Día de Muertos San Antonio, Texas
El 15 de enero Elisa y David se preparaban para caminar por la isla de Tongatapu cuando ambos sintieron que, de súbito, los oídos se les taparon. “Eso te pasa cuando hay un cambio brusco de presión, como cuando buceas o vuelas en avión, pero en ese momento no había razón aparente para ello”, recuerda David al narrar los instantes previos a la erupción del volcán submarino Hunga Tonga-Hunga Ha’apai.
Lo siguiente que experimentaron fue un pequeño empujón a sus espaldas y, menos de un segundo después, oyeron una gran explosión. Ya después vendrían una serie de crujidos en el cielo y, como eran las 5:15 horas de un sábado, de pronto el atardecer se vio oscurecido de ceniza.
Elisa Nava y David Santillán son dos biólogos egresados de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala que, en 2019, se mudaron al reino de Tonga para trabajar en la preservación y explotación comercial de corales. Ambos fueron contratados por una empresa tongana dedicada a la exportación de dichos organismos y pensaban estar de vuelta en México para 2020, pero su estancia se alargó debido a las restricciones para viajar derivadas de la pandemia.
“Estábamos sin posibilidad de volver y no nos quedó más que seguir con nuestra rutina, es decir, bucear a diario y cuidar de nuestra granja de corales, como si nada hubiera pasado”, refiere Elisa, a quien aún le sorprende cómo esa suma de imprevistos les puso a ella y a David en el escenario más improbable de todos: en medio de la erupción más violenta registrada en lo que va del siglo.
La NASA calcula que la energía mecánica liberada durante esa explosión equivale a unas 500 bombas como la de Hiroshima, la cual generó una columna de humo de 30 kilómetros de altura y un estallido que se escuchó en las costas de Alaska. “Ya un mes antes habíamos oído que el Hunga Tonga-Hunga Ha’apai había entrado en actividad y, como mexicanos, considerábamos que eso era normal; a fin de cuentas, el Popocatépetl siempre está activo y ya nos acostumbramos a eso”, comparte Elisa.
Quizá por eso, al principio, nos resistimos a pensar que se trataba del volcán; al percibir el estruendo incluso pensé: se trata de la gasolinera que está detrás de casa, agrega David. “Fue Ely quien gritó ‘¡es el volcán!’. Una vez conscientes de eso corrimos a la parte más alta de la isla para adelantarnos al tsunami, es decir, fuimos al aeropuerto, que está a unos 30 metros sobre el nivel del mar. Fue ahí cuando quedamos incomunicados”.

Cuando estás a mitad de un desastre en lo primero que piensas es en regresar con tu familia, aseguran ambos jóvenes, y estar en una isla remota, al otro lado del mundo, lo complica todo. “Nuestros celulares no funcionaban, no había Internet y todo era un caos. Por fortuna, tras mucho insistir, alguien en la embajada de Reino Unido nos prestó un teléfono satelital y pudimos hablar con nuestros papás y hermanos”, relata Elisa.
Tonga se encuentra en la Polinesia, a nueve mil 400 kilómetros de México; consta de unas 170 islas y la más importante de ellas es Tongatapu, que es donde vivían los universitarios. Se trata de un lugar rebosante de vegetación y que luce verde todo el año, o al menos así era hasta el 15 de enero, cuando plantas y edificios quedaron cubiertos por un manto gris ceniza.
Como biólogos, al ver el desastre, ambos hicieron un estimado de qué tan afectado quedará el sitio en el corto plazo. Para David, el pronóstico no es muy alentador: para una cultura como la tongana, donde por usos y costumbres todos los hombres –incluso los políticos y empresarios importantes– deben labrar sus huertos y sembradíos, el que se haya depositado tanto material volcánico sobre la tierra resultará devastador.
“Durante los próximos años el sustrato de la zona va a ser tan ácido que será complicado producir alimentos”. Y no sólo eso, las dos industrias que más dividendos aportaban al país, la importación de coral y el turismo, recibieron un duro golpe. “El tsunami destruyó la zona hotelera y la granja de corales que cuidábamos fue arrastrada mar adentro”.
Es muy triste ver cómo quedó el sitio, señala Elisa, quien recuerda a Tonga como un paraíso natural poblado por gente de sonrisa fácil, donde hasta su salida no había enfermos de la Covid (“los primeros casos se dieron tras la erupción, cuando llegaron extranjeros de distintas partes del mundo con alimentos y ayuda médica”) y con un alto grado de seguridad (“podías caminar a las tres de la mañana por la calle más oscura y tu mayor temor era que te ladrara un perro”).
Elisa y David tardaron una semana en salir de Tonga y tomar un avión a México. Hoy están con sus familias, más no por ello dejan de comunicarse a diario con sus amigos isleños y se dicen confiados de que, aunque será difícil, tarde o temprano los tonganos saldrán adelante. “De hecho uno de sus rituales es reunirse por las noches para tomar una bebida llamada kava (una raíz molida y diluida en agua), cantar, platicar sus problemas y buscar soluciones. Eso te dice mucho del espíritu de ese pueblo”.
Por ahora los jóvenes dicen querer aprovechar el tiempo con sus familias y, ya después, pensarán en su futuro y en conseguir un trabajo, el cual –confiesan– puede ser en el ramo de la conservación de corales o en algo más. “Aún tenemos mucho por digerir”, bromea David.
“Claro que tenemos planes, personales y profesionales, pero por todo lo que aprendimos allá, los amigos y lo enriquecedor de la experiencia creo que los dos, así como en su momento anhelábamos regresar a México, en algunos años desearemos volver a la isla”.
