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La Novena de Beethoven, vista desde la danza y la crítica social

Omar Páramo/Myriam Nuñez

Raúl Tamez escuchó por primera vez la Novena de Beethoven cuando tenía ocho años y recuerda aquello como algo deslumbrante, y aquí la elección de adjetivos es calculada pues su sensación de entonces se le antoja muy similar a la de alguien que, tras mirar a la luz de frente y experimentar una ceguera blanca, debe dejar pasar algo de tiempo para que sus ojos se adapten al brillo, y puedan ver.

Y es que, ya de niño, Raúl sentía que la sinfonía le hablaba directamente, pero no entendía bien el mensaje. Deberían transcurrir más de dos décadas para que el joven se sintiera con la madurez suficiente como para expresar lo que la obra le sugería, y con la habilidad necesaria como para traducirla a su lenguaje: el dancístico.

El resultado de tal experimento podrá apreciarse en el montaje Novena sinfonía. Danza contemporánea, que se presentará el sábado 28 y domingo 29 de noviembre en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, donde 20 bailarines encarnarán a reclusos de un campo de concentración a fin de dar rostro a todos aquellos que han muerto por cuestiones de raza, religión, género, preferencia sexual, simpatía partidista o tan sólo por alzar su voz porque, añade el coreógrafo, el asunto aquí es reflexionar sobre si es posible la justicia.

“Vivimos en una sociedad posmoderna y tecnologizada que no se cansa de repetir que nuestro destino depende de nosotros y que, con voluntad y pensamiento positivo, podemos salir de cualquier atolladero, ¿pero con qué cara le decimos eso a un sobreviviente del Holocausto?, ¿a alguien con una discapacidad, atrapado en depresión, viviendo en pobreza o con una enfermedad mental?”.

La mala noticia, reflexiona el bailarín, es que por más que los telepredicadores new age digan que basta con desear algo para obtenerlo y que “el universo conspira a nuestro favor”, eso no es cierto pues ¿qué puede hacer la voluntad de un individuo contra las condiciones sistémicas, económicas, de salud, políticas, biológicas o contextuales que le fueron impuestas y lo tienen en un hoyo?

Por el otro lado —agrega—, también hay una buena nueva, pues existe una pulsión de vida que, incluso en medio de lo más oscuro, nos mantiene a flote y nos da derecho al optimismo. Justo eso era lo que la Novena le susurraba a Raúl desde los ocho años, pero como niño aún le faltaba mucha vida cómo para saber expresarlo.

Un bailarín metido a sociólogo

 Además de coreógrafo por la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea del INBA y por la Rotterdam Dance Academy de Holanda, Raúl Tamez es sociólogo por la UNAM, y sobre esa elección académica tan inusual el bailarín explica: “Siempre he sido curioso. Entré en la sociología no para entender, pues al final nadie entiende las cosas a cabalidad, sino para tener las herramientas para comprender, aunque sea un poco, algo de lo mucho que me rodea”.

Por esta razón en todas sus obras se aprecia un intento por establecer vasos comunicantes entre lo artístico y el análisis social, como se aprecia en las puestas Que vivan los locos y los cobardes, Heaven y la ópera infantil Mingus, concebida como un regalo de Día de Reyes para niños guanajuatenses de grupos vulnerables.

“A muchos les causa extrañeza, pero entrar a la UNAM fue una consecuencia lógica de mis inquietudes ya que, para mí, la danza es sociológica por representar parte de lo que vivimos y construimos en conjunto, y lo mismo sucede con el teatro. Por ejemplo, al hablar de danza originaria, folclórica o ritual es ineludible tocar lo social y lo antropológico, y pretender lo contrario es ser muy estrecho de miras”.

Con Novena sinfonía. Danza contemporánea, Raúl busca explorar esa delgada línea que separa a víctimas de verdugos y lo hace a través de la música de Beethoven, un recurso que considera de lo más válido ya que, al igual que la filosofía, el arte verdadero es aquel que está ahí para plantear preguntas e ir sembrando inquietudes.

