo que violan las Leyes de Reforma. Don Santos ordena entonces encarcelar al cura y al propio arcángel. Pero no contaba con la organización de las mujeres devotas, encabezadas por doña Nazaria y las integrantes de la Vela Perpetua, quienes consiguen reunir el dinero de la multa para liberar al sacerdote. Así, Rabasa convierte un conflicto político y religioso en una escena de humor, abuso de poder y crítica a las formas provincianas de la autoridad.

En un comentario sobre la novela, el crítico Emmanuel Carballo señala que Rabasa es uno de los mejores novelistas mexicanos del siglo XIX porque, “como pocos, sabe contar las peripecias de la anécdota” y explicar con malicia y humor el porqué de las acciones. Esa malicia es justamente una de las virtudes de La guerra de Tres Años: Rabasa no sólo narra un enfrentamiento entre liberales y conservadores, sino que muestra cómo la política se mezcla con los intereses personales, los rencores amorosos, la vida religiosa y las ambiciones de los pequeños poderes locales.

En su versión folletinesca, la novela se publicó en el periódico El Universal entre el martes 22 de septiembre y el domingo 3 de octubre de 1891. Por cierto, Rabasa estuvo entre los fundadores de ese diario en 1888, junto con Rafael Reyes Spíndola, quien lo dirigió durante sus primeros años.

La edición en PDF que hoy presentamos de La guerra de Tres Años pertenece a la colección Novelas en Tránsito, dentro de La Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Esta edición se basó en la segunda edición de la obra, publicada por Editorial “Cvltvra” en 1931.

También ofrecemos la edición facsimilar de La guerra de Tres Años, precisamente la de Editorial “Cvltvra”, con prólogo de Victoriano Salado Álvarez, escritor, diplomático porfirista y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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La Malhora, de Mariano Azuela

Dentro de la obra de Mariano Azuela, La Malhora ocupa un lugar especial. Escrita en 1923, esta novela corta narra la historia de Altagracia, una muchacha surgida de los bajos fondos urbanos, conocida por todos como “La Malhora”. Su vida aparece marcada desde el origen por la pobreza, el abandono, el alcohol, la violencia y una educación nacida entre los hábitos más duros de su barrio.

De acuerdo con el propio Azuela, Altagracia es una muchacha salida del arroyo, y su tragedia pertenece a esas vidas formadas bajo la pobreza más agobiante. Nació con la herencia de muchas fallas físicas y mentales, y maduró en un ambiente donde la delincuencia, el pulque, la miseria y la brutalidad eran parte de la vida diaria. Violada por Marcelo cuando todavía era muy joven, pierde el poco equilibrio que conserva y queda dominada por una obsesión: vengarse del hombre que causó su desgracia.

La novela no presenta a Altagracia como una simple criminal, sino como el resultado de un medio social enfermo. Azuela la mira con dureza, pero también con una compasión amarga. La Malhora es víctima y victimaria al mismo tiempo. En ella se cruzan la violencia recibida, el resentimiento, el alcohol, el deseo de redención y la imposibilidad de escapar de aquello que la formó.

El libro está dividido en cinco partes: “Bajo la onda fría”, “La reencarnación de Lenín”, “…Santo… Santo… Santo…”, “La Tapatía. Se pintan rótulos” y “La Malhora” . Esta estructura permite seguir las distintas estaciones de la vida de Altagracia. Primero aparece el mundo de la pulquería, del crimen y del fango. Después vienen la casa del médico, la religiosidad doméstica, el trabajo servil y, finalmente, el regreso inevitable a la violencia.

Uno de los mayores aciertos de Azuela está en mostrar que ninguna institución consigue salvar a la protagonista. La justicia la desprecia, la medicina la observa como caso, la religión intenta domesticarla y el trabajo sólo la mantiene en otra forma de sometimiento. Cada posible salida termina cerrándose. Por eso la tragedia de Altagracia no es individual únicamente, sino social. La Malhora encarna el fracaso de una sociedad que produce seres destruidos y luego los condena por estar destruidos.

