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¿Cómo se vivía la sexualidad en la Colonia?

Leonardo Huerta Mendoza

En la época colonial la sexualidad estuvo sancionada por la religión católica, que consideraba que la única finalidad del sexo era la procreación, que a su vez debía estar regulada dentro del sacramento del matrimonio; por lo tanto, cualquier práctica sexual que se hiciera por placer era considerada pecaminosa. 

Los confesionarios

Los confesionarios son textos asociados con el sexto mandamiento, el relacionado con la sexualidad (No fornicarás), que ayudaban a los sacerdotes a confesar a la gente.

“En ellos se especificaba cuáles actividades estaban prohibidas y cuáles permitidas, y se preguntaba sobre todas las posibilidades del sexo”, explica Antonio Rubial García, académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

“Por ejemplo, cómo, cuándo, dónde, a qué horas, con quién, por qué medios, en fin, todas las posibilidades de la sexualidad humana estaban descritas en esos textos, que supuestamente servían para regularla y para perdonar las prácticas prohibidas. Entre éstas, la más castigada era la sodomía, el sexo anal, calificado como sexo contra natura y que se asocia a la homosexualidad masculina”.

El cristianismo, religión falocrática

“En los confesionarios también se hacen preguntas sobre la homosexualidad femenina, pero el cristianismo es una religión muy falocrática, es decir, considera que si no hay penetración, entonces el sexo no es completo. Como, según esta idea misógina en el mundo católico, entre dos mujeres no puede haber penetración, entonces la sexualidad femenina casi no es tratada, pero sí la masculina porque en ella sí hay penetración”, dice Rubial García.

La homosexualidad masculina era quizá la única práctica sexual que se castigaba con la pena máxima, morir en la hoguera, porque se consideraba no sólo un pecado sino también un delito. 

Solicitación en el confesonario

La heterosexualidad era más tolerada fuera del matrimonio, incluso para los sacerdotes. Para ellos estaba el Tribunal de la Inquisición, que perseguía un delito que se llama “solicitación en el confesonario”. Este delito ocurría cuando durante la confesión un sacerdote solicitaba a su confesada, aunque también había casos de hombres, para “actos torpes”, como se les llamaba.

Ahora bien, si la solicitación o la práctica se llevaban a cabo fuera del confesonario, no eran delitos perseguidos por la Inquisición; sólo se perseguía cuando el confesonario se utilizaba como un medio para hacer la solicitación, y esto porque se hacía mal uso del sacramento.

“Pero si al caminar por la calle un sacerdote ve a una mulata y la solicita, entonces no se le perseguía, porque aunque era un pecado más o menos grave, no era condenado por la Inquisición ni por ningún otro tribunal”, dice el académico.

Era bastante tolerado, igual que el adulterio masculino. Si un hombre tenía una “casa chica” o tenía amoríos fuera del matrimonio, incluso hijos bastardos, se le toleraba, aunque su actividad fuera considerada pecaminosa; en ocasiones, llevaba a sus hijos bastardos a vivir a la casa de su esposa.

“Además, si lo confesaba en el confesonario, se le absolvía, siempre que abandonara a su concubina. Y si no estaba casado, entonces se debía casar con ésta”, dice Rubial García.

Pero el adulterio femenino era tratado de manera distinta porque se consideraba un pecado grave, y en algunos casos también merecía un castigo, que era el encierro, generalmente en un recogimiento, un monasterio para las mujeres que han caído en el delito de adulterio.

La casa chica y los hijos bastardos

Entre los mercaderes ricos era común que, aparte de su “matrimonio legítimo”, tuvieran una “casa chica”, por ejemplo, en Veracruz o en Acapulco o en Zacatecas.

A los hijos nacidos fuera del matrimonio legítimo la Iglesia hizo que se les considerara bastardos. El hijo legítimo era el que heredaba el patrimonio, el que tenía todos los privilegios, privilegios que los hijos bastardos no podían tener porque, además, en la sociedad novohispana a los hijos e hijas bastardos de las familias ricas generalmente se los mandaba al clero o a los monasterios de monjas.

El caso de Sor Juana es un ejemplo. Ella nació fuera del matrimonio porque su madre tuvo relaciones con un señor casado; por otra parte, el matrimonio para sor Juana estaba fuera de sus posibilidades, sobre todo en el medio en el que ella se movía, que era el cortesano.

La Iglesia toleraba la actividad heterosexual fuera del matrimonio, como el amasiato, muy generalizado entre las capas modestas y marginales de la sociedad. La familia tradicional: padre, madre, hijos y allegados, que era el modelo católico en las clases altas y medias, no era la norma en los grupos marginados.

En las casas de vecindad de las ciudades, dos o tres familias vivían hacinadas en un cuarto, que usaban sólo para dormir, porque la mayor parte del día la pasaban en la calle: comían en la calle, incluso sus necesidades las hacían en la calle.

“Esto es muy interesante porque nos muestra las grandes diferencias que hay en cuanto a la sexualidad, pero también en cuanto al género. Pensamos que las mujeres siempre estaban sometidas al varón, pero muchas eran autosuficientes”.

Al faltar su marido, muchas mujeres tenían sus propios negocios, administraban una venta de zapatos, neverías, cigarrerías; en esos sectores era común ver a muchas madres solteras atendiendo un puesto en el mercado, mujeres que eran la cabeza de familia.

