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El jazz mexicano busca abrirse espacio en las aulas

Omar Páramo   

Para la mayoría de los jazzistas mexicanos este es un género que se aprende de oído, y no por falta de interés académico o por mera vocación lírica, sino porque en México son muy pocas las escuelas y conservatorios que lo enseñan.

Sin embargo, cada vez hay más profesores y alumnos decididos a profesionalizar el jazz y a abrirle espacio en las aulas, como explica Rosino Serrano, profesor de la Facultad de Música de la UNAM, a propósito del Día Internacional del Jazz, celebrado el 30 de abril.

“ ¿A qué huele el jazz en México?, sobre todo a pan y madrugada”, respondió en alguna ocasión el músico y escritor Alain Derbez, aludiendo a esa confusa franja de tiempo en la que nadie sabe si es demasiado temprano o si es tarde de más. Algo parecido podría decirse de la situación del jazz en el país, pues aunque dicho género musical llegó muy pronto a nuestra tierra –hace más un siglo, según testimonian diarios de la época–, hemos demorado mucho en profesionalizarlo, al menos en las academias.

“Existe esta idea de que lo jazzístico se transmite por tradición oral y se aprende de oído, pero a mediados del siglo XX comenzó a formalizarse su educación y a enseñarse en las aulas, esto fue en Estados Unidos. El resultado es que hoy, en las escuelas de música y los conservatorios más importantes del mundo, se ofrecen desde licenciaturas hasta doctorados en el área. En México arrastramos un rezago de seis décadas”, señala el profesor Rosino Serrano, de la Facultad de Música (FaM).

La razón de tal retraso puede achacársele a prejuicios recurrentes, los cuales, de tan viejos, aparecen en textos de hace 101 años, como puede leerse en una nota del periódico El Universal del 20 de noviembre de 1921 que lleva por título “La invasión del jazz”, y en la que el compositor Miguel Lerdo de Tejada –no confundir con el político juarista– denunciaba: “Esa infame música es ahora la emperatriz en todas partes. Es una locura de desonido (sic), de desafinaciones. El éxito del jazz consiste en tocar mal”.

Ha pasado más de un siglo desde aquella entrevista, y Rosino Serrano ha llegado a escuchar cómo aún hay quienes repiten tales argumentos para evitar la entrada del jazz a las academias de México. “Quien dice música culta, ¿supone que hay otra inculta? ¿Qué algo sea popular implica que lo otro es impopular? Si alguien viene a decirme que el jazz es inculto lo siento, no es así. Estamos ante un lenguaje muy sofisticado que constituye una de las más altas expresiones de la cultura y arte contemporáneos”.

Pese a su lento avance, hoy México cuenta con sitios donde puede estudiarse jazz a nivel licenciatura y con reconocimiento oficial (la Escuela Superior de Música y las universidades Veracruzana y de Ciencias y Artes de Chiapas), aunque, a decir del universitario y nominado al Grammy Latino, son muy pocos y, definitivamente, en este listado debe estar la UNAM.

A fin de enmendar tal situación, en 2018 Rosino Serrano logró que en la FaM se impartiera la asignatura Armonía del Jazz, la primera materia vinculada a este género en la historia de la Universidad Nacional. “La respuesta del estudiantado ha sido impresionante y tenemos en preparación un taller en forma de diplomado”. El compositor espera que esto sea el antecedente para, pronto, tener una licenciatura del género en la Facultad. “En las universidades mexicanas debe tocarse y escucharse más jazz”.

Aunque esta música es tan diversa que es complicado identificar parentescos entre variantes de la misma familia, sí hay elementos que dan unidad, como explicó en cierta ocasión el historiador de la música Ashley Kahn. “Si existe una palabra que exprese exactamente la característica que define todos sus estilos, ésa es improvisación: su espíritu es la invención espontánea”.

Para Rosino Serrano no hay duda de que prepararse en este género ofrece una serie de habilidades musicales que no brinda una formación académica tradicional. “Abre ventanas profesionales en diversos ámbitos, como puede ser la música aplicada al cine, televisión, artes escénicas o a la producción discográfica. Además, con frecuencia los músicos de conservatorio no saben tocar de oído y mucho menos pueden improvisar”.

Improvisación

José Lugo es saxofonista en el grupo Black Bop Quartet, y tiene muy claro cómo incursionar en lo jazzístico cambió su percepción de su entorno. “Para mí todo empezó con un disco de Charles Mingus, el Blues & Roots. En esa grabación hay una pieza llamada Moanin que para mí fue como asomarme a un mundo nuevo. Mi formación inicial fue más bien clásica y después toqué en grupos de rock y ska; tras oír a Mingus supe que lo mío era el jazz”.

Sobre los extras que su formación jazzística le ha dado, Lugo menciona que las herramientas adquiridas con el género le han permitido desde acompañar en el escenario a artistas de cierto renombre y replantear sus estrategias docentes (ello en su faceta de maestro) hasta musicalizar obras teatrales infantiles; sin embargo, para él lo más destacable es la posibilidad de experimentar con dimensiones sonoras a las que antes no tenía acceso.

Un caso similar es el de Ezequiel González, quien se formó como pianista clásico en la FaM y ahora es compañero de banda de José, quien aunque se inició en el jazz copiando lo que hacían otros, ahora quiere llevar parte de lo aprendido a su carrera. “Mi tesis de licenciatura quizá sea sobre cómo en la llamada música clásica sí es factible improvisar”.

Por esta capacidad de tomar elementos de aquí y allá, amalgamarlos y hacer que, pese a todo pronóstico, juntos tengan sentido, Eugenio Toussaint definía al jazz mexicano como “un bicho raro”. ¿Eugenio decía eso?, remata entre risas Rosino Serrano, “es posible, ¡para bichos raros los jazzistas!”.

 

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