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Paleomagnetismo: la memoria magnética que confirmó la tectónica de placas

Comprender cómo era la Tierra hace millones de años no es una curiosidad académica: es una herramienta para explicar la formación de montañas, volcanes, sismos, océanos e incluso la distribución de recursos naturales como el petróleo y los minerales. En el centro de esta historia geológica se encuentran dos conceptos fundamentales: la tectónica de placas y el paleomagnetismo.

Hoy la tectónica de placas es el marco teórico que explica la dinámica del planeta. Sin embargo, su aceptación no fue inmediata. Durante décadas, la idea de que los continentes se desplazaban parecía imposible. Fue el paleomagnetismo —el estudio del magnetismo antiguo preservado en las rocas— el que aportó la evidencia decisiva.

En el episodio “Rastreando la evolución de los continentes: paleomagnetismo y placas tectónicas”, del podcast Geofísica al descubierto del Instituto de Geofísica de la UNAM, el investigador Bernardo Ignacio García Amador explica cómo el registro magnético fósil permite reconstruir rotaciones, desplazamientos y cambios de posición de bloques continentales a lo largo de millones de años.

Del escepticismo a la revolución científica

En 1912, Alfred Wegener propuso la teoría de la deriva continental: los continentes habían formado un supercontinente llamado Pangea y posteriormente se fragmentaron. La evidencia morfológica y fósil era sugerente, pero faltaba un mecanismo físico convincente que explicara cómo podían desplazarse masas continentales de tal magnitud.

Wegener no conocía aún la existencia de dorsales oceánicas, zonas de subducción ni la expansión del fondo oceánico. La respuesta llegaría décadas después.

“La aceptación ocurrió hasta los años sesenta, tras medio siglo de acumulación de evidencia”, señala García Amador. Fue un auténtico cambio de paradigma.

La tectónica de placas permite explicar fenómenos como la formación de cordilleras, la actividad volcánica, la sismicidad y la creación de cuencas sedimentarias. Por ejemplo, el volcán Popocatépetl se comprende en el contexto de la subducción de la placa de Cocos bajo la placa norteamericana.

La clave estaba en el magnetismo

Cuando ciertas rocas ígneas se solidifican, contienen minerales ferrimagnéticos —como la magnetita— que actúan como pequeñas brújulas microscópicas. Estas partículas se alinean con el campo magnético terrestre y conservan esa orientación al enfriarse. El resultado es un registro permanente del campo magnético en el momento de su formación.

El campo magnético de la Tierra no ha sido constante. A lo largo del tiempo geológico se han producido múltiples inversiones, en las que el norte y el sur magnético se intercambian. Estas inversiones quedaron registradas en el fondo oceánico.

En 1962, Frederick Vine y Drummond Matthews demostraron que a ambos lados de las dorsales oceánicas existen franjas magnéticas simétricas, correspondientes a esas inversiones. La interpretación fue contundente: el fondo oceánico se expande.

Esa evidencia proporcionó el mecanismo físico que faltaba para consolidar la tectónica de placas.

El paleomagnetismo permite:

  • Determinar la paleolatitud en la que se formaron las rocas.
  • Detectar rotaciones y traslaciones de bloques tectónicos.
  • Reconstruir configuraciones continentales pasadas.
  • Confirmar la expansión oceánica.

México y Centroamérica: una historia compartida

Más allá de la teoría global, el paleomagnetismo permite reconstruir historias regionales. Estudios realizados por el equipo de García Amador muestran que hace aproximadamente 120 millones de años, bloques tectónicos hoy asociados a Oaxaca estuvieron vinculados a terrenos de Centroamérica.

En Nicaragua y Honduras se extrajeron núcleos orientados de roca mediante perforadoras portátiles, bajo condiciones de campo complejas. Posteriormente, en laboratorio, se midió su magnetización remanente para determinar su posición paleogeográfica.

Los resultados revelaron que esos bloques no siempre ocuparon la posición que modelos clásicos proponían: experimentaron rotaciones y desplazamientos adicionales antes de alcanzar su configuración actual.

Estos hallazgos abren nuevas preguntas en regiones como Sonora, Chihuahua, Coahuila, Tamaulipas e Hidalgo, donde aún existen registros tectónicos por explorar.

Leer la memoria de la Tierra

Gracias al magnetismo preservado en las rocas sabemos que los continentes formaron parte de un supercontinente, que se fragmentaron en episodios complejos y que continúan desplazándose algunos centímetros por año.

El paleomagnetismo no solo reconstruye el pasado profundo: nos permite entender el presente dinámico del planeta.

En última instancia, estudiar el paleomagnetismo es leer la memoria magnética de la Tierra y comprender el pulso geológico que ha moldeado continentes, océanos y ecosistemas durante cientos de millones de años.