Cultura

SAGA, una obra dancística que responde si un robot puede crear arte

Omar Páramo
En SAGA se narra la historia de Daniel, un niño de ocho años cuyo único interés son los videojuegos

¿Puede un robot crear arte?, es una pregunta que suele formularse Gloria Mendoza Franco, coordinadora del Laboratorio de Investigación en Ergonomía del Posgrado en Diseño Industrial de la UNAM, y a fin de esclarecer su duda, desde hace un par de años colabora con las compañías ASyC y Bioscénica, con las que ha montado una obra coreografiada donde un androide actúa y baila.

Se trata de la puesta en escena SAGA, que se presentará en el Teatro de la Danza del Centro Cultural del Bosque los sábados y domingos —del 20 de mayo al 11 de junio—, a la una de la tarde, la cual, aunque pensada para niños, es también un experimento sobre la capacidad de los autómatas para transmitir emociones.

“¿Qué pasaría si una máquina fuera capaz de provocarnos lo mismo que un actor? Aún estamos lejos de saberlo con certeza, pero quisimos adelantarnos al tiempo y presentar esta propuesta que nos hace pensar que en el futuro habrá dramaturgia para robots, así como hoy tenemos piezas escritas para títeres”, indicó la académica.

En SAGA se narra la historia de Daniel (interpretado por el bailarín Sergio Vázquez), un niño de ocho años cuyo único interés son los videojuegos y quien se niega a poner un pie fuera de su casa pues desea evitar el contacto con otros humanos —en especial con los de su edad—, hasta que un día, de la pantalla de su computadora emerge un pequeño androide de apenas 58 centímetros de alto, llamado Kiro, que poco a poco lo animará a asomarse al mundo.

“La obra retrata una condición cada vez más común —al grado de tener una palabra en japonés para definirla, hikikomori—, la cual deseábamos abordar, ya que la tendencia a aislarse y a la intolerancia al otro apunta a problemas serios. Con ello quisimos plantear que sí hay maneras de salir de esta reclusión autoimpuesta y, en el caso de nuestro protagonista, será de la mano de un androide”, expuso la coreógrafa Alicia Sánchez, directora de ASyC.

A diferencia de la mayoría de las piezas dirigidas a los niños, ésta no le apuesta al estallido de colores, los globos y las narices rojas, añadió Sánchez, sino a la sobriedad de tener a dos performers en escena “por un lado está Sergio y por el otro, detrás de los ojos del robot, Gloria, pues más que programar, darle play a un botón o enviar órdenes desde una consola, ella verdaderamente está actuando”.

Por su parte, Gloria Mendoza señaló que la oportunidad de colaborar en esta pieza llegó en el momento justo, “cuando tras mucho estudiar la interacción humano-robot en el Laboratorio de Investigación en Ergonomía de la UNAM nos encontramos en un punto donde —como el personaje de Daniel en SAGA— debíamos salir de este ambiente tan controlado y probar suerte en un entorno real. Desde un principio el proyecto me encantó y así comencé a trabajar con los artistas”.

El espíritu en la máquina

En su tesis de maestría, Gloria Mendoza analizó la respuesta emocional de las personas al interactuar con robots y, como parte de sus experimentos, hacía que éstos jugaran partidas de mesa con niños o que dieran clases sobre la manera adecuada de moverse, como lo haría un profesor de educación física de cualquier escuela.

“Alguien que pasaba por nuestro laboratorio vio esto y de inmediato nos contactó con los artistas de Bioscénica, quienes apenas estaban dándole estructura a SAGA y aún consideraban incluir a un títere en la obra; lo que hacíamos en el Posgrado los intrigó más”.

A partir de su estudio, Mendoza Franco constató que un autómata sí puede transmitir emociones, “algo sorprendente, pues empleamos robots NAO (como el que interpreta a Kiro), máquinas francesas con un rostro dibujado incapaz de esbozar sonrisas, enarcar cejas o gesticular, las cuales, sin embargo, logran conectarse con la gente”.

Para la ingeniera en biónica, formar parte de SAGA es una oportunidad inmejorable para llevar su investigación un paso adelante e indagar cómo reaccionan artistas y público frente un autómata. “Con los primeros perdemos gradualmente la empatía; al principio están fascinados y al final terminan viéndolo como un instrumento de trabajo. En contraste, con el auditorio la reacción siempre es maravillosa y se forjan fuertes lazos emocionales”.

Con estos resultados en mano, la profesora de la UNAM planea redactar un artículo. “La meta inicial era sacar conclusiones y publicarlas, pues somos academia y a eso nos dedicamos, pero a lo largo de esta experiencia he ido viendo que el arte funciona diferente y que su interés no está en aparecer en una revista, sino en comunicar algo a los demás, por esta vía aún podemos avanzar”.

¿Y puede un robot crear arte?

La primera vez que alguien escuchó la palabra robot fue el 25 de enero de 1921, cuando ésta se pronunció en el Teatro de Nacional Praga como parte de la obra R.U.R., del escritor checo Karel Čapek, quien la creó como una forma alterna de referirse a los autómatas.

“Como se ve, la relación entre robots y arte no es algo nuevo y en el mundo se están impulsando muchas cosas en el renglón: algunos tocan instrumentos, otros pintan y están los que actúan, algunos lo hacen bien, aunque la mayoría de los intentos son fallidos”, acotó.

Por esta razón, la universitaria destacó el esfuerzo de SAGA, ya que no sólo es una propuesta independiente cien por ciento mexicana, sino un logro de la transdisciplina. “Hemos trabajado con bailarines y coreógrafos, y para concretarla todos escribimos el guion, actuamos y hasta resolvimos visuales; lo único que hice en solitario fue programar, pues eso no es tan fácil. Incluso recibimos apoyo de una maestra en Educación, quien nos ayudó a elegir las palabras para llegar mejor a nuestro público: niños de siete a 10 años”.

El resultado —a decir de Mendoza Franco— ha sido inmejorable y ello lo demuestra la reacción del público en cada ocasión en la que se ha presentado la obra, ya sea en el Museo Laberinto de San Luis Potosí, en el festival sonorense Un Desierto para la Danza y esperan lograr lo mismo ahora que lo hagan en el Centro Cultural del Bosque (ubicado en Paseo de la Reforma y Campo Marte).

“Y todo esto me lleva a mi pregunta inicial, ¿puede un robot crear arte? Nuestra conclusión es que, en este caso, sí, pero darle sentido en el espacio escénico siempre dependerá de lo humano. Si Kiro estuviera moviéndose solo bajo los reflectores no pasaría nada, sería un espectáculo bonito, hueco y carente de emoción. Que logre conectarse con el público se debe a que Sergio, nuestro bailarín, está todo el tiempo ahí, insuflándole a cada momento intencionalidad”.

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