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Los discursos de odio modifican la percepción del migrante en la frontera sur de México

Ariadna Razo
El fenómeno migratorio solo podrá solucionarse ofreciendo oportunidades en los países de origen

Antes de la década de 1980, en el sur del país se consideraba como única la frontera norte, porque “hasta ahí terminaba México” y no había una percepción por parte de la población de la existencia de una frontera sur, explica Dolores Camacho Velázquez, investigadora del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR).

El Estado tenía poca presencia, aún ahora hay muchos puntos fronterizos que la gente usa para ir y venir. “En algunos casos son caminos de terracería, pequeñas brechas o algunos más formales, por ejemplo, los pobladores de ejidos vecinos tienen acuerdos para dejar pasar personas y mercancías con controles establecidos por ellos mismos”.

Sólo en la zona del Soconusco existen dos pasos migratorios oficiales, uno más en La Mesilla y otro en el poblado de Carmén Xhan. Estos cuatro puntos establecen una relación fronteriza formal con una oficina de migración, del Servicio de Administración Tributaria (SAT) y otros controles como advierte la especialista, aún en fechas recientes “los puntos fronterizos son insignificantes, a diferencia de los puntos de control interno, incluso hay terrenos que colindan y la gente no sabe realmente si está de un lado o de otro. En algunas zonas, el pertenecer a Chiapas o a Guatemala no tiene ningún sentido más que en un acta de nacimiento que indicaba su lugar de origen, sobre todo en la zona de selva; entre la población existía una relación en un solo territorio y en términos de vivencias era muy difícil marcar una frontera”.

Al igual que el libre paso entre los pobladores en esta región, el paso de migrantes indocumentados hacia Estados Unidos era un fenómeno que se normalizó entre la comunidad. Sin embargo, en octubre del 2018, una caravana de mil 600 migrantes salió de Honduras hacia Estados Unidos y tras cruzar la frontera entre Guatemala y México, la caravana ya había ascendido a siete mil migrantes. “Había solidaridad entre las poblaciones, la gente les ofrecía alimentos y ropa, y se consideraba que había que apoyarlos; pero después de esa primer caravana cambió el discurso hacia los migrantes, incluso calificándolos de delincuentes, porque “quitaban” los pocos apoyos que el gobierno ofrece y los consideraban como posibles agresores”.

La ofensiva del gobierno de Donald Trump al reforzar la vigilancia en la frontera norte, aunado al discurso de odio, permearon de manera negativa la imagen del migrante centroamericano; como indica la especialista “surgió rechazo y una disputa por los recursos. La segunda caravana ya no tuvo ningún tipo de ayuda y ante los numerosos grupos que se establecieron en los pueblos fronterizos en colonias de migrantes, la población inició una serie de denuncias y exigían a las autoridades que los desalojaran”.

La relación en la frontera sur entró en una fuerte tensión social de ambos lados, los migrantes optaron por entrar por puntos no legales y peligrosos, algunos decidieron dejar las caravanas y fueron víctimas del crimen organizado, otros decidieron asentarse en el lado de México en espera de su documentación, pero lo más peligroso fue el desarrollo de actividades ilícitas relacionadas con el traslado de migrantes.

Si bien la contingencia por COVID-19 frenó las caravanas de migrantes y ayudó a distender el conflicto social en la frontera sur, la situación es excepcional. Advierte Camacho Velázquez, “las afectaciones que traerá a la estructura social fronteriza es una línea de investigación por iniciar, porque son poblaciones pobres; no hay un país que pueda recibir oleadas migrantes de este nivel, pues no existen las condiciones. Ni Estados Unidos podría recibir a toda la población que desea ingresar a su territorio, la única manera de detener este fenómeno es dando oportunidades de vida en los países de origen”.

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