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De no cambiar la sociedad, acciones diseñadas para lograr la inclusión de los discapacitados terminarán por segregarlos

Omar Páramo / Francisco Medina
Dentro de las medidas encaminadas a aminorar brechas y eliminar escollos figura el artículo 24 de la Ley para la Integración al Desarrollo de las Personas con Discapacidad de la Ciudad de México

En aras de lograr la inclusión de las personas con discapacidad se han tomado medidas que, idealmente, deberían promover igualdad con oportunidades reales, pero al no ir aparejadas de estrategias para sensibilizar a la sociedad podrían resultar contraproducentes y segregar e invisibilizar a la población que originalmente buscaban proteger, señala la profesora Georgina Alicia Flores Madrigal, del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

La doctora Flores nació con una discapacidad que le hace necesaria una andadera metálica para caminar y, por lo mismo, dice conocer de cerca las barreras que obstaculizan el día a día de alguien que vive con limitaciones —desde las arquitectónicas hasta las erigidas sobre prejuicios— y tener buen ojo para detectar cómo hacen éstas para pasar inadvertidas para las mayorías, pues responden a estructuras reproducidas a través de generaciones, son aprendidas por todos desde la infancia y suelen asumirse como algo natural.

Lo vemos en los transportes de difícil ascenso y descenso, en la falta de rampas en edificios o esquinas de calle o en a quién seleccionan los jefes de recursos humanos. Por ello, para romper con estas inercias de inequidad se aplican las llamadas acciones afirmativas, es decir, medidas diseñadas para ponerles un piso parejo a quienes han estado en desventaja y pensadas para desaparecer una vez enmendadas las circunstancias que dan pie a lo dispar, explica.

“Un ejemplo son los autobuses Atenea, ¿pero qué ha pasado con ellos? Surgieron en 2008 para que las pasajeras viajaran seguras de aquí hasta erradicar la violencia hacia ellas en el transporte público. Han transcurrido 11 años ¿y la mentalidad ha cambiado?, ¿las políticas?, ¿los hombres han aprendido a convivir con las mujeres en estos espacios? ¡No!, y por lo tanto esta acción afirmativa, en principio transitoria, se ha vuelto permanente y, por ende, inútil”.

Dentro de las medidas encaminadas a aminorar brechas y eliminar escollos figura el artículo 24 de la Ley para la Integración al Desarrollo de las Personas con Discapacidad de la Ciudad de México, el cual señala que la administración pública capitalina debe destinar el cinco por ciento de sus plazas de creación reciente y sus vacantes a individuos con discapacidad, y dar incentivos fiscales a las empresas, industrias y comercios que se sumen a este tipo de contrataciones.

Sin embargo, así como hay muchos hombres molestos por las secciones exclusivas para mujeres en el Metro y Metrobús, también hay un gran número de inconformes con tales acciones afirmativas, algo que para la doctora Flores es lógico, pues aplicarlas implica arrebatar privilegios a sectores que los habían detentado de siempre.

“Probablemente quien no fue seleccionado se moleste y diga, ¿por qué no me empleas a mí y sí a él? ¿Por ser discapacitado? ¡No es justo!, sin reparar en que el objetivo aquí es mostrar que personas con limitaciones y quienes no las tienen pueden trabajar juntas. Una vez asimilado esto lo siguiente es retirar la acción afirmativa para que, en la siguiente selección laboral, no haya sesgos por discapacidad”.

No obstante, agrega la también profesora de la Facultad de Derecho, pareciera que en México se cumplen las normas en la forma y no en su espíritu y, para darnos cuenta de ello basta con revisar los empleos ofrecidos a la gente con alguna discapacidad: casi todos se concentran en los escalafones más bajos y prácticamente nunca contemplan cargos directivos o gerenciales.

“Ello es una manera de mantener el statu quo y el riesgo es que, de no modificarse estas conductas las acciones afirmativas se harán eternas. Debemos evitar que pase como con los vagones exclusivos y autobuses rosas, pensados para funcionar en lo que se ponía fin a las agresiones contra las pasajeras (algo grave pues, de entre las cinco urbes más grandes del mundo, la CDMX tiene el sistema de transporte más peligroso para la mujer). Si no atacamos las causas de raíz, poner a las poblaciones afectadas en entornos especiales y apartados sólo terminará por segregarlas y hacerlas invisibles para los demás, y nosotros como sociedad no habremos resuelto nada”.

Más allá de las leyes

Además de las específicas de cada estado, México cuenta con una Ley General para la Inclusión de Personas con Discapacidad, analizada por la profesora Flores en un artículo de 1998, cuando su primera versión fue promulgada. “En ese entonces yo argumentaba que nuestra sociedad no respetaba la diferencia. Estamos en 2019, han transcurrido 21 años y la problemática sigue siendo la misma: el respeto a lo diferente es algo que no acabamos de entender”.

Sobre este punto la universitaria señala que, aunque nuestra legislación en la materia es reconocida a nivel mundial y pese a nuestra tendencia a firmar cuanto tratado en derechos humanos existe, aquello planteado en las leyes como fin, se concreta rara vez. 