El aprendizaje del vocabulario, los gestos y el modo de hablar de estos personajes lo obtuvo Azuela de su experiencia como estudiante de medicina frente al jardín de Santiago Tlatelolco y de su práctica médica. En 1922, como médico de la Beneficencia Pública en el consultorio 3, situado a espaldas de la Plaza de San Bartolomé de las Casas, en Tepito, pudo observar de cerca las angustias de sus pacientes y de esa experiencia obtuvo parte del material humano y social que alimenta La Malhora .

Sin embargo, la importancia de la novela no se limita a su origen testimonial. Azuela transforma esa observación médica y social en literatura. Su prosa es áspera, visual, llena de imágenes de frío, fango, sangre, pulque, cuerpos enfermos y calles degradadas. No embellece la miseria ni la convierte en asunto pintoresco. La muestra como una fuerza que deforma el cuerpo, la conciencia y el destino.

También destaca la figura de la Tapatía, personaje fundamental para comprender el mundo de la novela. Frente a Altagracia, que actúa movida por impulsos, heridas y obsesiones, la Tapatía representa una inteligencia práctica, calculadora y oportunista. Ambas pertenecen al mismo ambiente, pero responden de manera distinta a la violencia. Una se consume en la venganza; la otra convierte la miseria en estrategia.

La Malhora es una de las novelas más duras de Mariano Azuela. Su fuerza está en haber convertido una historia de los márgenes en una crítica profunda contra la pobreza, la hipocresía social, la falsa caridad, la soberbia médica y la indiferencia de la justicia. Altagracia no es sólo una mujer caída. Es el retrato de una sociedad que no supo ofrecerle otro destino.

Dentro de Novela Corta. Una Biblioteca Virtual, en la colección Novelas en Campo Abierto, el Instituto de Investigaciones Filológicas ofrece al lector una obra breve, intensa y necesaria, donde Azuela confirma su capacidad para mirar de frente las zonas más oscuras de la vida mexicana. La Malhora incomoda porque no permite contemplar la pobreza como paisaje, sino como herida abierta.

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Videojuegos fascinan porque nos transportan a mundos fantásticos

Desde Super Mario Bros., The Legend of Zelda, Pac-Man, Tetris, Sonic the Hedgehog, Donkey Kong, Street Fighter y Mortal Kombat, hasta sagas más recientes como Assassin’s Creed, los videojuegos han maravillado y atrapado a millones de personas porque permiten entrar a mundos fantásticos y vivir experiencias que serían imposibles en la vida cotidiana.

En entrevista para UNAM Global, José Ángel Garfias Frías, académico de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), explicó que los videojuegos son atractivos porque tienen una parte interactiva; es decir, quien los juega no permanece pasivo ante una pantalla, sino que depende completamente de la interacción.

De hecho, el videojuego se parece más a la lectura que a la televisión, ya que requiere una participación activa del usuario para comprender la historia, interpretar a los personajes y resolver desafíos.

Un libro no se va a leer solo, mientras que una película se puede proyectar por sí misma. En el caso del videojuego, se requiere comprender reglas, interpretar dinámicas y encontrar soluciones dentro del sistema que plantea.

Por ello, el videojuego combina recursos tecnológicos y visuales con dinámicas lúdicas e interactivas que permiten al usuario involucrarse activamente en la resolución de desafíos y, al mismo tiempo, evadirse de la realidad cotidiana.

Y cuando se resuelve el problema llega una satisfacción que regularmente no se tiene en la vida cotidiana. Por eso se vuelve muy atractivo, añadió el investigador universitario.

Tipos de videojuegos

Existen varios géneros que se encuentran en diferentes plataformas y ofrecen múltiples posibilidades de interacción y narrativa. Por eso son omnipresentes. Sin embargo, la principal plataforma en la que se juega es el teléfono móvil, donde millones de usuarios tienen la posibilidad de descargar videojuegos.

Además, para los juegos especializados están las consolas Nintendo, Xbox y PlayStation, pero también los creados para computadoras, disponibles en plataformas de streaming a un costo relativamente accesible.

Entre los géneros están los básicos, como los de acción y deportes, pero también hay otros más complejos, como la narrativa gráfica y las novelas interactivas. “Existen múltiples posibilidades, desde franquicias como Grand Theft Auto, Metal Gear, Silent Hill y Resident Evil, hasta videojuegos con menos violencia y acción, como FIFA, Mario Kart o títulos de rompecabezas como Tetris y Candy Crush”.

