Ciencia

Vivir con esquizofrenia

Ciencia UNAM/Alfonso Andrés Fernández Medina/Monica Nario
La enfermedad se presenta entre los 15 y 24 años de edad, pero en la mayoría de los casos el diagnóstico médico se recibe varios años después.


Extremidades largas, un rostro pálido sin ojos, orejas, ni boca. En la espalda esconde seis tentáculos con los que ataca a sus víctimas. Se trata de Slenderman, un personaje creado en internet, pero que cobraba vida en la mente de Tania, una joven de 24 años. “Lo veía en varios lados. Era una pesadilla sacada de una película de terror”, expresó.

Esa fue una de sus primeras alucinaciones antes de recibir el diagnóstico de esquizofrenia
a los 17 años. Su padre, quien abandonó a su madre desde antes de que ella naciera, también padece esta enfermedad, que se sitúa como una de las diez primeras causas de discapacidad en el mundo.

Los síntomas de la esquizofrenia se calsifican en dos grupos: positivos y negativos. “Los primeros, se refieren a las ideas delirantes, es decir, la persona tiene falsas creencias, por ejemplo, se siente perseguida o está convencida de que alguien puede adivinar sus pensamientos”, afirmó el psiquiatra Ricardo Ríos Flores, profesor del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la UNAM.

En este mismo grupo están las alucinaciones, alteraciones que pueden involucrar a todos los sentidos con los que percibimos el mundo. Las más frecuentes son las auditivas (escuchar voces, ruidos, murmullos).

Los síntomas negativos se asocian con la disfunción física y emocional: desmotivación, dificultad para experimentar placer, problemas de socialización, agregó el doctor Ríos.

Pero la esquizofrenia va más allá de estos síntomas. “Se trata de una enfermedad del neurodesarrollo, es crónica y neurodegenerativa. Se alteran procesos como la concentración, la memoria de trabajo y la cognición social –comprensión de la conducta de los demás. Todo ello genera discapacidad en quien la padece. La familia es afectada, destaca el psiquiatra Iván Vargas, del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez.

Los síntomas se manifiestan de manera distinta en en cada persona. Por ello se habla de un trastorno heterogéneo. Afecta entre un 0.5 y 1 por ciento de la población en todo el mundo. “Se presenta más en hombres que en mujeres. Las primeras manifestaciones de la enfermedad pueden aparecer en la adolescencia; la mayor parte de los casos se diagnostican entre los 15 y 24 años de edad, destaca el psiquiatra Mauricio Rosel Vales, Coordinador de la Clínica de Esquizofrenia del Instituto Nacional de Psiquiatría (INP).

Antes de los 17 años, previo al diagnóstico de esquizofrenia, Tania presentó problemas de anorexia. Además, en la escuela tenía que lidiar con las agresiones de sus compañeros porque sus gustos eran diferentes. De hecho, al terminar el bachillerato, comenzó a vestirse estilo lolita –moda urbana japonesa. Para ella, era una forma de expresarse; sin embargo, en la calle no era bien vista. A las burlas se sumaron los chismes y la discriminación.
Tania sufrió sus primeros episodios psicóticos (escuchar voces, sentir que se le subían animales, ver personajes que no existen) en promedio una vez por semana, pero con el tiempo se volvieron más frecuentes.

Tania ya no soportaba esa situación. Sabía que algo no andaba bien. Por eso, ella y su madre decidieron acudir al psiquiatra, quien en 2011, le diagnosticó esquizofrenia. Meses después del diagnóstico, la situación se complicó: empezó a escuchar voces que le ordenaban quitarse la vida.

“Dirígete a la ventana de tu cuarto, ábrela, siéntate y lánzate. Si no lo haces, mato a tu mamá y a tus gatos”, era la indicación. El día que Tania atendió la orden, su madre llegó cuando estaba sentada en la ventana. “Me tranquilicé y para no asustarla la tomé de la cintura y la jalé hacia mi”, expresó su madre.

“La idea y los intentos de suicidio son comunes en la esquizofrenia. Más del 60% de los pacientes lo intenta al menos una vez”, indicó el psiquiatra Iván Vargas.