“Nuestras normas se apegan a los requerimientos internacionales, pero fallamos al aplicarlas porque nos valemos de trampas para cumplir con lo legalmente obligatorio sin cambiar nada de fondo. Todos nos decimos defensores de la igualdad y, no obstante, muchos estudios nos han señalado lo obvio: los mexicanos discriminamos terriblemente y nos aferramos a conductas contrarias a la inclusión”.

A decir de la doctora Flores aún arrastramos lastres históricos y uno particularmente nocivo es el de ver a las personas con discapacidad como sujetos de beneficencia y no como individuos con derechos plenos y obligaciones. “No basta con que en la Constitución se establezca que ellos deben acceder a la educación, a la salud y al empleo. ¡Hay que hacerles efectivas tales garantías!, porque poner algo con tinta en la ley no significa que, por decreto, se haga real”.

Bajo esta lógica y a fin de lograr una inclusión sin cortapisas el Estado debe propiciar condiciones para que esta población sea autosustentable, señala la académica. “Ello implica comprometer muchos recursos, mas no en pensiones y apoyos económicos cortoplacistas, sino en políticas públicas efectivas a largo plazo, ¿pero al Estado le interesa empoderar a los discapacitados? A título propio te diría que no, pues de hacerlo se quedaría sin estándares para sus campañas y sin individuos con quienes tomarse la foto”.

Por ello, la doctora Flores celebra que, en 2014, la Organización de las Naciones Unidas le recordara al gobierno mexicano sus obligaciones hacia esta población y que no puede deslindarse de sus compromisos respaldando a organizaciones como el Teletón que además, como remató por escrito la ONU, “promueven el estereotipo de las personas discapacitadas como sujetos de caridad”.

Sobre este punto, la docente subraya que es al Estado a quien le corresponde cuidar y preservar el derecho a la salud, “entonces ¿por qué encomendar esta tarea a una organización privada?, ¿por qué dejársela a una televisora? Las razones detrás de esto las intuimos y lo importante aquí es que, con sus observaciones, Naciones Unidas le está diciendo a México ¡muy bien por tus reformas a nivel legislativo!, pero no son suficientes pues aún ves a tu población con ojos asistencialistas; para asegurar tu permanencia en los organismos internacionales cambia tu perspectiva. Si estas palabras son escuchadas habremos sentado las bases para un cambio real”.

La clave, sensibilizar

Podrán aplicarse todas las acciones afirmativas del mundo, las mejores políticas públicas y cuantiosos presupuestos y no se logrará una inclusión verdadera si la gente no cambia de actitud. Aquí la palabra clave no es reeducar, sino sensibilizar; eso por sí solo nos llevará a enderezar muchas dinámicas culturales, indica Alicia Flores.

“Si a mí —alguien con limitaciones físicas evidentes— me ponen vagones especiales de Metro, eso no me ayuda si de todas maneras al bajar del convoy alguien terminará por empujarme mientras voy por los andenes. No sabemos convivir y eso complica el escenario”.

Para la académica, uno de los problemas es que no hemos terminado de entender el tema y eso se nota incluso en espacios donde uno esperaría vocaciones más comprensivas. “Por ejemplo, en la UNAM no tenemos un censo exacto de nuestra población con discapacidad simplemente porque no sabemos cómo hacerlo. Aún entregamos cuestionarios con preguntas del estilo ¿es usted autónomo?, y si a mí me llegan con eso, a sabiendas de que uso apoyos para caminar, yo les respondería que sí lo soy, y a mucha honra”.

He llegado a decirle a algunos compañeros universitarios que podrán haber leído mucho sobre el asunto, pero que no se han sentado a charlar con un discapacitado y se nota. Por ello tenemos a expertos discutiendo aún sobre los tipos de discapacidad —que sí son físicas, mentales o multifuncionales, como se dice ahora de los epilépticos— cuando esto es inútil y cada vez se hace menos, pues el concepto es uno y muy puntual: refiere a tener una deficiencia o una limitación. Tejer y destejer sólo nos lleva a enredarnos en una madeja, agrega.

“Además, algo usualmente no contemplado por el común es que nadie es inmune a la discapacidad; sea por edad o por algún percance todos podemos llegar a ella y vivimos en un país donde los accidentes de tránsito son elevados, de ahí que ser más sensibles hacia los diferentes terminará por beneficiarnos a todos. No hay recetas para ello, pero sí podemos ir explorando caminos”.

Para finalizar, la doctora Flores relató que hace días se encontraba en un bar con unos amigos cuando vio llegar a un par de adultos con síndrome de Down y los encargados del lugar les cortaron el paso, por lo que ella intervino y abogó para franquearles el acceso.

“Les dije que ambos tenían más de 18 años y además venían con sus padres. Quizá todo pudo haberse arreglado no sirviéndoles alcohol (a menos que sus papás lo permitieran), pero los empleados no supieron reaccionar y sólo repetían: ‘¿y si les pasa algo?, mejor que no entren’, ¡y justo eso es lo que no debemos hacer! Es preciso hacernos a la idea de que ellos, al igual que tú y yo, tienen derecho a ir a una cafetería, piscina, discoteca o a donde quieran ¡y ni modo!, podrán pasar cosas y esto es un proceso de ensayo y error, pero dar ese paso nos hará avanzar hacia una inclusión de veras”.

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