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La sororidad, una vía para lograr que las leyes cambien

Omar Páramo/Damián Mendoza

Hoy, Olimpia Coral Melo es una de las figuras feministas más visibles de México por haber logrado que las autoridades reconocieran y sancionaran las agresiones sexuales perpetradas en la internet (a esto se le conoce como Ley Olimpia), pero en 2013 ella era una joven poblana que, con 18 años y aspiraciones universitarias, supo lo que era la violencia digital cuando un video íntimo suyo se filtró a la web y comenzó a compartirse vía WhatsApp entre la gente del pueblo.

La indolencia y escarnio que suelen darse ante tales hechos hizo que el periódico de su natal Huauchinango publicara, en primera plana y a ocho columnas, una nota con el cabezal: “Chica con futuro es quemada en redes sociales”. Leer eso le causó tal angustia que consideró el suicidio, aunque al pensar las cosas con calma decidió colocar una denuncia, sin sospechar que la policía le diría que lo que pasa en un ordenador no pertenece al mundo real y que, pese a la difusión dolosa del material, como cuando éste se grabó no la habían alcoholizado, drogado ni violado, ellos no veían ahí delito.

“Las agresiones hacia las mujeres toman tantas formas que, si a veces cuesta detectar las físicas o psicológicas (mucho más tangibles), ¡imaginemos las virtuales! Por ello, poco se reflexiona sobre que las fotografías y videos robados son una manera de apropiarse del cuerpo de alguien sin su consentimiento. Quienes hacen esto suelen defenderse cuestionando la moral de quienes aparecen en las imágenes usando el muy manido ‘ellas se lo buscaron’ ¡cuando no!, ¡ellos son los delincuentes!”, asevera Olimpia.

Con este precedente, en 2014 la activista comenzó a redactar un borrador de cómo deberían ser las leyes a fin de proteger a las mexicanas de la faceta más depredadora de la internet, texto que año con año se fue perfeccionando y que entregó en más de una ocasión a diversas instancias legislativas del país, siempre acompañada de sus compañeras, “pues esto no es un logro individual, sino de todas”.

Fueron muchas las puertas a las que se tocó y demasiadas las que se le cerraron, hasta que en 2018 logró por fin que la iniciativa fuera aprobada en Yucatán y luego en Puebla; de ahí más estados se sumarían en cascada hasta sumar hoy 25, y aún se busca el reconocimiento en las entidades restantes.

Sobre por qué invertir tanto en esta empresa, Olimpia señala que es porque no desea que nadie experimente lo vivido por ella en 2013, cuando por un delito digital tuvo que leer su nombre impreso en la primera plana del diario local de su pequeña comunidad de Puebla.

“¿Y sabes? Hoy alguien me mostró un libro de tercero de secundaria, de los de la SEP, donde se habla de la Ley Olimpia, y no podía creer estar leyendo ahí de mí. Antes temía que mi nombre quedara ligado por siempre a un video sexual que se compartía sin permiso y hoy lo está, pero a una reforma que protege a mujeres y niñas. Eso me hace relacionarme de manera distinta conmigo misma, pero sobre todo me hace ver que, pese a lo difícil, este camino ha valido la pena”.

Crear redes, evitar caídas

En todas las marchas feministas, sin importar lugar o fecha, hay frases que se repiten en las lonas y pintas, y una de ellas es: “A mí me cuidan mis amigas, no la policía”, algo que Olimpia reivindica al asegurar que, de no ser por la sororidad, ella hoy no estaría viva.

“Tras mi caso de violencia digital muchos me dieron la espalda (hasta el novio, quien también aparecía en el video, se esfumó). Por fortuna siempre tuve el apoyo de mi madre, mi abuela y de todas esas mujeres tachadas de locas, feminazis y vándalas sin otro fin que el de desacreditar su lucha. Por ello mi militancia se la debo al feminismo, y mi vida a todas estas mujeres que buscan cambiar el mundo, y a las que dieron la pelea mucho antes que ellas”.

En un país donde captan a senadores en plena sesión compartiendo fotos de mujeres y pidiendo el teléfono de “padrotes”, Olimpia confiesa que lo único que le daba ánimos para regresar a aquellos recintos legislativos donde, además de hostilidades, sólo recibía burlas y negativas, fue el sentirse acompañada por sus compañeras.

“Había diputados a quienes al explicarle lo necesario de sancionar la violencia digital me respondían: ‘¿entonces debo borrar los packs de mi celular?’, e incluso hubo uno que nos gritó, ¡yo no voy a legislar a favor de la putería!”. Para Olimpia, la frustración de escuchar a quienes hacen las leyes del país expresarse de tal forma fue menos pesada debido a que, en todo momento, tuvo compañeras a su lado.

“Justo eso significa la palabra sororidad: saber que si una de nosotras lo necesita, estaremos ahí todas apoyándola, sin importar si nos conocemos o si nos llevamos bien o mal. Quizá por eso nos han dolido tanto casos tan aberrantes como el asesinato de Ingrid Escamilla y el trato mediático que se le dio a su cuerpo, o el de Lesvy Berlín, estrangulada en CU por su pareja y a quien la Fiscalía culpó de su propia muerte. Aquí la máxima es ‘mujeres juntas, hasta difuntas’, y por eso estamos —y estaremos— para ellas también”.

A Olimpia Coral Melo ya le tocó ir a los ministerios para denunciar su agresión digital y recibir de los oficiales sólo desdén, incomprensión e indolencia, por lo que para ella eso de “a mí mis amigas me cuidan, no la policía”, es cierto en cada una de sus letras.

“Antes yo era de las que se decían ‘ni feminista ni machista, igualista’, pero la vida me enseñó que ser mujer en México es ir cuesta arriba, que la autoridad nos ignora y que sólo nos tenemos a nosotras para cuidarnos. Quien entienda esto también comprenderá por qué somos tantas deseando cambiar al mundo y por qué, si alguien hoy me lo pregunta, yo con orgullo y sin dudas le respondo: soy feminista”. 

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