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La cuarentena no es para todos en esta ciudad

Daniel Francisco/Fabiola Méndez/Damián Mendoza
Ciudad de México, cualquier día de la pandemia.

Todos son iguales.

Los tuiteros descubrieron que hay pájaros en la Ciudad de México y que además cantan. Lo que no saben, de lo que no se habían dado cuenta, es que mientras ellos se peleaban en la arena pública virtual, los pájaros siempre habían cantado y construido sus nidos.

¿Escuchan?, es el centro de Tlalpan en un sábado de cuarentena.

La ciudad se ha vaciado de manera paulatina. Las actividades se detuvieron, los centros comerciales guardan silencio, las calles están solas. Primero los restaurantes espaciaron sus mesas. La sana distancia entre comensales, después comida para llevar o a domicilio.

Cori estudia Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM, trabaja en un café del sur de la Ciudad. Antes de que iniciara la cuarentena me pregunta si es cierto todo. Relata la discusión familiar, la que han tenido muchas familias: ¿todo esto es real?,¿no es un tema político, una conspiración mundial? Escucha con atención y se convence: “Es lo que le dije a mi familia, es real, hay que cuidarnos” y confiesa que está abrumada. Le preocupa todo, quisiera irse a su casa y encerrarse con los suyos, pero no cree que el café cierre. Antes de tomar la orden cuenta que le dejaron muy poca tarea, al menos eso no le preocupa.

Se escucha la bocina de una patrulla: quédate en casa. Pero ni el vendedor de cacahuates, ni la señora de las papas, ni el vendedor de nieve, ni la señora de las flores se intimidan. Como todos los días han salido a la calle, a sobrevivir.

Estación del Metro Copilco. Sólo hay 10 personas en el vagón, la mayoría con cubrebocas. Todos estamos absortos en nuestros pensamientos… o en nuestro celular. No nos vemos, como siempre, hasta que alguien tose. Calculo la distancia, más de dos metros, ¡qué alivio!, y además trae guantes y cubrebocas, ¿eso es suerte no?

Los puestos de periódicos han cerrado, sólo hay unos cuantos abiertos y como ya es costumbre, venden agua y dulces. Cinco o seis periódicos se exhiben.

Las avenidas principales están vacías: Insurgentes, Universidad, Reforma y muchas otras. Un padre lleva a su hija de la mano, el pesero se detiene, no habrá sana distancia, miro sus ojos y sé que lo sabe.

Los puestos de comida de la calle funcionan, como cualquier otro día. Sobre avenida del Imán continúa el vendedor de nieves y el del agua de coco, acompañado por toda su familia, sus dos hijas sin escuela. En las esquinas los limpiavidrios suspiran y se quejan de la ciudad de vacía.

Gente en pijama en la fila de las tortillas, largas filas en los Oxxos, hay promoción en bebidas alcohólicas. Las farmacias están abiertas, todo el día. Raquel administra una de ella, estudió comunicación y leyó bien los tiempos. Hace un par de meses compró cientos de cubrebocas: “es mi momento”, dice. A veces quisiera quedarse a dormir todo el día, pero sabe que tiene que vender.

Conforme pasan los días las calles se llenan de personas con cubrebocas. Los rostros cubiertos dejan de ser sospechosos.

Guadalupe es psicóloga y ha sido maestra de trabajadores de la construcción. Tiene la fortuna de vivir la cuarentena con un salario, pero en sus noches de insomnio escucha las voces de sus alumnos. Escucho a una de ellas en un audio de whatsapp que me comparte:

 “De hecho estamos de limpieza fina, está bien tranquilo el trabajo y nos pagan un poquitito más, de hecho hace ratito nos dijo la arqui que no iban a cerrar… esperemos en Dios que no”.

Otros son menos afortunados, Saúl, por ejemplo ya se quedó sin trabajo. La obra fue cerrada y dice que tendrá que salir: “tenemos que comer”.

Camino y un taxista me mira con la esperanza de que sea un pasaje, el local de Alcohólicos Anónimos funciona, están en sesión, todos usan cubrebocas, excepto el que en voz alta dice que “todos los días estaba mariguano, pero ya no”. La vida continúa en las calles, la cuarentena no es para todos en esta ciudad.

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