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¿Y si pudiéramos ver el calor? Lo que no se ve, pero se siente

Resumen ¿Alguna vez te has preguntado cómo los científicos pueden “ver” el calor? La termografía infrarroja, una tecnología capaz de capturar la radiación térmica que emiten los objetos, permite explorar un mundo invisible para el ojo humano. Aunque es conocida por su uso en la observación nocturna de personas y animales, esta técnica tiene mucho más que ofrecer. En su variante activa, no sólo se detecta el calor, sino que se estimula de manera controlada, abriendo un abanico de posibilidades para analizar materiales sin dañarlos. Este artículo te llevará al corazón de la termografía infrarroja activa: su funcionamiento, aplicaciones y, lo más emocionante, cómo puedes usar cámaras convencionales para obtener resultados sorprendentes, sin necesidad de costosos equipos profesionales. Gracias a esta accesibilidad, esta herramienta podría transformarse en una pieza clave en la educación, la investigación y la industria, democratizando el acceso a una tecnología poderosa. Descubre cómo esta innovadora técnica está cambiando la forma en que entendemos el calor y cómo su potencial aún tiene mucho por explorar.

¿A poco el calor también se ve? Apenas te acercas a la estufa caliente, lo sabes al instante: el aire a su alrededor se siente diferente, como si te envolviera en una capa invisible. La cercanía es inmediata, pero el calor no lo ves, sólo lo sientes. Si pudieras verlo, como si tuvieras los ojos de un superhéroe, observarías cómo el calor fluye, desplazándose sin cesar desde la superficie de la estufa hacia el aire, hacia ti, hacia todo lo que la rodea. Esa energía que se dispersa es la misma que los científicos han aprendido a visualizar mediante la termografía infrarroja. Imagina tener una cámara especial, no una común que ve lo que vemos a simple vista, sino una que captura esas huellas invisibles del calor. Con ella, podrías ver el calor no sólo de la estufa, sino también de cualquier objeto a tu alrededor: los muros de tu casa, el borde de una taza, la piel de una fruta. Todo emite una radiación térmica, una firma única que revela secretos ocultos. La termografía infrarroja no es sólo una técnica usada en laboratorios o en la industria; es una ventana a un mundo oculto. A través de cámaras termográficas, podemos traducir el calor que emiten los objetos en imágenes de colores, mostrando cómo se distribuye la temperatura en las superficies que observamos (Ibarra-Castanedo et al., 2013). Este fenómeno se llama termografía pasiva, uno de los dos tipos de termografía que existen. El otro, la termografía activa, funciona de manera distinta: aquí el objeto no sólo emite calor de manera natural, sino que lo recibe de una fuente controlada, como una vela encendida o la luz solar concentrada. Así, la cámara termográfica no sólo muestra lo que ya está ocurriendo, sino lo que se genera bajo condiciones controladas (Budzier y Gerlach, 2018). Este artículo se centrará en la termografía activa, explorando su funcionamiento, sus aplicaciones y cómo puede ser una herramienta accesible, incluso para quienes no cuentan con equipos profesionales de alto costo. De hecho, es posible obtener resultados sorprendentes con cámaras convencionales, lo que abre un abanico de posibilidades para la ciencia, la medicina y, por qué no, para experimentos caseros. Para comprender cómo funciona la termografía infrarroja, es esencial entender cómo se transfiere el calor. Probablemente has experimentado esa sensación al acercarte a la estufa caliente, donde el calor parece moverse de manera casi mágica. Pero, lejos de la magia, lo que ocurre es un proceso científico que se puede explicar de tres maneras: conducción, convección y radiación:

  • La conducción es el primer fenómeno de transferencia de calor. Ocurre cuando un objeto entra en contacto físico con otro más frío, y el calor se propaga hacia el segundo, como cuando tocas una estufa caliente.
  • La convección, por su parte, se da cuando el calor se propaga a través de un fluido, como el aire. Por ejemplo, el aire sobre la estufa está más caliente y menos denso que el aire por encima, por lo que asciende. A su vez, el aire frío baja y se calienta, creando un ciclo de corrientes convectivas que transportan calor.
  • Finalmente, la radiación es el fenómeno en el cual el calor puede propagarse entre dos cuerpos a diferentes temperaturas, sin necesidad de contacto físico. Así es como percibimos el calor del Sol y, a distancia, el de una estufa caliente. Si pudiéramos poner la estufa en un espacio sin aire, aún sentiríamos su calor, porque la radiación térmica también se propaga a través del vacío (McGraw-Hill Education, 1998).