También están los de crimen y delincuencia. Lo increíble de Grand Theft Auto es que reconstruye ciudades y estereotipos; genera una ciudad viva en la que se puede interactuar, cuenta una historia y, por supuesto, plantea una reflexión.

La franquicia de Yakuza es otro caso que trata sobre el crimen organizado de Japón, pero que además contiene una historia de valor y grandes aportes.

Todas estas posibilidades de mundos son muy atractivas para salir de la vida cotidiana, que a veces resulta muy aburrida.

Están los dedicados a la salud, o Health Games. Por ejemplo, Just Dance, que brinda una experiencia lúdica en la que, al bailar, se deben perfeccionar los movimientos para obtener puntos y, al mismo tiempo, activar el cuerpo.

El videojuego también es una herramienta de creación. Por ejemplo, Roblox o Minecraft entran en esta categoría, en la que los usuarios pueden construir prácticamente lo que quieran. Otro caso es Mario Maker, donde el usuario puede diseñar niveles de Mario, compartirlos con la comunidad en línea y crear una historia infinita.

Están aquellos que son de aprendizaje, como la saga de Assassin’s Creed, en la que se aprende sobre historia. Pero hay otros que se enfocan en aspectos muy específicos. Por ejemplo, Nintendo tuvo una generación llamada Labo, que, a través de la programación, enseñaba a los niños a crear sus robots, aunque las piezas eran de cartón. “Daba la posibilidad de crear lo que fuera”.

Otro caso es Carmen Sandiego, franquicia que plantea al jugador convertirse en detective mientras sigue la pista de criminales en distintas partes del mundo.

A través de esta dinámica, las personas conocen ciudades, culturas y contextos internacionales casi sin darse cuenta. “Vas a Italia y conoces lugares, conoces personas y demás; sin darte cuenta ya viajaste por el mundo y aprendiste muchas culturas”, explicó.

El caso de Mario Bros.

Más de cuatro décadas después del lanzamiento de Mario Bros., en 1983, la franquicia continúa como una de las más exitosas e influyentes en la historia de los videojuegos. Su permanencia responde a diversos factores, entre ellos una dinámica sencilla e intuitiva, basada en avanzar, saltar obstáculos y esquivar peligros, además de la capacidad de transportar a los jugadores a mundos de fantasía, aventura y exploración.

“Sin embargo, hay una temática compleja, más allá de rescatar a la princesa”. Aunque hay algunas versiones en las que se puede jugar con la princesa y el objetivo es acabar con Bowser.

Parte del éxito que tiene Mario está en su mensaje: no rendirse, intentarlo una y otra vez hasta lograr el objetivo. Esa tenacidad hace que el público se identifique con él.

Se vuelve real lo imposible

Por supuesto, los videojuegos son una evasión del mundo real; ahí se viven cosas que difícilmente se experimentan en la realidad. “Ahí, México puede ganar la Copa del Mundo de futbol, ser un héroe del viejo oeste o un gran personaje”.

En los videojuegos, México puede ganar una Copa del Mundo; el usuario puede convertirse en un héroe del viejo oeste en Red Dead Redemption, ser un yakuza en busca de redención en la saga Like a Dragon o asumir el papel del legendario espía Solid Snake en Metal Gear Solid.

“Cuando logras que un videojuego deje algo positivo en ti y lo implementas en la vida cotidiana; por ejemplo, si logras tenacidad como en Mario Bros., es algo muy bonito”, concluyó el académico universitario.

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¿Por qué algunas personas aman el picante y otras lo sufren? La ciencia detrás del chile

Para millones de personas, comer chile es parte de la vida cotidiana. En países como México, el picante acompaña frutas, botanas, guisos, sopas y hasta dulces. Sin embargo, mientras algunas personas disfrutan intensamente la sensación de ardor que provoca, otras apenas prueban un poco y sienten que “se incendian”. ¿Por qué ocurre esto?

La respuesta está en la relación entre el cerebro, el sistema nervioso, la genética y la cultura alimentaria. De acuerdo con especialistas en neurociencia y fisiología, el picante no es realmente un sabor como lo dulce, lo salado o lo amargo. En realidad, se trata de una sensación de dolor y calor provocada por sustancias químicas presentes en ciertos alimentos, especialmente en los chiles.

