En las novelas gráficas, el arte de la expresión verbal se dibuja, las palabras adquieren cuerpo, la literatura se rinde a las imágenes. Nuestros ojos recorren cada viñeta y descubren los escenarios, los rostros de los personajes y sus peripecias rumbo al desenlace de la historia. Y aunque la lectura parece silente, las onomatopeyas traspasan el papel y nos conducen por una experiencia sonora: las bombas estallan, ¡buum!; los cristales se rompen, ¡crash!; las multitudes vitorean, ¡ehhh!; los corazones laten, ¡pum-pum, pum-pum!

Creamos las onomatopeyas para representar las voces del mundo; son las palabras de aquello que era un sonido, un ruido, un murmullo, un silbido, un chasquido o un estruendo. Son el resultado de actos imitativos con los que los seres humanos de todas las épocas hemos construido un repositorio ecoico del mundo. Ya en los textos platónicos se reconocía el vínculo entre el sonido y el significado de las palabras; se planteaba que la mímesis era un mecanismo para nombrar y se discutía si acaso no todos los nombres son, de algún modo, imitaciones del ser de las cosas.1 Hoy sabemos que las palabras asignadas a las realidades depositadas en las lenguas son producto de la convención entre los hablantes; esto es, del acuerdo social, casi nunca explícito, sedimentado históricamente por el uso. Aunque puede haber iconicidad, como sucede con las onomatopeyas, aceptamos que, en general, no hay relación entre aquello que nombramos y la forma sonora que utilizamos para hacerlo.
Por otro lado, con las onomatopeyas, los seres humanos reinterpretamos los sonidos de nuestro entorno a partir de los recursos fonéticos de nuestra lengua; empero, esta capacidad no nos es exclusiva. Algunos animales reproducen el paisaje sonoro que habitan: las urracas, los cuervos y los loros destacan por su capacidad para imitar sonidos, sea de otras aves, de mamíferos (incluidos los seres humanos) o de objetos; por ejemplo, la lira (Menura), es un ave australiana que emula sonidos artificiales como el claxon de un automóvil.2 De igual modo, algunas focas, ballenas y delfines en cautiverio han desarrollado imitaciones de voces humanas; quizá uno de los casos más famosos es el de la foca Hoover, del Acuario de Nueva Inglaterra, en Boston, que, aproximadamente en los setenta del siglo pasado, imitaba el habla humana con frases como hello there, “hola” y come over here, “ven aquí”. De manera paradójica, nuestros parientes evolutivos más cercanos, los grandes simios, no muestran esta capacidad vocálica imitativa, aunque aprenden con relativa facilidad lenguaje de señas.3 Por su parte, el oído de los seres humanos está capacitado, desde las primeras etapas del desarrollo, para percibir, distinguir y organizar los sonidos de su entorno.4 Identificamos diferencias acústicas, duración, intensidad o patrones de volumen y luego vinculamos estas cualidades con los seres vivos, con los objetos, los acontecimientos o los fenómenos naturales que los producen. Esta capacidad biológica nos permite imitar los sonidos, representarlos fonéticamente, asignarle uno o varios significados y adscribirlos a nuestra lista mental de palabras para luego integrarlos a una escena sonora.

