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Polarización y diálogo: por qué hablar con quien piensa distinto sí funciona

En tiempos marcados por la polarización —donde hay discusiones cotidianas por cualquier tema—, un nuevo estudio titulado “Unnecessarily Divided: Civil Conversations Reduce Attitude Polarization More Than People Expect” plantea una idea tan simple como poderosa: conversar con alguien que piensa distinto no solo es posible, sino que puede acercar posturas más de lo que creemos.

La investigación parte de un contexto reconocible. Hoy, las diferencias de opinión parecen irreconciliables. Desde temas aparentemente triviales, como preferencias personales, hasta asuntos profundamente ideológicos, como la cultura de la cancelación o la postura frente a líderes políticos, las personas suelen ubicarse en extremos. Sin embargo, el estudio cuestiona esa aparente rigidez.

El poder del diálogo frente a la polarización

De acuerdo con la Dra. Paola Eunice Díaz Rivera, de la Facultad de Psicología de la UNAM, uno de los hallazgos centrales de este trabajo es que las conversaciones entre personas con posturas opuestas tienden a reducir la polarización. Es decir, quienes participan en estos intercambios no sólo moderan sus opiniones, sino que, en muchos casos, encuentran puntos de acuerdo.

Lo más llamativo es que estos cambios pueden ocurrir en interacciones breves, de apenas diez minutos. A pesar de la duración limitada, el diálogo tiene un efecto tangible: las posturas extremas se suavizan y se abre espacio para la comprensión mutua.

¿Qué condiciones permiten reducir la polarización?

No cualquier conversación produce estos resultados. Díaz Rivera señaló que basado en el estudio hay condiciones clave para que el diálogo funcione:

  • Que las personas no tengan una relación previa.
  • Que no existan jerarquías o relaciones de poder.
  • Que no haya decisiones importantes en juego.

“En estos escenarios, los participantes se sienten más libres de expresar sus ideas sin temor a consecuencias. La igualdad en la interacción resulta fundamental: cuando nadie tiene autoridad sobre el otro, el intercambio se vuelve más genuino”, agregó. 

No vemos lo mismo, aunque creamos que sí

Otro aporte relevante del estudio es la explicación de por qué surgen tantos desacuerdos. Las personas suelen asumir que están discutiendo sobre lo mismo, pero en realidad no es así.

Cada una observa aspectos distintos de una misma realidad. Por ejemplo, en una discusión sobre animales de compañía, quienes prefieren gatos pueden valorar su independencia y limpieza, mientras que quienes eligen perros destacan su compañía y energía. Ambos tienen razón desde su perspectiva, pero están priorizando características diferentes.

El diálogo permite hacer visibles estas diferencias. Más que cambiar completamente de opinión, las personas amplían su comprensión del tema.

Identidad: el núcleo de las diferencias

El estudio apunta a un factor más profundo que provoca que los diálogos no lleguen a veces a un consenso: la identidad. La Dra. Paola expresó que las opiniones no son solo ideas; también son una forma de definirse frente al mundo. “Elegir una postura implica pertenecer a un grupo. Y esa pertenencia puede llevar a percibir al que no opine igual que yo o mi grupo como una amenaza. Así, el desacuerdo deja de ser intelectual y se vuelve personal”, explicó.

Este mecanismo explica por qué muchas discusiones escalan rápidamente. Defender una idea se convierte, en el fondo, en defender quién se es.

Sin embargo, el análisis sugiere que es posible construir identidades menos confrontativas. Es decir, mantener un sentido de pertenencia sin necesidad de descalificar a quienes piensan distinto.

Subestimamos el impacto del diálogo

Quizá el hallazgo más revelador de este trabajo es que las personas tienden a subestimar el efecto del diálogo. Antes de una conversación, muchos creen que no cambiarán su opinión y tampoco influirán en la del otro.

Sin embargo, la evidencia muestra lo contrario. Las opiniones sí se modifican, y esos cambios pueden mantenerse incluso días después del encuentro. En otras palabras, el intercambio de ideas tiene un impacto mayor del que estamos dispuestos a reconocer.

¿Funciona el diálogo entre personas cercanas?

Aunque el estudio enfatiza que los diálogos en donde no hay relación previa muestran mejores resultados, esto no significa que en vínculos cercanos no pueda darse.

La clave, nuevamente, está en reducir las dinámicas de poder. En contextos donde una persona tiene autoridad sobre otra —como en entornos educativos o laborales—, el miedo a represalias limita la expresión y el intercambio.

“Crear espacios donde todos puedan participar en igualdad de condiciones resulta esencial para que el diálogo tenga impacto”, señaló la especialista.

¿En redes sociales funciona igual?

El texto sugiere que, a diferencia de las conversaciones cara a cara que se analizan en el estudio —donde sí se generan cambios reales en las actitudes—, las redes sociales suelen dificultar este tipo de interacción productiva. En estos entornos, la Dra. Paola indicó que, al predominar el anonimato, las personas expresan opiniones sin consecuencias, lo que puede derivar en agresividad y posturas más extremas.

“En estas plataformas no hay condiciones para diálogos constructivos. No hay turno de palabra, no hay comprensión al otro porque se busca incluso provocar o molestar. Este comportamiento, asociado a los llamados “trolls”, refleja una dinámica en la que la comunicación pierde su propósito constructivo y se convierte en un juego de confrontación. A pesar de ello, esto no significa que las personas hayan perdido la capacidad de dialogar, sino que el entorno digital favorece ciertas conductas que dificultan el intercambio genuino de ideas.”, apuntó. 

¿Qué habilidades son necesarias para un diálogo positivo?

Para que el diálogo entre posturas opuestas sea realmente productivo, es necesario tener algunas habilidades necesarias. La especialista de la FP mencionó:

  • Escucha activa. No basta con oír; es necesario prestar atención, comprender los argumentos del otro y evitar respuestas impulsivas basadas en el enojo. Escuchar implica apertura y disposición para considerar perspectivas distintas.
  • Mantener el enfoque en un solo tema. En muchas discusiones cotidianas, especialmente en contextos personales, los argumentos se dispersan y se mezclan con asuntos que no guardan relación directa con el punto inicial. Esto dificulta la resolución del conflicto y entorpece la comunicación.
  • Cuidar las condiciones en las que se desarrolla el diálogo. El equilibrio de poder es esencial: cuando una de las partes domina o existe una relación jerárquica marcada, la conversación puede derivar en violencia o imposición. Para evitarlo, se debe generar un espacio seguro en el que todas las personas puedan expresarse sin temor a represalias.
  • Relacionado con el punto anterior, es importante establecer turnos de palabra, de modo que nadie monopolice la conversación y todas las voces tengan el mismo valor.

Una lección para tiempos polarizados

En un entorno donde las diferencias parecen insalvables, este estudio ofrece una conclusión clara: la polarización no es tan inevitable como parece. Hablar con quien piensa distinto puede abrir grietas en las certezas más firmes. No se trata de convencer o ganar, sino de comprender que, muchas veces, el desacuerdo nace de mirar el mismo problema desde ángulos distintos.

En tiempos de confrontación constante, recuperar el valor de la conversación podría ser una necesidad social.