La capsaicina

La principal responsable es la capsaicina, un compuesto químico presente en distintas variedades de chile. Cuando una persona consume alimentos picantes, la capsaicina entra en contacto con receptores nerviosos llamados TRPV1, localizados principalmente en la boca y la lengua. Estos receptores están diseñados para detectar altas temperaturas y posibles daños en los tejidos.

Por eso, el cerebro interpreta el picante como si la boca estuviera expuesta al calor extremo, aunque en realidad no exista una quemadura física. El resultado es la sensación característica de ardor, sudoración, lagrimeo y aumento del ritmo cardiaco que muchas personas experimentan al comer chile.

Sin embargo, no todos reaccionan igual. La sensibilidad al picante puede variar considerablemente entre individuos debido a factores genéticos. Algunas personas nacen con receptores más sensibles a la capsaicina, lo que hace que perciban el picante de manera más intensa. Otras poseen una tolerancia natural mayor y requieren concentraciones más altas para experimentar la misma sensación.

Además de la genética, la exposición frecuente al picante modifica la respuesta del sistema nervioso. Quienes consumen chile regularmente desde la infancia suelen desarrollar cierta habituación fisiológica. Esto significa que los receptores nerviosos se vuelven menos reactivos con el tiempo, lo que reduce la intensidad del ardor percibido.

Por eso, en muchas culturas donde el picante forma parte habitual de la alimentación, las personas pueden tolerar niveles de capsaicina que resultarían insoportables para alguien no acostumbrado. La experiencia alimentaria y el contexto cultural desempeñan un papel fundamental en esta adaptación.

Experiencias placenteras

La neurociencia también ha mostrado que el cerebro puede asociar el picante con experiencias placenteras. Aunque inicialmente la capsaicina activa circuitos relacionados con el dolor, el organismo responde liberando endorfinas y dopamina, sustancias vinculadas con la sensación de bienestar y recompensa.

Este mecanismo ha llevado a algunos investigadores a comparar el gusto por el picante con otras actividades que generan adrenalina, como las montañas rusas o las películas de terror. En estos casos, el cerebro interpreta una situación controlada de “riesgo” como algo estimulante y placentero.

Además, factores psicológicos y sociales influyen en la percepción del picante. La expectativa, el entorno cultural y la convivencia familiar pueden modificar la experiencia sensorial. En lugares donde el chile se relaciona con identidad cultural, tradición y convivencia, el consumo de picante adquiere también un componente emocional.

La tolerancia al chile tampoco es completamente fija. Puede cambiar con el tiempo, dependiendo de la alimentación, la frecuencia de consumo y ciertas condiciones fisiológicas. Algunas personas que antes disfrutaban mucho el picante pueden volverse más sensibles, mientras que otras desarrollan mayor resistencia con la práctica.

Aunque el picante suele asociarse con molestias, la capsaicina también ha despertado interés científico por sus posibles efectos fisiológicos. Diversos estudios han explorado su relación con el metabolismo, la sensación de saciedad y algunos mecanismos antiinflamatorios. Incluso se utiliza en ciertos tratamientos médicos tópicos para aliviar dolor muscular o neuropático, debido a su efecto sobre las terminaciones nerviosas.

Amar o sufrir el picante

Sin embargo, los especialistas advierten que el consumo excesivo de alimentos extremadamente picantes puede provocar irritación gastrointestinal en algunas personas, especialmente si existen padecimientos digestivos previos. Por ello, la tolerancia individual sigue siendo un factor importante.

En resumen, amar o sufrir el picante no depende únicamente de “aguantar” el chile, sino de una compleja interacción entre genética, sistema nervioso, aprendizaje cultural y respuesta cerebral. Lo que para algunos es una experiencia dolorosa, para otros puede convertirse en una fuente de placer, identidad y costumbre cotidiana.

Así, cada vez que alguien disfruta una salsa extremadamente picante o, por el contrario, busca desesperadamente un vaso de agua tras probar un chile, su cerebro y su sistema nervioso están reaccionando de maneras profundamente distintas ante la misma sustancia: la capsaicina.

