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Transformar espacios, construir comunidad: la revolución silenciosa del placemaking

En muchas ciudades existen terrenos y espacios urbanos sin ocupar: lotes abandonados entre edificios, áreas afectadas por desastres o zonas que quedaron fuera de los planes de desarrollo urbano. A simple vista, estos lugares pueden parecer vacíos o inútiles, pero representan una oportunidad única para el placemaking, un enfoque que transforma espacios físicos en lugares con significado social y cultural.

A través de la participación activa de la comunidad, estos espacios pueden convertirse en parques, huertos urbanos, zonas recreativas o áreas de encuentro comunitario, recuperando su valor no solo funcional, sino también simbólico. Más allá de construir estructuras, el placemaking permite que la comunidad se apropie de su entorno, generando identidad, fortaleciendo la cohesión social y mejorando la calidad de vida de quienes habitan la ciudad.

¿Qué es el placemaking y qué lo diferencia del urbanismo?

Para comprender el concepto de placemaking, el Dr. Tommaso Gravante, del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México, en colaboración con Carlos Collado, posdoctorante de la misma institución y egresado de la University College Dublin, explican en su trabajo “Placemaking, crisis climática y activismo urbano: El caso del Huerto Roma Verde en la Ciudad de México” que este término se refiere a un enfoque del urbanismo orientado a transformar los espacios físicos en lugares con significado para la comunidad.

A través de este enfoque, se busca fortalecer la identidad local y el sentido de pertenencia de quienes habitan dichos espacios, reconociendo que los lugares no solo son construcciones físicas, sino escenarios de interacción social, cultura y memoria colectiva.

“Aunque el concepto surgió en los años 60 como una estrategia para generar beneficios para los barrios en procesos de transformación urbana, fue a partir de los años 90 que se consolidó como un proceso social y colectivo, entendido no sólo como construcción física, sino como una manera de que las personas participen activamente en la creación y transformación de su entorno”, comentó Collado.

A diferencia del urbanismo tradicional, que se enfoca en productos finales como parques, edificios o infraestructuras y busca principalmente eficiencia económica o funcional, el placemaking se centra en las necesidades de la comunidad y en el fortalecimiento del tejido social.

Una de las diferencias fundamentales es el enfoque en la participación y colaboración comunitaria: mientras el urbanismo tradicional diseña y construye desde arriba, muchas veces sin considerar las necesidades específicas de los vecinos, el placemaking propone un proceso colaborativo que involucra a la comunidad, arquitectos y gobierno. El objetivo no es solo crear un espacio físico, sino que este espacio se vuelva un lugar de referencia cultural y social, donde las personas puedan sentirse identificadas y comprometidas con su entorno.

¿Cómo se hace?

Para llevar a cabo un proyecto de placemaking exitoso, existen varios elementos clave. Collado destacó varios puntos:

  • La comunidad es considerada experta en sus propias necesidades, y su participación activa es fundamental para diseñar espacios funcionales y significativos.
  • La colaboración con arquitectos y gobierno asegura que el espacio sea estéticamente integrado, funcional y sostenible.
  • El espacio debe ser interactivo y social, permitiendo que los habitantes se involucren directamente en actividades como plantar árboles, crear murales o participar en eventos culturales, fortaleciendo el apego al lugar y el sentido de pertenencia.
  • Se busca incluir elementos culturales y creativos, reflejando la identidad local y multicultural de la comunidad.

Finalmente, el placemaking promueve la educación y concienciación comunitaria, integrando actividades ambientales y artísticas que generan cohesión social y mejoran la calidad de vida de los vecinos.

Al aplicar estas estrategias, los proyectos de placemaking no solo transforman espacios, sino que también abordan problemas urbanos específicos, como la desconexión social, la falta de áreas verdes y recreativas, la gentrificación y el abandono de zonas urbanas.

¿Qué problemas urbanos resuelve?

