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Violencia hacia las mujeres durante la pandemia

Dra. Karla Salazar Serna*
¿Cómo promover una cultura resiliente para hacerle frente?

El triunfo de un herido, nunca ha sido una disculpa del agresor”

Borys Cyrulnik

 

Bajo el contexto de la pandemia, las diferentes violencias, vulnerabilidades y la permanencia de una cultura de inequidad a nivel mundial se han agudizado, y la situación de las mujeres se encuentra en una clara desventaja. En particular, la violencia hacia las mujeres en México tiene dimensiones alarmantes que podemos reconocer a través de la percepción habitual de nuestro entorno, en los registros periodísticos diarios, en las estadísticas nacionales, etc. Asimismo, al ser la violencia cotidiana, se corre el peligro de normalizarla e invisibilizar sus causas y las formas de enfrentarla.

Los efectos de la violencia hacia la mujer se consideran consecuencias graves, y pueden ser físicos o psicológicos:  lesiones o daño físico como consecuencia directa de las agresiones (traumatismos de diversa intensidad, desde cuadros leves, a incapacidad severa y muerte); trastornos mal definidos y recurrentes sin evidencia de patología orgánica (cefaleas, dolor torácico, dolores articulares difusos, dolor abdominal inespecífico, trastornos digestivos, mareos, trastornos del sueño, etc.); trastornos psicológicos (trastornos ansioso-depresivos, confusión, inseguridad, accesos de llanto, ideación suicida, trastornos de la alimentación, disminución de la autoestima, etc.) (Arechederra, 2010). En concreto podemos decir que las mujeres sometidas a situaciones crónicas de violencia presentan una debilitación gradual de defensas físicas y psicológicas, lo cual se traduce en un incremento de los problemas de salud.

Por ello, es preciso que la violencia hacia la mujer sea contrarrestada con estrategias asertivas, creadas a través de mesas de discusión, reflexión y trabajo entre diferentes actores y ámbitos políticos, académicos y sociales. Donde también se aborde la relevancia de los procesos de resiliencia y construir un campo de acción social que ofrezca la oportunidad de contribuir a la formación de una cultura resiliente que nos fortalezca para detener la violencia hacia las mujeres, donde se priorice una socialización en favor de la equidad y género.

La violencia no sólo produce impactos para las mujeres que la padecen, sino también para las mujeres que observamos cómo esto sucede y continuamente se repite. Eso genera estrés, al concebir un mundo que nos posiciona en desventaja social. Además, recordemos que al experimentar demasiado estrés durante tanto tiempo puede resultar en serios problemas de salud, incluso enfermedades cardiovasculares y trastornos psicológicos, tales como depresión y agotamiento. Diversos estudios han demostrado la relación que existe entre los niveles altos de estrés y el suicidio, el cáncer, las úlceras y el deterioro del sistema inmunológico. Al respecto con este último, afectar nuestro sistema inmunológico no resulta nada conveniente en tiempos de pandemia.

Dado lo anterior, es visible que los retos encaminados a la promoción de una cultura libre de violencia y que promueva la equidad de género, se han multiplicado en tiempos de pandemia y ante diferentes dimensiones de vulnerabilidad, por lo cual se requiere unificar esfuerzos donde se promuevan distintas acciones colectivas que permitan la reflexión y el análisis de las nuevas y viejas situaciones de adversidad que padecen las mujeres. En este sentido, es preciso discutir y reflexionar sobre las diferentes adversidades que enfrentan las mujeres en tiempos de pandemia, reconociendo la multidimensionalidad de la misma. La adversidad no responde solamente a un hecho azaroso como podría ser un accidente, el desarrollo de una enfermedad, un desastre natural, la adversidad también se construye socialmente.

