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Cien años

Cuando yo era niña, me gustaba pensar que el 25 por ciento de mi sangre provenía de lugares muy distantes de la República mexicana, por el sitio en el que había nacido cada uno de mis abuelos. Así, un cuarto de mi sangre era de Chetumal, Quintana Roo; otro cuarto de Dañú, Hidalgo; otro de Mérida, Yucatán, y finalmente, 25 por ciento de mí provenía de Navolato, Sinaloa. Inicio con esto, porque tengo intención de escribir dos historias sobre un par de porciones de mi sangre.

La primera se vincula con el inicio de mi campaña para festejar el centenario de un personaje que tenemos remotamente olvidado. Estuvimos rebuznando sobre la Fundación Rulfo, y le preparamos tantos homenajes que hicimos o que no pudimos hacer; algunos lo festejamos en nuestro pequeño ámbito familiar. Pero se nos ha pasado otro grande que también cumple cien años de haber nacido en este 2017: Pedro Infante.

Es cierto, su centenario es hasta noviembre, por lo tanto, nos quedan seis meses para prepararnos, para volver a ver las películas de Ismael Rodríguez protagonizadas por El ídolo de Guamúchil; seis meses para recitarnos versos de Tizoc a la doña María Félix; seis meses para mandar imprimir bien grandotas sus imágenes con traje de charro. Estamos justo a tiempo.

No era el tipo más guapo, no le daba competencia al macho que era Pedro Armendáriz; tampoco tenía la mejor voz de todas, si la comparamos con la de tenor de Jorge Negrete. Pedro Infante tenía un carisma que es evidente en sus películas. Era un casanova, su sonrisa derretía. Pedro Infante es Pepe el Toro y con eso se ganó el corazón de una nación entera, a través de las generaciones.

Como muchos ídolos —Elvis Presley, Jim Morrison, Kurt Cobain, James Dean—, Pedro Infante se volvió una leyenda por su imprevista muerte. Tenía sólo 39 años (ocho más de los que tengo yo ahora). Tal vez, de no haber muerto, hubiéramos visto un Pedro Infante anciano, gordo, que se prestara a los ridículos más grandes del universo, como le pasó a Tin Tan. Pero no, El inmortal murió joven. Se estrelló pilotando un avión. Aquí es donde esta historia se relaciona con el 25 por ciento de mi sangre. Los Cuevas, mi familia paterna, se han caracterizado siempre por una virtud que es más bien un maleficio: la mitomanía. A veces, exageramos historias. Algunos, las inventan del todo. Mi abuelo contaba que fue amigo íntimo de Pedro Infante; es más, decía que iba a ir con él en el vuelo de ese 15 de abril de 1957 que salía de Mérida, donde mi abuelo era también piloto. Según él, el cariño fue inmediato al reconocerse como buenos sinaloenses en aquellas tierras yucatecas. Mi papá tiene una cicatriz en la cabeza que, según me contó, se la hizo con «la mesa de billar de Pedro Infante». Yo, ingenua, creí que mi papá lo había conocido, pero no, Infante murió justo un año antes del nacimiento de mi padre, al parecer, era una mesa que El ídolo de México le había regalado a mi abuelo.

A pesar de esa cercanía, de niña mi mamá me estigmatizó un poco con que Pepe el Toro era una nacada. Así que en mi casa no veíamos sus películas. Cuando empecé a vivir sola, a mis 19 o 20 años, un fin de semana apareció en la tele A toda máquina. Por supuesto que había visto la escena de: «Parece que va a llover, el cielo se está nublando, parece que va a llover, ¡Ay mamá me estoy mojando!»; pero cuando me senté y miré la película completa, terminé, como tantos, enamorada de Pedrito Infante. Vi las más de sus películas que pude, y debo confesar que aborrecí Tizoc casi lo mucho que amé Dos tipos de cuidado. Me di cuenta que era un fenómeno que escapaba de mi control… Me definía como mexicana, era parte de mí.

Porque sí, Juan Rulfo nos dio Pedro Páramo y El llano en llamas, tal vez las dos mejores piezas de la literatura mexicana. Pero somos un país sin lectores, y si en una reunión de lo más equis citamos a Juan Preciado o frases como «¡Diles que no me maten, Justino!», pocos sabrán a que nos referimos. Pero basta soltar un «Amorcito corazón, hoy yo tengo tentación de un beso…», para recibir como respuesta el chiflidito característico de Blanca Estela Pavón.

Estoy segura que cuando se acerque noviembre, todos estaremos sumados en esta campaña que desde ahora nombro: «Y si vivo cien años, cien años pienso en ti». Yo, por lo pronto, voy en un par de meses a vacacionar a Mazatlán. Lo cierto es que mi motivación oculta es sacarme la mejor foto de mi vida, abrazada a un Pedro de bronce, en el monumento que a su insigne persona existe en el Malecón.