Estos espacios no solo proveen áreas verdes y recreativas, sino que también funcionan como centros de interacción social y educación comunitaria. En ellos se realizan talleres para niños, cuentacuentos, eventos de concienciación ambiental, micrófono abierto y otras dinámicas que fomentan la participación activa y el apego al lugar.

Además, los proyectos de placemaking generan experiencias emocionales significativas. Los huertos comunitarios, por ejemplo, conectan a las personas con la naturaleza, los animales y las plantas, fomentando sentimientos de cuidado y responsabilidad hacia el entorno. Estos espacios verdes también ofrecen un respiro frente al ritmo acelerado y las dificultades que implica vivir en una gran ciudad, como la contaminación, el congestionamiento y la falta de áreas recreativas.

Participar activamente en la creación y mantenimiento de estos espacios permite a los ciudadanos replantearse su relación con la ciudad, fortaleciendo su vínculo con el barrio y el valor que le otorgan a su entorno urbano.

¿Qué dificultades enfrenta?

A pesar de sus beneficios, el placemaking no está exento de riesgos. Uno de los principales desafíos es la gentrificación. Al transformar un barrio o recuperar un espacio olvidado, el lugar puede volverse atractivo para personas externas, provocando un aumento en los precios de la renta, la aparición de tiendas más caras y, en general, desplazando a los residentes originales. Esto convierte a lo que era un proyecto comunitario en un espacio más exclusivo, limitando el acceso de quienes vivían allí inicialmente.

Otro riesgo importante es la sostenibilidad de los proyectos. Algunos espacios se presentan como colaborativos y participativos, pero en la práctica no involucran realmente a la comunidad o no logran consolidarse por falta de fondos, lo que puede llevar a que los esfuerzos no tengan un impacto duradero. Además, aspectos culturales particulares, como la música o ciertas costumbres locales, pueden no ser valorados por los visitantes o residentes extranjeros, generando posibles choques culturales y limitando la integración de todos los actores.

“Por ello el equilibrio es fundamental para que los proyectos de placemaking cumplan su objetivo. No basta con crear espacios estéticamente agradables o comercialmente atractivos; deben ser accesibles, funcionales y realmente integradores. En este sentido, el papel del gobierno y del sector privado es crucial: asegurar la accesibilidad mediante transporte público eficiente, garantizar la seguridad, y fomentar la participación comunitaria son elementos clave para que estos espacios funcionen como lugares de encuentro y convivencia”, apuntó Carlos Collado.

Casos de éxito

A pesar de los desafíos, existen ejemplos exitosos en diversas partes del mundo, aunque no siempre se reconozcan bajo el nombre de placemaking. En Alemania, existen programas de cultivo urbano impulsados por el gobierno; en Australia, iniciativas con inmigrantes buscan integrar a la comunidad mediante espacios compartidos; en Italia, algunos proyectos fomentan la producción y comercialización de alimentos cultivados en jardines urbanos; y en Estados Unidos e Irlanda, se han desarrollado proyectos de placemaking ambiental para involucrar a la comunidad en el uso de espacios verdes.

En la Ciudad de México, los huertos comunitarios continúan diversificándose, representando una oportunidad significativa para fomentar la identidad cultural y la cohesión social. La tendencia global muestra que, aunque las metodologías y objetivos específicos puedan variar, la esencia del placemaking es la participación comunitaria y la creación de lugares significativos.

Creando identidad, comunidad y armonía urbana

Los proyectos de placemaking representan un potente instrumento para construir identidad, cohesión social y conexión con la naturaleza en medio de la complejidad urbana. Sin embargo, su éxito depende de un equilibrio cuidadoso: mantener la accesibilidad, integrar a la comunidad, garantizar sostenibilidad y prevenir la gentrificación.

Cuando se logra este equilibrio, los barrios no solo se transforman físicamente, sino que también generan aprendizajes, emociones y experiencias significativas para todos los que los habitan o visitan. Estos espacios nos recuerdan que la ciudad y la naturaleza pueden coexistir armoniosamente, y que la participación activa de la comunidad es esencial para que la vida urbana sea inclusiva, rica en identidad y emocionalmente gratificante.