Tres días después de ese suceso, junio de 2012, Tania ingresó a una clínica psiquiátrica privada, de la cual salió a los pocos días. En 2013, fue internada por segunda ocasión. Y en 2015, fue su último internamiento. Desde entonces no ha sido necesario hospitalizarla.“Fue una experiencia amarga haber permanecido en este lugar. No se lo recomiendo a nadie. Hay maltrato. La comida sabe a odio”, recordó Tania.

Desde aquella fecha, ella está en casa, pinta, canta, estudia y realiza sus actividades cotidianas. Tiene una cuidadora los jueves, día en que se queda sola. Sigue el tratamiento de su psiquiatra y psicólogo. Quienes la conocen se sorprenden de los avances que ha tenido.

“Los tratamientos son complejos al igual que la enfermedad. Actúan a diferentes niveles. La piedra angular es el medicamento. Se complementa con grupos psicoeducativos, en los cuales la familia obtiene información acerca de la enfermedad para poder entender al paciente. Al enfermo se le brindan herramientas para mitigar su discapacidad”, afirma el psiquiatra Benjamín Guerrero, del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la UNAM.

Además de los medicamentos es fundamental la terapia psicológica con enfoque cognitivo-conductual, la cual ayuda al paciente a identificar sus propios síntomas y cómo debe reaccionar cuando se presenta un episodio. Asimismo, le permite mejorar su comunicación con las demás personas, cómo desenvolverse en el trabajo o en la escuela.

El apoyo de su madre ha sido fundamental para Tania. “Es difícil asimilar que tienes que estar 24 horas al pendiente de lo que hace tu hija. Implica renunciar a un proyecto de vida, pero lo he hecho con amor. Además, ha sido un reto aprender a vivir con la crítica social. Y es que hay una percepción errónea de la ezquizofrenia. Se piensa que quienes la sufren son como algunos personajes de series de televisión o películas”, expresó la mamá de Tania.

“A pesar de las campañas de sensibilización hacia las enfermedades mentales aún no se logra vencer el estigma hacia estos trastornos. Esta es la barrera más importante para la búsqueda de atención”, abundó Benjamín Guerrero.

Pero la esquizofrenia no ha vencido a Tania. Terminó el bachillerato, sigue estudiando y toma e imparte clases de japonés, coreano, inglés y francés.

Tania es una mujer inteligente que enfrenta los retos que se le presentan. Tiene novio y le gusta salir con sus amigas. Su madre desea que sea cada vez más independiente. Ambas han aprendido a conocerse y a convivir con esta enfermedad.

¿Qué pasa en el cerebro?

De acuerdo con algunos estudios, los pacientes con esquizofrenia, presentan alteraciones en la estructura de determinadas regiones y tejidos del cerebro.

El hipocampo (involucrado en la memoria y aprendizaje), la amígdala (regula las emociones básicas) y el tálamo (integra la información que nos llega a través de los sentidos, con la excepción del olfato), presentan un menor volumen en comparación con el de los sujetos sanos.

Se ha constatado alteraciones en varios neurotransmisores (sustancias químicas con las cuales se comunican las neuronas entre ellas), principalmente la dopamina y el glutamato.

Estas desregulaciones sugieren la existencia de un aumento de la dopamina, lo cual dispara las alucinaciones (escuchar voces o ver cosas que no existen) o los delirios (sentirse perseguido o espiado).

Además, existen deficiencias en los niveles de glutamato, principal estimulante cerebral, lo cual afecta procesos como la concentración, atención y abstracción.

¿Qué la causa?

No existe un origen único de la enfermedad. Por ello se considera multifactorial. Si bien la carga genética incrementa el riesgo de sufrir este trastorno, algunos factores prenatales, abusos en la infancia (sexual, físico, emocional) o el entorno familiar y social pueden desencadenar la enfermedad.

El reto actual es comprender cómo interaccionan los factores genéticos y ambientales en la manifestación o no de la esquizofrenia. Aproximadamente, 20 por ciento de los pacientes con ezquizofrenia tiene un antecedente familiar.

Deja tu comentario

Comentarios