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Roger Penrose, Nobel de física y rara avis de la ciencia

Omar Páramo / Francisco Medina

A la doctora Nora Bretón los agujeros negros le recuerdan cierta canción de los Eagles y, cuando habla del tema, los describe como esferas con demasiada gravedad donde penetra de todo, hasta la luz, y de donde nada escapa, como si los envolviera una membrana permeable en una dirección e impermeable en la otra. “Son algo así como el Hotel California: siempre puedes entrar, pero nunca salir”.

Y a decir de la investigadora del Cinvestav, esta metáfora es aún más amplia ya que también se aplica a quienes estudian estos cuerpos de atracción extrema, porque quienes se adentran en sus oscuridades suelen quedarse ahí, buscando algo de claridad. De ahí que le emocionara tanto enterarse de la concesión del Nobel de Física 2020 a Robert Penrose, quien ha dedicado casi toda su vida —lleva ya más de medio siglo— intentando entender el cómo y porqué de ellos.

Y todo empezó hace 55 años, explica la profesora Bretón, cuando el 18 de junio de 1965 un muy joven Roger Penrose publicó en la Physical Review Letters un artículo de apenas dos cuartillas y media que, pese a su brevedad, revolucionó todo lo sabido del tema, pues hasta entonces se sospechaba que un agujero negro pertenecía más a la ciencia ficción (incluso Einstein lo creía) que a la realidad, hasta que el hoy Nobel demostró —y con matemática sólida— que éstos eran una singularidad producto del colapso gravitacional de una estrella, y consecuencia de la Teoría de la Relatividad General.

“No había cumplidos aún los 35 cuando presentó esta serie de teoremas que elucidaban qué acontece en una superficie atrapada, es decir, en donde los rayos de luz penetran y no salen. Sus datos le decían que, de forma inevitable, dichas trayectorias lumínicas convergerían en un punto de singularidades donde la cantidad de curvaturas se volvería infinita, y ello nos vino a abrir muchas puertas”.

En varias ocasiones Penrose se ha descrito como una rara avis: sus colegas matemáticos lo consideran físico, y sus compañeros físicos, matemático, algo que lo hace sentir fuera de lugar pero que no le incomoda, pues admite que eso se debe a que sus intereses no se limitan a un campo. Ello explica su incursión en las neurociencias, su habilidad sorprendente para jugar ajedrez o que también sea un talentoso artista capaz de dibujar diseños imposibles que han inspirado algunas obras de M.C. Escher o las arquitecturas paradójicas mostradas en la cinta Inception, de Cristopher Nolan.

Para no llamarle “renacentista” la doctora Bretón se refiere a Penrose como “un científico como los de antes, de aquellos que no se limitan a dar directrices en su área, sino que plantean preguntas filosóficas que abarcan todas las áreas”, de ahí que destaque que en 2008 la Real Sociedad de Londres le haya entregado un galardón incluso más difícil de obtener que el Nobel: la medalla Copley, el reconocimiento científico más antiguo del mundo (se otorga desde 1731) y el cual han recibido personajes como Darwin, Faraday, Pasteur o Gauss. “A un grupo así de selecto pertenece”.

Por ello, la académica está segura de que sólo una inteligencia como la del profesor de Oxford era capaz de arrojar tanta luz sobre los agujeros negros, pues aquel artículo pionero de 1965 sólo podría haber salido de la mente de alguien con sus talentos al conjuntar, en poco más de dos cuartillas, física, matemática y los famosos dibujos de Penrose que permiten visualizar lo de otra forma incomprensible.

“Sin embargo, aún hay muchos enigmas orbitando alrededor de los agujeros negros: ¿cómo se formaron?, ¿hay uno en el centro de cada galaxia?, o si estos cuerpos tragan materia, ¿qué pasa con la entropía? La lógica nos dice que ésta debería disminuir, aunque la segunda ley de la termodinámica nos asegura que eso resulta imposible, que ella siempre aumenta, y ahí tenemos una paradoja”.

Roger Penrose —acota la académica— ha reflexionado sobre estos y otros asuntos y, aún sabiendo que no hay respuestas definitivas, se asume como alguien que formula preguntas y las intenta esclarecer. “Es alguien que entiende al universo como un océano y quien te lleva a ese mar para que veas su enormidad, no para hacerte sentir pequeño, sino para mostrarte que detrás del horizonte hay una infinidad de cosas que no vemos con los ojos, pero a las que tenemos acceso si nos tomamos el tiempo y nos ponemos a pensar”.

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