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Presenta Filmoteca UNAM El gallo de oro: Reflejos críticos a la sombra de un palenque

Rafael Paz

Cuando Roberto Gavaldón estrenó El gallo de oro en 1964 la crítica recibió la película de manera negativa, a pesar de la inclusión de dos jóvenes escritores en su producción (Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes) y un conjunto de estrellas a cuadro (Ignacio López Tarso, Lucha Villa, Narciso Busquets, Carlos Jordán, Diana Ochoa, entre otros).

Cincuenta y ocho años después el libro El gallo de oro: Reflejos críticos a la sombra de un palenque, escrito por el investigador y periodista Fernando Mino, busca echar luz sobre ese recibimiento y las razones que llevaron a un grupo de críticos y cineastas a ver en esta adaptación hecha por Gavaldón a partir de la adaptación de un relato de Juan Rulfo las peores características del cine mexicano de esos años.

La publicación se presentó en el marco de la Feria del Libro y la Rosa, a la que acudió el autor, Hugo Villa Smythe –Director General de Actividades Cinematográficas de la UNAM–, Paulina Millán –investigadora especializada de la obra de Juan Rulfo–, Roberto Gavaldón Arbide –hijo del cineasta– y Carlos Bonfil –crítico de cine y prologuista del volumen–.

En entrevista con Fernando Mino charlamos sobre los orígenes del proyecto, los turbulentos años 60 del cine mexicano y su fascinación por la obra de uno de los cineastas más reconocidos de la Época del Cine de Oro nacional.

¿Cómo nació este proyecto?

Fernando Mino (FM): Una cosa fue llevando a la otra. Estudié Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y siempre me interesó el cine. Mientras estudiaba me jaló el periodismo escrito, sin perder el interés por el cine, así es que decidí hacer mi tesis de licenciatura sobre el cine de Roberto Gavaldón. Fue un proceso de investigación interesante y hubo la posibilidad de convertirla en un libro que se publicó en 2007 que se llama La fatalidad urbana: el cine de Roberto Gavaldón, que es sobre su cine urbano y que también fue editado por la UNAM.

Después surgió el proyecto de hacer un complemento para abordar a la faceta del cine rural que también tiene el director, ese segundo libro que se llamó La nostalgia de lo inexistente, El Cine rural de Roberto Gavaldón, se publicó en el 2011 en la Cineteca Nacional. Este proyecto salió un poco adicional a partir del hallazgo de un guion inédito de El gallo de oro firmado por Gabriel García Márquez. Eso dio pie a esta pequeña investigación que ahora ve la luz.

¿Por qué el interés por Gavaldón?

FM: Soy un admirador declarado del cine de Roberto Gavaldón, pero, además de eso, me interesa su cine y el cine mexicano en general como una expresión cultural de una época histórica fascinante, llena de transformaciones. Una época en donde se consolida un proyecto político y social, que también entra en crisis y nos trae al México en el que ahora vivimos. Me parece que el cine como fuente de estudio de la historia es muy interesante, en el fondo está una disputa entre dos concepciones de la identidad nacional: por un lado la idea de un nacionalismo a ultranza, donde los elementos nacionales estereotípicos –el charro, la China poblana, la música ranchera, etc.–, típicamente mexicanos, empezaron a ser cuestionados y empezaron a ser vistos como un lastre para un proyecto de modernidad al que el país quería adherirse.

La sociedad mexicana que se veía identificada, por supuesto, era de la parte urbana concentrada en en la Ciudad de México, pero una parte de este vasto país no se identificaba con ese proyecto este de modernidad y todavía veía en esos elementos del nacionalismo señas de identificación muy grandes y, finalmente, eran los que consumían el
cine mexicano. Entonces,los industriales del cine producían películas para ellos, por eso esta insistencia en las comedias rancheras, en las películas de caballitos, en las películas donde cantaban y cantaban canciones.

Esas películas tenían el éxito asegurado porque eran atractivas para el público, eso creaba
este debate: hacemos un cine que le guste a la mayoría del público o hacemos un cine que satisfaga los ideales de modernidad de un cierto sector urbano. Esa fue una discrepancia permanente a lo largo de todos los años 60 e, incluso, puede rastrearse hasta la actualidad. Ahí es donde se creó este conflicto, la producción de El gallo de oro se planteó hacer una película folclórica, para ello invitó a este a Carlos Fuentes y a García Márquez que sabían a lo que iban, pero trataron de darle una modernizada y lo lograron, en cierto sentido. No fue suficiente para los críticos, sobre todo porque Gavaldón era una de las figuras más importantes del cine mexicano de la época y era la industria a la que los jóvenes críticos querían desplazar para poder plantear su idea de cine.

Hay muchas confrontaciones y disputas alrededor de la película, se convirtió en una especie de estandarte, tanto de lo que algunos decían debía ser el cine mexicano, como de los
que decían que no debía ser el cine mexicano. No son debates privativos de México, pasa en todas las esferas culturales. Es esa disputa entre una una visión nacionalista localista y una visión mucho más cosmopolita, más moderna y lo vemos en todos los aspectos de la vida social y cultural mexicana. Aún hoy día.

¿Cuándo comienza a ser revalorado Gavaldón?

FM: Es bien interesante porque fue prácticamente condenado por la crítica renovadora
de los años 60. El grupo comandado por Emilio García Riera –conocido como Nuevo Cine– lo consideró el representante de lo peor del cine mexicano y, por lo tanto, lo condenaron al olvido completo. Esto comenzó a cambiar a finales de los años 70 y principios de los 80, sobre todo desde el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos) gracias a una reflexión mucho más formal en torno a su propuesta cinematográfica.

Descubrieron que Gavaldón tenía un lenguaje y una construcción visual muy sofisticada, que era vanguardista. Entonces empezaron a estudiarlo desde una perspectiva más académica y de ahí surgen trabajos relevantes, como el que realizó Ariel Zúñiga a principios de los años 90, el primer estudio profundo en términos audiovisuales de su obra que se llama Vasos comunicantes en la obra de Roberto Gavaldón, que despertó mucho interés por su cine y permitió que se le viera con otros ojos.

Años antes, en los 80, el gran Jorge Ayala Blanco escribió sobre Gavaldón una nota necrológica recién había muerto, era muy reivindicativa y habló por primera vez de que
fue condenado injustamente por una crítica en lo que lo citó como la etapa más antinacionalista de la crítica mexicana, por lo tanto valía la pena revalorar todo su trabajo. Entonces hizo un repaso por todas sus películas, las ve con una mirada distinta, muy moderna y se empieza a destacar en El gallo de oro.

¿Qué te sorprendió de la cinta durante esta investigación?

FM: Sus elementos formales son bien atractivos, es una película construida de una forma muy sofisticada para poder reflexionar en torno a la identidad nacional y a la crisis de los elementos de la de la representación rural, entonces tiene mucho
mucho de dónde reflexionar.

Para este libro la tuve que ver varias veces y descubrí que me gusta Lucha Villa. ¡Es chida! Como icono a la distancia es muy disfrutable verla cantar y cantar y cantar como seis canciones. Es muy musical la película, me gusta la cadencia que tiene.

El mismo gallero, quien nace para maceta no pasa del corredor, hay todo un juego narrativo. Incluso valiéndose de las convenciones de la comedia ranchera. Hay una inmersión en la fantasía para después regresar a la cruda realidad.

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