De acuerdo con Quiñonez (2007), las repercusiones de la adversidad en las personas pueden analizarse teniendo en cuenta una serie de factores en los que se destacan:

  • La intensidad del impacto que produce la adversidad:aquí se puede establecer una diferencia entre enfermedades que invalidan en un alto porcentaje a la persona como, por ejemplo, la parálisis cerebral con cuadriplejia o las discapacidades que pudiendo ser temporales o permanentes, afectan solamente una parte del desempeño y funcionalidad del sujeto.
  • La etapa del ciclo de vida en que ocurre el hecho adverso:el sujeto puede haber desarrollado, por el mismo proceso de evolución propio de la edad, más o menos estrategias y condiciones personales que le permiten afrontar la adversidad. Por ejemplo, no se tiene la misma connotación de la adversidad que determina el nacer, por ejemplo, con una condición de invidencia, que perder la vista a la edad de la adolescencia.
  • Los mediadores de contención y respaldo:este factor hace referencia a las personas o grupos que apoyen y generen reconocimiento, acogida, protección, contención y respaldo ante la adversidad que se vive. Hay núcleos básicos de contención como los integrantes de la familia, la pareja, los amigos e instituciones de apoyo y protección. Pero también se pueden encontrar personas que ante un evento como un terremoto pierden todo su núcleo familiar y su grupo inmediato de interacción.
  • Las condiciones personales del sujeto que vive la adversidad:el sujeto que percibe la adversidad, es quien la define, le otorga un sentido, significado, apropiación y trascendencia en su vida y es el que elabora de manera creativa formas alternativas de superación de esa situación adversa para su posterior transformación (Quiñonez, 2007).

Dichos factores podemos interpretarlos y analizarlos en las diferentes adversidades que hoy en día padecen las mujeres bajo el contexto pandémico. De esta forma, podemos comprender de manera más profunda las implicaciones de la pandemia desde una perspectiva de género.

Ahora bien, enfrentar las adversidades no debe ser un proceso en soledad, la resiliencia también puede construirse socialmente y expandirse en la cultura de un grupo, comunidad, sociedad, es decir en un país entero. Recordemos que aun cuando la palabra resiliencia surge de la ciencia física y de la metalurgia, en las ciencias humanas se le ha asociado con adaptación, superación, capacidad y proceso. Desde mi experiencia como investigadora, me gusta más pensar en ello como un proceso, un proceso que involucra factores internos y externos, para sobreponerse a un evento traumático y sobrellevar la adversidad hasta lograr una transformación y proyecto de vida (Cyrulnik, 2001; Salazar, 2020; Villalba, 2003).

La resiliencia nos precede como humanidad, la resiliencia es posible en cada espacio donde exista vida; sin embargo, su construcción social no responde a determinismos lineales, por el contrario, se puede considerar como un proceso complejo. Es decir, necesitamos comprenderla desde una visión dialéctica, que se construye a través de relaciones, vínculos y determinados contextos, aun cuando el proceso de resiliencia se observa de manera más fácil a nivel individual, existe un entramado social detrás. De acuerdo a la experiencia que he adquirido durante mi trabajo en campo, el sentido relacional de resiliencia ocurre cuando existe un reconocimiento en conjunto sobre la posibilidad de transformación, resistencia y crecimiento bajo condiciones adversas, donde existe un reconocimiento sobre cultura y contexto bajo la expectativa de encontrar recursos y estrategias que favorezcan procesos, donde se prioriza el análisis de las fortalezas grupales y se incida en su potenciación, disminuyendo así las debilidades.

De esta manera, se pretende exponer cómo la resiliencia y los diferentes factores que la generan pueden contrarrestar las diferentes implicaciones de la violencia y la inequidad hacia las mujeres, construyendo una cultura resiliente, no solo de forma individual, sino social y que se refleje sobre acciones propositivas en la cotidianidad y permita una reconstrucción orientada a la transformación de las situaciones que colocan a las mujeres en medio de la adversidad.

La resiliencia es un proceso que permite no sólo la reconstrucción psíquica de quienes han padecido actos de violencia, sino también implica un crecimiento tal, que facilita a la persona una transformación de la adversidad que originó su vulneración. Es importante señalar que los procesos de resiliencia son heterogéneos, que suelen suceder de manera diferenciada, que cada individuo puede tener reacciones muy variadas al mismo evento o puede necesitar mayor o menor tiempo para procesar la experiencia; lo anterior, depende de variables tales como la edad, la historia personal o el significado que se le otorgue a dicha experiencia.

Por ello, considero relevante resaltar los aspectos positivos que muestran las mujeres en situación de adversidad y peligro, para incidir sobre procesos de resiliente que les permita fortalecerse y prepararse para enfrentar las nuevas dificultades de la vida, como lo es la pandemia. Esta nueva mirada puede conducir a un cambio social. Bajo este tenor, el propósito de promover la resiliencia es desarrollar un interés social para enfrentar, sobreponerse y resurgir fortalecidos, e incluso transformados, por las experiencias de adversidad. En este sentido, la promoción de la resiliencia se convierte en una necesidad de carácter público y urgente, que hoy se hace visible ante la permanencia y agudización de las violencias hacia las mujeres.