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¿Por qué bostezamos?

El bostezo es un reflejo fisiológico ampliamente distribuido en el reino animal, presente en mamíferos, aves y algunos reptiles, cuya función exacta aún no ha sido completamente esclarecida.

Se caracteriza por una inspiración profunda y prolongada, seguida de una breve retención del aire y una espiración rápida, acompañada con frecuencia de estiramiento muscular facial y corporal. Aunque suele asociarse con el sueño o el aburrimiento, la evidencia científica sugiere que se trata de un fenómeno neurofisiológico multifactorial.

Desde el punto de vista del sistema nervioso central, el bostezo está regulado por estructuras del tronco encefálico, particularmente el bulbo raquídeo, en interacción con el hipotálamo y con sistemas neurotransmisores como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina.

Esta compleja red sugiere que no es un acto aislado, sino parte de mecanismos más amplios relacionados con la regulación del estado de alerta, la homeostasis cerebral y la modulación conductual.

Algunas hipótesis

Una de las hipótesis más estudiadas en la literatura reciente es la teoría de la termorregulación cerebral. Esta propone que el bostezo contribuye al enfriamiento del encéfalo mediante el aumento del flujo sanguíneo cerebral y el intercambio de aire con el ambiente.

Estudios experimentales han mostrado que la frecuencia del bostezo puede disminuir en condiciones de temperatura ambiental elevada o cuando el cerebro ya se encuentra en un estado térmicamente estable, lo que apoya parcialmente esta hipótesis. Sin embargo, no explica por completo su aparición en contextos sociales o durante la transición entre sueño y vigilia.

Otra línea de investigación lo relaciona con la regulación del estado de alerta cortical. El bostezo aparece con frecuencia en momentos de transición neurofisiológica, como el paso de la vigilia al sueño o el despertar.

En este sentido, podría funcionar como un mecanismo transitorio de activación que facilita la reorganización del nivel de atención mediante cambios en la actividad del sistema reticular activador ascendente. Este sistema es clave en la modulación del nivel de conciencia y la respuesta a estímulos externos.

La antigua hipótesis de la hiperventilación compensatoria, que proponía que el bostezo aumenta la oxigenación sanguínea y reduce el dióxido de carbono, ha perdido respaldo empírico.

Estudios controlados han demostrado que las variaciones en los niveles de oxígeno y CO₂ no se correlacionan de manera consistente con la frecuencia del bostezo, por lo que actualmente no se considera una explicación principal.

Un aspecto de gran interés neurocientífico es el bostezo contagioso, observado en humanos y diversas especies sociales. Este fenómeno se ha asociado con mecanismos de empatía y resonancia neuronal, particularmente con la activación de las llamadas neuronas espejo.

La susceptibilidad al bostezo contagioso parece variar entre individuos y puede estar modulada por factores como la edad, el nivel de conexión social e, incluso, condiciones del neurodesarrollo.

Aunque su función exacta sigue en estudio, se ha propuesto que podría desempeñar un papel en la sincronización conductual dentro de grupos sociales.

Desde una perspectiva evolutiva, el bostezo es un comportamiento altamente conservado, lo que sugiere que cumple funciones adaptativas relevantes.

Su presencia en múltiples especies indica que podría haber surgido tempranamente en la evolución de los vertebrados, posiblemente vinculado a la regulación del estado de activación cerebral y a la comunicación social no verbal.

En conjunto, el bostezo no debe entenderse únicamente como una respuesta a la somnolencia o el aburrimiento, sino como un reflejo neurofisiológico complejo que involucra sistemas de regulación térmica, control del estado de alerta y, en algunos casos, interacción social. A pesar de los avances en neurociencia y fisiología, su función exacta continúa siendo objeto de investigación.

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Viajeros y habitantes acalorados en el México del siglo XIX: experiencias y explotación

Hace unos días, mientras buscaba dónde hospedarme para un congreso en Veracruz, leí la reseña de John en TripAdvisor quejándose de que el aire acondicionado no funcionaba en su alojamiento: “Horrible!!! The AC doesn´t work, the room is smelly and noisy. This place is hell, don´t come here!”. Es verdad que empieza la primavera y que el calor puede ser tremendo, pero no es el cataclismo que describe. No obstante, su comentario y mi percepción me despertaron algunas preguntas sobre cómo varía la forma en que sentimos el calor. Para algunos, como este viajero, es una experiencia que irrumpe de forma violenta su cómoda “experiencia de viaje”. En cambio, para la mayoría de quienes lo viven cotidianamente sólo es el telón de fondo de su historia. ¿Acaso estas vivencias dependen también de la posición social?

