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Durante la pandemia, cuidó a otros y luchó por su vida: hoy recibe un premio nacional

Un reto que lo cambió todo

Aunque Sandra Olvera Arreola ha vivido muchos retos a lo largo de su trayectoria, nada se compara con la pandemia.

“Fue lo más difícil. Nos enfrentamos a algo desconocido que comprometía no solo la vida de los pacientes, sino también la de mi equipo. No sabíamos cómo actuar, no teníamos insumos, había mucha incertidumbre”.

Sandra, académica de la Facultad de Enfermería y Obstetricia (FENO) de la UNAM, fue reconocida este 12 de mayo con el Premio María Suárez Vázquez, el mayor galardón en su ámbito.

Vivir la pandemia en primera línea

El primer paciente con COVID en su instituto fue un enfermero. Días después, ella enfermó también.

“Estuve hospitalizada un mes. Pero mi equipo sacó adelante la atención. Me siento muy orgullosa de ellos”, recuerda con emoción.

Además de reorganizar el área COVID, el equipo implementó estrategias emocionales tanto para pacientes como para familiares: videollamadas, audios grabados para quienes estaban intubados y, en un gesto muy simbólico, diseñaron bolsas especiales con mirillas para que los familiares pudieran ver a sus seres queridos fallecidos.

“Fue muy fuerte. Uno de mis compañeros decía que se sentía como sicario poniendo bolsas en la cabeza. Pero de ahí surgieron ideas que ayudaron a las familias en su duelo”.

Un galardón que reconoce a todo un gremio

Sandra Olvera Arreola, directora de Enfermería en el Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez, explicó que este reconocimiento, otorgado por el Consejo de Salubridad General, distingue a las enfermeras que han contribuido a mejorar la atención de los usuarios y a formar nuevas generaciones de profesionales en salud.

“Cuando me informaron que había sido acreedora al reconocimiento, fue una llamada telefónica de una doctora miembro del Consejo. Me emocioné mucho, pero a la fecha aún no lo asimilo del todo”, recuerda.
“Lo recibí en la oficina, cuando trabajaba. Mi colaboradora adivinó antes que yo de qué se trataba la llamada. Yo todavía no me lo creía”.

Recibir el premio de manos de la presidenta le llenó de orgullo, no tanto por ella misma, sino por el gremio de la enfermería, por la UNAM y por su equipo del Instituto Nacional de Cardiología.

“Desde el inicio lo dije: este premio no lo gané yo sola. Es resultado del trabajo colectivo”.

De la contaduría a la vocación

Curiosamente, la enfermería no fue su primer plan.

“De niña nunca jugué al doctor o a la enfermera. En realidad, yo iba para contaduría, pero por cuestiones económicas tuve que trabajar y perdí mi pase automático a la universidad. Regresé a estudiar hasta los 23 años”, relata.

Al volver a la UNAM, le ofrecieron opciones de carreras con lugares disponibles. Ninguna le llamaba la atención.

“Me dijeron que escogiera alguna para intentar cambiarme al año siguiente, si tenía buen promedio. Escogí enfermería solo porque me quedaba cerca. Pero al final, no me cambié. Me enamoré”.

Fue poco a poco, con el acompañamiento de sus docentes y la facilidad con la que comprendía las materias, que descubrió que la enfermería era lo suyo.

“Empaticé mucho con el enfoque integral de ver a la persona como un todo, no solo desde lo biológico. Eso encajó con mi forma de pensar y ser”.

“En enfermería no hay espacio para la indiferencia”

Sandra también es profesora desde hace casi nueve años. Da clases sobre evidencia científica en enfermería, una materia que busca desarrollar pensamiento crítico y rigor en el cuidado. Pero insiste:

“No se puede perder el lado humano. Enfermería es contacto, es cercanía, es decirle al paciente con la mirada: estoy contigo”.

Para ella, los retos generacionales también se sienten en las aulas.

“Hoy socializamos más con nuestros perros que con personas. La tecnología ha cambiado la manera de relacionarnos. Pero enfermería no puede permitirse perder la empatía. Es una profesión de presencia y de humanidad”.

Enseñar desde la experiencia

Sandra suele compartir anécdotas con sus alumnos para enseñarles a ver más allá del diagnóstico. Una de ellas, particularmente reveladora, ocurrió en el área de pediatría. Detectaron un olor desagradable durante varios turnos nocturnos. Finalmente, descubrieron que una pequeña paciente defecaba en el suelo.

“Hablando con ella supe que en su casa no había baño, solo iban al campo. Le daba miedo el excusado. No se trataba de educarla, sino de adaptarnos a su realidad”, explica.

Así, con historias reales, enseña a sus estudiantes a ver a la persona en su contexto: biológico, psicológico, social, espiritual y cultural.

“No se trata de que los pacientes se adapten a nuestros cuidados. Nosotros debemos adaptarnos a ellos”.

Por eso, la situación se resolvió al ponerle una basinica en el baño, adaptando el cuidado a su realidad cotidiana.

La UNAM: compromiso y pasión

“La UNAM me formó y me comprometió a formar nuevos profesionales. Siempre insisto en que se fundamenten en la ciencia, pero sin perder la empatía. Mis alumnos a veces me dan dolores de cabeza, pero también me quitan el cansancio”.

Después de un día agotador en el hospital, Sandra encuentra energía en sus clases:

“Después de un día agotador en el hospital, venir a la facultad me llena de energía”, confiesa entre risas.

Para ella, el cuidado humano no se enseña solo con libros. Se vive, se transmite y se comparte.
“No es solo curar cuerpos, sino acompañar almas”.