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A 1,600 grados de indignación

¡GOOOYA!

Nota original de: ¡GOOOYA!
https://puedjs.unam.mx/goooya/a-1600-grados-de-indignacion/
Autora: Marian Gonzáez García, Facultad de Estudios Superiores Acatlán
Fecha de publicación de la nota original: Número 3 / OCTUBRE – DICIEMBRE 2021

  • La resistencia no ha muerto, nosotros mantenemos la llama ardiendo

“Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos”. Tanta verdad encapsulada en una frase de Stéphane Hessel, y es con lo que he de iniciar este texto sobre la mal, o bien, llamada generación de cristal.

Para armonizar nuestras ideas, me refiero a los hijos de la Generación X, criada bajo prácticas impregnadas de abuso físico y emocional, costumbres machistas, racistas y elitistas por demás; nietos de los Baby Boomers, es decir, comprende a los Millennials que no “quieren” comprar una casa y la Generación Z que usa TikTok.

¿Por qué cristal? La analogía se explica así: en cuanto el rígido mazo de la vida adulta, impacta el frágil cristal de la personalidad joven, éste se fractura en mil pedacitos.  Pero, ¿por qué es frágil el cristal? Para los críticos de las generaciones más jóvenes, la hipersensibilidad de Millennials y Gen Z es consecuencia de una crianza mimada y del impacto tecnológico. Los Millennials nacen en un mundo digitalizado. Ya no van a la biblioteca porque descargan un PDF, tampoco hacen filas interminables en el banco porque tienen bancas electrónicas y no necesitan ir a un café para conocer personas, porque tienen Tinder. Todo su mundo es a través de un cristal, muy conveniente para su impotencia ante la frustración que acarrea la vida adulta, su escueta capacidad para manejar la presión de la vida laboral y debilidad emocional para relacionarse con el resto.

Ni hablar de la Gen Z, una versión más joven de los Millennials y más grave. Que tienen todo el conocimiento del mundo al alcance del tacto, en su tableta o teléfono inteligente. Pero que no pasa de la pantalla. Enamorados de la fama, la fortuna, el dinero y el éxito efímero. Voyeristas expertos de la vida en redes sociales. Llamar por teléfono está prohibido y es de mal gusto, mejor un WhatsApp.

Entonces, el avance tecnológico y su educación les presentan un mundo fácil y sin esfuerzos. Vaya golpe contra el pavimento al conocer la realidad. No pueden con ello, porque esperan que el mundo sea bueno. Al descubrir lo contrario, no queda más que quejarse, sentirse mal por sí mismos.

¿Es mucho pedir que el mundo sea amable con todos?, ¿es aquello antinatural, acaso?, ¿es el cristal muy frágil o es la realidad muy rígida e inflexible? Aparentemente, es una crítica al lado oscuro de la globalización, pero si nos detenemos a extraer las características de la personalidad y conducta de esta generación, destacan dos: debilidad y queja.  La primera, nace de no tolerar conductas que hieren a lxs jóvenes. De aceptar. De hacer suyas las emociones que emanan.

La segunda, surge al exteriorizarlo: “mamá, tu comentario sobre mi peso me hace sentir insegura y mal”, “señor, tener higiene no me vuelve afeminado y eso ni siquiera es un insulto”, “abue, que tengamos acceso al voto no significa que gozamos plenamente de nuestros derechos políticos”, “sí tía, soy hombre y tengo novio, y no voy a permitir que te expreses así de nosotros”.

Por lo tanto, significa que ir contra lo pactado nos vuelve el eslabón más débil. Pero no somos la primera generación en hacerlo, ni la última. Tal vez, significa que las generaciones predecesoras son reacias al cambio y a la nueva resistencia de la juventud. No queda más, seremos el vidrio que alcanza su punto de fusión ante 1,600 grados de indiferencia y opta por moldearse con indignación.

Cuando pensamos en resistencia, también lo hacemos en la visión clásica del discurso valiente que nace de la parresía. Aunque decir la verdad le cueste la cabeza al emisor. En el momento en que definimos, erróneamente, a la valentía como “no tener miedo a”, condenamos la lucha. Valentía es “tener miedo a” y, aun así, hacerle frente. Es sentir un nudo en la garganta, que las manos sudan y las piernas se rinden, pero logras sacar la voz y direccionarla a una injusticia. La mejor forma de enfrentar a lo que tememos no es individualmente sino colectivamente; entonces no hablamos de un parresiasta contra el mundo, sino de cientos, con miedo en el pecho, confrontando un enemigo común. Encontrar en el miedo un motor para ser valientes en comunidad.

En este punto, un mar de confusión inundará al lector: ¿somos hijos pródigos de Hessel, somos indignados? La respuesta es afirmativa, negativa y neutral al unísono. Por supuesto que somos la siguiente generación que miró a su alrededor y vio un sinfín de problemas, ante los cuales decidimos no “hacer como que la virgen nos habla”. Nuestro deber es volver visible aquello que creímos que era “normal”, pero no lo es. Que “así son las cosas”, no es suficiente. Tolerar no es una opción.

Pero nos vemos en un escenario complicado. La lucha de nuestros ancestros fue tangible, a nosotros nos toca luchar contra aquello que no podemos ver. Nos toca combatir lo que, como civilización, creímos haber vencido ya.

Ustedes se batieron en duelo contra la segregación racial, nosotros contra un racismo sigiloso; ustedes conquistaron los derechos civiles y políticos para las mujeres, nosotras nos enemistamos contra quienes no quieren hacerlos efectivos; ustedes, que pusieron el mundo de cabeza por la liberación sexual y los derechos de la comunidad LGBT+, nosotrxs que nos enorgullecemos en muestra de rebeldía; ustedes, que dieron sangre por las tierras que son de quien la trabaja, nosotros que no olvidamos. La resistencia no ha muerto, nosotros mantenemos la llama ardiendo.

Pero esa ferocidad necesita ser bien encausada. Después de meses de sequía, y cuando la lluvia besa el suelo árido, los causales se llenan, la vegetación apelmaza. Es fácil que las tierras se inunden, que los ríos se desborden, que la maleza obstruya la vista.

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