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 La crisis climática es una crisis de clase: Fehinti Balogun

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  • El actor británico de ascendencia nigeriana presentó Can I live? en el Festival El Aleph

María Eugenia Sevilla

¿Importa que uno cambie el auto por la bici? ¿Y que recicle? ¿O que lleve bolsas de tela al supermercado? Millones de establecimientos todavía dispensan sus productos en bolsas plásticas y en envases de fábrica contaminantes. Qué decir de las emisiones por el uso de energías fósiles, sobre todo en los países del primer mundo…

No va a sonar bien, pero el esfuerzo individual, aún sumado al de otros, importa poco, afirma el actor y activista ambiental británico Fehinti Balogun.

Cabe matizar: importa –dice- para hacer conciencia sobre la crisis ambiental, pero el impacto de las acciones personales no es lo que salvará al planeta de la debacle climática.

La temperatura promedio en la Tierra no para su ascenso. Están a la vista los efectos del aumento de 1.5 grados centígrados que ya se registra. El de 2018 fue uno de los veranos más calientes de la historia: el planeta tiene fiebre.

¿Y qué pasa?

Ansiedad, culpa, impotencia… ¿Quién puede pagar el supermercado de productos orgánicos?

Ante la crisis climática, pasa que la gente común, la de a pie, la que vive al día, llega a sentirse tan impotente que genera una aversión ante la amenaza ambiental, que es la causa de este malestar y -mecanismo de defensa- actúa como si nada ocurriera, dice.

Fehinti es el hombre delante de la cámara y detrás de Can I live?, un espectáculo virtual de la compañía Complicité y Oxford Playhouse, que apela a mirar capas más profundas del problema ambiental: el colonialismo, el racismo, la falta de justicia social, las trampas del sistema capitalista…


Una de estas trampas es la oferta de productos llamados ecológicos: “No son más que otra alternativa de consumo que ofrecen las empresas privadas para seguir enriqueciéndose”, comenta el actor en la pieza presentada por la Cátedra Ingmar Bergman en Cine y Teatro de la UNAM en la sexta edición de El Aleph. Festival de Arte y Ciencia.

La puesta conjuga video y teatro documental con música viva en escena. En esta ocasión va acompañada de un conversatorio en el que el actor profundiza en sus planteamientos. Fehinti Balogun ha trabajado en series de televisión como la galardonada por la BBC I May Destroy You, ha hecho teatro y cine, tiene un proyecto musical y se ha involucrado con el activismo ambiental dando charlas en gira por el Reino Unido para discutir perspectivas sobre el cambio climático.

Fehinti es negro. De ascendencia nigeriana. Es desde esa condición de minoría racializada que angula el texto de la obra. “Cuando comencé a ir a las juntas de ambientalistas me di cuenta de algo: todos eran blancos, de clase media. ¿Por qué no hay gente como yo?, me pregunté. Los movimientos ambientalistas son blancos y clasemedieros porque se necesita tener la posibilidad de dedicar tiempo y pensamiento a algo que no sea sobrevivir”, observa. “La crisis climática es una crisis de clase”.

No sólo son inmigrantes o personas de ascendencia africana las que viven en esta “aversión a la verdad”, que va acompañada de una sensación de engaño: “el de un futuro prometido que, honestamente, parece una promesa deshonesta”. Pero, advierte, a personas como él, madres y abuelas les enseñan que es mejor bajar la cabeza, trabajar duro y mantenerse fuera de problemas, pues una persona racializada tiene ocho veces más probabilidades de acabar en la cárcel y sufrir abusos.

“¿Le vas a pedir que participe en una protesta a alguien que está esperando regularizar sus papeles?”.

Fehinti advierte que quienes primero están sufriendo las consecuencias del cambio climático, inundaciones, sequías y la consecuente escasez de alimentos, son los países pobres, que han sido históricamente saqueados por las potencias, y dentro de ellos, las personas de bajos recursos. “La gente más afectada es la que ha sido más saqueada”.

La sensación de impotencia va acompañada de un profundo enojo, que se remonta –explica- a la historia de colonización que se extiende hasta hoy en el sistema capitalista, en la mancuerna entre empresas privadas y gobiernos que acomodan cifras, metas y mediciones para, aún en la emergencia ambiental, continuar el privilegio de los intereses económicos.

“Estados Unidos emite 100 veces más contaminación que Madagascar. El cambio climático es colonialismo moderno: Se ha fijado la meta para el aumento de la temperatura global en 1.5 a 2 grados centígrados. Este calentamiento no significa lo mismo para Europa que para África”.

En su obra, el actor explica cómo un aumento de dos grados en África occidental extiende la estación de secas a nueve meses, y una de 3 grados, dos años. En otras regiones del continente, esta elevación extendería la estación de sequía a cinco años.

“Es genocidio climático de lo que hablamos”, sostiene. “Y no se te permite quejarte. Bueno, pues esta obra es el espacio en el que me permito expresar mi enojo, y está bien. No puedo no estar furioso”.

La pieza, que sucede prácticamente como un unipersonal, tiene un cierre sorpresivo: detrás de un telón aparece una butaquería en la que se encuentran activistas de diversas causas y partes del mundo, que tienen un punto de encuentro en el tema climático. Una invitación a sumar el esfuerzo individual a colectivos organizados, para así, tal vez, hacer una diferencia.

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