- En el libro editado por la UNAM y las universidades de Guadalajara y Autónoma de Nuevo León, 11 plumas abordan un abanico de temas ligados al futbol que van desde los techos de cristal que aún persisten en este deporte hasta la inmensa gama de sentimientos que puede despertar un gol
Desde hace tiempo, a Juan Carlos Quezadas le rueda una idea por la cabeza, la de una novela imposible en la que, “de un día para otro, un ente poderoso (llámese Iglesia, gobierno o grandes capitales) prohíbe el futbol. En esa imaginería postapocalíptica habría un protagonista que lo arriesgaría todo por organizar partidos clandestinos, incluso si ello implica traficar balones, jugarse la vida en las favelas más peligrosas en busca de jugadores o introducir árbitros de contrabando por la frontera”.
Todo esto lo comparte el escritor en el libro Tiro libre. Relatos cancheros sobre el futbol, una publicación de la UNAM y las universidades de Guadalajara y Autónoma de Nuevo León, con un tiraje de 240 mil ejemplares que se repartirán entre jóvenes estudiantes como una invitación a leer durante el verano, y que también estará disponible en internet, para todo interesado, en formatos e-book y audionarración.
“Se trata de un título donde 11 plumas comparten visiones muy distintas sobre un mismo deporte a partir de ideas muy personales y anécdotas intransferibles, y desde cómo lo han vivido dependiendo de si quien escribe es hombre o mujer, lo cual da por resultado una obra muy interesante, incluso para quienes no gustan del futbol”, dice Quezadas.
A lo largo de sus 160 páginas —y con una alineación conformada por Martín Caparros, Paulina Chavira, Juan Villoro, Eréndira Derbez, Jesús Ramírez-Bermúdez, Marion Reimers, Juan Carlos Quezadas, Rosa Beltrán, Francisco Hinojosa, Brenda Ríos y Antonio Ortuño—, la obra habla de las nostalgias y anhelos que giran alrededor del balón, aunque también de aspectos (como el sexismo, misoginia o politización) que afean al alguna vez descrito como “el deporte más bello del mundo”.
“Y es que debemos admitir que al hablar de futbol no todo es positivo, pero así como decía Miguel Ríos aquello de ‘el rock no tiene la culpa’, ‘el futbol tampoco es culpable’ de lo que haga Trump, la FIFA o los ídolos de las canchas con conductas reprobables. El balompié es otra cosa: es una palomilla de niños jugando en la calle; un padre llevando a su hija a la cancha por primera vez, o amigos que se reencuentran 20 años después para disputar una cascarita tal y como hacían en secundaria”.
En Tiro libre ningún tema es motivo de censura: sus páginas igual hablan de los balones usados en los distintos mundiales (pues “Dios es redondo”, como asegura Juan Villoro) que de la ínfima paga que reciben las jugadoras de primera división en comparación con sus contrapartes masculinas; o de la vez que un grupo de escritores, en los años 80, hizo del estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras una cancha de fines de semana, o de cómo a la escuadra femenil de Pumas se le impedía jugar en la que debería ser su casa, el Estadio Olímpico de CU, hasta que los movimientos feministas evidenciaron tal absurdo.
En la serie televisiva Ted Lasso —sobre un coach de futbol americano oriundo de Kansas que lo deja todo para entrenar a equipo de sóccer en Inglaterra— aparece un delantero mexicano de nombre Dani Rojas quien repite en cada capítulo “el futbol es vida”, frase a la que Juan Carlos Quezadas no objeta nada, aunque sí añade, pero no olvidemos que “todo tiene sus claroscuros, y de eso está hecha la vida misma”.
Somos del equipo que somos
Quizá no haya en el imaginario del rock personaje más famoso que el Mayor Tom, aquel astronauta creado por David Bowie para su canción Space Oddity, quien mientras orbita en su diminuta cápsula espacial es contactado desde una sala de control en la Tierra porque los periodistas del mundo tienen una pregunta urgente: quieren saber a qué equipo de futbol apoya (and the papers want to know whose shirts you wear).
