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Mujeres yucatecas crean cooperativa de granja de pulpos

Michel Olguín Lacunza

Silvia vive en Sisal, una comunidad de Yucatán con una población aproximada de dos mil personas. Es esposa de un pescador, ama de casa y madre de dos hijos, pero también es muy trabajadora y busca obtener sus propios ingresos. Por eso, apoyada por la UNAM, junto con nueve amigas inició una granja de pulpos y formaron la cooperativa Moluscos de Mayab.

Era el año del 2004 cuando en las calles del pueblo Silvia vendía rábanos que ella misma había cultivado y se los ofreció a Carlos Rosas, investigador del Laboratorio de Biología Marina Experimental, de la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

Al verla, Carlos tuvo la idea de apoyarla para crear la granja. Silvia pescaría los pulpos, los alimentaría y los vendería para obtener ingresos, mientras que él conseguiría los datos científicos que más tarde sirvieran para mejorar el negocio.

Silvia aceptó, aunque al principio le fue muy difícil. Cada mañana tenía que salir al mar para atrapar los pulpos. “El señor que nos llevaba a pescar siempre se reía de mí porque yo era la única del grupo que me mareaba y me guacareaba”.

Un proyecto sustentable

Actualmente, la Unidad Sisal cuenta con aproximadamente 250 pulpos y la tarea de Silvia y la cooperativa es muy complicada. Cada día deben alimentar a los pulpos en determinadas horas, si se pasan unos minutos los ejemplares comienzan a devorarse unos a otros. Son carnívoros y necesitan mucha atención.

Al principio, la cooperativa asesorada por el equipo de la UNAM los alimentó con restos de pescado, después cambiaron a una fórmula basada en calamar y jaibas, pero era muy costoso para la producción comercial.

Continuaron con las investigaciones y detectaron que los pulpos tienen una forma de digerir muy similar a los vertebrados (como los cerdos y los seres humanos).

Así, descubrieron que la proteína se digiere mucho mejor cuando no está totalmente cocida, y crearon una fórmula hecha con desperdicios de pescado con una cocción menos intensa de la que habían utilizado antes.

Además de ser un modelo mucho más económico, también es sustentable, porque los desperdicios de pescado regularmente son un problema para el medio ambiente. No obstante, la cooperativa Moluscos del Mayab les ha dado un buen uso y les ha funcionado muy bien para nutrir a los animales.

Esta tecnología ha traído el interés de otros países. Por ejemplo, un grupo de España se plantea la creación de una granja de pulpos. Por ello, visitaron al equipo de la UNAM en México quienes les compartieron la forma de nutrir a sus ejemplares. La idea es replicarlo en su país.

Los datos científicos

Silvia se siente muy feliz de participar en un proyecto con la UNAM, y para su esposo Antonio es un sueño hecho realidad. Antes era pescador, hoy labora con estudiantes e investigadores universitarios.

Todos los miembros de la cooperativa saben que la biología de estos animales es “extraordinaria”. Se trata de un animal que hace millones de años se liberó de una concha para dominar el ecosistema de forma distinta: ahora tienen mayor movilidad pero mayor riesgo ante los depredadores.

Por ello, el pulpo desarrolló un cerebro extraordinario con muchísimas neuronas y una estructura muy compleja para controlar sus ocho brazos. Además, puede modificar la textura de la piel para realizar un camuflaje en cualquier sitio: puede lucir como una piedra o como la misma arena.

Cuando un depredador lo detecta, el pulpo lanza un chorro de tinta para distraerlo, y lo lanza las veces que sea necesario hasta que logra huir.

Hoy, Silvia sabe que el pulpo es muy especial. A través de la UNAM aprendió que tiene tres corazones: dos bronquiales que oxigenan la sangre y uno sistémico que re-bombea permanentemente al resto del organismo. Además, cuenta emocionada, tienen sangre azul.

Carlos Rosas explica que entre los avances científicos que ha desarrollado el equipo de la UNAM se encuentra la creación de una incubadora, que permite mantener a los huevos sin la hembra.

Regularmente las hembras ponen entre mil 500 y 3 mil huevos. Desde ese momento dejan de alimentarse y los cuidan hasta que nacen las crías, después de lo cual, ellas fallecen.

Con esta incubadora, el equipo de la UNAM puede desarrollar los huevos sin necesidad de la hembra, y ésta, que se encuentra en perfectas condiciones, puede ser comercializada.

A decir de Carlos Rosas, este proyecto puede ser el trampolín para replicarse en toda la costa de Yucatán. “La UNAM tiene la responsabilidad de devolverle a la sociedad el beneficio que nos otorga, y con este proyecto le reingresamos lo que nos da”.

La cooperativa Moluscos de Mayab
El camino no fue fácil, el propio marido de Silvia le dijo que no creía en el proyecto y que sólo estaba perdiendo el tiempo. Pero después de un mes, uno de los estudiantes pesó los especímenes, y para sorpresa del investigador, los pulpos que llegaron con 300 gramos aumentaron a un kilo 200 gramos.

En esa ocasión, Silvia vendió los pulpos y llegó a su casa con dinero. Antonio Cob, su marido, le preguntó extrañado: “¿de dónde salió ese dinero?” Y ella le respondió: “De los pulpos que tu decías que no servían para nada”.

Más tarde, algunas integrantes desertaron, pero se unieron el marido de Silvia, junto con Julio Sierra, el esposo de otra de las integrantes del proyecto que antes eran incrédulos. Además, labora con ellos Adriano Cob, hijo de Silvia, quien orgullosamente lleva las finanzas.

Hoy, son seis integrantes en la cooperativa, tienen un terreno donde han colocado sus estanques y esperan que en corto tiempo puedan echar a andar la granja.

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