Campus

Mi querida Elizabeth Bobadilla

Daniel Francisco/Damián Mendoza

 

Viviste los últimos días de tu vida con angustia. Los recortes de personal te alcanzaron, desgarraron tus proyectos, arañaron tu equilibrio. Pero nunca te rendiste. Nunca te quedaste quieta Hasta hoy que me despedí de ti. “Nos vemos pronto flaquita”, te dije. “Haremos radio de nuevo”. 

 

Siempre frente al micrófono, así te recuerdo. La radio y el cine, tus pasiones. Hace apenas unos días estabas en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato, viste de cerca a Terry Gilliam y hablaste de él desde tus espacios informativos: un par de portales y el Facebook.   

 

No te diste por vencida en ningún momento.  La última vez que platicamos me dijiste que querías estudiar la maestría en la UNAM, tu casa, tu Alma Mater. Seguías en busca de trabajo. Me contaste que muchos de tus alumnos (los privilegiados, los que conocieron a la mujer apasionada) te preguntaron si darías clase en el nuevo semestre. Les tuviste que decir la verdad, escucharon con tristeza lo cruel que puede ser una persona con un poco de poder. La envidia. La medianía de esa universidad privada. Estabas sobre calificada. Cuando el coordinador de la carrera se dio cuenta de que tú sí sabías manejar la cabina y que dominabas el tema como nadie le dio miedo y no te renovaron el contrato. Les dijiste a los alumnos que no estarías con ellos para el siguiente periodo. ¿Qué será de Juan, tu alumno (siempre lo será) que trabaja por las noches en un OXXO para pagarse la Universidad? ¿Quién le explicará que ya no regresarás, quién le dirá que moriste orgullosa de él?     

 

El último día que nos vimos desayunamos en Coyoacán, te molesté como siempre lo hago con mis amigos, con un nuevo proyecto. “Trabajemos juntos en tus entrevistas de cine”, te dije. “Lo pensaré”, afirmaste con esa sonrisa magnífica y a lo largo de nuestra conversación me dijiste “querido”, (como siempre, como me presentabas en mi colaboración de radio) como 27 veces y yo te lo agradecí siempre. Te agradecí que me invitaras a hablar de libros en el programa que tenías. No pediste una prueba, ni adelanto de los textos, ni referencias, porque así eras de cariñosa. Un día me llamaste para contarme que uno de los dueños de la radiodifusora (los que te despidieron después de muchos años de “ponerte su camiseta”) te pidió que mis colaboraciones no fueran tan “elevadas”, que usara menos citas textuales. “Tú eres la jefa, yo obedezco”, te dije. No me podía enojar contigo, nadie se podía enojar contigo Eli querida. 

Ahora que reviso esas colaboraciones me doy cuenta que me dabas hasta 10 minutos, ¡una eternidad en radio! 10 minutos explorando la ciudad, “la ciudad con todas sus letras”, le pusiste a nuestra sección. 10 minutos en los que platicamos de Rulfo, Ricardo Garibay, Carlos Fuentes, Fernando del Paso.

 

Después de años de justas pozoleras, de conducciones maratónicas, cambios de horarios, de manejar hasta el infierno de Santa Fe, entraste en sus estadísticas de prescindibles. Tú, con tu experiencia, talento y disciplina, fuiste un número más para ellos, el número correspondiente a las liquidaciones. 

 

Hoy que te vi flaquita en ese cajón me acordé de la reunión que organizaste con todos los que colaborábamos en tu programa. Allí estaba Juan, el antropólogo; Alan, tu productor, tu compañero de batallas, el que nos tomaba la llamada y nos daba confianza; tu amiga Liz y Fausto y todos los demás. Juntos en tu proyecto. Sé que pronto nos volveremos a reunir y nos acordaremos de tu sonrisa.  

 

Sí, lo recuerdo, no se me olvida Eli. Te debo un texto. “Hay una película de unos locos que hacen radio desde el psiquiátrico, eso los mantiene vivos, tienes que verla”, le conté. “Ya me la han recomendado, iré a la cineteca y la platicamos”. Después te pedí un comentario sobre lo que significaba la radio para ti. “Es para un texto”, te dije. Y aún te debo ese texto. Esto me escribiste: “La radio para mi es un medio altamente seductor. A través de ella he tenido la fortuna de conocer y acercarme a personas extraordinarias, con mi voz y los sonidos en ella logramos crear atmósferas que permiten que el radioescucha pueda imaginar, oler, saborear, sentir, soñar, recrear. Para mi…es un medio lleno de magia!”

Hasta pronto querida Eli. 

  

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