En años recientes se ha puesto de moda escribir novelas a cuatro manos, sobre todo entre autores jóvenes. Sin embargo, no es un recurso nuevo. Uno de los casos más conocidos es el de Ellery Queen, seudónimo tras el cual estaban dos escritores estadounidenses que publicaron más de treinta novelas de misterio. También Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escribieron a dúo, bajo el nombre de H. Bustos Domecq, libros como Seis problemas para don Isidro Parodi o Crónicas de Bustos Domecq.

Todo esto, sin embargo, queda corto frente a un experimento peculiar ocurrido en México a finales del siglo XIX. En 1898 el semanario Cómico publicó por entregas una novela colectiva titulada Por un cigarro…, compuesta de siete capítulos escritos cada uno por un autor distinto. Al final de cada entrega aparecía solo una letra como firma —A, B, C, D, E, F o G—, lo que impide conocer con certeza a los participantes. Los especialistas suponen que entre ellos estuvieron Efrén Rebolledo, Amado Nervo, Ángel de Campo (Micrós) y Pedro Escalante, habituales colaboradores del semanario.
La obra cumple con las reglas que la revista fijó: debía ser humorística, ambientada en la época y situada en la Ciudad de México. La trama se desencadena con la muerte del niño Atenógenes, hallado en un canasto de ropa. La noticia desata un enfrentamiento entre los periódicos El Teléfono Nacional y El Pífano, cuyos reporteros, sin escrúpulos, inventan culpables y alimentan el escándalo público. El más afectado es don Paco Alcoforado, un afinador de pianos acusado injustamente de asesinato.
Más allá de la intriga, la novela funciona como una sátira contra el periodismo amarillista, pues muestra cómo los reporteros tergiversan los hechos y arruinan reputaciones para vender ejemplares. También se burla de las teorías “científicas” de la época, que atribuían la criminalidad a la herencia de enfermedades, y deja ver un posible guiño a la competencia entre las grandes tabacaleras mexicanas, con referencias constantes a los famosos cigarros “Chorritos”.
Por un cigarro… destaca además por su tono humorístico, sus personajes caricaturescos —vecinas chismosas, abogados charlatanes, un perico testigo de los hechos— y su estructura pensada para atrapar al lector con títulos largos y finales en suspenso. Fue la primera novela corta publicada en Cómico, y su éxito dio pie a que el semanario repitiera la fórmula en otras entregas, con el objetivo de fidelizar a los lectores.
Hoy esta curiosidad literaria puede leerse íntegra en la colección Novelas en Tránsito de La novela corta. Una biblioteca virtual del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Más que una rareza, es un retrato irónico y divertido de la Ciudad de México y de la prensa de su tiempo, con una vigencia sorprendente más de un siglo después.
