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La ciencia sí puede impactar en las leyes y ayudar a preservar a los jaguares en México

Todavía en 2002, la presencia de los jaguares en América lucía como un gran continuo que empezaba en el norte de México y llegaba hasta el sur de Brasil y norte de Argentina. Hoy, al revisar el mismo mapa, vemos que más que una población extendida, tenemos son 32 subpoblaciones, de las cuales, 31 están consideradas tanto en peligro como en peligro crítico de extinción, expuso Rodrigo Medellín Legorreta, investigador del Instituto de Ecología (IE) de la UNAM.

“Por ello tenemos un gran pleito con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), pues considera a este felino como amenazado y no en riesgo de desaparecer. Tenemos pruebas de que se equivocan”, añadió al impartir la charla Cómo hacer ciencia para la conservación, implementarla y no morir en el intento.

En el Auditorio Mario Moshinsky del Instituto de Ciencias Nucleares, el biólogo aseguró que aunque se diga lo contrario, sí es factible hacer que el conocimiento incida en políticas públicas encaminadas a preservar a ciertos mamíferos y el jaguar es un ejemplo.

Al respecto, señaló que los vínculo entre academia y gobierno existen y ello le permiitó impulsar el Programa Nacional para la Conservación de este animal, “pero llegar a este punto no es sencillo y ha habido épocas en que las autoridades no han sido receptivas; por fortuna vivimos tiempos en que están más abiertas y así fue como, después de hablar con ellas y exponer nuestro proyecto, establecimos lazos con entidades como la Semarnat y la Sagarpa”.

Sobre los argumentos barajados para establecer pactos, el doctor Medellín refirió que se expuso la pérdida histórica de la distribución histórica del felino en territorio nacional, al grado de tener poblaciones confirmadas en pocos estados, como en Sonora, Sinaloa, Tamaulipas, Chiapas, Guerrero, Quintana Roo o Oaxaca; además, se sabe que en Veracruz ya no restan grupos sustentables.

“También nos remitimos a estudios de expertos de lo prehispánico que aseguran que la relación entre este depredador y los pueblos originarios era tan estrecha al grado de que han llegado a llamarnos el pueblo jaguar, así que al sentarnos con las autoridades también dijimos, miren, es tiempo de que México proteja a su animal tótem”.

El reto de contar jaguares

Para llevar a cabo esta encomienda, Rodrigo Medellín tenía claro que lo primero era saber cuántos jaguares hay en territorio nacional y con este fin se propuso hacer un censo, aunque el apoyo económico gubernamental quedaba corto. “Pero en 2006 viví el sueño húmedo de cualquier científico y alguien me abrió las puertas de la oficina de uno de los hombres más ricos del mundo: Carlos Slim”.

De aquella charla, el universitario sacó en claro que el magnate es un amante de esos felinos y que tiene un rancho en Toluca donde los cría y mantiene en cautiverio. “Así, tuve la oportunidad de plantearle que si se involucraba seríamos el primer país en saber cuántos ejemplares alberga en su territorio. De inmediato dijo sí”.

Sin embargo, para el científico conseguir el financiamiento gobierno-Slim no fue lo más difícil, “lo complicado fue reunir a todos los expertos de jaguares de México y ponerlos de acuerdo, pues no sé qué tienen los gatos grandes que hace que quienes se dedican a ellos tengan egos igual de grandes y crean que sus posturas son las válidas y que, de entrada, los demás están equivocados”.

Después de una semana, el protocolo pactado fue emplear trampas-cámara (herramientas para grabar video) y con ellas instrumentar un muestreo de 30 a 60 días en áreas de 100 kilómetros cuadrados. Algunos de los resultados no fueron los esperados.

“Por ejemplo, encontramos poblaciones numerosas y viables en sitios inusuales como Sonora y Nuevo León, lugares con un hábitat muy diferente a un bosque húmedo tropical, y constatamos que muchos de estos felinos sobreviven en matorrales secos, con un calor de los mil demonios y poca agua. También confirmamos que los grupos más grandes radican en la selva maya de Chiapas, Campeche, Quintana Roo y Yucatán”.

A partir de esto se estima que en México hay tres mil 800 jaguares, número que aún permite trabajar en estrategias para proteger de manera estratégica y directa a estos animales, algo que ya no pueden hacer Argentina y Uruguay, pues en la primera nación sólo hay 29 ejemplares y en la segunda ya no resta ninguno.

“No obstante esta cifra no es de festejarse, pues aunque lo digo sin ninguna base —no las había registros entonces—, esta cantidad de felinos es un 20 por ciento de los que había hace 60 años, es decir, en seis décadas acabamos con el 80 por ciento de la población”.

La clave, aplicar la ley

La infraestructura carcelaria de México está saturada y cuando un juez debe decidir entre meter a prisión a un ladrón, a un traficante o a alguien que mató a un jaguar, suele encerrar a los dos primeros y dejar libre al último, y esto debe cambiar, aseveró Medellín Legorreta.

“Más que la destrucción de su hábitat, la principal causa de su desaparición de estos depredadores es la caza, ya sea de granjeros vengativos o de gente que busca la adrenalina de matar al felino americano más grande: por ello es preciso ser más duros al legislar”.

A decir del investigador del IE, gran parte del problema es que en Latinoamérica no hemos aprendido a convivir con este animal ni entendido que nos hemos asentado en su territorio, talado los árboles donde se refugian, acabado con sus presas y puesto en su lugar ganado. “Luego nos sorprendemos de que se alimenten de becerros y en represalia los asesinamos. Entramos en competencia directa con ellos y, encima, los aniquilamos. No es justo”.

En este rubro, el también doctor en Filosofía por la Universidad de Florida, sugirió estudiar el caso del felino más parecido al jaguar, el leopardo, a fin de entender cómo se ha integrado a comunidades humanas de África y Asia y llegado a ser partícipe de su vida urbana.

“Tenemos poblaciones de leopardos en metrópolis como Bombay, en la India, o en una de las capitales de Sudáfrica, Pretoria, donde son residentes invisibles, pero que dejan huella. Para entender por qué estos animales pueden convivir con lo humanos y los jaguares no, hemos firmado un convenio con Kenia”.

Como resultado, Medellín Legorreta y las entidades oficiales impulsaron un pacto con los ganaderos en el que si estos se comprometen a mantener en niveles estables el número de presas naturales del felino americano y no cazarlo, se les restituirá el valor de cualquier becerro que hayan perdido.

“Y la idea ha resultado, pues este año celebramos el caso 400 en el que el gobierno federal ha pagado a los dueños de la tierra el valor de los bovinos perdidos por depredación”.

No obstante, para el investigador estos logros no son contundentes si no se afianza otro pilar: las leyes, por lo que también los científicos se han acercado a los jueces a fin de sensibilizarlos sobre el problema. Nuestra legislación establece que matar a un animal en peligro de extinción amerita cárcel y los encargados de impartir justicia deben cumplirlo. Hoy tenemos a las dos primeras personas en prisión por este ilícito y todo se debe a este acercamiento.

“Los próximos 50 años son cruciales para el futuro de la especie en México. Necesitamos que se aplique la ley con rigor y que la gente sepa que matar a un jaguar equivale a perder la libertad. Para ello se requiere mayor disposición oficial y más educación del público”.