- Del año 2000 al 2019, México acumuló 72 por ciento de degradación de tierras, de ahí la necesidad de este proyecto de capacitación promovido a nivel nacional por el PUEIS
La luz de una tarde soleada de noviembre se refleja en los canales de Xochimilco. Entre los cultivos de maíz y hortalizas caminan Lourdes Fuentes Martínez y Macrina (o Macri, como le dicen) Dehesa Sánchez. Ambas son chinamperas y tienen un compromiso en común: ser Doctoras de los Suelos en esta emblemática zona lacustre ubicada al sur de la Ciudad de México.
“Es una gran responsabilidad y alegría. Quiero compartir el conocimiento que adquirí con más gente, que sepan de la importancia de conservar y proteger este recurso”, expresa Lulú.
“Al empezar esta formación, en mi terreno no crecía nada. Ahora da de todo. Aprendí cosas muy prácticas, sencillas y económicas para efectuar su análisis, revisar su fertilidad y cuidarlo mejor”, narra Macri, envuelta en el olor a lavanda, menta y romero que desprende su parcela.
Mediante el Programa Universitario de Estudios Interdisciplinarios del Suelo (PUEIS) de la UNAM, que desde 2021 es el promotor nacional de la iniciativa de la AMS-FAO conocida como Programa Global de Doctores de los Suelos (PDS), ellas, y 681 personas más, se han certificado en 16 estados del país.
“Se capacita al productor o agricultor para que diagnostique la salud de su tierra e instrumente prácticas de manejo sostenible. La meta es replicar el taller con más gente de su ejido o comunidad”, dice Mario Cayetano Salazar, colaborador del PUEIS y técnico académico del Instituto de Geografía.
¿Qué es el PDS?
Lulú es originaria de la alcaldía Álvaro Obregón, pero hace tres lustros, aproximadamente, comenzó a dedicarse a las labores del campo junto a su esposo, quien proviene de una familia de productores.
En tanto, Macri, que pronto cumplirá 71 años, heredó el terreno de su padre y hace menos de dos décadas empezó a trabajarlo. Ella comenta que la zona chinampera está en decadencia por falta de relevo generacional. “Cuando empecé a labrar mi parcela era completamente infértil; ahora cae una semilla y solita brota la planta, hasta me da risa”.
Ambas se enteraron del PDS a través de una convocatoria lanzada por el PUEIS en 2022. La capacitación se divide en módulos. En el básico se exponen conceptos y acciones de manejo sostenible.
Por ser teórica-práctica, las y los participantes analizan carteles educativos elaborados por la FAO y aprenden a diagnosticar la salud del suelo mediante la descripción de un perfil. Para ello, excavan un pozo de un metro por lado para conocer la tierra a nivel superficial y a profundidad, identificar horizontes (capas horizontales) y determinar propiedades físicas, químicas y biológicas como estructura, densidad aparente, porosidad, textura, color, estabilidad de agregados, infiltración de agua, pH, presencia de sales, contenido de materia orgánica y observación de raíces y organismos.

“Es como un expediente clínico. Llenamos una hoja de evaluación y ponderamos si hay limitaciones que afecten la productividad. En las diferentes localidades hallamos problemáticas específicas (en Xochimilco es la salinidad)”, indica Mario Cayetano. Ya con esos datos, se proporcionan módulos particulares para atender las necesidades de cada sitio.
Por requerir materiales caseros o de bajo costo, integrarse al programa es sencillo. Al certificarse, se facilitan carteles impresos a los y las participantes y una mochila con un manual de campo, libreta, vaso recolector, cinta métrica, lupa, tiras reactivas de pH y una piseta, entre otras herramientas.
Alta degradación
Nuestro país es edafodiverso debido a las diferentes fisiografías, climas y geologías del territorio. Según el INEGI, contamos con 28 de los 32 grupos de la Base Referencial Mundial del Recurso Suelo. Sin embargo, del año 2000 al 2019 se ha acumulado una degradación del 72 por ciento, con una tasa anual de 3.8, de acuerdo con el Informe nacional 2024 de acciones contra la desertificación, degradación de tierras y sequías de México, de la Comisión Nacional de las Zonas Áridas.
