Por tercera ocasión en su historia, México será sede de una Copa Mundial de Futbol, un hecho que, además de convertirlo en la única nación que ha albergado tres ediciones del torneo masculino, lo coloca nuevamente en el centro de uno de los acontecimientos deportivos más relevantes del planeta.
La realización de una Copa del Mundo implica mucho más que la llegada de selecciones y aficionados de distintas partes del mundo. Supone la movilización de una compleja infraestructura que involucra estadios, redes de transporte, sistemas de comunicación y mecanismos de coordinación institucional. En ese sentido, el torneo constituye un fenómeno de gran escala, capaz de articular múltiples dimensiones de la vida pública.

Desde una perspectiva histórica, los Mundiales permiten observar cómo el futbol se ha transformado en un fenómeno global estrechamente vinculado con la expansión de los medios de comunicación, la modernización tecnológica y el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura. Al mismo tiempo, cada edición refleja las condiciones políticas, económicas y sociales de su época, y ofrece una vía para comprender cómo se construyen imaginarios de modernidad, identidad y pertenencia en torno al deporte.
Con el fin de analizar estas dinámicas, el maestro en Historia por la UNAM, Giovanni Alejandro Pérez Uriarte, propone una mirada a los torneos celebrados en México, centrada en las ediciones de 1970, 1986 y 2026, sin dejar de lado el Mundial Femenil de 1971, frecuentemente relegado de la memoria colectiva. A través de estos episodios, explora la relación entre futbol, medios de comunicación y procesos sociales más amplios en el México contemporáneo.
Se cimenta el camino para el primer Mundial
En la década de los cincuenta, el futbol en México había dejado de ser un entretenimiento marginal para consolidarse como un espectáculo de creciente relevancia social. En ese escenario comenzaron a desarrollarse diversos procesos que alimentaron la aspiración de que el país pudiera albergar una Copa Mundial.
Para Pérez Uriarte, hubo dos momentos fundamentales que hicieron posible ese objetivo. El primero fue el Segundo Campeonato Panamericano de Futbol, celebrado en el Estadio Olímpico Universitario en 1956. Este certamen funcionó como una experiencia previa en la organización de competencias internacionales y evidenció la enorme capacidad de convocatoria del balompié en México. Los llenos totales y la demanda popular, que incluso rebasó los accesos del inmueble, permitieron poner a prueba distintos aspectos logísticos.
El segundo factor estuvo relacionado con la construcción del Estadio Azteca, actualmente Estadio Ciudad de México, una obra emblemática que modernizó la infraestructura deportiva nacional y proyectó una imagen de solvencia organizativa ante la comunidad internacional. Este proceso estuvo estrechamente ligado al impulso de empresarios como Emilio Azcárraga Milmo, quien comprendió el potencial del futbol como espectáculo televisivo de gran alcance y promovió la creación de un recinto pensado tanto para los asistentes como para las transmisiones televisivas.
A ello se sumaron otros elementos, como la estabilidad política del periodo, el respaldo gubernamental a proyectos de proyección internacional y la modernización de la infraestructura urbana y de transporte.
Durante estos años también se fortaleció la relación entre el futbol y los medios de comunicación, particularmente a través de Telesistema Mexicano, antecedente de Televisa, que comenzó a transmitir partidos de manera regular y contribuyó a transformar el deporte en un producto mediático de alto valor comercial. En conjunto, estos factores reforzaron la confianza de los organismos deportivos internacionales en las condiciones del país para albergar una competencia de gran magnitud.
1970: la consagración de Pelé
Como resultado de la convergencia entre intereses empresariales, estatales y deportivos, México obtuvo la sede del Mundial de 1970. Cada Copa del Mundo suele convertirse en un reflejo de su tiempo, y la edición de 1970 no fue la excepción: representó una vitrina internacional de modernización tecnológica y desarrollo infraestructural.
Uno de los aspectos más visibles fue su dimensión mediática. El campeonato se convirtió en un laboratorio de innovación tecnológica al ser el primero transmitido completamente vía satélite, lo que permitió su difusión global en tiempo real. Este avance fue posible gracias a instalaciones como la estación satelital de Tulancingo, Hidalgo, construida con apoyo del Estado mexicano. Paralelamente, el torneo impulsó la expansión de la televisión a color, aunque su acceso todavía era limitado para buena parte de la población.
La competencia también evidenció el papel de la afición como actor social. Lejos de comportarse como una audiencia pasiva, los seguidores expresaron emociones, identidades y posturas políticas. Durante la ceremonia inaugural, el presidente Gustavo Díaz Ordaz fue recibido con silbidos, una manifestación que puso en evidencia el descontento social persistente incluso en un evento concebido para proyectar unidad nacional.
