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La historia de México, manchada de odio racial contra los chinos

Omar Páramo/Diana Rojas
El primer documento antichino publicado en México es de 1876, se distribuyó en Coahuila y contienen la frase: “no queremos que vengan”

Por más de un siglo la narrativa oficial ocultó que en plena Revolución, a lo largo de tres días y de forma sistemática, las fuerzas maderistas asesinaron a cientos de chinos en Torreón no por ser enemigos o representar peligro, sino por mera xenofobia, mostrando que, incluso tratándose de los supuestos héroes nacionales no hay tal cosa como “estar del lado correcto de la historia”, pues más allá de ser una frase hecha, esta aseveración se sostiene siempre en pilares endebles.

Después de este crimen hacia un colectivo —perpetrado entre el 13 y el 15 de mayo de 1911—, el Ministerio de Relaciones Exteriores chino exigió a nuestro país expresar sus condolencias y castigar a los culpables, a lo que el gobierno mexicano hizo caso omiso hasta hace poco, cuando el 17 de mayo de 2021 el presidente López Obrador rompió con un siglo de negacionismo y pidió perdón China, además de admitir —con todas sus letras— que lo de Coahuila fue un genocidio.

Sobre los orígenes de tal odio y violencia, la doctora Olivia Gall, coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Racismo y Xenofobia de la UNAM,  explica que éste surge a finales del XIX, cuando comenzaron a llegar miles de chinos de Estados Unidos, tras quedarse sin vías de tren que instalar y, por ende, sin trabajo allá. De hecho, el primer documento antichino publicado en México es de 1876, se distribuyó en Coahuila y contienen la frase: “no queremos que vengan”, como consigna Julián Herbert, autor del libro La casa del dolor ajeno (2015), donde se analiza a detalle la masacre.

La reconstrucción de lo acontecido en Torreón durante esos tres días es un compendio del horror, donde los chinos de la ciudad fueron linchados tanto por revolucionarios como por sus vecinos convertidos en turba, quienes les propinaron machetazos y disparos, o los arrojaron desde un edificio de tres pisos. El conteo de los muertos ni siquiera se hizo aquí, las autoridades de China fueron las que calcularon en 303 las víctimas y le exigieron a México una indemnización de 60 millones de pesos en oro para los deudos.

En su momento la noticia fue motivo de burla para ciertos impresos, como el semanario político El Ahuizote, que el 17 de junio de 1911 (a un mes exacto de la matanza) publicó: “Si aplicamos la ley de la oferta y la demanda, teniendo en cuenta los millones de chinos sobrantes en el Celeste Imperio y en otras partes, en vez de cobrarnos de a 100 mil pesos por chino deberían pagarnos por su destrucción, pero haciendo grandes concesiones a los sentimientos humanitarios de los celestiales, accederíamos a pagar a razón de 100 mil chinos por un peso, no 100 mil pesos por un chino”.

La pregunta aquí sería —apunta Olivia Gall—, ¿cómo un país que se enorgullece de ser una combinación de “razas” y culturas sea tan xenófobo? “Quizá la respuesta consista en que, desde los albores del siglo XIX, y de manera acentuada con la consolidación del Estado postrevolucionario, se nos ha repetido hasta la saciedad que nuestra identidad nacional es esencialmente mestiza, mas no debido a una mezcla cualquiera, sino por la confluencia de dos raíces: la indígena y la española. Que pueda haber otras ni siquiera se considera”.

Xenofobia y exclusión a la mexicana

A Pancho Villa no le gustaba la idea de que los chinos se asentaran en México, como se lee en su Manifiesto a la nación de 1916, en cuya reforma número 10 vemos que no tenía problema alguno en que personas de cualquier nacionalidad poseyeran bienes raíces en el país, siempre y cuando éstos no fueran estadounidenses o de China (sobre sus razones para vetar a los primeros el Centauro es profuso, sobre su encono con los segundos no dice palabra).

Más que peculiaridad de un momento, esta actitud xenófoba ha pervivido en el tiempo, haciendo que en los años 30 y 40 surgieran por todo el país grupos como la Liga Obrera Anti-China, el Comité Juvenil Anti-Chino o la Liga Anti-China y Anti-Judía, los cuales, además de acusar a los orientales de traer la tuberculosis a México y cabildear leyes para expulsarlos, sacaban comunicados como éste: “Los chinos son la más terrible amenaza de nuestra salubridad, duro con ellos antes de que se crucen más con nuestra raza. Evitemos a nuestras compatriotas la peor de las vergüenzas: el tener hijos de físico chino”.

A fin de apuntalar este ideal, se llegó a impulsar desde el gobierno una serie de políticas para impedir la incursión al país de ciertas nacionalidades, como establece la circular confidencial 157, emitida por la Secretaría de Gobernación el 27 de abril de 1934, y donde se ordenaba a los encargados de migración evitar la entrada a México de gente de “raza amarilla o mongólica, africana o australiana, indoeuropea, aceitunada o malaya, pues su sangre, cultura, hábitos y costumbres los hacen exóticos para nuestra psicología, y sus prácticas resultan perturbadoras para la idiosincrasia nacional”.

Incluso algunos de los intelectuales más renombrados de México han llegado a deslizar prejuicios de este calibre en sus obras, como hizo José Vasconcelos en La raza cósmica (1925), autor que al igual que ideaba lemas como “por mi raza hablará el espíritu” o competía por la presidencia, escribía párrafos como el siguiente:

“Ocurrirá, y ha ocurrido, que la competencia económica nos obligue a cerrar nuestras puertas, tal como el sajón, a una desmedida irrupción de orientales. Pero al proceder así nosotros no obedecemos más que a razones de orden económico; no es justo que pueblos como el chino, que bajo el santo consejo de la moral confuciana se multiplican como los ratones, vengan a degradar la condición humana”.

Y si se pensaba que el México del siglo XXI se salva de estas actitudes, no es así. Todavía el año pasado la también investigadora del CEIICH denunció xenofobia contra la comunidad china por gente que consideraba a sus integrantes responsables de contagiar al mundo con coronavirus. “Lo paradójico es que repetimos lo que nos indignaba en 2009, cuando muchos mexicanos fueron agredidos en el extranjero por quienes los creían diseminadores de la gripe porcina”.

Por episodios como éstos —y otros muchos que escaparon a la enumeración—, la doctora Gall es enfática al afirmar que “aunque nos ofendamos y haya quienes lo pongan en duda, México ha sido muy xenófobo y lo es aún de muchas formas, por ello en vez de ofendernos si nos señalan esto, lo mejor es estar conscientes de este pasado, aprender de él y, desde ahí, promover un cambio”.

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