“Una de las principales causas de esta situación es el manejo insostenible, sobre todo en la actividad agrícola, con malas prácticas como el uso excesivo de fertilizantes químicos, maquinaria o el riego con agua de mala calidad. Algunas problemáticas identificadas en el país son la salinidad, erosión o pérdida de materia orgánica”, apunta el académico.
Para enfrentar esto, ofrecen opciones de manejo sostenible como mantener tapado el suelo con mulch (residuos de cosecha y cubierta vegetal); de esta manera se evita la evaporación de agua que deposita sales en la superficie.
Lo anterior, junto con la elaboración de terrazas y surcos en dirección perpendicular a inclinaciones, ayuda a controlar la erosión, que ocurre mayormente en laderas o zonas con pendientes. En sitios donde la tierra tiene poco carbono, proponen adicionar materia orgánica para promover la formación de agregados que, a su vez, generen poros donde se almacene aire y agua, y funcionen como hábitat para diversos organismos.
Evaluar y sanar
Lulú recorre su chinampa. Frente al cultivo de zanahorias —que con sus hojas verdes cubren una superficie que contrasta con el fondo amarillo pálido tan típico de la cosecha de maíz—, se pone en cuclillas y, con una pala, recoge tierra y la vierte en un frasco. Regresa a una mesa donde realizará una prueba de textura, propiedad que influye, entre otras cosas, en el drenaje, retención de humedad, aireación y fertilidad.

Toma una porción de la muestra en una mano y con la otra la humedece, ayudándose de una piseta. Después, la amasa y la frota en sus manos hasta formar un rollito de varios centímetros, señal de que es arcillosa. De haber quedado corto o haberse roto, ello indicaría que es arenosa.
Cuando la textura es muy fina (arcillas), el drenaje interno se vuelve lento y provoca humedad excesiva y baja aireación de raíces. Si es demasiado gruesa (arenas) produce drenajes excesivos y baja capacidad de retención de agua y nutrientes. Y si es limosa (limos) puede dar pie a estructuras masivas o laminadas susceptibles a la compactación. Lo ideal es la presencia de las tres en proporciones equilibradas.
Por su parte, Macri atraviesa su sembradío de jitomate, lechuga y chile. De dos lugares distintos toma tierra y la coloca en diferentes vasos recolectores hasta obtener un centímetro de altura. Se acerca a una superficie en la que extendió una lona de plástico. A uno de los vasos le vierte el doble de cantidad de agua (dos centímetros). Lo tapa y agita durante un minuto.
A continuación, lo deja reposar un cuarto de hora y, transcurrido el tiempo necesario, introduce una tira indicadora de pH. Al sacarla, adquiere una coloración con tonos fríos y la compara con la tabla de referencia de su empaque. El valor es de ocho: hay alcalinidad. Dicha información le permite identificar qué cultivos y microorganismos se pueden desarrollar en ese espacio. Un pH neutro (de entre 6.5 y 7.5) facilita la siembra de diversos productos, pero cuando hay demasiada acidez (debajo del cinco) o es muy alcalino (arriba de ocho), disminuye la variedad que puede trabajarse.
Macrina toma un poco de la muestra del segundo vaso, la incorpora en el compartimiento de un godete y, al agregarle 10 gotas de agua oxigenada, efervesce levemente, señal de que la materia orgánica es baja. Con tierra de un área diferente la reacción es mayor, se abulta y derrama, lo cual indica que ahí hay mayor contenido de residuos orgánicos vegetales y animales, lo cual es fuente y reserva de nutrientes para las plantas, sirve en la regulación del pH, mejora la estructura, disminuye el riesgo de erosión y es el almacén de carbono orgánico terrestre más importante del planeta.
Las pruebas antes mencionadas son ejemplos de muchas más que ambas chinamperas llevan a cabo, cada cierto tiempo, a fin de detectar problemáticas y poner en marcha prácticas que las resuelvan.
“Esta zona tiene muchas sales por los canales. Mi terreno es bajo y eso le afecta, pero cubriéndolo con residuos de la cosecha he logrado eliminarlas. Poner atención en el riego también es fundamental. Muchos meten la bomba al canal, tiran la manguera y sale un chorro; eso genera un brote de salitre mayor. Nosotros regamos de forma natural, con lluvia o con regadera en cada planta. En espacios extensos esto se hace por goteo”, expone Macri.
Lulú agrega que, en ocasiones, la salinidad se aprecia como una capa blanca sobre la cama de tierra y, para disminuirla, incorporan cáscara de naranja si no hay cultivo. De lo contrario, usan vinagre.
