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Igor Stravinsky: “músico original, no revolucionario”

Fernando Guzmán Aguilar
Hace 50 años murió el compositor de La consagración de la primavera

Stravinsky, pianista, director de orquesta y compositor ruso, quien no simpatizaba con el comunismo, era tan religioso, cristiano, que escribía música como Johann Sebastian Bach: “por amor a Dios”.

París, Francia, la Belle Époque o la Época Dorada de París (1871-1914), congrega a filósofos, pintores, escritores, poetas, músicos… A los surrealistas, André Bretón y al cineasta Luis Buñuel, a quien no le gustaba que sus películas llevaran música, dice la pianista y compositora Lucía Álvarez.

A Buñuel, agrega la académica de la Facultad de Música de la UNAM, le presentan a Stravinsky como un maravilloso compositor que puede escribir música para alguna de sus películas, pero nunca trabajarían juntos. “Yo no trabajo con un santurrón”, contestaría el director de El perro andaluz que era ateo y estaba contra la religiosidad de Stravinsky.

Ballets por encargo

Ígor Fiódorovich Stravinsky nació en Oranienbaum, cerca de San Petesburgo, Rusia, el 17 de junio de 1882 y murió hace 50 años, el 6 de abril de 1971 en Nueva York, Estados Unidos.

En 1910 viajó a París. Tenía 28 años y ya había compuesto Fuegos artificiales y el Scherzo Fantástico, de sus primeras obras orquestales.

La compañía de Ballets Rusos, creada en 1907 por Serguéi Diáguilev, innovadora y vanguardista, causaba sensación en sus presentaciones con el primer bailarín clásico: Vaslav Nijinsky.

Impresionado por sus primeras obras orquestales, Diáguilev encarga a Stravinsky ballets que lo inmortalizarían como uno de los músicos más importantes y trascendentes del siglo XX.

El joven Stravinsky viaja al estreno de El Pájaro de fuego, una de sus tres memorables obras de juventud, apunta la maestra Álvarez, ganadora de siete premios Ariel, entre ellos el de Oro en 2020.

Stravinsky también escribió para los Ballets Rusos: Petrushka (1911), La consagración de la primavera (1913), Pulcinella (1920) y Les noces (1923).

Petrushka, dice Álvarez, Medalla Sor Juana Inés de la Cruz, es una obra arrebatadora, casi para un solista, donde el grandioso bailarín Vaslav Nijinsky “podía hacer gala de todos sus atributos”.

Músico práctico y efectivo

Stravinsky era un gran pianista, sensacional como Prokófiev y otros músicos rusos. “No era un compositor como los de ahora, de computadora. Era un músico práctico, efectivo y activo”, considera Álvarez, discípula de Ennio Morricone.

Stravinsky, como casi todos los músicos, sin importar los años vividos, atravesó por tres épocas: la de juventud llamado periodo ruso, la de madurez o neoclásico y la de sus últimos años en la que practicó el dodecafonismo. Aún en Mozart, que muere tan joven, podemos apreciar estos periodos.

Obras de la primera época de Stravinsky son El pájaro de fuego, Petrushka, La consagración de la primavera y la cantata bailada Las bodas o Les noces.

De su etapa de madurez destacan la Sinfonía de Los Salmos, Edipo rey y la Sinfonía en tres movimientos.  Se conocen menos porque Stravinsky “quedó muy marcado por la primera etapa”.

Otro ropaje instrumental

En su tercera etapa escribe una misa, una cantata sobre canciones anónimas, y el Canticum sacrum, obra por encargo para los festejos de la catedral de San Marcos, en Italia. Parece —dice Álvarez— que no quedan muy contentos con esta obra porque Stravinsky empieza escribir ya con el sistema  dodecafónico concebido por Arnold  Schoenberg, (1874-1951). Escribe en este sistema, pero de forma libre.

Canticum sacrum es una obra mística, escrita en latín, con textos del Evangelio según San Mateo, de la epístola de San Juan y de los salmos.

“No es una obra tan vital como La consagración de la primavera, tan dramática, tan fuerte, tan apoteósica; sin embargo, es una de las obras más bellas de Stravinsky”.

La orquestación es muy diferente. No es tan grande como en La consagración de la primavera. Escrita para un tenor y un barítono y coro mixto, no lleva en las cuerdas violines ni violoncellos, esto le da una sonoridad oscura. En la familia de los alientos no usa el clarinete. Es la única obra que escribe donde emplea el órgano. Stravinski quiere que sea una obra “más opaca y piadosa”, puntualiza Álvarez, autora de la música de las cintas El Callejón de los Milagros y de Mezcal.

Solos de primavera

Stravinsky compuso alrededor de 120 obras (muchas para piano) pero lo conocemos sólo por aquellas que fueron un boom, aquellas que “hicieron mucho ruido” como La consagración de la primavera. Cuando la obra se estrenó, fue muy polémico. Había gente que le gustó muchísimo, pero a otra no. “En el segundo acto hasta se agarraron a golpes y tuvo que entrar la policía para guardar el orden”.

La obra era diferente. Tanto que calificaron a Stravisnkiy de “músico revolucionario”. Culto, preparado, escritor de libros (Crónicas de mi vida y La poética musical), Stravinsky dijo que revolución es aquello que da una vuelta y regresa. “Yo no soy revolucionario. Soy original”.

La Consagración está estructurada a la manera de la música barroca: a base de planos. O muchos instrumentos o ninguno. “Así conseguían la dinámica de la obra”. En la instrumentación de La Consagración alterna “bloques y solos”. Además, está concebida para solistas porque “aísla los instrumentos y hay muchos solos para diversos instrumentistas”.

A diferencia del húngaro Béla Bartók, cuyos temas son del folclor rumano, en Stravinsky no se sabe ni a él “le intereso decir ni conocer” el origen de sus temas.

Apertura al minimalismo

—¿Por qué las nuevas generaciones deben escuchar la música de Stravinsky?

No sólo a él, sino a aquellos personajes que son parteaguas en la música, la pintura… Crean obras que (como Picasso con el Guernica) sacuden a una sociedad, a un auditorio de una manera terrible; uno sólo puede decir: me gusta o no me gusta.

Las obras de juventud de Stravinsky son “tribales, primitivas, el ritmo es primordial con motivos muy breves y recurrentes”, con esto propicia una apertura al ‘minimalismo’. Rompe de manera audaz con los compases tradicionales para utilizar ‘secuencias irregulares’. Usa medidas de cinco o de siete tiempos cuando lo acostumbrado es de tres y de cuatro.

Finalmente, Álvarez recomienda escuchar aquellas obras de Stravinsky poco conocidas. Sus sonatas, las obras para piano a cuatro manos, óperas, sinfonías, la cantata con canciones anónimas… Escribió más de 120 obras.

Pasa como con Beethoven. “Ay, la Quinta Sinfonía y La Novena son preciosas ¿y las demás? Si les gusta un compositor, si les apasiona su música, si son fans, escuchen esas obras poco conocidas o pocas veces interpretadas”.

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