Explora unam global tv
Explora unam global tv
explorar
Explora por categoría
regresar

Al final, sí éramos Ícaro

Ocho. El número apareció todo el torneo como las señales que buscas cuando la fe se hace presente. En conversaciones, playeras, publicaciones y cábalas. La octava estaba demasiado presente como para no creer que algo distinto podía pasar. Y quizá por eso, desde las ocho de la mañana, Ciudad Universitaria comenzó a sentirse diferente con una caravana de aficionados tomando territorio de su casa.

Antes de las tres de la tarde, los estacionamientos del Olímpico ya estaban llenos. Familias enteras caminaban entre humo de asadores, jerseys desgastados por los años y cánticos que parecían salir más del corazón que de la garganta.

Todos desafiando al cielo, empapándose bajo la lluvia después de horas de espera y, aun así, nadie se movía. Como si soportar la lluvia fuera apenas una pequeña prueba de todo lo que implica amar a Pumas. Porque ser Puma es un acto de resistencia.

La lluvia cayó sobre las filas, sobre las banderas y sobre los rostros nerviosos pero llenos de ilusión y la afición resguardó el Olímpico Universitario con todo tipo de cánticos, pues dependiendo del acceso se escuchaban: ¡Goyas! y “¡Vamos UNAM!”.

Poco después de una hora, parecía que el rugido llegó al cielo y como especie de tregua salió el sol. Ese sol incómodo que rebota en la cara y dentro del Olímpico que nos hizo recordar aquellos partidos que llevaron a los Pumas hasta ese momento.

La afición no esperó más tiempo y en cuanto se abrieron las puertas a las 4:00 pm comenzó la película.

La gente entró al estadio como quien entra a una sala de cine sabiendo que está a punto de ver el estreno del año. El estadio le dio a la afición la bienvenida media hora después, con un mensaje en la pantalla que mostraron la palabra “Junt8s” y que el Olímpico respondió con goyas, abrazos, fotografías familiares y reencuentros que parecían homenajes emocionales a quienes nos enseñaron lo que significa ser puma y universitario.

Porque Pumas también es herencia. Es el padre que te llevó por primera vez al estadio, las fotos que acompañan la anécdota familiar y también las nuevas generaciones que se suman a esta tradición.

A las 5:10 pm arribaron nuestros jugadores para disputar la escena final frente a Cruz Azul y el Olímpico hizo pesar su localía y con cánticos superó por completo a la afición cementera, pesó su historia y su gente; cantó con una fuerza que por momentos hacía imposible escuchar cualquier otra cosa recordando que esta es nuestra casa. Para este momento fue inevitable recordar a Juan Villoro y pensar “si hubiera un campeonato de aficiones, la de Pumas ya lo habría ganado”.

Al menos esta tarde parecía cierto, la afición no lo exigía, confiaba en ese campeonato, al grado de que cielo comenzó a teñirse de azul y oro mientras el atardecer caía sobre Ciudad Universitaria como una postal que anuncia un nuevo comienzo, una nueva historia. La tarde avanzó y ni siquiera las nubes cubrieron completamente el sol, como si quisiera iluminar el camino de Pumas hacia la cancha y eso parecía una señal.

Para las seis de la tarde, el estadio estaba a toda su capacidad y lo único que existía era esa mezcla insoportable entre nervios e ilusión, el ambiente era festivo pero lleno de incertidumbre la cual se extendió hasta las 7:00 pm, hora que comenzó el partido.

El Himno Universitario se cantó con el alma, fuerte y con orgullo.

La cuenta regresiva apareció en las pantallas del Olímpico como si fuera el inicio de una gran producción cinematográfica, absolutamente cine.

Y apenas rodó el balón, Cruz Azul avisó primero que buscaría cambiar la trama.

Rotondi encontró espacios y obligó a Keylor Navas a convertirse en héroe desde los primeros minutos. Una atajada, tras otra, después dos más al minuto ocho, la muralla Navas que sostuvo a Pumas toda la jornada y en este partido lo hizo una vez más, cuando los visitantes amenazaban, cada jugada, respondía con una atajada que era celebrada como si fuera un gol.

No se concretaba nada la primera media hora, pero poco a poco el equipo universitario comenzó a despertar, pese a que las amonestaciones hacia el equipo contrario no llegaban. Rodrigo López magistralmente al minuto 28 comenzó a conectar e incluso arriesgarse a buscar el tan anhelado gol. Jordán Carrillo encaraba sin miedo. Angulo corría cada pelota como si la vida dependiera de ello. Y entonces el estadio comenzó a sentirlo: Pumas estaba entrando al partido.

La trama comenzó a seguir su curso hacia el minuto 31. Todo nació desde Keylor. Duarte recibió, la pelota pasó y Jordán Carrillo logró salir entre dos jugadores antes de encontrar a Angulo. El balón terminó en los pies de Robert Morales, quien asistió a Antuna. Antuna estaba rodeado, devolvió rápidamente la pelota y Morales definió con un disparo imposible de parar.

