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México, Comunicación pública 2019-2024

César Romero

El tradicional papel de los grandes medios de comunicación como, -en el mejor de los casos–, legitimador social del gobierno en turno, parece haber llegado a su fin. En la era de la comunicación digital, tanto las viejas como las nuevas plataformas tienen una limitada influencia en la construcción de opinión pública y creación de amplias narrativas sociales.

Sin dejar de reconocer el rol del periodismo crítico o incluso el periodismo militante como soporte básico para los avances democráticos alcanzados en el último medio siglo, resulta claro que, en el México de hoy los medios tradicionales, los periodistas mismos y, por supuesto, las añejas estructuras institucionales para lidiar con ellos, de poco sirven para cumplir con los propósitos con que fueron establecidos.

La fragmentación de las audiencias, el quiebre de los antiguos modelo de negocio en las industrias de las comunicaciones y de la información, así como el impacto de la revolución tecnológica en la propia sociedad, son algunos de los factores que explican el porque la arena política se ha reducido a una especie de espectáculo que, en el mejor de los casos, sirve para entretener a las masas. En ese sentido, aunque en formato de twitt, selfie o post, en los tiempos del internet, la lógica de las comunicaciones públicas sigue siendo la misma de siempre, del Circo Romano a la presidencia de Trump.

En el México de 2018, la vieja y bien aceitada maquinaria de la propaganda oficial no ha alcanzado para que el “candidato ciudadano” que representa al viejo sistema, crezca en las encuestas de popularidad. Tampoco ha sido suficiente para concretar eso que en el norte llaman “character assassination”, respecto al segundo aspirante. Y aunque el puntero se mantiene arriba con su viejo estribillo en contra de “la mafia del poder”, él mismo ha caído ya dos veces ante los profesionales de la generación de miedos, inestabilidad y ríos revueltos.

A tres meses de la elección presidencial no tiene demasiado sentido especular si a AMLO le funcionará la red de puentes con los grandes grupos mediáticos, o si la severa crisis económica que viven los principales periódicos, los llevará a integrarse al juego de las campañas negras de tan jugosas recompensas, o si los “hakers rusos” (toda esa maraña de intereses que, desde Soros hasta los más desgastados operadores de medios locales) podrán fabricar grandes ejércitos de cuentas fantasmas en las redes sociales para, desde ahí, tomar el palacio por asalto.

En todo caso, algunos puntos que sí merecen atención mayor a los 140 caracteres son los siguientes: ¿Es posible volver a los tiempos en que la vida política ocurría detrás de bambalinas? ¿Se puede gobernar sin respaldo de la opinión pública? ¿Es posible saltarse a los medios? ¿Podrán las empresas periodísticas del siglo anterior sobrevivir como negocios en la era de las comunicaciones inmediatas, globales e interactivas?

Lo pasado (no) ha pasado

Con excepciones notables, durante la mayor parte del siglo XX el rol principal de los diversos espacios de noticias fue la de intentar proyectar la imagen que El Poder tenía de sí mismo. De manera rutinaria, una de las actividades emblemáticas del periodista político era la de servir como una especie de mensajero entre las élites.

Siendo México un país en que, en cierto sentido, el Estado antecede a la sociedad civil, no debería sorprender demasiado el limitado alcance que han tenido los medios en el país. Con el argumento de que la gente era inculta o francamente analfabeta, por décadas periódicos y revistas se limitaron a ser una especie de voceros del Excelentísimo Gobierno Central. A la fecha, su principal, y casi único cliente, es el propio gobierno. “México es un país sin lectores”, han dicho siempre para justificar sus raquíticos tirajes.

Y en base a que su existencia misma era producto de una “concesión gubernamental”, tanto la radio como la televisión se concentraron en convertirse en versiones tropicales del modelo de negocio estadounidense para esas plataformas: ser empresas de entretenimiento, maquinarias extremadamente eficientes de promoción comercial y, claro, soldados del presidente en turno.

Sin embargo, sea porque el mundo se hizo pequeño, porque la ciudanía creció, el hecho es que en el México de hoy parece imposible que sucesos como los del 2 de octubre de 1968 pudieran actualmente quedar sin (casi) registro mediático alguno. La apertura mexicana de los años 70´s, se manifestó con la aparición de periódicos como el unomásuno (de infame destino) y revistas como Proceso (hoy, por cierto, el cuarto más importante en el mundo periodístico online mexicano). Luego y a la distancia, la llegada de La Jornada y Reforma palidecen en contraste con las grandes transformaciones ocurridas en la radio, e incluso la televisión, en los últimos años. La mayoría de ellas, para bien.

De los tiempos del “Jacobo (Zabludovsky) dijo” a los actuales, hay un abismo y no solamente en el tamaño de las audiencias. No obstante, el mismo desplome de la televisión abierta (fenómeno mundial), así como el desgaste de los proyectos comerciales obscuros al estilo de la trama que ilustra la película La Dictadura Perfecta, dejan claro que la televisión tampoco es suficiente para formar esas modernas fuerzas vivas en las que populistas o demócratas suelen legitimar sus propias visiones respecto a su aprobación popular.