​La lectura de los testimonios de un grupo de viajeros particularmente quisquillosos, que hizo la ruta de Veracruz a Ciudad de México entre las décadas de 1820 y 1850, puede darnos una idea. Prácticamente todos sus diarios dan cuenta de la naturaleza contradictoria e inclemente de las costas de México. El contacto inicial, por ejemplo, materializaba una promesa colosal: las cumbres nevadas del Pico de Orizaba aparecían entre las olas y, cuenta el austriaco Isidore Löwenstern: “Aquellos glaciares, aquellos volcanes majestuosos eran el símbolo del ideal que yo me había forjado de esa tierra histórica, tal como la veía en mis sueños. Y estos desiertos, esta playa tan llana, tan desolada, el símbolo de la triste realidad que debía yo encontrar en este país tan destruido.

​Sin embargo, el anhelo por encontrar las riquezas prometidas perecía pronto y, en su lugar, se padecía el clima extremo de un país en violentísima formación. Era como si la naturaleza hiciera eco del caos y la ira de los primeros años de vida independiente. Según la época del año, los barcos que provenían de La Habana se enfrentaban a los tempestuosos nortes que los arrojaban a los complejos sistemas de coral que rodeaban el antiguo puerto veracruzano.

​En su trayecto a la fortaleza de San Juan de Ulúa o al embarcadero que unía la aduana con Veracruz, los visitantes pasaban de la sorpresa a la incertidumbre y el tedio; los efectos del calor húmedo se hacían sentir mientras averiguaban quién estaba a cargo del puerto, que, a inicios del siglo XIX, vio transitar entre sus muros a iturbidistas, santanistas y ejércitos de ocupación.

​Los europeos y los estadounidenses consideraron a Veracruz como el reino de la pestilencia. El naturalista inglés William Bullock, por ejemplo, dijo en 1824 que era: “el lugar más malsano del globo, el cuartel general de la muerte”; y Frances Erskine Inglis, que llegó junto con su esposo a México por esta ruta, escribió: “Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente ante nuestros fatigados ojos”. La mala primera impresión se vio incrementada por el impacto directo del calor que, junto con los mosquitos, parecía haber confabulado para quitarle el sueño a madame Calderón en su primera noche porteña. La dificultad para dormir después de la travesía parecía algo común; otros testigos de la época también se quejaban de ello y culpaban a la humedad y el ambiente desordenado y ruidoso provocado por aquellos que gozaban de las noches veracruzanas. Desde las ventanas o los agujeros que se hacían en los muros para que entrara algo de luz a los cuartos de hotel, los observadores extranjeros se lamentaban por su suerte.

El calor como clima indeseable es un tópico frecuente en los testimonios de otros visitantes; a los ojos del europeo, además, es el detonante de una fatiga y miseria que pueden llevar a la enfermedad e, incluso, a la muerte. La fiebre amarilla era quizás el mayor temor de los viajeros; se creía que aparecía a causa de los miasmas y la podredumbre de la materia orgánica, producto, a su vez, del insoportable calor. Con un racismo propio de la época, los extranjeros contaban que los habitantes estaban acostumbrados a estos malos humores y, de manera condescendiente, vinculaban el clima insalubre con lo que ellos percibían como la apatía de la población local. Tanto Bullock como Erskine veían a los veracruzanos como “[unos] pobres diablos” que vegetaban bajo los rayos del sol y cuya pasividad se pausaba solamente para comerciar pescados de colores increíbles o unas apestosas tiras de carne.

​Mientras tanto los trabajadores de los muelles descargaban mercancías inglesas o de otros lugares del mundo; las tripulaciones de las naves vivían en condiciones sofocantes y la gente comerciaba en el trajín del puerto bajo el flagelante calor. Entre la costa y las zonas templadas de tierra adentro se encontraban los trapiches y las fábricas de azúcar; ahí el calor de las calderas agobiaba a los operarios.