“En la carrera tuve maestros a quienes analizar fenómenos relativos a lo creativo les sonaba a algo paracientífico, cuando a mí me parece que tiene todo el sentido del mundo pues soy un firme creyente de la sociología y de la antropología del arte. Lo artístico es inherente al humano y, al final, somos seres performativos, aunque no nos guste”.

Mucho más que la Oda a la Alegría

 El 6 de octubre de 1802, deprimido por su progresiva pérdida de audición, Beethoven escribía, en lo que hoy se conoce como el Testamento de Heiligenstadt: “A veces creía poder sobrellevar todo esto y, sin embargo, no me era posible decirle a los hombres ‘hablad más fuerte, ¡gritad porque soy sordo!’. ¿Cómo confesar la debilidad de un sentido que en mí debería existir en la mayor perfección, en una perfección tal que muy pocos músicos han conocido jamás?”.

Dieciséis años después (de 1818 a 1824), compondría la Novena a base de recordar cómo sonaba el mundo, pues para entonces lo único que podía oír era el silencio. A estos obstáculos para crear Raúl Tamez le atribuye las tantas luces y sombras presentes en su obra, justo esas que ahora él busca captar a través de la danza.

“Siempre me atrajo esa parte oscura que sugería con apenas unas notas, y su violencia —Beethoven era violento y eso no es malo, al menos no al escribir música—. Hay personas que se sorprenden cuando digo esto porque al mencionar la Novena suelen pensar en la Oda a la Alegría y su brillo, y se les olvida que eso es sólo un movimiento, el cuarto, mientras que la Novena es toda una sinfonía”.

Para su montaje dancístico, Raúl Tamez eligió la versión grabada por Herbert von Karajan con la Berliner Philarmoniker en octubre de 1962, dejando de lado otras grabaciones canónicas como la de Ferenc Fricsay del 58, la de Leonard Bernstein del 79, o la de Claudio Abbado del 2000. ¿La razón? “¡Sencillo!, es la que más me gusta”.

A decir del coreógrafo, Karajan juega con los tempos procurando a cada instante el equilibrio, lo cual se nota, en especial, al principio, cuando dirige de forma cortante sólo para contrarrestar su abruptez con legatos. “De todos, él es quien mejor entiende el carácter ansioso e incisivo del compositor, aunque afirmar eso es arriesgado ya que cada uno tiene a un Beethoven muy particular en la cabeza”.

Para Raúl, sólo eso explica que la Novena, considerada por muchos un canto a la fraternidad, haya sido una de las piezas predilectas de Adolph Hitler, un himno para los racistas de Rodesia, un tema pop para Miguel Ríos o la banda sonora elegida por Kubrick para acompañar las imágenes violentas de La naranja mecánica (algo responsabilidad exclusiva del cineasta, pues en la novela de Anthony Burgess se deja muy claro que lo que en realidad escucha el protagonista, Alex DeLarge, no es la Novena sinfonía, sino la Quinta).

“Como se ve, esto es una pieza de luces y sombras que puede interpretarse de muchas formas y eso quise retratar en mi pieza, la cual inicia en un campo de concentración, con una historia que evoluciona a la par de lo escrito por Beethoven, en una suerte de camino que empieza en la desesperanza y avanza hasta llegar a la Oda a la Alegría, que aquí, más que alegre, es una pulsión de vida”.

El montaje Novena sinfonía. Danza contemporánea se inscribe en los festejos por los 250 años del nacimiento de Beethoven, algo de lo que Raúl se dice orgulloso por participar, y más presencialmente, aunque le sabe mal que esto se dé en un contexto de pandemia.

“Tomaremos todas las medidas sanitarias, pero es una lástima que el coronavirus le quite reflectores a una efeméride tan importante. De ser otro el escenario hablaríamos de cosas más luminosas, como de celebrar por lo alto este aniversario; sin embargo, estamos aquí y si algo me ha enseñado Beethoven es justo eso: que aunque haya instantes de luz, también es normal que haya momentos oscuros”.

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