Aunque el gobierno mexicano utilizó la justa como una herramienta de legitimación política, esta se desarrolló en medio de profundas tensiones sociales. Si bien el país atravesaba una etapa de crecimiento económico sostenido, también enfrentaba una creciente conflictividad. Los movimientos ferrocarrileros y magisteriales, las guerrillas rurales encabezadas por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, así como el movimiento estudiantil de 1968, revelaban un país marcado por importantes contradicciones.
“El Mundial de 1970 se desarrolló en un contexto contradictorio: mientras se proyectaba una imagen de modernidad y éxito internacional, internamente persistían conflictos sociales significativos”, destacó Giovanni Alejandro Pérez Uriarte.
En el plano deportivo, el torneo es recordado principalmente por la actuación de Pelé, quien consolidó su lugar entre las máximas figuras de la historia del futbol al conquistar su tercer campeonato mundial con Brasil. También quedó inmortalizado por el llamado “Juego del Siglo”, entre Italia y Alemania Federal, un encuentro cargado de dramatismo que concluyó 4-3 tras tiempos extra.
Otro hecho relevante fue la actuación de la selección mexicana, que por primera vez logró avanzar a la segunda ronda de una Copa del Mundo. Este desempeño generó un importante fenómeno social y dio origen a nuevas formas de celebración colectiva, como los festejos en el Ángel de la Independencia, que con el tiempo se integrarían a la cultura futbolística nacional.
La edición de 1970 también contribuyó a consolidar una nueva cultura visual y comercial alrededor del futbol. Se introdujeron innovaciones como el balón Telstar, diseñado específicamente para mejorar la experiencia televisiva, además de reglas como las sustituciones de jugadores y las tarjetas amarillas y rojas, pensadas para facilitar la comprensión del juego tanto en los estadios como frente a las pantallas.
A ello se sumó una estrategia de mercadotecnia cada vez más sofisticada, que incluyó mascotas oficiales como “Pico” y, posteriormente, “Juanito”, esta última mucho más popular, aunque también asociada a ciertos estereotipos culturales.
1971: una historia pendiente de reconocimiento
El impacto cultural y mediático del Mundial de 1970 no terminó con la coronación de Brasil. Apenas un año después, México volvió a convertirse en escenario de una competencia internacional que, aunque durante décadas permaneció relegada de la memoria colectiva, constituye un capítulo fundamental de la historia deportiva: el Mundial Femenil de 1971.
Para Giovanni Alejandro Pérez Uriarte, México no debería ser considerado sede de tres Copas del Mundo, sino de cuatro, al incorporar esta competencia a la historia del futbol internacional celebrado en el país.
El campeonato se desarrolló en el contexto de la segunda ola del feminismo, un movimiento que cuestionó los roles tradicionales de género y reivindicó el derecho de las mujeres a participar plenamente en la vida pública, incluido el ámbito deportivo. Aunque las mujeres practicaban futbol en México desde décadas atrás e incluso existían ligas cuyos encuentros eran transmitidos por televisión, el reconocimiento institucional continuaba siendo limitado.
La FIFA desconoció el torneo debido a que fue organizado por una federación internacional de futbol femenil ajena a su estructura. Esta situación generó tensiones con el organismo rector del futbol mundial, interesado en mantener el control exclusivo de las competencias internacionales.
Pese a la falta de reconocimiento oficial, la competencia registró un notable éxito. México fue el único país americano participante y conformó una selección integrada por jugadoras provenientes de ligas locales, muchas de ellas sin respaldo institucional. Las futbolistas entrenaban en espacios públicos, carecían de equipamiento adecuado y dependían en gran medida del apoyo familiar. Sin embargo, lograron despertar un enorme interés entre los aficionados y convocar importantes asistencias en los estadios.
La selección mexicana alcanzó el subcampeonato tras caer 3-0 frente a Dinamarca en la final. Aun así, el resultado representó una hazaña notable, especialmente si se considera que el combinado masculino no había conseguido logros equivalentes en torneos internacionales.
Entre las integrantes de aquella generación figuraban las porteras Yolanda Ramírez y Elvira Arcén; las defensas Sandra Tapia Montoya, Paula Pérez Padierna, Eréndira Rangel, María Cruz Martínez, Martha Coronado, Irma Chávez, Bertha Orduña y Lourdes de la Rosa; las mediocampistas Guadalupe “La Capi” Tovar Ugalde, Elsa Huerta, María Eugenia “La Peque” Rubio, Patricia Hernández y María de la Luz Hernández, así como las delanteras Silvia Zaragoza, Teresa Aguilar, Esther Mora Soto y Alicia Vargas.
