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El arte novohispano está presente en la actualidad

Isela Alvarado/Fotos: Archivo Fotográfico Manuel Toussaint-IIE.
Son estructuras que conjuntan arquitectura, pintura y escultura: Franziska Neff, de Estéticas

El sentido litúrgico de los retablos barrocos de acercar las imágenes sagradas a los fieles para transmitir los contenidos de la fe y los valores espirituales en la Nueva España aún persiste en nuestros días, aseguró Franziska Neff, del Centro de Extensión Oaxaca, del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE).

“Los retablos dependen de su imagen principal; por ejemplo, si el templo conserva uno de la Virgen de la Soledad y la comunidad tiene devoción a ella, su retablo sigue vigente; también hemos notado que se han adaptado a las necesidades espirituales, al incluir otras imágenes a las que se les rinde culto, como ciertas advocaciones del Niño Dios”, precisó la investigadora universitaria.

Derivada de la expresión latina retro-detrás y tabula-mesa, los retablos son estructuras que conjuntan lo arquitectónico, pictórico y escultórico. Se situaban detrás de los altares en las iglesias con la finalidad de ser vistos por los creyentes y avivar la fe durante las celebraciones, en donde el sacerdote oficiaba de frente al altar y de espaldas al pueblo.

Por otro lado, el adjetivo barroco –afirmó la especialista en arte virreinal– “se refiere a las características generales de la época o lapso de tiempo en el que proliferaron los retablos, no a las características específicas de las obras”. Durante el barroco –que abarca los siglos XVII y XVIII– la Nueva España gozó de gran riqueza económica y tuvo lugar la más abundante y variada producción tanto en tamaño como en ornamentación.

Al “estar de moda” en el periodo novohispano, “la mayoría de las iglesias católicas contaban con al menos un retablo; algunas tenían hasta nueve o más, lo que hace incontable el número de piezas que existieron en la época”, agregó.

En México no hay una catalogación completa de estas joyas de arte religioso ni un estudio a fondo de todas las modalidades que florecieron en distintas partes del país. La razón, abundó Neff, “las instituciones de patrimonio no se dan abasto para el registro de todas las obras; además, no se cuenta con personal suficientes que reconozca términos, materiales y técnicas para un análisis preciso”.

No obstante, hay esfuerzos de la academia y del gobierno en la catalogación de este tipo de arte, por ejemplo, un catálogo de retablos virreinales en Morelos, otro sobre esculturas novohispanas en Ciudad de México y un avance significativo de obras virreinales en los recintos religiosos de los 570 municipios de Oaxaca.

Retablos dorados

En el texto Los retablos dorados, la investigadora Elisa Vargaslugo describe que hacia finales del siglo IX, sobre la mesa del altar se comenzaron a colocar, de manera permanente, reliquias de santos. Como no todas las iglesias poseían una, en el siglo XI se introdujeron los retablos, cuadros pequeños y rectangulares de poca altura, pintados sobre tabla y recamados sobre tela con temas religiosos.

Según la publicación, durante la Edad Media sufrieron cambios en su tamaño, ornamentación y contenido devocional, se les añadieron tablas, paneles, esmaltes, incrustaciones de hueso o marfil, hasta lograr importancia iconográfica y convertirse en artefactos que cubrían paredes enteras de las iglesias.

Hacer uno era costoso, comentó Franziska Neff, “se asentaba un contrato ante notario para detallar las obligaciones de cada grupo: quien encargaría la pieza (miembro del clero o persona devota que deseaba dedicar un retablo); quienes realizarían la estructura arquitectónica, talla, esculturas, pinturas y dorado, es decir el ensamblador, el tallador, el escultor, el pintor y el dorador”.

También se incluía el mapa de la obra, el material a utilizar, la modalidad de pago y un fiador; una vez registrado, todos los implicados firmaban el documento.

“Entre los contratos que todavía existen en los archivos, se encuentran los del retablo de Jesús Nazareno de la Iglesia de Santa Catarina en Puebla. Gracias a estos documentos sabemos que fue creado entre 1786 y 1787 por el ensamblador Francisco Prudencio de Meza y el dorador Manuel Antonio Castillo, conocemos más detalles de su construcción y, sobre todo, sabemos que estos artistas terminaron el adorno de la iglesia que originalmente había sido tarea del ensamblador Manuel Ramos, con lo cual podemos deducir cuál retablo de los que se conservan en la iglesia realizó cada uno de estos artistas.”

Por la lejanía, en algunas ocasiones los talleres se trasladaban a la iglesia, donde se elaboraban las piezas por separado, una vez terminadas se ensamblaban y recubrían de oro, metal que por su color, brillo y pureza era lo mejor de la naturaleza que se podía ofrecer a Dios.

Cercanía al cielo

Guirnaldas colgantes doradas y resplandecientes, golpes de hojarasca con múltiples follajes, frutos y flores, sobresalientes angelillos que rodean las imágenes sagradas eran la ornamentación recurrente de los retablos barrocos, que por su gran altura y dorada cubierta –en ocasiones iluminada por el sol gracias a la integración de ventanas– simulaban la cercanía con el cielo.

En forma ascendente lo primero que se distingue es la base, llamada zoclo o zócalo; luego se observa el banco o predela que es la parte horizontal que recibe los macizos de los soportes y contiene el sagrario; los cuerpos, donde se colocan las imágenes, contienen divisiones verticales marcadas por columnas o pilastras, y son conocidas como calles y entrecalles; en la punta de la obra se distingue el remate o ático; por último, el guardapolvo que hace la transición entre el retablo y la arquitectura de la iglesia, describió la investigadora del IIE, quien durante más de 10 años los ha estudiado.

Explicó: “Para leer un retablo primero se ubica la imagen más importante a la cual se le rinde culto, que suele estar en la calle central de la obra”. No obstante, hay diferentes maneras de leerlo y depende de su diseño, usualmente es en orden ascendente o del centro hacia los lados, de acuerdo como se narren o se evoquen las historias. Lo indispensable es conocer los pasajes bíblicos y la vida de los santos para entender el conjunto.

Las modas continuaron y en 1785 tuvo lugar la apertura de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, y con ella la  implantación del arte neoclásico, cuyos principios estéticos se convirtieron en el enemigo acérrimo de las piezas barrocas en madera dorada por lo que se destruyeron muchas, otras se pintaron de blanco para que se asemejaran a la piedra blanca que era el material preferido.

Según Elisa Vargaslugo los retablos barrocos mejor conservados son los de la Parroquia de Santa Prisca en Taxco, “se encuentran casi como los dejó su constructor, José de la Borda, en el siglo XVIII”.

Franziska Neff resumió que estudiarlos nos acerca a la vida artística, a las creencias y devociones existentes de aquella época; y, sobre todo, el entender cómo, por y para qué fueron diseñados, nos ayuda a mantenerlos vivos.

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