Ahora, dicen, es el tiempo de Las Redes sociales. Las Redes, ese negocio de algunos vivos que durante las últimas dos campañas presidenciales se vendieron a precios ridículos (equivalentes a los ratings de televisión) como una supuesta máquina mágica que generaba “amigos” y “seguidores”, instantáneos y por millones.

Sin duda la social media es un fenómeno muy importante. Y es claro que el medio de nuestro tiempo es ese dispositivo que alguna vez llamamos teléfono celular, y del cual hay más aparatos que personas en el mundo. Y su uso principal es, justamente, para chatear o subir mensajes personales. Pero ¿esta ahí la salida al tema de la comunicación pública que viene?

Hoy que ya entendemos que Facebook no trajo democracia al mundo, sino más bien manipulación; hoy que las fake news son bandera favorita de Mr. Trump, resulta clara una sola cosa: siendo el periodismo un ingrediente esencial de una democracia, tampoco serán Las Redes la bala de plata que termine con las aberraciones y viejos vicios de la comunicación pública. Ni siquiera las relacionadas con el periodismo, la información o, mucho menos, el conocimiento.

El sexenio que viene

Independientemente de quien gane la presidencia el domingo 1 de Julio, es muy probable que el ecosistema mediático mexicano seguirá siendo esa especie de arroz con mango en el que el viejo coro de aduladores profesionales, seguirán utilizando todas las plataformas a su alcance para cosechar billetes. También, los Savonarolas 2.0., aquellos opinólogos que por décadas han construido su modus vivendi en explotar el sentido catastrofista de amplios segmentos sociales, seguirán confundiendo crítica con militancia y análisis con catarsis.

La reciente llegada al país de fórmulas de periodismo profesional subsidiado (ya sea por grupos económicos locales o de fuera del país), podrá elevar el nivel de las historias que leemos, escuchamos, vemos y compartimos, pero difícilmente podrá reflejar los intereses de una agenda social amplia.

Algunos hechos nuevos, sin embargo, sí perfilan la oportunidad de avances importantes en varios ámbitos. Por ejemplo: siendo todos los medios (los nuevos y los viejos), productos esencialmente digitales, debe ser mucho más precisa la medición de su alcance. Por ende, “influencia”, “penetración” y “alcance” dejarán de ser etiquetas difusas, para convertirse en criterios sólidos que sustenten (o no), las inversiones publicitarias. En esa pista la palabra clave es una, y muy simple: “segmentación”.

En un contexto en que la concentración de los grandes conglomerados de esta industria parece ir cada día más acelerada –¿Quién controlará el negocio globalmente?, ¿Google, Amazon, Facebook, Comcast, Apple? ¿Ma-Bell (AT&T) de nuevo? –, parece impensable que una empresa de medios se quede limitada a una sola plataforma. Todas serán digitales, todas serán video, texto, audio y animaciones. Aunque claro, siempre queda el camino de los dinosaurios… la extinción.

A pesar de los gritos intensos de algunos opinadores, en cualquier escenario electoral, parece claro que espacios para el periodismo, seguirá habiendo. Pero probablemente estarán anclados en nichos específicos. Por tema, por agenda o por espacio geográfico.

Tanto por viejas inercias, franca ignorancia o conveniencia económica, por mucho tiempo las oficinas de comunicación han sido una especie de islas que sirven para defender y promover las agendas personales de cada señor feudal (léase, secretario de Estado o alto funcionario). En un entorno de austeridad, será complicado que cada dependencia siga contando con su propio aparato de monitoreo, seguimiento, alertas, redes y demás recursos de moda. Y cuando el outsourcing es permanente, no tarda en llamarse de otra manera.

Pero no hay que equivocarse, el tema de la comunicación pública es más importante que nunca. La reacción equivocada o ligeramente tardía a una de las muchas crisis de cada día puede ser devastadora. Nunca antes tanta gente ha consumido tantas noticias y de tantas fuentes como en la actualidad.

La cuestión para México, para el ciclo político que comienza, es si es posible (o deseable) construir “gobernabilidad democrática”, “legitimidad social”, “consenso social”, “popularidad” o como se le quiera llamar, al margen de la arena mediática.

Eso, ¿con los mismos de siempre o con nuevas generaciones de periodistas y empresarios de medios? ¿Solamente con los lectores de papel? Todo ello ¿montados en la ola populista global? Y, atendiendo a los números actuales de las eternamente cuestionadas encuestas electorales ¿Incluso con “ya sabes quién”?

Durante los próximos años, en México la comunicación pública será fundamental para determinar el alcance de cualquier proyecto político nacional. Sin reglas claras, sin apego a valores fundamentales y, sobre todo, sin un diseño estratégico adecuado, no habrá, ni legitimidad, ni consensos.

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