Del Sol a la estufa: ¿qué es eso de la radiación térmica? La radiación electromagnética no se limita sólo a la luz visible, aquella que nuestros ojos pueden percibir. En el espectro electromagnético existen otras formas de radiación que permanecen fuera de nuestro alcance visual. Entre ellas se encuentra la radiación térmica, que tiene longitudes de onda más largas y es menos energética que la luz visible, y que comúnmente conocemos como radiación infrarroja (Alonso y Finn,

Todo cuerpo emite radiación térmica, incluso las personas. La cantidad y la longitud de onda de esta radiación dependen de la temperatura del objeto emisor. A medida que la temperatura aumenta, la radiación se intensifica y su espectro se desplaza hacia la región visible del espectro electromagnético. Por ejemplo, los objetos a temperaturas cercanas a la del cuerpo humano emiten radiación en el infrarrojo, razón por la cual no los vemos en la oscuridad. Sin embargo, a temperaturas mucho más altas, como la de nuestro Sol, una parte significativa de la radiación emitida es percibida por nuestros ojos como luz visible. Ojos que sí ven: cámaras que detectan lo invisible En nuestro día a día, los aparatos que nos permiten ver más allá de lo evidente se han convertido en herramientas indispensables. Entre ellos, las cámaras termográficas han ganado popularidad. Aunque muchas veces las llamamos cámaras térmicas o infrarrojas, el término correcto es cámaras termográficas, porque lo que realmente nos muestran no es una simple imagen, sino un gráfico térmico del objeto que estamos observando, conocido como un mapa de calor o termograma. Este mapa asigna colores que van del rojo al azul para indicar las temperaturas más altas y bajas de la superficie, convirtiendo lo invisible en algo tangible ante nuestros ojos. Si alguna vez has utilizado una cámara digital convencional, sabrás cómo captura imágenes de la luz reflejada desde los objetos. Ahora imagina una cámara que no ve la luz, sino el calor que emiten los objetos. Es ahí donde entra el truco de las cámaras termográficas. A diferencia de las cámaras convencionales, estas requieren lentes especiales, hechas de materiales como el germanio, un compuesto que puede reflejar la luz y transmitir radiación térmica, algo que las lentes comunes no pueden hacer.

A su vez, los materiales metálicos como el acero inoxidable de los soportes impiden el paso de ambas radiaciones, creando una especie de “huella” que puede identificarse según el material.

¿Cómo funciona la termografía? Más allá de ver el calor

La técnica que utiliza las cámaras termográficas para el análisis y la inspección de materiales recibe el nombre de termografía infrarroja. Existen dos tipos de termografía: la pasiva y la activa (Maldague, 2012).

La termografía pasiva es la más común, ya que detecta la radiación natural emitida por los objetos, sin necesidad de estímulos externos. Esta técnica no sólo se utiliza para medir temperaturas, sino que es capaz de ofrecer mapas térmicos que tienen aplicaciones muy variadas. Desde la inspección de estructuras (Kim et al., 2023), la detección de puntos calientes en dispositivos electrónicos (Stoynova et al., 2022), hasta la observación de fugas en tuberías (Wang et al., 2022) o la evaluación de cultivos y alimentos (Parihar et al., 2021; Li et al., 2024). Además, tiene aplicaciones en el campo de la medicina (Strasse et al., 2022) y en el análisis de obras de arte (Rippa et al., 2021), entre otros. Una de las grandes ventajas de la termografía pasiva es que permite realizar mediciones a distancia, lo que la hace ideal para inspeccionar equipos de alta tensión, turbinas u hornos. Incluso se ha utilizado para explorar el universo, detectando la radiación infrarroja emitida por cuerpos celestes.

Por otro lado, en la termografía activa, se recurre a una fuente de calor externa para estimular la emisión de radiación térmica en los materiales. El objetivo es elevar la temperatura del objeto y detectar las diferencias térmicas entre las distintas zonas. Esto resulta útil, por ejemplo, para medir propiedades termo-físicas como la difusividad térmica (que indica qué tan rápido se propaga el calor en un material) y la conductividad térmica (que mide qué tan bien un material conduce el calor). También se emplea para detectar defectos en materiales, como grietas o incrustaciones subsuperficiales lo cual sería imposible ver a simple vista, como ocurre a veces en los fuselajes de los aviones (Maldague, 2001). El proceso de calentamiento puede realizarse de diversas maneras, pero una de las más utilizadas es el uso de láseres. Estos se hacen incidir sobre la muestra de manera periódica, interrumpiendo y dejando pasar el haz de luz a intervalos regulares. La energía luminosa se convierte en calor, que se propaga a través del material y sus alrededores. Las oscilaciones térmicas que resultan de este proceso se capturan en imágenes térmicas, las cuales son luego analizadas computacionalmente para extraer información valiosa, y, a veces, comparadas con modelos fisicomatemáticos que replican las condiciones experimentales (Bedoya et al., 2023).