Introducción
Todas las formas de vida terrestre, tal como las conocemos, dependen directa e indirectamente de los recursos agua, suelo y aire. En el suelo se realizan procesos biogeoquímicos que permiten se lleven a cabo funciones físicas, químicas y biológicas a través de una gran diversidad de reacciones e interacciones entre los componentes minerales y orgánicos.

Estos procesos están íntimamente vinculados con millones de microorganismos que descomponen, sintetizan y producen compuestos orgánicos, utilizando elementos químicos como C, N, P, S y otros.
Las tasas de formación de este recurso son tan lentas que sobrepasan los lapsos de vida humana, ya que pueden transcurrir cientos o miles de años para que se formen suelos fértiles de los que depende la humanidad para su sostenibilidad.
Sin embargo, el intenso cambio de uso del suelo, impulsado para la ampliación de la frontera agrícola, la ganadería, la deforestación y los incendios, ha generado graves impactos como la desertificación, la erosión, los deslizamientos y la contaminación, los cuales amenazan su vital potencial productivo.
Por lo anterior, la FAO (2014) ha calificado al suelo como recurso no renovable. En nuestro país se pierden millones de toneladas de suelos de las laderas de las montañas, que irremediablemente van a los fondos de ríos, lagos, lagunas, presas y finalmente al mar.
Esta pérdida es irreparable y requerirá programas muy largos y complejos para su restauración. La reforestación y la implementación de prácticas de manejo y conservación serán clave para recuperar el suelo y devolverlo a condiciones similares a las originales.
¿Qué son los suelos?
Los suelos son cuerpos naturales que forman parte de la superficie de la corteza terrestre, en cuya evolución convergen cinco factores formadores: el clima, los organismos vivos, el relieve, el material parental y el tiempo [s = f (cl, o, r, p, t)] (Brady & Weil, 2008).
Recientemente se ha agregado un sexto factor formador de naturaleza antropogénica, para reconocer que la acción humana interviene en la alteración, formación y modificación de las características morfológicas, físicas y químicas de los suelos.
Como resultado, la Base Referencial de Suelos del Mundo (WRB, 2015) ha incorporado un nuevo grupo de suelos: los Technosols, reconociendo la influencia del ser humano en la edafogénesis.
Los suelos de México
México es un país con una rica diversidad de suelos, de los cuales depende su población para satisfacer sus necesidades alimentarias. De los 32 grupos de suelos reconocidos por la WRB (IUSS, 2014; Semarnat, 2015), 26 grupos están presentes en los 196.3 millones de hectáreas del territorio nacional.
Los más abundantes son los Leptosols (27.4%), seguidos por los Regosols (14.1%), Phaeozems (11.7%), Calcisols (10.2%), Luvisols (9.2%) y Vertisols (8.6%), que en conjunto ocupan el 81.2% del territorio nacional.
En el resto del país se encuentran otros grupos edáficos como Cambisols, Solonchacks, Arenosols, Kastanozems, Chernozems, Gleysols, Fluvisols, Andosols y más, representando el 3.6% restante (INEGI, Mapa de Suelos Serie II, Esc. 1:250,000).
Esta diversidad tiene su origen en la compleja historia geológica, climática y biológica del país. Las rocas sedimentarias, ígneas y metamórficas, junto con los procesos volcánicos activos y extintos, configuran regiones como las Sierras Madres, el Eje Neovolcánico, el Altiplano Mexicano y la Península de Yucatán.
Factores climáticos y desarrollo de los suelos
El clima, como factor formador, varía desde zonas tropicales cálidas y húmedas hasta regiones áridas y polares. Esta diversidad genera una gran variabilidad en la precipitación —desde 50 mm hasta 4000 mm anuales—, lo cual influye directamente en los procesos de intemperismo físico y químico.

Así, se desarrollan suelos poco evolucionados como los Regosols, hasta suelos altamente desarrollados como los Luvisols o Acrisols.
Los Leptosols y Regosols representan el 41.5% del territorio nacional. Estos suelos, delgados y comunes en zonas montañosas, son utilizados en agricultura y ganadería, aunque presentan alta vulnerabilidad a la erosión y pérdida de fertilidad.
Los Calcisols, típicos del norte de México, se desarrollan en climas áridos y semiáridos con acumulación de carbonato de calcio, mientras que los Luvisols, Phaeozems y Vertisols —propios de regiones tropicales y templadas— destacan por su fertilidad, pero sufren degradación por el uso intensivo.
Los suelos volcánicos (Andosols)
Los Andosols, que cubren apenas el 1.2% del territorio nacional, se encuentran principalmente en el Eje Neovolcánico y la Región Volcánica de Chiapas. Son altamente fértiles, pero enfrentan problemas de erosión y de fijación del fósforo, fenómeno estudiado por Ramos y Flores (2008) en suelos volcánicos del Soconusco, Chiapas.
Sustentabilidad de los suelos en México
Desde el siglo pasado, los suelos del país han sufrido una intensa presión por el cambio de uso de suelo para actividades agrícolas y ganaderas, lo que ha provocado deforestación, incendios, erosión, acidificación y pérdida de fertilidad.
El cambio climático ha agravado esta situación con sequías, inundaciones y deslizamientos.
Los suelos son esenciales para los ciclos biogeoquímicos y para la retención de agua, filtración de contaminantes y almacenamiento de carbono. De hecho, son el mayor reservorio de CO₂, lo que los convierte en actores clave contra el cambio climático.
Por ello, se afirma que los suelos constituyen la base de la sustentabilidad nacional. Garantizar su conservación es vital no solo para la producción de alimentos, sino también para las generaciones futuras, en concordancia con los principios del Desarrollo Sustentable de la ONU (1987).
En este contexto, organizaciones como la FAO, la ENASAS y la SEMARNAT impulsan programas de conservación, restauración y manejo sostenible de suelos, en colaboración con productores, academia y sociedad civil.