Sobreponerse no es fácil, pero sí es posible haciendo uso de recursos personales y sociales, que devuelven a quien ha sido herida la oportunidad de disfrutar la vida. En esta dirección, se hace énfasis a cinco recomendaciones primordiales para auxiliar a mujeres en situaciones de violencia: procurar el cuidado y autocuidado mental y físico; reconocer sus capacidades enfocadas a la autonomía; realizar actividades que potencien sus cualidades y fortalezas; recuperar y/o construir redes sociales; identificar los vínculos afectivos que les permiten reconocerse como personas únicas e irrepetibles.

Ahora bien, se reconoce que un proceso resiliente en soledad es complejo, y que su construcción también depende de factores sociales. Por su carácter fundamentalmente de naturaleza social y desde el nacimiento, el ser humano entra a participar en formas muy variadas de interrelaciones, que se constituyen en un complejo entramado social que permite a las personas establecer una gran variedad de vínculos afectivos, según sea su edad, condiciones, intereses y expectativas de vida (Quiñonez, 2007). Estas posibilidades de interacción y de establecimiento de vínculos afectivos, de manera general se podrían clasificar y caracterizar como interacciones constructivas, de expresiones afectivas de reconocimiento, contención, acompañamiento y soporte. En otras palabras, la resiliencia se teje entre el espacio de las personas y la comunidad humana que les rodea (Cyrulnik, 2001). En este sentido, es importante considerar los factores que dependen de las interacciones con los otros, la resiliencia se forja a través de la adversidad, por lo cual es necesario reconocerla, y esto implica integrar la experiencia en la identidad individual, familiar, grupal y comunitaria.

Generar resiliencia implica desarrollar nuestra creatividad, a través de ella surgen otras miradas y facilita la construcción de nuevas formas de intervención y participación en el mundo. De esta manera se activa, ante la necesidad de supervivencia, la construcción de otros mundos y a la vez de otro sentido a la existencia, que resignifica al sujeto en sí mismo. El sujeto no se detiene en el daño y en la destrucción, sino en la posibilidad de crear otras formas de existencia a partir de su potencial humano, crea otras metas y objetivos de vida a partir de las condiciones que la experiencia traumática le ha determinado (Quiñonez, 2007).

Es importante auxiliar a una mujer que ha padecido violencia incidiendo de forma creativa sobre su resiliencia, de manera tal, que se procure su desarrollo y fortalecimiento. La promoción de la resiliencia en las mujeres requiere intervenciones y acompañamiento que den lugar a re-significaciones de la adversidad para sobreponerse. Muchas de las situaciones adversas que padecen las mujeres son consecuencia de los estereotipos de género enraizados en prácticas sociales que es necesario transformar. Por ello, para la promoción de la resiliencia en mujeres, se requiere mantener una mirada atenta sobre la manera como las experiencias adversas se reproducen y transforman a través del tiempo y las culturas. De esta manera se podrán desarrollar intervenciones más creativas y efectivas para las distintas violencias que afectan a las mujeres en el mundo y para generar comunidad, una comunidad resiliente.

* Investigadora especialista en procesos de resiliencia frente a violaciones graves de Derechos Humanos. Programa posdoctoral de la Coordinación de Humanidades.

Referencias bibliograficas

Arechederra. A. (2010). La violencia masculina contra las mujeres en las relaciones de pareja, proceso y consecuencias. En: García-Mina, A. (2010). La violencia contra las mujeres en la pareja. Madrid: Universidad Pontificia Comillas.

Cyrulnik, B. (2008). Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida. Barcelona: Gedisa.

–       (2001). La maravilla del dolor. Barcelona: Gedisa.

Salazar, K. (2020). A resilient hug. Relevance of accompaniment in cases of enforced disappearance. Peace in progress, Journal, 38, 7-15.

Quiñonez, M. A. (2007). Resiliencia. Resignificación creativa de la adversidad. Departamento de Caldas: Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Villalba, C. (2003). El concepto de resiliencia individual y familiar. Aplicaciones en la intervención social. Revista Intervención Psicosocial, 12 (3), 283-299.

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