“Esta última fue una de las figuras más destacadas del equipo y posteriormente fue reconocida por la Federación Internacional de Historia y Estadística de Futbol como la tercera mejor futbolista de la Concacaf del siglo XX”, resaltó Pérez Uriarte.
Aunque el certamen evidenció la creciente popularidad del futbol femenil, también puso de manifiesto las desigualdades de género de la época. Se aplicaron modificaciones reglamentarias sustentadas en prejuicios sexistas, como la reducción de la duración de los partidos o el uso de balones más pequeños, bajo la creencia de que las mujeres poseían menores capacidades físicas para practicar este deporte.
Además, ocurrió un hecho que trascendió el ámbito futbolístico. Antes de la final, las jugadoras mexicanas exigieron una compensación económica por su participación, una demanda que puede considerarse una de las primeras expresiones de lucha por el reconocimiento profesional de las mujeres en el deporte. Su postura reivindicó el valor de su trabajo en un espacio históricamente dominado por los hombres.
1986: Colombia rechaza, México rescata y Diego se corona
Aunque el Mundial Femenil de 1971 demostró la capacidad organizativa del país y el creciente interés por el futbol, pasarían quince años antes de que México volviera a albergar una Copa del Mundo masculina. Esta nueva edición surgiría en circunstancias muy distintas y en medio de una compleja coyuntura económica y social.
Giovanni Alejandro recordó que Colombia había sido elegida inicialmente como sede del Mundial de 1986. Sin embargo, en octubre de 1982, el presidente Belisario Betancur anunció oficialmente la renuncia de su país tras considerar las necesidades nacionales en un escenario económico complicado.
Una de las frases más recordadas de su pronunciamiento fue que “el Mundial debía servir a Colombia y no Colombia al servicio de la FIFA”. La declaración se convirtió en una crítica directa al modelo de organización de los grandes eventos deportivos y convirtió a Colombia en el único país que ha renunciado voluntariamente a organizar una Copa del Mundo.
Tras la decisión colombiana, se abrió una disputa internacional para definir una nueva sede. Estados Unidos se postuló rápidamente, interesado en impulsar la popularidad del futbol dentro de su territorio. Frente a esa candidatura surgió la propuesta mexicana, impulsada principalmente por Emilio Azcárraga Milmo y Televisa.
Para conseguir la designación, se movilizó una importante red de dirigentes y empresarios, entre ellos Guillermo Cañedo y Rafael del Castillo, quienes realizaron intensas gestiones dentro de la FIFA. Finalmente, México obtuvo nuevamente la sede, mientras que Estados Unidos recibiría años después la organización del Mundial de 1994.
A diferencia de lo ocurrido en 1970, el país enfrentaba enormes dificultades. Desde 1982 había declarado la moratoria de su deuda externa, la inflación rondaba el 60 % anual y el peso sufría fuertes devaluaciones. El malestar social era evidente.
La situación se agravó con el terremoto de septiembre de 1985, que provocó miles de víctimas y una profunda crisis de confianza hacia las autoridades. En este contexto, numerosos sectores cuestionaban la pertinencia de destinar recursos y esfuerzos a una competencia internacional cuando persistían necesidades urgentes relacionadas con la reconstrucción, el empleo y la atención social.
A pesar de ello, el campeonato siguió adelante. La ceremonia inaugural estuvo marcada por una fuerte protesta popular contra el presidente Miguel de la Madrid. Al igual que había ocurrido con Díaz Ordaz en 1970, los abucheos fueron tan intensos que incluso las transmisiones intentaron minimizar su impacto. El episodio reflejó el nivel de inconformidad presente en una sociedad golpeada por la crisis económica y las secuelas del sismo.
Una vez iniciado el torneo, sin embargo, la población se apropió de la celebración. Las calles se llenaron de aficionados y el entusiasmo futbolístico generó un ambiente temporal de unidad y convivencia.
La selección mexicana protagonizó una de las mejores actuaciones de su historia al alcanzar los cuartos de final. En esa instancia enfrentó a Alemania Federal en un encuentro que terminó definiéndose por penales.
Uno de los episodios más comentados fue la ausencia de Hugo Sánchez en la tanda definitiva. Considerado la máxima figura del futbol mexicano de la época, no participó debido a problemas físicos derivados de fuertes calambres. La situación dio origen a diversas especulaciones que persistieron durante años.
