Reportaje

EN PELIGRO, VARIEDADES DE MAÍZ NATIVAS DE MÉXICO

Omar Páramo / Francisco Medina

“De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados”. Este pasaje, tomado del Popol Vuh, no sólo explica cómo surgió la humanidad en su versión definitiva sino algo que, en el fondo, todos sabemos: que el maíz está en la esencia misma de México.

Se dice que fueron los primeros habitantes de nuestro país quienes, a base de resembrar durante milenios una pequeña espiga, el teocintle, generaron la diversidad de mazorcas actuales (el nombre técnico de tal proceso es mejoramiento genético autóctono). Por ello no extraña que seamos el país con más variedades nativas, 59, las cuales están en riesgo debido a las presiones del mercado para sustituirlas por granos híbridos o transgénicos.

Sin embargo, pese a los obstáculos colocados a estos granos —como negarles acceso al programa federal Precio de Garantía bajo el argumento de que el maíz debe ser blanco o amarillo y que cualquier otro tono es anómalo— en las comunidades originarias se aprecia una negativa a abandonar sus semillas y ejemplo de ello es Criseldo Pérez, campesino del municipio chiapaneco de La Concordia, que siembra maíz capistrano en su milpa y quien comparte: “Es una costumbre familiar que no quisiera perder”.

Esta actitud se ha vuelto una estrategia de resistencia frente a imposiciones venidas de fuera y, sobre todo, de defensa de un legado tan biodiverso como antiguo. No por nada entre los estudiosos del campo los indígenas son llamados guardianes del maíz, “un título más que merecido por una labor tan crucial”, señala Patricia Ortega, de la maestría en Ciencias de la Sostenibilidad, de creación reciente en la UNAM.

A fin de apoyar en su preservación, un equipo de universitarios —entre quienes figura Ortega— ha dedicado los últimos años a mapear el territorio nacional a fin de determinar dónde crecen las 59 variedades nativas y su relación con las comunidades originarias, desde en la más mermada en población, la ayapaneca, con apenas 57 habitantes, hasta en la más numerosa, la nahua, que supera los 2 millones 500 mil individuos.

Este trabajo se realiza a través del CentroGeo del Conacyt y el mapa resultante, interactivo y de libre acceso, puede consultarse en la dirección http://adesur.centrogeo.org.mx/apps/native_corn/#. La intención no es sólo bosquejar una hoja de ruta útil para diseñar políticas de protección, sino hacer visibles las interacciones generadas a partir del maíz, las cuales repercuten en lo cultural, económico y en nuestra soberanía alimentaria.

Vicente Pérez es un productor tzotzil de Chiapas que siembra maíz pinto, un elote que parece tablero de ajedrez debido a sus granos azul oscuro que se alternan con otros color crema claro y con el que se elaboran tortillas, pozol y tamales cuando llegan las fiestas patronales. Ante las insistencias para dejar esa variedad en favor de las híbridas él pide: “No dejemos morir las semillas criollas; es lo que nos representa como región y como pueblo”.

Paola Mejía, quien coordina los aspectos geoespaciales de este proyecto Conacyt, está acostumbrada a escuchar ese tipo de respuestas por parte de los campesinos y le parecen más que justificadas pues “hombre y planta comparten una presencia en el territorio. Y no me refiero a un mapa con divisiones geográficas como los que se consiguen en las papelerías, sino a un lugar donde se dan relaciones sociales y culturales no perceptibles a simple vista, pero que explican múltiples formas de entender el mundo”.

Si hay una planta mexicana creadora de cosmovisiones ésa es el maíz, cuyo nombre es náhuatl es tlaoli y significa “sustento”, algo que bien sabe la señora Livia Vázquez, quien siembra elote colorado a sabiendas de que de él dependen, todos y cada uno de quienes viven en su casa. “Este maíz es nuestra comida diaria y con el que mantenemos a los animalitos”.

Tras considerar cada uno de estos aspectos, para Edali Murillo, estudiante de la UNAM y colaboradora del CentroGeo, la pregunta subyacente es ¿y si desaparecen estas variedades nativas qué? “Esto va más allá de perder una planta, equivale a quedarnos sin una infinidad de prácticas, rituales, manifestaciones culturales y sin parte de nuestra esencia como país”.

Por fortuna, añade Edali, contamos con todas estas comunidades indígenas decididas a proteger sus semillas. En el tercer capítulo del Popol Vuh se narra cómo los dioses, tras crear las plantas que cubren selvas y montañas, se dieron cuenta de que todas requerían cuidado y dijeron algo que bien se podría aplicar hoy al maíz: “Bueno es, pues, que haya guardianes”.

UNA HAZAÑA CIVILIZATORIA

Mariana Benítez es investigadora en el Instituto de Ecología de la UNAM y durante años ha trabajado en Zaachila, un poblado enraizado en los valles centrales de Oaxaca y en cuyas milpas sobrevive una variedad de maíz conocida como bolita, indispensable para elaborar una bebida de origen prehispánico que, de tan tradicional, todavía se consume en jícara: el tejate.

“Ésta es la razón por la que aún se siembra pese ser una variedad no favorecida por los programas institucionales. Y es que el maíz bolita está asociado a una forma de vida, a las fiestas del pueblo y a sus gustos”.

Sin embargo, la académica no está segura sobre cuánto tiempo se mantendrá esta situación debido a las estrategias usadas para desplazar a los granos nativos, como ofrecer estímulos económicos a cambio de plantar híbridos o transgénicos bajo el argumento de que producen más, algo que a su decir es una verdad tramposa, pues aunque sí lo hacen, esto es sólo si el agricultor compra fertilizantes, herbicidas y pesticidas de tal o cual marca.

“Pese a lo prometido, dichas plantas no se desarrollan igual de bien en todos los suelos, mientras que los maíces nativos fueron desarrollados para adaptarse a cada región y a sus especificidades, sin importar si hablamos de suelos pobres en nutrientes o en declives pronunciados, o si la milpa se encuentra a niveles de playa o a 2 mil 500 metros sobre el nivel del mar”.

En opinión de la profesora es de reconocerse la labor realizada por los indígenas mexicanos ya que, de manera paciente y a lo largo de milenios, domesticaron el teocintle hasta convertirlo en el maíz actual, una planta que, además de ser hoy el cereal más sembrado en el mundo, genera tal identidad que no sólo da nombre a la región más vasta de nuestro continente sino a todas las culturas que en su momento ahí germinaron: Mesoamérica.

“El invento del maíz por los mexicanos sólo es comparable con el invento del fuego por el hombre”, escribió en alguna ocasión Octavio Paz, a lo que Mariana Benítez responde que no sabe si compararlo con el fuego, “pero sin duda es una hazaña civilizatoria lo realizado aquí por los pueblos originarios”.

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