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Robachicos: de mito familiar a una realidad terrorífica

Karina Canseco/Myriam Nuñez
La prensa construyó estereotipos sobre estos sujetos camaleónicos

 

En México todos los días desaparecen nueve personas de entre 0 y 17 años, señaló la investigadora Susana Sosenski Correa, en el programa Primer Movimiento de Radio UNAM.

La violencia que implica la privación de la libertad de una niña o niño nos lastima a todos, primero al propio sujeto y después al núcleo familiar, vecinal, social y nacional, expresó la especialista adscrita al Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

Para la realización del libro Robachicos. Historia del secuestro infantil en México (1900-1960), Sosenski Correa hizo el análisis de algunos casos emblemáticos de la época (Fernando Bohigas 1945 y Norma Granat 1950), su asimilación por parte de la sociedad y el papel de los medios de comunicación en la creación de una narrativa que contribuyó a culpabilizar a ciertos grupos, y a mantener un ambiente de pánico en la población.

“Mi preocupación era entender cómo habíamos llegado a este punto, y tratar de rastrear a aquel personaje, (el robachicos), una figura que conocemos por narraciones de nanas, abuelas, madres, tías y familiares”, que era muy utilizada para disciplinar a la infancia en esos años.

Sujeto camaleónico

El robachicos es un sujeto que genera miedo y angustia porque alude al terror de la pérdida de los hijos y porque es camaleónico, muy difícil de identificar, “ya que no va vestido de una manera particular, puede ser un hombre de clase alta o media, puede ser una mujer o pueden ser esos ropavejeros que transitan por la ciudad”. Siempre es el otro, una alteridad en donde se construye el peligro.

A mediados de los 40 e inicios de los 50 la prensa construyó estereotipos sobre esos sujetos camaleónicos y culpó a las poblaciones afromexicanas, a las comunidades gitanas que transitaban por la República Mexicana, a las comunidades chinas y estadounidenses de ser robachicos.

En ese sentido, los medios de comunicación, no sólo la prensa, sino el cine, la radio, la televisión, las fotonovelas, los cómics, constituidos en industrias culturales, “educaron” a la población sobre los miedos en la ciudad y divulgaron estereotipos sobre los sujetos peligrosos y cómo identificarlos, generalmente un hombre pobre cargando un costal a su espalda, primero un ropavejero después el robachicos.

En su investigación Susana Sosenski encontró las primeras apariciones del término robachicos en la prensa nacional de 1896 y en la primera parte del siglo XX una exacerbación del problema social descrita por periodistas que no coincide con los casos que aparecieron en los archivos judiciales.

Pánicos sociales y exclusión del espacio público

Los pánicos sociales construidos por la prensa contribuyeron a excluir a los menores del espacio público. Limitaron su autonomía de circulación, los hicieron cada vez más dependientes de la compañía de un adulto y no se educó a la sociedad a cuidar a niñas y niños en esos espacios, expresó.

El Estado mexicano constituido en el siglo XX como el gran administrador del espacio público hizo poco para garantizar la autonomía infantil en la ciudad y depositó la responsabilidad de protección y cuidado en los padres y madres de familia, sobre todo en estas últimas.

A diferencia de otros países, en México el miedo social se utiliza para limitar la presencia infantil en el espacio público, no para que las niñas y niños aprendan a evaluar cuáles son los riesgos urbanos y sepan reaccionar ante el peligro.

Según datos de La Infancia Cuenta en México (Red por los Derechos de la Infancia) puede advertirse que el boom de desapariciones de infantes arranca con la guerra iniciada contra el narcotráfico en 2006, esto nos habla de una responsabilidad estatal en este problema, denunció la también académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Los usos de la infancia

De acuerdo con Susana Sosenski, entre las décadas de los 20 a los 50 se secuestra esencialmente a las niñas porque hay un mercado muy importante de comercio y abuso sexual, que no va a desaparecer si no se modifican profundamente las estructuras de impartición de justicia en México.

La autora del estudio, publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas en coedición con la editorial Grano de Sal, llama a reflexionar sobre cómo queremos que niñas y niños ocupen los espacios públicos y sobre cómo legitimamos el encierro bajo la idea de protección en tiempos de pandemia.

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