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Puesta en escena sobre El Piporro explora su contribución a la identidad norteña

Omar Páramo / Francisco Medina

El único regalo que Víctor Hernández le dio alguna vez a su abuelo fue un disco de Eulalio González, Piporro. Entonces él era un adolescente de 17 y ese día quedó grabado en su memoria “porque, de tan contento por volver a escuchar las canciones que oía cuando era migrante y pizcaba algodón en los Estados Unidos, ese hombre tan parco y con el que yo compartía tan poco abrió una botella de tequila y se la tomó conmigo; sólo en aquella ocasión lo vi sonreír”.

Todo ello pasó en 2004 y no se volvió a hablar del asunto hasta 2017, cuando el joven regresó ya no con obsequios, sino para cuidar al viejo ya en estado terminal. “Casi no escuchaba, pero le ponía el álbum para evocar lo acontecido 13 años antes, y también le preguntaba por su pasado, aunque él, como buen ranchero, era de muy pocas palabras y cuando contaba algo mezclaba recuerdos, así que de casi nada me enteré. Para llenar esos silencios comencé a imaginar cómo era lo no dicho y terminé por escribir una obra teatral sobre cómo me gustaría que hubiese sido la vida de mi abuelo, y mi relación con él”.

Así nace Radio Piporro y los nietos de don Eulalio, montaje escénico que se presentará por pocos días en el Museo Universitario del Chopo y donde ficción y realidad se entrelazan al tiempo que se explora el significado de este personaje que, desde el celuloide, moldeó gran parte de al imaginario norteño: él es el responsable de que la gente hoy baile con botas de punta y dando taconazos, autor del saludo ¿qui’hubo raza?, e inventor de la expresión ¡ajúa!

“Piporro era un fabulador extraordinario capaz de salir de cualquier embrollo mediante la palabra. Nunca sabías si lo que relataba era verdad o mentira y aún se debate si muchas de sus aseveraciones son realidad o invención”. Un ejemplo es Perros Bravos, Nuevo León, un pueblo que mencionaba con frecuencia en sus cintas y que, según él, estaba ‘a un ladito de Gatos Güeros’. Algunos periodistas han salido en su busca y no han dado con el lugar, mientras que otros han regresado asegurando tener videograbaciones del sitio.

Para escribir esta obra teatral, Víctor Hernández tomó anécdotas suyas, de don Eulalio González y de su abuelo y las revolvió a fin de crear una biografía ficticia perteneciente a los tres y a ninguno, un poco como hacía este actor norteño cuando soltaba sus soliloquios en pantalla y nadie atinaba a distinguir entre que fue lo que sí pasó y qué era invención, porque más que el rigor histórico, como decía el mismísimo Piporro en entrevista para uno de los documentales Clío, “lo bonito de la vida es poderla contar”.

El divino Eulalio

En su cuento Puro taconazo, la escritora sonorense Sylvia Aguilar Zélenyrelata cómo, en una de sus visitas al Pluma Blanca (uno de los bares más icónicos de Hermosillo), al leer las pintas que suelen dejar los parroquianos con plumón en los muros en uno se leía: “Piporro es dios”, lo que da pie a que en dicho relato, en una suerte de epifanía mística, se aparezca el actor y haga un milagro: el de enseñarle a bailar y taconear como los mismísimos ángeles.

Ejemplos como el anterior muestran algo repetidamente encontrado por Víctor Hernández al investigar para su obra: una sacralización casi espontánea de los literatos norteños hacia este personaje, como Luis Humberto Crosthwaite, quien alguna vez declaró: “Piporro es Diosy vino al mundo a salvarnos de una vida aburrida. Más allá de las canciones, las películas y el humor estuvo entre nosotros con una misión trascendental que pronto se revelará”.

En este espíritu, los protagonistas de Radio Piporro son dos locutores que, por añadidura, son nietos de don Eulalio y que a través de sus micrófonos buscan difundir una religión, el piporrismo, en la que su abuelo es el mesías. La tarea de ambos es evangelizar desde las ondas hertzianas y llevar la buena nueva a todos sus escuchas.

A decir de Hernández, el Piporro siempre hace resonar algo diferente en cada individuo y, por lo mismo, sugiere cosas distintas a cada quien. “Yo, por ejemplo, como creador siempre he estado obsesionado con la figura del doppelgängery resulta que este actor, en sus películas, incluía con frecuencia a alguien idéntico a él, y mi abuelo, quien fue algodonero del otro lado, disfrutaba mucho con cintas de migrantes como El bracero del añoo Espaldas mojadas”.

En su vida Eulalio González hizo de todo y quizá por eso todos se identificaban con él de varias maneras: fue reportero, deportista, ranchero, sembrador, locutor, director de cine, músico, guionista, cantante e incluso equilibrista. Sobre ello en cierta ocasión dijo a un periodista: “Me aconsejaban: ‘no digas que eres compositor o que escribes porque la gente te quiere ver broncote, aventado, a la hora que descubran que tú piensas se les va a borrar la imagen del Piporro’. Eso siempre me decían, lo cual me parecía idiota, pero así se rige el medio, con ese tipo de fenómeno comercial”.

Sin embargo, debido a esta versatilidad no confesada, la figura del personaje no ha sabido limitarse a la pantalla y se manifesta en la literatura norteña de las formas más disímiles, sea como una presencia radial en el libro El amante de Janis Joplin, de Élmer Mendoza; en el estilo de Daniel Sada (autodescrito como una mezcla de Góngora y Piporro), o en la novela negra No manden flores, de Martín Solares, cuyo título se inspira en la muy piporresca frase: “No vayan a mandar flores, Gumaro era muy macho”.

Por ello, a Víctor no le sorprende esta omnipresencia ni el culto generado alrededor de este hombre, el cual para él también significa algo muy concreto: el descubrimiento de su identidad norteña. “Yo, como Piporro, soy de Nuevo León y crecí con mis vecinos pisteandoen sus camionetas y escuchando a todo volumen a los Cadetes de Linares. Por eso tengo un modo de ser muy del norte que no había hecho consciente hasta que lo vertí en mis procesos creativos. Si el objetivo de las religiones es enseñarte algo que no sabías de ti, pero que ahí estaba, puedo decir que Eulalio Gómez me mostró mi norteñidad. En ese sentido me sumo a tantos escritores y aseguro, desde mi terruño, los escenarios, que sí, que Piporro es dios”.

La obra Radio Piporro y los nietos de don Eulaliose presentará en el Museo del Chopo el jueves 4 y viernes 5 de abril a las 20 horas; el sábado 6 a las siete de la noche, y el domingo 7 a las seis de la tarde. El costo del boleto es de 100 pesos, con descuento del 50 por ciento para el INAPAM, estudiantes, maestros y toda la comunidad UNAM.

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