Las onomatopeyas se integran al vocabulario de nuestra lengua de diversas formas. Por ejemplo, tenemos aquellas palabras que imitan sonidos humanos, como la risa, ha ha ha, he he he, ja ja ja, je je je, ji ji ji…; el enfado, buah, buuu, hmm, mmm, pfff, puah…; el carraspeo o la tos, cof cof, ejem ejem, ujum ujum…; los estornudos, aaachís, achú, achús, atchís…; la deglución, ñam ñam, glu glu, gulp, gulp…; el llanto, bua bua, snif snif, waaa….; los ronquidos, rrr, zzz….; el dolor, au, auch, ay, uy…; la emoción o sorpresa, ah, eh, guau, oh, wow…; el frío, berr, brrr, brru…; el asco, buag, ñac…; los eructos, burp…; los besos, muac…; el hipo, hip….; el alivio, uf; el habla, bla bla, güiri güiri…, por mencionar algunos.
Son también muy comunes las onomatopeyas que representan los sonidos que emite la animalia, como el sonido de la abeja, bzzz; del búho, uhú; del burro, iaaa; del caballo, hiii; del cerdo, oinc oinc; de la gallina, clo clo; del gallo, quiquiriquí; del gato, miau; del grillo, cri cri; del león, roaar; del lobo, aúúú; del mosquito, bzzz; de la oveja, beee; del pato, cuac; del perro, guau; del pollo, pío pío; del ratón: iii iii; de la rana, croac; de la serpiente, ssss o de la vaca, muuu. Las nociones y los objetos inanimados también producen sonidos que las onomatopeyas convierten en palabras, como las explosiones o disparos: bang bang bang, boom, bum, paf, pam, pataplum, patapum, pim pam, pum pum pum, ra ta ta ta…; los golpes: cataplum, cataplún, crash, plaf, plas, plof, plop, splash, trac, tracatrá, tras, zas, zasca…; los crujidos: catacrac, crac, crack, croc, crunch, ras, scratch…; los mecanismos: chac chac, chas, clac, clic, clip, clop, tac, toc…; las campanas, timbres y toques: chirrín, clin, clinc clinc, cling, din don dan, ding dong, ring, rin rin, talán talán, tan tan, tilín tilín, tolón tolón, toc toc…; la fricción: chits, fiiiu, fru fru, pfiuu, zip… o la velocidad: fuuun, run run, rrr, ssum, entre otros.
En español tenemos, asimismo, un número no desdeñable de palabras cuya etimología se remonta a la imitación de algún sonido; así, por ejemplo, el Diccionario de la lengua española nos dice que los sustantivos batacazo, bofe, burbuja, carcajada, carraspera, cencerro, changarro, chapa, chaparrón, charamusca, charco, chasco, chispa, chorcha, chorro, churro, dengue, gargajo, garganta, pirinola (y perinola), pito, rifa, rifirrafe, sapo, tirria, títere, tope, trampa, trino, trompa, tuétano y vaho tienen un origen onomatopéyico. Lo tienen también los adjetivos bárbaro, bereber, bofo, fofo, guarro, pizpireto y zángano; y los verbos achuchar, arrullar, bambolear, berrear, borbotear, bufar, chacotear, chapotear, chirriar, chocar, chupar, papear, pizcar, refunfuñar, rezongar, tambalear, tararear, tocar, topar, trepar, tumbar, zampar y zumbar, por mencionar algunos.
En muchos de estos casos es posible reconstruir el vínculo de estas palabras con el sonido que las originó, ya que se repiten algunos movimientos de la boca. Así, la voz churro, referida al postre frito, se forma a partir del sonido que produce el redondeamiento y cierre de los labios como para pronunciar el sonido de la ch, seguido de la repetición del sonido de la r, lo cual recuerda el chisporroteo de la masa húmeda al entrar en contacto con el aceite caliente. En otros casos, el tiempo ha difuminado la relación y su reconstrucción resulta mucho más compleja, tal como se podría suponer de la palabra dengue, que habría surgido a partir de la imitación del habla afectada de una persona melindrosa, de ahí que originalmente hiciera referencia a gestos de disgusto y, con el tiempo, terminó por nombrar una enfermedad cuyos dolores y rigidez obligan a quienes la padecen a moverse con una apariencia semejante a quienes hacen dengues. Las onomatopeyas no reproducen los sonidos con exactitud, sino que los “traducen” de acuerdo con las posibilidades fonéticas de cada lengua y con las convenciones culturales de sus hablantes; por eso, en alemán el ladrido es wuff wuff, en coreano meong meong y en español guau guau.

Para terminar, basta con decir que en las novelas gráficas, las onomatopeyas marcan el ritmo de las páginas e, incluso, sonorizan el final de un relato… ¡tan tan!

































