Cultura

La UNAM apoya a la escena fanzinera de México ante la pandemia

Omar Páramo

Al hablar de fanzines bien se podría parafrasear a Mark Twain y decir que “los reportes de su muerte han sido exagerados”, pues aunque desde hace décadas muchos han augurado su desaparición pronta, lo cierto es que estas autopublicaciones no sólo han sobrevivido al internet, sino que han sabido adaptarse a lo digital, además de que, en su formato físico, ocupan un lugar junto a los vinilos, las fotografías de carrete, los videojuegos de ocho y 16 bits y todos esos otros objetos que, en pleno siglo XXI, la nostalgia nos ha preservado.

Sin embargo, como advierte el director del Museo del Chopo, José Luis Paredes Pacho (o Pacho Paredes, como también le dicen) los fanzineros se han visto muy afectados por la pandemia. “Hablamos de ediciones no plegadas a los dictados comerciales, hechas muchas veces por amateurs (de ahí su nombre, mezcla de fan y magazine) y que, con frecuencia, nos hablan desde la contracultura, por lo que sus lectores son contados, su tiraje corto y su recaudación económica, si la hay, escasa. Para mantener estas ediciones a flote, la UNAM seleccionará siete proyectos para darles apoyo”.

Desde el principio El Chopo ha estado involucrado con estas publicaciones y, prácticamente, las vio nacer y crecer en México, cuando en 1980 el promotor Jorge Pantoja habló con la entonces directora del museo, Ángeles Mastretta, para convencerla de lo enriquecedor de dejar que en el recinto (y al crecer, en las afueras) se instalara un tianguis cultural sabatino, el cual pronto convocó a rockeros, punks y otras comunidades, creando así una utopía cultural que duró apenas cinco años, hasta que la intolerancia vecinal y de ciertas autoridades expulsó al bazar de la calle E. González Martínez.

“Ahí era común ver cómo rolaban, de mano en mano, esos impresiones mimeografiadas o hechas con fotocopias y grapa, donde los punks escribían sobre su cultura, y los cinéfilos sobre directores como John Waters, Nick Zedd y todos aquellos ni siquiera mencionados en las revistas convencionales o en las secciones de espectáculos. En nuestro país los fanzines surgen como una práctica subcultural, o marginal, para hablar de lo que nadie más habla”.

Pacho Paredes, quien entre sus muchas facetas también es el baterista del grupo La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, en sus día de joven músico leía muchos fanzines (como el mítico Puro pinche ruido) y se familiarizó con sus redes de distribución, que solían darse mediante algún conocido o por correo postal, “pues algo característico es que estas autoediciones circulan en nichos muy específicos, lo que las lleva a estar muy en contacto con publicaciones afines en lugares tan lejanos como Japón, y a jamás cruzarse con impresos similares pero de otro enfoque, de México”.

En su libro Rock mexicano, sonidos de la calle (1992), el actual director del Chopo escribía: “Si alguien se interesa por la diversidad de valores culturales que se conjugan dentro de las culturas rockeras del país, no sólo debe ocuparse del trabajo cultural, sino de expresiones paralelas como los fanzines”.

¿Qué si los sigo leyendo? —pregunta—, ¡claro!, son una manera de mantenerse al tanto de otras expresiones que, aunque no tan difundidas, están muy vivas, además de que por cuestiones de trabajo también debo hacerlo, pues en el Museo del Chopo hay un espacio especial dedicado a estos materiales: la Fanzinoteca.

El paso al mundo digital

Los fanzines, como mucho de lo que nos rodea —explica Pacho Paredes—, han evolucionado para adaptarse a los nuevos tiempos y a sus formatos emergentes; ejemplo de ello es Pinche chica chic, que ha aprovechado el Facebook y el Instagram para llegar a más gente.

Por ello, las propuestas que seleccionará la UNAM no sólo recibirán un estímulo económico, sino exposición a través de la infraestructura digital universitaria (debido a la pandemia y por las recomendaciones sanitarias, se apostó por una distribución virtual para evitar cualquier contacto físico). ¿Pero cómo conciliar esto con la esencia fanzinera misma que, por abrevar de la contracultura y sus postulados, tiende a alejarse de aquello con tufo a cultura institucional?

A decir de Pacho Paredes, esto se hará por la vía de no aplicar censura ni caer en la tentación de desechar proyectos bajo el manido argumento de “esto no responde a los intereses de la Universidad”, sino por el contrario, se respetará su independencia y se analizará todo con mente abierta. “Debemos considerar que los enfoques de estos productos, de tan variados, resultan inclasificables; lo único a descartar —si se diera el caso— serían las publicaciones que inciten al odio, la discriminación o la violencia, aunque esas son cosas desde siempre han sido repudiadas por la verdadera comunidad fanzinera”.

Actualmente miembros de la Dirección de Literatura y Fomento a la Lectura, la Revista de la Universidad de México y el Museo Universitario del Chopo están evaluando las propuestas (que han resultado de lo más variado pues se han recibido archivos PDF de colectivos de diseñadores, artistas, feministas y otros) para emitir su fallo en la última semana de septiembre.

“Apoyar la supervivencia de estas autoediciones es urgente, en especial en tiempos en que los agentes culturales han sido tan golpeados por la crisis del virus. Y es que los fanzines no son complacientes con la forma de pensar de sus lectores (como sí lo son tantas revistas literarias), sino confrontativas, aunque esto es para fomentar la crítica, el diálogo y el debate. Además, a veces son el único vehículo para hacer circular los imaginarios, subjetividades y riquezas de la producción simbólica de distintos sectores que no suelen tener acceso a las publicaciones mainstream, y por ello creemos que mantenerlas equivale fomentar lo plural entre nosotros”.

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