¿Cómo se vivía la sexualidad en la Colonia?
Si no puedes ser casto, se cauto

Es difícil conocer los cambios en la práctica de la sexualidad durante la Colonia porque lo que conocemos son las normas oficiales, que no cambiaron durante ese tiempo; la Iglesia siguió siendo la rectora de la moral; siguió diciendo que, si no puedes ser casto, sé cauto, porque lo peor que puede haber es el escándalo.

“El siglo XVIII fue mucho más tolerante; fue el Siglo de las Luces, el de mayor libertad. Fue un siglo en el que se relajaron mucho los controles sobre las costumbres, aunque las prácticas siguieron siendo más o menos las mismas”, dice Rubial García.

Y agrega: “observemos lo que pasa hoy en día con los sacerdotes pederastas que la Iglesia ocultó durante mucho tiempo porque era un escándalo y, en lugar de poner soluciones, los mandaba a otro lado. Pero en un mundo como el nuestro, en el que es imposible guardar un secreto, la pederastia se volvió un escandalazo para la Iglesia católica, algo que no pudo controlar porque estaba fuera de su alcance”.

“La Iglesia católica seguía pensando que estos casos se podían tratar en lo oscurito, como se dice en México. Pero la pederastia no sólo es un pecado sino un delito grave perseguido por el Estado. Es un abuso contra un menor”.

Prostíbulos en la Colonia

La prostitución durante la Colonia era una actividad cotidiana más o menos tolerada. Desde el siglo XVI hubo prostíbulos, conocidos como casas de mancebía, establecimientos administrados por el ayuntamiento. En esas casas se ejercía la prostitución de manera “legal”, pero cuando una mujer era encontrada prostituyéndose en público, se le llevaba a la cárcel.

Había tabernas —y esto lo sabemos por los moralistas— en las que se ejercía la prostitución. En sus sermones y en sus escritos, jesuitas y franciscanos decían que había tabernas adonde los hombres llegaban a tomar sus copas, y que en la parte de arriba había cuartos con muchachas, incluso muchachos, donde se podían “solazar” los que lo necesitaran, y con total discreción.

“Era común que el ayuntamiento lo tolerara; claro, por medio de una mordida, porque era ilegal. Pero, si llegaba a ser público, entonces se ponía tierra de por medio, se cambiaba la taberna de lugar, y seguía funcionando”.

La casa de las Monleone

También había otro tipo de casas, las llamadas casas infamadas, a las que llegaban algunos clérigos y caballeros muy adinerados a pasar las tardes con los oidores y con otros visitantes distinguidos jugando a las cartas, charlando, tomando chocolate.

“En estas casas también había mujeres, pero más elegantes que las prostitutas; eran un poco como las madames que tenían muchachas a su servicio. No eran prostíbulos tolerados, sino casas, digamos, ‘decentes’, con una dama que regenteaba a las chicas que atendían a sus visitantes”, dice el investigador.

En la Ciudad de México de fines del siglo XVII había unas damas apellidadas Monleone que tenían una de estas casas. Uno de sus visitantes más asiduos era un fraile a quien se acusaba de ir a esta casa a disfrutar las tardeadas, en las que no sólo se tenía sexo, sino que también había juegos de baraja y se podía charlar con otros visitantes en verdaderas tertulias.

El Estado y la Iglesia

La Colonia es considerada una época de represión, en la que la Inquisición pretendía tener un poder absoluto sobre las conciencias, persiguiendo a todos los que no estaban de acuerdo con el sistema.

Esta idea de un sistema muy rígido e intolerante nos hace perder de vista que ni la Iglesia ni el Estado tenían los medios para controlar y reprimir a una población tan numerosa como la novohispana, tan plural, tan compleja, en un país con tantas regiones y realidades políticas, económicas y sociales muy distintas.

“Frente a esta sociedad, Estado e Iglesia no podían ejercer un poder absoluto. Por eso, tanto las leyes como las normas morales y religiosas que regulaban el comportamiento de la gente no se cumplían, porque era imposible castigar a todos”.

El erotismo, respuesta ante la muerte

“La muerte está presente en la cotidianeidad. Pero la pulsión erótica del ser humano en ocasiones es mucho más fuerte que la muerte”, dice el académico universitario. “En general, el erotismo no sólo es la sexualidad; es el apego a la vida, el apego que casi todos tenemos a seguir vivos, y es una respuesta ante la muerte”.

Por eso la gente ejerce su sexualidad cuando puede, cuando le llega la ocasión, y no le importa la norma: “después me confieso”. Porque otra característica de la Iglesia católica es que propicia la existencia de una moral doble, en la que te puedes confesar cuantas veces quieras y se te perdona el pecado.

Además, está el Purgatorio, espacio temporal de sufrimiento del cual, según la Iglesia, se puede salir más o menos pronto por medio de misas. Te podrías librar del infierno eterno y llegar al Purgatorio portando escapularios, rosarios o medallitas y venerando a los santos. Por estos medios se podía evitar la condenación eterna, pues, después de un tiempo en el Purgatorio, se podía llegar al cielo.

“Siempre había cofradías, en las que uno podía participar pagando una cuota mensual, que se hacían cargo de rezar por el alma del difunto que penaba en el Purgatorio. Con la confesión y el Purgatorio había posibilidades de librar la rígida moral. Cuando te confiesas, los peores pecados se pueden perdonar, no sólo los veniales. Se tenía la concepción de un Dios benevolente con los católicos, que no mandaría a todo mundo al infierno, aunque sí enviaba ahí a los herejes, los idólatras, los judíos y los musulmanes”, finalizó el investigador universitario.
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