Cultura

Philip Roth, el gigante sin Nobel

Daniel Francisco / Nayeli Manuel / Deyanira Morán
Murió a los 85 años de edad; en su obra está presente “la tensión entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de la inhibición”

“Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”. Así comienza El Proceso de Franz Kafka. Coleman Silk, personaje principal de La mancha humana, en cambio, sabía las razones de la persecución en su contra. Coleman Silk, el decano, profesor de Lenguas Clásicas fue políticamente incorrecto, agitó el avispero de sus enemigos, de aquellos colegas que él mismo había contratado.

Algunos mundos se derrumban cuando se quebrantan sus reglas. La fuerza de las mayorías nunca está a discusión. Aplastan, avasallan, rompen espíritus. Esperan sigilosas el error de quien las desafía. La mediocridad no tiene prisa: “Hacia la mitad de su segundo semestre como profesor permanente, Coleman pronunció el par de palabras fatídicas que le harían cortar voluntariamente todos sus vínculos con la Universidad, las dos palabras fatídicas entre los muchos millones que había pronunciado en sus años de enseñanza y administración en Athena, y la palabra que, tal y como Coleman entendía las cosas, causó la muerte de su esposa. Catorce eran los alumnos de la clase, y Coleman había pasado lista al comienzo de las primeras lecciones, a fin de aprenderse sus nombres. Puesto que en la quinta semana del semestre aún había dos nombres a los que nadie respondía, a la sexta semana Coleman preguntó al inicio de la clase: “-¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”.

Y así comenzó la caída. Unas palabras pronunciadas en una época donde el conservadurismo y la mojigatería reinan.

Todo lo que nunca ha pasado, comienza a pasar. Coleman no amanecerá convertido en cucaracha, pero sí verá morir a su esposa, incapaz de resistir el asedio de los enemigos.

Coleman enterrará a su esposa y se enamorará de una mujer joven. Volverá a ser señalado y juzgado sin misericordia. La moral que asfixia, que lapida en horario prime time y que decide quiénes son los buenos, pero sobre todo, quiénes los malos; 1998, época oscura para Estados Unidos.

Escribe Roth en La mancha humana: “El verano del noventa y ocho en Nueva Inglaterra fue exquisito, cálido, brillante (…) de un extremo a otro de Norteamérica se desataba una orgía de religiosidad y de pureza, cuando al terrorismo, que había sustituido al comunismo como la amenaza predominante para la seguridad del país, le sucedió (…) un presidente de edad mediana, viril y de aspecto juvenil, y una empleada de veintiún años, temeraria y prendada de él, se comportaron en el Despacho Oval como dos adolescentes en un aparcamiento e hicieron que reviviera la pasión general más antigua de Estados Unidos, e históricamente tal vez su placer más traicionero y subversivo: el éxtasis de la mojigatería”.

Charles McGrath escribió en The New York Times que Philip Roth tomó muchos disfraces, principalmente, versiones de él mismo en la exploración del significado de ser americano, judío, escritor, hombre.

La políticamente correcta academia sueca le negó el Nobel. Roth ganó en su prolífica carrera de escritor dos National Book Awards, dos National Book Critics Circle Awards, tres PEN/Faulkner Awards, Pulitzer Prize y The Man Booker International Prize.

Pablo de Llano de El País publicó que “en una entrevista en 1985, Roth definió así la cuestión esencial sobre la que rotaba su literatura: ‘Es la tensión entre el hambre de libertad personal y las fuerzas de la inhibición’, decía aludiendo a la lucha del individuo contemporáneo con los corsés de la moral tradicional y sus propias barreras”.

La mancha humana o la lucha contra la intolerancia: “No puedes permitir que los grandes te impongan su intolerancia, del mismo modo que no puedes permitir que los pequeños se conviertan en un nosotros y te impongan su ética.

“No aceptaría la tiranía del nosotros, la cháchara del nosotros y todo lo que el nosotros quiere volcarte encima. Jamás se doblegaría ante la tiranía del nosotros que se muere por absorberte, el nosotros coactivo, inclusivo, histórico, ineludiblemente moral con su insidioso E pluribus unum (unidos en la diversidad)”.

 

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