Campus

Tatuajes: ejercicio de libertad o rebeldía

Daniel Francisco/Hugo Maguey

Brenda Terrazas

Cada quien hace con su cuerpo lo que quiere

Daniel Francisco

Fotos: Francisco Parra.

Brenda Terrazas tiene tatuado en la pierna derecha un buzo atrapado en una botella. “Me encanta bucear, me encanta el mar”, cuenta en entrevista con Gaceta UNAM. Estudió la maestría en Ciencias del Mar y Limnología, y como la mayor parte del trabajo lo hace en el laboratorio, se siente como ese buzo, encerrada en una botella, pensando en el mar.

Se hizo su primer tatuaje a los 23 años, el del hombro derecho, son imágenes de Antoni Gaudí. Desde que era niña quería tener tatuajes.

A Brenda la han mirado feo más por su forma de vestir que por los tatuajes. “La mayoría de los comentarios negativos los escuchas de gente mayor. Una amiga de su mamá le dijo: los tatuajes se los hacen los pandilleros. Yo le contesté: pero tienes tatuadas las cejas ¿no?, te delineaste los ojos, los labios. Cada quien hace con su cuerpo lo que quiere”. Las tías también lanzaron sus indirectas: que si eres pandillero, que así no vas a conseguir trabajo, qué vas a hacer cuando estés vieja, qué le vas a decir a tus hijos. “Son ataques fáciles de ignorar”. El más fuerte vino de su hermano: pareces puerta de pulquería.


Erik

Ya está tatuado, ese era el estigma, que era rebelde

Hugo Maguey

Me tatué por primera vez cuando iba a cumplir 18 años, hace 20 años. Antes los estudios no estaban tan controlados, no tenían tanto registro ni requerían que fueras mayor de edad.

No tuve broncas en mi casa, cuenta Erik, porque lo primero que me tatué fue el hombro, y ya vivía solo desde los 16 años. Cuando mi mamá me vio, sólo me dijo: ya te tatuaste. Algo importante es que siempre me tatué en estudio, nunca en la calle, así que en el escuela me veían como rebelde, la expresión era “ya está tatuado”, ese era el estigma, que era rebelde, porque además fue cuando empecé a perforarme, a dejarme el cabello largo.

La gente te veía raro, siempre pensaban que no estudiabas, que no trabajabas, que eras un bueno para nada, por la imagen de rockero, cabello largo, perforado, tatuaje, “seguro es un malandro”.

Fotos: Erik Hubbard.

Muchas personas mayores, de arriba de 50, aún te ven feo, pero para los más jóvenes es algo normal, hasta parece competencia. Antes se tatuaban estampas, cosas pequeñas, ahora son mangas completas, con colores muy saturados. También aparecieron tribales, nueva escuela, los tatuajes japoneses. Cada vez queremos algo más llamativo, para que te volteen a ver.

Otro estigma era el de hacerte un mal permanente, que ya no podrías donar sangre, no te iban a dar trabajo, o qué le vas a decir a tus hijos, qué vas a hacer cuando ya estés viejito y ya se vean feos.

Aún tengo planes para tatuarme, una de las ventajas es que ya es menos doloroso, antes dependía mucho del tatuador, si te dolía mucho o no. Las máquinas son más ligeras. Lo malo es que ahora quieres tatuarte más, y a veces también la economía te detiene, antes era más barato, ahora una sesión no baja de 3 mil 500 pesos para un tatuaje sencillo.

Foto: Marisol Cid.

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