También han adoptado acciones como enterrar desechos de siembra que sirvan como abono; elaborar su propia composta y biofertilizantes para no utilizar agroquímicos; cultivar plantas que aporten nutrientes (como el frijol, que añade nitrógeno); agregar microorganismos de montaña; remplazar el tractor por el azadón, o fabricar biofiltros para mejorar la calidad del agua.
“Ya no hacemos las cosas porque así nos decía el abuelito, sin conocer la razón detrás de ello. El cambio climático es real, hay un desequilibrio y los problemas que enfrentamos son distintos a los que tenían las generaciones pasadas. Debemos adoptar nuevas estrategias”, declara Lourdes.
Revertir los daños
Las consecuencias de la degradación son muchas: repercute en la actividad agrícola (pues el rendimiento de los cultivos merma con la pérdida de fertilidad y estructura); afecta la recarga de los acuíferos por la disminución de infiltración de agua; genera más emisiones de CO₂ a la atmósfera por ausencia de materia orgánica en el suelo (lo cual influye en el cambio climático), y acaba con la biodiversidad de organismos que participan en los ciclos de nutrientes para las plantas, detalla el colaborador del PUEIS.
Lulú expresa que cuando el suelo no está sano, ello se refleja en sus productos, que son para consumo personal y venta. “No se desarrolla bien el fruto. Por ejemplo, el bulbo del betabel no sale o lo hace deforme. Cuando la tierra se nutre, se ve mucha diferencia, hay buen crecimiento”.
El PDS consta de tres figuras principales: las y los masters trainers (instruidos directamente por la FAO), quienes preparan a las y los Formadores, quienes a su vez capacitan a las y los Doctores. Los últimos obtienen certificados por cada módulo tomado. Para ello deben cumplir con dos requisitos: asistir a todas las sesiones teóricas y prácticas, y comprobar que han impartido el curso a más gente.
Ambas chinamperas buscan que sus saberes lleguen a toda la comunidad. “Creamos una red y damos herramientas a nuestros compañeros. Me genera mucha ilusión dar a conocer la relevancia de este recurso y fomentar la conservación de la tradición de la agricultura”, subraya Lourdes.
Macrina, quien pertenece a la primera generación del PDS, forma parte de la agrupación Sanadores del Suelo (con cinco personas más), que brinda talleres en conjunto. “Muchos adultos mayores no confían. Ha sido un reto el que nos crean y el quitarles la idea de que los dejaremos, como ha ocurrido con otros proyectos que llegan a la zona. Para motivarlos me pongo de ejemplo y les decimos: ‘Podemos hacerlo. Somos vecinos, apoyémonos’.

El PDS se ha expandido rápidamente por el país. Hasta noviembre de 2025 había 172 personas Formadoras y 681 Doctores y Doctoras en Aguascalientes, Baja California Sur, Campeche, CDMX, Chiapas, Chihuahua, Coahuila, Colima, Durango, Estado de México, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas. En las cuatro entidades restantes están en proceso de certificación 57 y 142, respectivamente.
“Atender la degradación es urgente y por ello este proyecto (del cual el PUEIS es promotor nacional) resulta crucial. Cabe destacar que además de estar presente en muchas zonas del país, cuenta con laboratorios y personal académico dedicados a la investigación de estos temas, y tiene incidencia social para alentar políticas públicas de estudio y reversión de daños”, indica Mario Cayetano, Formador desde 2021 y master trainer desde 2024.
Lulú concluye expresando: “Ha sido inspirador. Hay un antes y un después. Ahora valoro más el suelo en el que me paro y sé lo importante que es conservarlo, porque en toda mi vida no veré que se regenere ni un centímetro, pues eso demora miles de años; sin embargo, acabar con él toma apenas unos segundos”, concluye Lulú.
Por su parte, Macri finaliza diciendo: “Pocos volteamos a ver al suelo. Ser parte de esta iniciativa significa contribuir a defender nuestro territorio para que no muera y para que nuestro planeta siga existiendo”. Quienes tengan interés en convertirse en Doctores o Doctoras de los Suelos deben dedicarse a la agricultura y estar dispuestos a tomar los talleres y replicarlos en su localidad. Más información en el correo: doctoresdelsuelo.pueis@cic.unam.mx.