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Un migrante deportado de las eras Obama y Trump. Historia marcada por la indiferencia gubernamental y el secuestro

Capital CDMX/Alberto Cuenca

Ciudad de México.- Pide que le llamemos Lucas, por seguridad. Tiene temor y no es para menos. Dice que los narcos le tomaron fotos, además de que cuentan con datos de él y de su familia.

El secuestro por tres días, en una casa de seguridad de Nuevo Laredo, fue una de las situaciones más complicadas que ha enfrentado en México desde que el gobierno Estados Unidos lo deportó, luego de 30 años de vivir y trabajar en aquel país.

Lucas se siente extraño en su patria, tampoco es para menos. A Estados Unidos llegó cuando tenía 13 años y ahí primero trabajo en la pizca de fruta, luego en la construcción de albercas y hasta antes de su deportación en la venta de comida, junto con su hermana.

Antes de ser deportado, Lucas ya percibía que grupos y movimientos racistas como el Ku Klux Klan, resurgían y tomaban fuerza en el estado de Georgia, donde residía.  Pero eso no lo amedrenta. Por encima de ese clima adverso, hay oportunidades que en nuestro país no ve, y quiere regresar.

Aquí, además del secuestro, ha enfrentado la insensibilidad de las autoridades mexicanas y de sus connacionales para, por ejemplo, obtener su credencial para votar o conseguir un empleo.

Quiere poner un restaurante, pero hay muchas trabas, mucha burocracia y Lucas se ha rendido a esa posibilidad. De lo que no pierde esperanza es de regresar a Estados Unidos, porque sigue convencido del sueño americano.

Con todo y el ambiente de racismo que impera en la unión americana o el endurecimiento de las políticas aplicadas por el gobierno de Donald Trump en contra de los migrantes, él buscará ingresar de nuevo a los Estados Unidos. Ya lo intentó semanas atrás.

Allá tiene a dos sobrinos y a su hermana, y una oportunidad de prosperar. Antes de su primera deportación, había iniciado un negocio de comida mexicana que promocionaba por Internet. Le iba bien, pero una detención por una infracción de tránsito mando todo a la basura.

La primera deportación

Habían pasado tres días de la elección presidencial en la unión americana y ya se sabía que Donald Trump había ganado los comicios. Lucas transitaba por una freeway en Atlanta, en donde vivía con su hermana.

Un policía lo detuvo porque circulaba a 70 millas por hora, cuando en esa vía el límite de velocidad era de 65 millas. Ahí comenzaron los problemas.

Del arresto por rebasar el límite de seguridad quedó en manos de autoridades de migración. No tenía manera de comprobar su estancia legal, pero además recuerda con mucha frustración que los policías de Atlanta se burlaban y le echaban en cara una y otra vez que durante los 30 años que estuvo en Estados Unidos acumuló dos DUI (Driving under the influence) y que por eso sería deportado.

Permaneció dos meses detenido antes de su deportación. Sólo un día antes de que lo regresaran a México lo visitaron representantes del consulado mexicano. Les reprochó su ausencia y la falta de asistencia legal durante todo ese tiempo; le respondieron que tenían mucha carga de trabajo.

El deseo de regresar

A mediados de enero llegó a México, pero el 1 de febrero pasado intentó regresar a Atlanta. Cruzó por Tamaulipas, pero de inmediato lo detuvieron y deportaron.  El día 2 estaba en Nuevo Laredo, junto con otros mexicanos que habían corrido la misma suerte.

Con el dinero justo para llegar a la casa de su madre, en el Estado de México, se organizó con los otros paisanos que lo acompañaban para tomar un taxi y trasladarse del puente fronterizo a la central camionera.

Ya iban en el taxi cuando Lucas escuchó que un sujeto en la calle grito: “¡Déjalos, ahorita voy por ellos!”.

“Bajándome del taxi de volada me fui a la central, los otros igual, pero ya estaban esperándonos ahí. Nada más nos dijeron, ´vénganse para acá´ y nos pidieron una clave. Yo no sabía nada de eso, te piden una clave y como no la teníamos nos dijeron ´ya vámonos´. Yo le dije que estaban locos, que yo no iba a ningún lado, pero cuando te empiezan a enseñar fuscas para qué hacerla”, relata.

Lucas permaneció secuestrado por narcotraficantes del 2 al 5 de febrero. Su familia tuvo que pagar 4 mil 500 dólares a los criminales para que lo dejaran libre.

Recuerda que, irónicamente, los delincuentes lo trataron mejor que las autoridades de migración de Estados Unidos. No se burlaban de él y “por lo menos me daban de desayunar, comer y cenar”, dice.

En la Ciudad de México ha buscado una manera de emplearse. Fue a la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec) del gobierno capitalino, a recibir capacitación para realizar un proyecto productivo.

El apoyo no pudo llegar a más, pues no es residente de la capital del país.

Sin muchas opciones, la idea más clara de Lucas es volver a cruzar ilegalmente la frontera para tratar de llegar a Atlanta y reemprender el negocio de comida mexicana que tenía con su hermana.

De acuerdo con datos de la propia Sederec, cada semana la Ciudad de México recibe tres aviones con migrantes procedentes de Estados Unidos, cada uno con 140 personas, de las cuales 18 por ciento en promedio permanecen en la urbe.

La dependencia también destacó que en 2016 se contó con un presupuesto por 18.6 millones de pesos para atender a 18 mil 920 migrantes que fueron repatriados a la Ciudad o que transitaron por ella en busca de una oportunidad laboral.

 

http://www.capital-cdmx.org/

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