Academia

Actividad humana, principal obstáculo de la conservación del suelo

Rafael López

“Se forma muy lentamente… aproximadamente 1 cm en 100 años”, afirma Abel Ibáñez Huerta, profesor e investigador de la UNAM, “es un recurso natural no renovable”.

El suelo sustenta todas las formas de vida en el planeta, desde las más simples a las más complejas, incluyendo la vida del género humano.

La Asamblea General de las Naciones Unidas determinó en el 2014 que el 5 de diciembre como el Día Mundial del Suelo, esto con el objetivo de “crear conciencia de la importancia de mantener los ecosistemas sanos y el bienestar humano abordando los crecientes desafíos de la ordenación del suelo, luchando contra la pérdida de la biodiversidad del suelo, aumentando la conciencia sobre el suelo y alentando a los gobiernos, organizaciones, comunidades y personas de todo el mundo a comprometerse a mejorar proactivamente la salud del suelo”. Abel Ibáñez Huerta, profesor e investigador de la Unidad Multidisciplinaria de Docencia e Investigación de la UNAM en Juriquilla, Querétaro, hizo un balance del impacto en el país que ha tenido la actividad antrópica sobre este recurso natural.

Cifras de la propia ONU indican que aproximadamente 33 por ciento de la superficie del planeta reporta diversos niveles de degradación, porcentaje que podría elevarse hasta en 90 por ciento para 2050.

“El suelo se forma muy lentamente. Se ha documentado que aproximadamente 1 cm de suelo se forma en 100 años”, informó el especialista. “Como se sabe, el suelo es un recurso natural no renovable, a escala humana. La actividad humana sin conciencia ambiental ha degradado el suelo mediante la contaminación química y física o incluso con la pérdida del suelo. En México y el mundo, el cambio de uso del suelo es uno de los procesos que genera mayor impacto en los procesos de erosión y escorrentía, esto se intensifica al eliminar la cobertura vegetal y en los eventos de lluvia de alta intensidad (más de 80 mm).

A su vez, como parte de los efectos de la deforestación, en épocas de lluvias ocurren movimientos en masa –deslizamientos de suelos en grandes volúmenes– debido que los suelos sin cobertura vegetal, se desplazan pendiente abajo con grandes cantidades de sedimentos, arrastrando todo a su paso.

Los sedimentos arrastrados por escorrentía se depositan en lagos, presas y ríos o bien en los mares. Con la escorrentía que proviene de las zonas agrícolas se puede generar contaminación química no puntual por nitrógeno (N) y fósforo (P).

“Con las altas concentraciones de N y P, provenientes de la escorrentía, se desencadena la eutrofización; situación que provoca el crecimiento desmedido de algas y vegetación acuática, lo que a su vez acelera el consumo del oxígeno y con ello la muerte de las especies en el ecosistema acuático”.

Por otra parte, en todas las zonas agrícolas bajo riego en México, se presenta el problema de la salinidad y la sodicidad, explicó el académico. “Este es un fenómeno acuciante debido a las malas prácticas de manejo de los fertilizantes químicos y del agua. En el campo mexicano no se regula el uso de fertilizantes y tampoco se cuenta con drenaje parcelario parar evitar el ascenso de sales a la superficie del suelo. Las altas concentraciones de sales y sodio afectan la germinación de semillas, el desarrollo de las plantas y los rendimientos de los cultivos. En esta situación los agricultores, se ven obligados a cambiar sus cultivos a especies tolerantes y cuando es poco rentable ocurre el abandono de las tierras.

Otra actividad antropogénica que daña los suelos son las grandes edificaciones y la minería. “Cualquier observador puede verificar que en la zona de Tepetlaoxotoc, Estado de México, de donde se extrajo gran cantidad de material pétreo, para destinarlo al proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en el ex Lago de Texcoco, ahora, hay unos enormes agujeros abandonados”. En estas zonas las mineras han extraído tezontle y basalto –materiales pétreos– lo que ha degradado el suelo y un panorama devastador, parecido a un paisaje lunar”.

