El 19 de septiembre de 1985 marcó un punto de quiebre para México y para la Universidad Nacional Autónoma de México. La tragedia aceleró la investigación científica y colocó a la UNAM como referente internacional en el estudio de los sismos, la prevención de desastres y la ingeniería civil.
“De los viejos sismógrafos Wiechert, instalados en Tacubaya en 1910, a los actuales modelos en supercomputadoras, la Universidad siempre ha atendido su responsabilidad nacional”, afirma Gerardo Suárez Reynoso, investigador emérito y exdirector del Instituto de Geofísica.
Un parteaguas en la ciencia sísmica
Tras el terremoto de 1985, el Servicio Sismológico Nacional (SSN), a cargo de la UNAM desde 1929, adquirió un papel protagónico en la generación de conocimiento y en la creación de herramientas como el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED, 1988) y el Sistema de Alerta Sísmica Mexicana.
El evento reveló el desconocimiento que se tenía sobre el comportamiento del suelo de la Ciudad de México. “Esa oscilación tan larga sorprendió al mundo. Incluso se dudó de los instrumentos”, recuerda Suárez Reynoso. La colaboración con expertos japoneses permitió comprender el efecto amplificador de los antiguos terrenos lacustres.
Una ciudad más instrumentada
Leonardo Ramírez Guzmán, coordinador de Ingeniería Sismológica del Instituto de Ingeniería, subraya que hoy la Ciudad de México es una de las urbes más instrumentadas del mundo, con cerca de 200 equipos, comparable con Tokio o Los Ángeles.
Gracias a los acelerógrafos instalados desde principios de los ochenta, el sismo de 1985 quedó registrado en detalle, lo que detonó investigaciones, la formación de especialistas y la actualización de normas de construcción. “A partir de entonces, contamos con reglamentos más sólidos y nuevas generaciones de expertos en ingeniería sísmica y geotecnia”, señala Ramírez.
Actualmente, la UNAM desarrolla proyectos de vanguardia: mapas de intensidad sísmica en tiempo real, estudios de microsismicidad en Mixcoac y, a partir de 2026, el modelado de terremotos en el supercómputo Rosenblueth II.
Ciencia y solidaridad
El impacto del sismo no sólo fue científico. Miles de universitarios participaron en brigadas de rescate, acopio y asistencia médica, psicológica y social. Facultades, institutos y escuelas pusieron sus recursos al servicio de la sociedad: desde dictámenes estructurales hasta análisis bacteriológicos de agua y alimentos.
Lo mismo ocurrió en 2017, cuando nuevamente un sismo del 19 de septiembre movilizó a la comunidad universitaria. El Estadio Olímpico Universitario se convirtió en uno de los centros de acopio más grandes del país y brigadas multidisciplinarias se desplegaron en zonas afectadas.
Prepararse para el futuro
A pesar de los avances, los especialistas coinciden: los sismos no se pueden predecir. “Lo mejor que podemos hacer es prepararnos con infraestructura más segura y ciudades menos vulnerables”, afirma Ramírez Guzmán.
A 40 años del terremoto de 1985, la UNAM mantiene su compromiso con la sociedad: transformar la experiencia en conocimiento, formar expertos y reducir riesgos frente a futuros desastres.
