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De cuando la tierra ruge y el ímpetu de levantarse no cede

Dana Cuevas

Nací en 1985, al que llamábamos: el año del temblor, exactamente 15 días antes de la catástrofe. Crecí con las historias, con las anécdotas puntuales (el zapato de mi tío Tilín, la evacuación de mis abuelos en Copilco, el teléfono de la tortería de mi abuela que siguió conectado y ella prestó a los vecinos), también las noticias trascendentales: la de Rockdrigo, la de los niños del Hospital Juárez, la narración de Zabludovsky. Desde que tengo memoria nos hemos preparado. Evacuamos, tenemos alertas. La vida cambió ese 19 de septiembre.

2017, el nuevo año del temblor. De entre 365 posibilidades, de nuevo un 19 de septiembre. Dos horas y catorce minutos antes, en varios puntos de la ciudad realizamos un simulacro. Adiós al grandísimo mito de “en Ciudad Universitaria no se sienten los temblores”, ese día casi cae la torre de Rectoría, en la Facultad de Arquitectura vimos los edificios moverse y crujir como ningún arquitecto lo pensó alguna vez.

De inmediato comenzaron las especulaciones, la información de redes sociales: se cayeron varios edificios, el pánico. La odisea: volver a casa. Nos fuimos juntos para acompañarnos, no acabábamos de digerir lo sucedido. En Coyoacán resultó imposible avanzar, así que caminé. Me sentí en película posapocalíptica. La gente seguía en las calles, asustada, las vialidades eran caóticas, no había luz en muchos sitios. Al llegar a casa, lo inminente: abrazar a los seres queridos. Tengo un hijo de tres años que ha sido valiente, se ha comportado bien, su mayor preocupación es una compañerita, cuya casa quedó sumamente dañada.

Mi familia vive en Cuernavaca. Desde un inicio supimos por mensajes que estaban bien. También mi hermano en Cholula, pero muchísima gente se preocupó por mis padres y mi abuela. Mi papá trabaja en Oaxtepec, a 50 km del epicentro del temblor. Sus palabras: “Tú sabes que yo no me asusto con los temblores, ni siquiera en el 85, pero ahora fue distinto. La tierra rugía, todo se zarandeaba y vibraba, pero eso no era nada comparado con el sonido que emiten las entrañas de la tierra, es como oírla clamar, gruñir”.

La tarde del martes nos quedamos en casa sin luz, sin noticias, sin internet, sin batería en los celulares. A las 11 de la noche, cuando volvió la electricidad, no podíamos con el asombro. No dormimos, sólo oíamos las ambulancias, queríamos ir a ayudar.

A las siete de la mañana del 20 de septiembre salí en mi bici a recorrer la colonia. Ofrecí mi ayuda por todos lados. Se derrumbó un edificio a cinco calles de mi casa, pero ahí no fui útil. Fui a otro gran derrumbe, tres calles después. Me pidieron guantes y cascos, necesitaban personas para separar medicina. Fui al albergue en la delegación Benito Juárez, estaban cubiertos, pero necesitaban pañales y material de higiene para quienes estaban ahí.

Apenas amanecía y ya había voluntarios por todos lados, gente que igual que yo se ofertaba para lo que fuera necesario. En el súper me sacó de onda ver a personas haciendo su despensa. No los juzgo, para mí era inminente apoyar de algún modo, cada quien tiene sus motivos.

Volví al derrumbe de Zapata y Petén, ahora con mi hermana. Nos encontramos a una vecina. Separamos comida, agua, jugos, todo tipo de comida que gente voluntaria entregaba desinteresadamente. Apareció otro amigo. Mi hermana y yo fuimos a otro derrumbe, el de Tlalpan. Estaban cubiertos, necesitaban herramienta.

No soy un influencer en redes sociales, pero todo lo mandaba, igual alguien lo leía y podía ayudar. Regresé a casa al cambio de turno, me quedé a cuidar a mi hijo y su papá salió a ver dónde podía ser de utilidad. Todo el tiempo ofrecí mi casa como refugio. Más tarde mi hermana me confesó que se sentía frustrada: “Es que no estamos ayudando tanto”. Le respondí que obviamente no íbamos a sacar cuerpos o gente, estábamos haciendo lo que podíamos hacer.

Lo repetimos desde la mañana del miércoles. Ahora nos tocó repartir comida, pues era importante que no se echara a perder. En el centro de acopio olvidamos la furia feminista cuando nos dijeron: ustedes son mujeres y son mejores para marcar. Marcamos. Hicimos despensa. Las cargamos hacia los camiones.

Por la tarde, me fui a un albergue en Coapa donde me habían dicho que podríamos leerles a los niños. Al final, no fue posible pues nos aclararon que seguían en estado de shock y se estaba evaluando el tipo de terapia que se les iba a dar, quizá el fin de semana se podrá. Ir a Coapa fue otra bofetada de realidad. Los escombros, los edificios cuarteados, elementos del Ejército por todos lados.

Mis amigos han estado en los edificios colapsados ayudando; mis primos han estado repartiendo ayuda, poniendo sus coches para transportar gente y víveres; mis primos y amigos de Morelos no han parado de recorrer los poblados afectados, también llevando la ayuda y dando lo mejor, algunos como arquitectos, como médicos, como psicólogos. Algunos otros me preguntan cómo ayudar, me piden noticias, mandan buenas vibras. No hemos parado.

Un día, mientras volvía de uno de los derrumbes, me tocó ver en un estacionamiento escombros. Había, entre pedazos de trabes de concreto y alambres, ropa de niños que alguna vez habitaron entre esos muros que ya no existían. Mi corazón se partió y llegué a casa a pedirle a mi hijo Gabriel que seleccionara algunos juguetes para donar. A ratos, aún debo sentarme y llorar un poco. Decir una oración.

Este texto no pretende ser nada, ni un reporte, ni presunción, ni una crónica. Simplemente es una narración catártica que prueba lo que todos hemos hecho: tratar de levantarnos. Esto va a tomar mucho tiempo, grandes esfuerzos. No debemos parar.

Egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

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