Que en este tema de 1969 la prensa, pudiendo interrogar sobre cualquier cosa a un hombre que ha visto lo que hay más allá de este planeta, lo inquieran sobre sus aficiones deportivas, se debe a una incógnita que a todos cuesta responder, la de por qué somos hinchas de un equipo y no de otro, incluso cuando las evidencias —y las estadísticas— nos muestran que aquel de al lado es mucho mejor.
Un ejemplo de tal inquietud se aprecia en el texto “Cruzazuleando”, de Jesús Ramírez Bermúdez, incluido en el libro Tiro libre y en el que el neuropsiquiatra reflexiona sobre por qué le va al Cruz Azul, un club célebre por perder cuando está a punto de coronarse. La justificación de esta fidelidad rara vez recompensada —adelanta el también hijo del escritor José Agustín— tiene que ver con que los cariños se eligen más con la víscera que con la razón y, en su caso, se debe a una decisión que tomó cuando niño, tan sólo porque le fascinaban los tonos celestes.
Juan Carlos Quezadas hace algo parecido en su escrito “Crónica de una búsqueda”, en el que, tras declararse Águila hasta la médula, reflexiona sobre el tema y asegura: “Igual que con los grandes amores, la afición por un equipo surge, casi siempre, tras una serie de casualidades afortunadas. No es una decisión consciente, sino un descubrimiento que se realiza cuando dar marcha atrás ya nos resulta imposible”.
El novelista no tiene problema al admitir “soy del América desde siempre. Elegí esos colores antes de aprender a hablar”, para luego añadir que ello no significa que comulgue con Televisa o que sienta simpatía alguna por Emilio Azcárraga. Todo es mucho más sencillo: le voy a los azulcremas sin hacerme mayores cuestionamientos pues, en el fondo, hay algo de ellos que resuena conmigo y con mi esencia”.
A decir Quezadas, indagar sobre estos temas no es baladí, pues además de que nos lleva a conocernos mejor, nos explica porque hay músicos como Andrés Calamaro que le han dedicado temas a Maradona o al Estadio Azteca, o un Nobel como Andrés Camus, quien fue un portero que pudo ser profesional (pero la tuberculosis truncó el sueño), y quien hasta el final de sus días se declaró incondicional de su club, el Rácing Universitaire d’Alger, no sin antes explicar que ello se debía a que todo lo que sabía de moral no lo había aprendido en los tomos de Karl Marx ni en los Evangelios, “sino en los campos de futbol”.
Por ello, siempre que hay afán por conocer de verdad a alguien, tarde o temprano emergerá la misma pregunta. En una de las últimas entrevistas realizadas a Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano, el reportero antes de pedirle una descripción de qué significó para él viajar el espacio soltó el consabido “¿y cuál es su equipo favorito?”. La respuesta no podía ser otra: “A los Pumas, por supuesto”.
Y en el inicio, y en el fin, era el futbol
Juan Carlos Quezadas comenzó a escribir desde niño y, para sorpresa de nadie, se estrenó haciéndolo sobre futbol. Redactó un compendio de crónicas sobre el Mundial de España 82 —aquel que tenía por mascota a una naranja de Valencia de mirada verde y un par hojas por cabello— y también creó historias en las que, pese a su corta edad, protagonizaba partidos de antología, porque, tomando prestadas las palabras de Eduardo Galeano, él “jugaba muy bien y era una maravilla, pero sólo de noche, mientras dormía”, pues durante la vigilia la cosa era muy distinta.
“Claro que quise ser futbolista toda mi vida. Todavía, hasta hace poco, jugaba en un club amateur de mi colonia, el Almería del Ajusco, una escuadra sin mayor ambición que la de enfrentarse 11 contra 11, incluso en la cancha más polvorienta, tan sólo para anotar o fallar la mayor cantidad posible de goles, pues ¿cuál es el sentido más básico del futbol, sino justo ése?”, plantea el también mediocampista. Por ello, aquella novela improbable de la que les conté en Tiro libre —añade Quezadas—, probablemente concluirá con dos equipos llaneros jugando un último partido mientras allá, en el fondo, caen las bombas que acabarán con el mundo, aunque esto no será en un tono pesimista, sino esperanzador, porque llegado a ese punto el lector comprenderá que el futbol ya no es más rehén del mercado, pues habrá recuperado su propósito inicial: el de patear una pelota no para matar el tiempo, sino para alegrarnos los días y las horas que nos regalaron en esta vida.