No obstante, cuando se habla de México 86 resulta imposible ignorar a Diego Armando Maradona, quien consagró su figura tras llevar a Argentina al título, pero también por su actuación frente a Inglaterra en los cuartos de final.
En ese partido se produjo uno de los episodios más famosos y controvertidos de la historia del deporte: el gol conocido como “La Mano de Dios”. Maradona anotó utilizando parcialmente la mano, una infracción que no fue advertida por el árbitro y que terminó validando la anotación.
El significado de aquel encuentro trascendía ampliamente el ámbito futbolístico. Apenas cuatro años antes se había desarrollado la Guerra de las Malvinas entre Argentina y el Reino Unido. La derrota dejó una profunda huella en la memoria colectiva argentina y convirtió el enfrentamiento deportivo en una especie de revancha simbólica para amplios sectores de la sociedad.
Más allá de la polémica arbitral, el partido adquirió una dimensión política, emocional e histórica que explica buena parte de su trascendencia hasta nuestros días.
2026: un TriMundial envuelto en tensiones sociales
Cuatro décadas después de aquella edición marcada por la crisis económica, el terremoto de 1985 y la figura de Maradona, México volverá a formar parte de una Copa Mundial. Sin embargo, el escenario de 2026 presenta desafíos distintos, asociados con la globalización del deporte, la expansión comercial de la FIFA y las tensiones políticas contemporáneas.
La edición de 2026 será la primera organizada conjuntamente por tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Aunque inicialmente se anunció que México tendría un papel central, posteriormente se confirmó que albergará únicamente 13 de los 104 partidos programados.
Esta circunstancia ha generado cuestionamientos sobre el verdadero protagonismo mexicano dentro del torneo, pues gran parte del peso organizativo, económico y mediático recaerá en Estados Unidos.
Pérez Uriarte explicó que este modelo compartido forma parte de un proyecto más amplio impulsado por el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, orientado a transformar profundamente el campeonato. Desde su creación, el torneo ha experimentado una expansión constante: en México 1970 participaron 16 selecciones; en México 1986 fueron 24; desde Francia 1998 compitieron 32 equipos, y en 2026 lo harán 48.
Aunque la FIFA presenta esta ampliación como una forma de democratizar el acceso al torneo y permitir una representación más amplia de países, diversos analistas señalan que también responde a una lógica económica. El crecimiento del número de participantes permite incorporar nuevos mercados de consumidores, ampliar las audiencias globales y aumentar los ingresos derivados de derechos de transmisión, patrocinios y actividades comerciales vinculadas al espectáculo.
En el plano internacional, la competencia se desarrollará en un mundo marcado por conflictos y tensiones geopolíticas. Mientras la FIFA promueve un discurso de unidad y fraternidad entre las naciones, persisten guerras, crisis humanitarias y disputas internacionales que ponen en evidencia las contradicciones del contexto global.
En el ámbito nacional, la celebración coincide con problemas relacionados con la movilidad, el transporte y los servicios públicos, además de conflictos sociales como las movilizaciones magisteriales encabezadas por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y las protestas vinculadas con las desapariciones forzadas.
Otro tema de discusión es el acceso económico al espectáculo. Los precios de los boletos han alcanzado niveles considerablemente más altos que en las ediciones de 1970 y 1986. Para amplios sectores de la población mexicana, asistir a un partido resulta prácticamente imposible debido a los costos de entrada, transporte y hospedaje.
Esta situación ha fortalecido la percepción de que el torneo está dirigido principalmente a turistas internacionales, patrocinadores y sectores con alto poder adquisitivo. Como consecuencia, muchos aficionados consideran que el Mundial se ha alejado de sus raíces populares para convertirse en un producto de consumo cada vez más exclusivo.
A pesar de estas críticas, la competencia continúa despertando entusiasmo entre millones de personas. La pasión por el futbol sigue siendo un elemento central de la identidad cultural de numerosos países, incluido México. Sin embargo, el fervor deportivo no elimina las tensiones económicas, políticas y sociales que caracterizan al presente.
Al comparar los Mundiales de 1970, 1986 y 2026, así como el Mundial Femenil de 1971, es posible identificar tanto continuidades como transformaciones profundas. Cada uno ha funcionado como un espejo de su tiempo: 1970 reflejó la modernización tecnológica y las tensiones del autoritarismo; 1971 evidenció las luchas por el reconocimiento de las mujeres en el deporte; 1986 mostró la capacidad de organización en medio de la crisis, y 2026 permitirá observar los efectos de la globalización y la creciente comercialización del futbol.
















