En referencia a los suelos de las zonas urbanas, Ibáñez Huerta destacó que las ciudades “se han convertido en ecosistemas fallidos. Al avanzar las áreas pavimentadas no se permite la recarga de los acuíferos. Todo el flujo del agua de lluvia escurre y se va al drenaje. Un ejemplo atroz es la ciudad de México: el agua de lluvia se drena hacia el Valle del Mezquital, de ahí pasa al Río Moctezuma y luego al Río Pánuco para, finalmente descargar en el Golfo de México”.

“Esa agua, que debería quedar en la ciudad, se expulsa causando otro tipo de necesidades ya que la Ciudad de México debe abastecerse de agua de otras fuentes. Hoy en día la fuente principal de abastecimiento es del Río Cutzamala. La contradicción es que las ciudades demandan grandes cantidades del líquido, pero a su vez, no hay políticas ambientales que permitan captarla durante la época de lluvias”.

“Varias capitales como Querétaro, Aguascalientes, Zacatecas o Durango cada vez perforan pozos más profundos para abastecerse del líquido, recurso que puede contener mayores cantidades de sales y metales pesados, con el consiguiente riesgo a la salud. Pese a que las necesidades de agua son grandes se siguen pavimentando las calles y no hay zonas de recarga ni planes para resguardar o almacenar agua de lluvia. En suma, no hay acciones para recargar los mantos acuíferos. Las ciudades se han convertido en una capa impermeable. El suelo queda debajo y no cumple su función ecosistémica de filtrado del agua”, consideró el académico.

Por lo que hace al estudio del suelo, actualmente el investigador participa en un proyecto de restauración ecológica con especies nativas en zonas mineras pétreas en el municipio de Tepetlaoxtoc en el Estado de México. Esto se ubica en la ladera poniente de Sierra Nevada dentro la provincia fisiográfica de la Faja Volcánica Transmexicana (FVT). Esta investigación se realiza con un grupo multidisciplinario, el cual abarca el tema forestal, el suelo y las micorrizas que hacen simbiosis con las especies forestales”.

“Nos ha interesado investigar la fauna del suelo de un bosque templado. En concreto, en el Laboratorio de Ecología de Artrópodos en Ambientes Extremos de Juriquilla, hemos evaluamos la biodiversidad de los artrópodos que habitan el suelo”. Hasta ahora, los académicos han encontrado que al degradar el suelo la biodiversidad del suelo disminuye. También es de su interés determinar los bioindicadores del cambio del uso del suelo para los bosques templados.

En este sentido, se ha documentado que los cambios de uso del suelo afectan directamente la abundancia y diversidad de los artrópodos; lo que puede causar alteraciones en las cadenas tróficas de la descomposición de la materia orgánica que cae al suelo, ya que, los artrópodos se encargan de iniciar la descomposición de ésta. En la descomposición de la materia orgánica en el ambiente del suelo, ocurre la re-síntesis de la materia orgánica y se forma complejos organominerales denominados humos, los cuales serán fuente de nutrimentos que utilizarán las plantas y animales del suelo.

“Estos complejos –los humus– además del aporte de nutrientes de largo plazo favorecen la agregación (de las arenas, limos y arcillas), lo que permite una buena estructura al suelo con gran abundancia de poros por donde puede fluir el agua y el aire y formar parte del hábitat de los organismos del suelo”.

Finalmente, Ibáñez Huerta consideró la necesidad de difundir entre públicos amplios la importancia que representa el suelo; desde su perspectiva, “el gobierno debe crear instrumentos de política ambiental que obliguen, literalmente, a todos los usuarios a cuidarlo, conservarlo y rehabilitarlo, ya que el suelo es imprescindible para la vida en nuestro planeta”.

 

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