Silvia vive en Sisal, una comunidad de Yucatán con una población aproximada de dos mil personas. Es esposa de un pescador, ama de casa y madre de dos hijos, pero también es muy trabajadora y busca obtener sus propios ingresos. Por eso, apoyada por la UNAM, junto con nueve amigas inició una granja de pulpos y formaron la cooperativa Moluscos de Mayab.
Era el año del 2004 cuando en las calles del pueblo Silvia vendía rábanos que ella misma había cultivado y se los ofreció a Carlos Rosas, investigador del Laboratorio de Biología Marina Experimental, de la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación de la Facultad de Ciencias de la UNAM.
Al verla, Carlos tuvo la idea de apoyarla para crear la granja. Silvia pescaría los pulpos, los alimentaría y los vendería para obtener ingresos, mientras que él conseguiría los datos científicos que más tarde sirvieran para mejorar el negocio.
Silvia aceptó, aunque al principio le fue muy difícil. Cada mañana tenía que salir al mar para atrapar los pulpos. “El señor que nos llevaba a pescar siempre se reía de mí porque yo era la única del grupo que me mareaba y me guacareaba”.
Actualmente, la Unidad Sisal cuenta con aproximadamente 250 pulpos y la tarea de Silvia y la cooperativa es muy complicada. Cada día deben alimentar a los pulpos en determinadas horas, si se pasan unos minutos los ejemplares comienzan a devorarse unos a otros. Son carnívoros y necesitan mucha atención.
Al principio, la cooperativa asesorada por el equipo de la UNAM los alimentó con restos de pescado, después cambiaron a una fórmula basada en calamar y jaibas, pero era muy costoso para la producción comercial.
Continuaron con las investigaciones y detectaron que los pulpos tienen una forma de digerir muy similar a los vertebrados (como los cerdos y los seres humanos).
Así, descubrieron que la proteína se digiere mucho mejor cuando no está totalmente cocida, y crearon una fórmula hecha con desperdicios de pescado con una cocción menos intensa de la que habían utilizado antes.
Además de ser un modelo mucho más económico, también es sustentable, porque los desperdicios de pescado regularmente son un problema para el medio ambiente. No obstante, la cooperativa Moluscos del Mayab les ha dado un buen uso y les ha funcionado muy bien para nutrir a los animales.
Esta tecnología ha traído el interés de otros países. Por ejemplo, un grupo de España se plantea la creación de una granja de pulpos. Por ello, visitaron al equipo de la UNAM en México quienes les compartieron la forma de nutrir a sus ejemplares. La idea es replicarlo en su país.
Silvia se siente muy feliz de participar en un proyecto con la UNAM, y para su esposo Antonio es un sueño hecho realidad. Antes era pescador, hoy labora con estudiantes e investigadores universitarios.
Todos los miembros de la cooperativa saben que la biología de estos animales es “extraordinaria”. Se trata de un animal que hace millones de años se liberó de una concha para dominar el ecosistema de forma distinta: ahora tienen mayor movilidad pero mayor riesgo ante los depredadores.
Por ello, el pulpo desarrolló un cerebro extraordinario con muchísimas neuronas y una estructura muy compleja para controlar sus ocho brazos. Además, puede modificar la textura de la piel para realizar un camuflaje en cualquier sitio: puede lucir como una piedra o como la misma arena.
Cuando un depredador lo detecta, el pulpo lanza un chorro de tinta para distraerlo, y lo lanza las veces que sea necesario hasta que logra huir.
Hoy, Silvia sabe que el pulpo es muy especial. A través de la UNAM aprendió que tiene tres corazones: dos bronquiales que oxigenan la sangre y uno sistémico que re-bombea permanentemente al resto del organismo. Además, cuenta emocionada, tienen sangre azul.
Carlos Rosas explica que entre los avances científicos que ha desarrollado el equipo de la UNAM se encuentra la creación de una incubadora, que permite mantener a los huevos sin la hembra.
Regularmente las hembras ponen entre mil 500 y 3 mil huevos. Desde ese momento dejan de alimentarse y los cuidan hasta que nacen las crías, después de lo cual, ellas fallecen.
Con esta incubadora, el equipo de la UNAM puede desarrollar los huevos sin necesidad de la hembra, y ésta, que se encuentra en perfectas condiciones, puede ser comercializada.
A decir de Carlos Rosas, este proyecto puede ser el trampolín para replicarse en toda la costa de Yucatán. “La UNAM tiene la responsabilidad de devolverle a la sociedad el beneficio que nos otorga, y con este proyecto le reingresamos lo que nos da”.
La cooperativa Moluscos de Mayab
El camino no fue fácil, el propio marido de Silvia le dijo que no creía en el proyecto y que sólo estaba perdiendo el tiempo. Pero después de un mes, uno de los estudiantes pesó los especímenes, y para sorpresa del investigador, los pulpos que llegaron con 300 gramos aumentaron a un kilo 200 gramos.
En esa ocasión, Silvia vendió los pulpos y llegó a su casa con dinero. Antonio Cob, su marido, le preguntó extrañado: “¿de dónde salió ese dinero?” Y ella le respondió: “De los pulpos que tu decías que no servían para nada”.
Más tarde, algunas integrantes desertaron, pero se unieron el marido de Silvia, junto con Julio Sierra, el esposo de otra de las integrantes del proyecto que antes eran incrédulos. Además, labora con ellos Adriano Cob, hijo de Silvia, quien orgullosamente lleva las finanzas.
Hoy, son seis integrantes en la cooperativa, tienen un terreno donde han colocado sus estanques y esperan que en corto tiempo puedan echar a andar la granja.