Fue gol y el estadio rugió, desconocidos abrazándose, gente llorando, vasos volando. El estadio temblando bajo los pies de todos. Y por un instante, sólo por un instante, todos creyeron que el destino finalmente estaba de nuestro lado y que la película estaba saliendo perfecta.

Cruz Azul quedó paralizado y Pumas jugó sus mejores minutos de la final. La Máquina comenzó a presionar y buscó el empate antes del medio tiempo, pero nuevamente apareció Keylor Navas. El segundo gol parecía cerca. Robert Morales volvió a intentarlo antes del medio tiempo, pero Kevin Mier evitó el golpe definitivo.

Y entonces llegó el medio tiempo, luces, cámara y acción. Los drones y los fuegos artificiales auguraban un final feliz. Hasta ese momento, éramos campeones y la gente lo sabía. Sin embargo, el cielo volvió a llorar a manera de presagio para anticipar que las lágrimas las derramarían los universitarios.

Inició el segundo tiempo y Jordán Carrillo buscó ampliar la ventaja en los primeros minutos, aunque el gol nunca llegó. Y entonces apareció la jugada que cambió por completo la historia, al minuto 53. Una jugada en combinación entre Rotondi y Rivero puso en aprietos a Rubén Duarte, quien terminó con el balón en el pecho hacia nuestra portería. El empate cayó como un golpe seco.

Y como Ícaro, después de haber volado tan alto, comenzamos a caer en picada.

Tres minutos después, Coco Carrasquilla salió lesionado entre lágrimas. La preocupación invadió tanto la cancha como la tribuna. No sólo se hablaba de perderse el resto de la final, sino incluso del Mundial. Porque no sólo se estaba rompiendo el partido: también se estaba rompiendo uno de nuestros futbolistas.

Se intentó reaccionar, con más corazón que claridad, con más orgullo que técnica, pero solo caímos en desesperación.

Al minuto 80, Jordán Carrillo volvió a hacerse presente al ataque, aunque sin lograr concretar. Las tarjetas comenzaron a aparecer y Antuna fue amonestado en medio de la tensión creciente. Pero el tiempo comenzó a convertirse en enemigo, llegaron siete minutos de agregado. Siete. Como las siete estrellas bordadas en el escudo y jugándonos la octava.

Y entonces llegó la escena final, la película dio un giro inesperado pero temido desde el empate, que muchos lo pensaban y se sentía en el estadio nadie se atrevía a decirlo, pero los ojos llorosos no mentían.

Rotondi marcó de media vuelta un gol y le dio la vuelta al marcador. El silencio cayó sobre el Olímpico. El juego expiraba y dos tarjetas rojas aparecieron, mientras la afición retomó los cantos como si quisieran detener el tiempo y revertir las amonestaciones. El Olímpico quedó congelado. Algunos comenzaron a llorar inmediatamente. Otros simplemente se quedaron mirando la cancha sin entender nada, porque en ese momento todos presintieron un final que ya conocíamos, un dolor familiar, uno que nos recordaba al 2020, un final que no queríamos repetir.

Porque no sólo se escapaba un campeonato, se escapaba una historia que ya sentíamos nuestra. La afición siguió cantando incluso después del gol. Y quizá eso fue lo más doloroso pero lo más representativo de toda la noche. Porque mientras Cruz Azul celebraba, la afición de Pumas seguía abrazando a su equipo, sin reclamos, sin insultos, sólo con tristeza de lo que pudo haber sido.

Cuando llegó el silbatazo final al minuto 98, jugadores y aficionados se quedaron mirando durante varios segundos. Como si nadie quisiera aceptar que la película había terminado así. Porque, como escribió Juan Villoro: “lo peor del éxito es que elimina el placer de esperarlo”. Buscábamos el éxito, pero no llegó y tan sólo nos quedó otra espera.

Pumas no entregó la octava a su gente, pero sí logró recordarnos a miles de aficionados, por qué seguimos aquí después de tantas caídas. Germán Dehesa dijo: “ser Puma es un acto de esperanza, es una profesión de fe, es una larga paciencia, un prolongado estoicismo entre unas cuantas alegrías, es un grito que se ahoga y, para peor, ser Puma es irrenunciable” y este domingo 24 quedó claro que no estaba equivocado.

Porque sí, se nos quemaron las alas. Sí, caímos al mar después de haber rozado el cielo. Pero también volvimos a sentir algo que parecía perdido: orgullo, identidad y lo inevitable que resulta seguir creyendo y quizá por eso esta derrota duele tanto, porque al final, sí éramos Ícaro.

Y aunque ahora estemos sin alas, la crítica que nos caracteriza debe llegar al Club, así como la confianza en este proyecto, en nuestro equipo y con ello, el agradecimiento de la afición.

Gracias Pumas por hacernos soñar, gracias Keylor por tu liderazgo y darnos rumbo, gracias Jordán por tatuarte este equipo en el corazón, gracias Robert Morales por tus goles y casi darnos el campeonato y gracias Efraín Juárez por luchar e intentarlo.

Porque si no fue en este torneo, algún día se nos dará, la película tendrá el final que todos anhelamos y volveremos con nuestras alas a rozar el cielo porque nada cambia lo que siempre hemos sido: los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México.