​La travesía continuaba fuera de las murallas de Veracruz; allí las dunas hacían que los viajeros, asfixiados por el calor y el polvo, evocaran paisajes bíblicos. El primer pasaje hacia Xalapa era, de acuerdo con Löwenstern, una ruta muy desagradable: “ya que casi toda la ruta atraviesa por tierras calientes […] y expuestas al calor más agobiante”; por lo que, claro, era una zona dominada por el vómito negro, como se le conocía también a la fiebre amarilla.

​Para los viajeros resultaba evidente la comparación de estos parajes con los de Egipto o los alrededores de Jerusalén —una implantación, por supuesto, de estereotipos orientalistas—. Entre la esterilidad del paisaje camino a La Antigua y las “chozas pobres, pero limpias”, que con pena observó Frances Erskine, los conductores de las diligencias llevaban, bajo el rigor del sol, a nuestros observadores; y, algunas leguas más atrás, los arrieros dirigían a las mulas cargadas de equipaje: instrumentos científicos, bibliotecas enteras, muebles y ropa —no podían faltar los vestidos, trajes y sombreros que eran el último grito de la moda en París o Londres.

La gente de los pueblos se detenía un instante a ver pasar a estas pequeñas cortes itinerantes; después, seguían con las labores cotidianas: hombres, mujeres y niños buscaban su sustento en las plantaciones de caña, tabaco o alguna mata de café, en los muelles cercanos o en las aguas de los ríos y las costas. Si levantamos el velo condescendiente y desdeñoso de los pocos testimonios de los viajeros sobre estas poblaciones, no resulta difícil imaginar e inferir las actividades que realizaban a pesar de las inclementes temperaturas.

​Al llegar a Xalapa los viajeros se desvivían en elogios. El clima templado era una bendición y la gente era, a sus ojos, más civilizada; al habitar en un entorno exuberante y bello, los anfitriones xalapeños eran, a su juicio, personas más amables, industriosas y hospitalarias. Desde las cumbres veracruzanas hasta la entrada a Puebla, los viajantes equiparan constantemente la benevolencia del clima con condiciones de vida más favorables: Angelópolis es descrita como una de las ciudades más ordenadas y adecuadas para los estándares de sociabilidad de los europeos, y sus alrededores son asemejados a algunas zonas de Europa, pese al peligro de los bandidos que asechaban los caminos —sobre todo por Río Frío—, el calor, la enfermedad y la barbarie. Así, nuestros prejuiciosos testigos decimonónicos descendían hacia el Valle de Anáhuac: tierra conquistada, clima templado y centro de la convulsa política de la época.

​La imagen de la Cuenca de México creada por los exploradores y las viajeras del siglo XIX es una réplica de la visión del conquistador. Después de los periplos del viaje —desde los horrores del calor de la costa hasta las tierras templadas—, la riqueza prometida del Nuevo Mundo, el cuerno de la abundancia de Humboldt aparecía por fin frente a los ojos de los europeos y angloamericanos. En ese momento, todos y todas adoptaban una suerte de “mirada cortesina”: observan las calzadas, los imponentes lagos y la ciudad de México–Tenochtitlan como un espejismo que cubre la ciudad de su época, rodeada todavía de agua, pero fundamentalmente concentrada en cuerpos pantanosos o anegados. A partir de entonces, las narraciones se centran en la comedia de la política y en la tragedia de la plebe del México de la época, pero esa es otra historia: la del calor de las pasiones humanas.

​Si leemos a contrasentido las generalizaciones e impresiones de los viajeros, podemos imaginar otras experiencias del calor, aquellas vinculadas al mundo del trabajo. Los obreros, campesinos, comerciantes y marineros padecieron seguramente con mayor intensidad y regularidad las altas temperaturas y, sin embargo, pocas veces tuvieron espacios para plasmar por escrito lo que pensaban sobre el clima; quizás hubiese sido lo último de lo que escribirían. A pesar de los estridentes quejidos de los visitantes, tal vez es tiempo de que nos dejemos guiar por la pregunta brechtiana: “¿Quién sudó para construir Tebas, la de las siete puertas?”.