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¿Cómo cambió la música en Oaxaca entre los siglos XIX y XX? De las capillas a las bandas populares

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, el mundo experimentó una serie de profundas transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales, motivadas por movimientos artísticos como el Romanticismo y eventos como las independencias en América Latina y, más tarde, la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión.

México no fue ajeno a estos cambios. En el siglo XIX se vivieron el Primer Imperio Mexicano, la Reforma Liberal y la mayor parte del Porfiriato; a comienzos del XX inició la Revolución Mexicana y, a raíz de ella, el movimiento pictórico del Muralismo. Estos procesos impactaron de distintas maneras al país, y en Oaxaca se manifestaron con claridad en ámbitos como el urbanismo, la arquitectura y, especialmente, la música.

De capillas a bandas: la mutación musical

Gonzalo Sánchez Santiago, investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM (Unidad Oaxaca), explicó en la conferencia “Ecos de la modernidad en la música de Oaxaca (un análisis del siglo XIX al XX)” que, durante el virreinato, la música en Oaxaca estuvo fuertemente vinculada a la Iglesia. Agrupaciones integradas por organistas, cantores e instrumentistas —conocidos como ministriles— desempeñaban un papel central en las celebraciones religiosas y conformaban el núcleo de la vida musical formal.

Durante siglos, la música en Oaxaca se escuchó primero en templos y capillas.

Con la llegada del siglo XIX, este modelo comenzó a transformarse. Las bandas de viento ganaron protagonismo en la vida pública, desplazando gradualmente a los ministriles. Durante varias décadas convivieron los géneros sacros heredados del pasado con nuevas formas musicales que provenían de Europa o se originaban en el contexto urbano.

“El surgimiento de las bandas estuvo impulsado por un fenómeno: la industrialización de los instrumentos musicales. Europa —particularmente Francia y Alemania— se convirtió en gran productor de instrumentos fabricados en serie, lo que facilitó su distribución global. Instrumentos como clarinetes, trombones, flautas, violines y saxofones comenzaron a llegar en grandes cantidades a América Latina”, explicó Sánchez Santiago.

El comercio como intermediario cultural

A lo largo del siglo XIX se establecieron casas comerciales, ferreterías y mercerías dirigidas principalmente por inmigrantes alemanes. Estos negocios ofrecían no solo artículos domésticos y herramientas, sino también instrumentos musicales y papel pautado.

Las partituras llegaron a Oaxaca tanto por la élite ilustrada como por las vitrinas del comercio local.

De este modo, los comerciantes funcionaron como intermediarios culturales entre Europa y las comunidades oaxaqueñas.

Además, muchos ofrecían catálogos de partituras adaptadas para banda. Así, la modernidad musical no arribó únicamente a través de la élite ilustrada, sino mediante las dinámicas comerciales de la vida cotidiana. La música ingresó por los escaparates de las tiendas, se imprimió en papeles pautados locales y se escuchó en calles, plazas y celebraciones populares.

La ciudad que escucha: entre plazas y corredores

La proliferación de bandas y orquestas también modificó los espacios públicos. Las plazas comenzaron a concebirse como lugares de disfrute cívico y musical. Se construyeron kioscos con acústica particular para facilitar la proyección del sonido. Estos espacios se convirtieron en íconos urbanos y puntos de encuentro comunitario.

El sonido de las bandas oaxaqueñas modeló el paisaje sonoro de plazas y calles.

El sonido de las bandas pasó a formar parte de un nuevo ritual cívico que promovía el ideal de ciudadanía impulsado por el Estado.

También existían espacios más íntimos, como corredores de casas, patios, o teatros pequeños como el Teatro Juárez (en el Jardín Labastida) o el Teatro Luis Mier y Terán (actual Macedonio Alcalá). Estos lugares cerrados eran adecuados para conciertos de cámara, ópera y ensambles más reducidos, explicó el experto en etnografía musical e historia del arte.

Un repertorio mestizo

Una característica destacada de este periodo fue la apropiación y adaptación del repertorio europeo. En archivos de pueblos como Santa Catarina Minas se conservan partituras de valses, polkas, chotis y pasodobles —géneros típicos del salón europeo— reinterpretados para bandas de viento.

El repertorio europeo fue reinventado con creatividad local para bandas oaxaqueñas.

Muchas de estas piezas fueron originalmente compuestas para piano, pero las bandas locales las adaptaron a su propio formato mediante procesos creativos de instrumentación, ajustándose tanto a la disponibilidad de músicos como a los instrumentos presentes. Por ejemplo, Cuando el amor muere, del compositor francés Octave Crémieux, fue transformado en un vals para flauta, clarinete, chelo, violines y trombón, con variaciones entre copias según el contexto y el año.

Estas adaptaciones no eran improvisadas, sino resultado de un ejercicio colectivo. Las partituras muestran fragmentos incompletos, autores desconocidos o arreglos evidentes que reflejan cómo la música se adaptaba a las condiciones locales. La instrumentación evidenciaba una transición desde los antiguos conjuntos de cuerda —parecidos a las capillas de viento— hacia las bandas de aliento, que eventualmente dominaron el panorama musical.

Transformación: la herencia que resiste

Hoy en día, en comunidades como Santa Catarina Minas, muchas de esas piezas tradicionales han desaparecido del repertorio habitual.

Aunque el entorno sigue siendo musical, el estilo ha virado hacia lo popular contemporáneo.

“Aunque el entorno sigue siendo profundamente musical, con varias bandas activas, el estilo predominante ha cambiado hacia una interpretación influida por la música sinaloense, caracterizada por su fuerza sonora y una ejecución más uniforme”, señaló Sánchez Santiago.

Esta evolución no representa una pérdida de calidad, sino una reorientación del gusto colectivo hacia una estética distinta, más moderna y popular. Sin embargo, también ha significado que composiciones antiguas, con carácter y sonoridad únicos, dejen de interpretarse o reconocerse en su contexto original.

Oaxaca: del órgano litúrgico al clarinete popular

La historia musical de Oaxaca entre los siglos XIX y XX ilustra un proceso profundo de transformación cultural. A través del comercio, la migración, la tecnología y la creatividad colectiva, la música se desplazó del ámbito sacro al espacio público, del formato coral a la banda de viento, y de la influencia eclesiástica a la apropiación popular.

La música oaxaqueña siempre ha sido un reflejo del pueblo y su tiempo.

Aunque las formas actuales han cambiado, la riqueza del pasado musical oaxaqueño permanece viva en archivos, adaptaciones y memorias comunitarias, recordándonos que toda música es, en el fondo, un reflejo de su tiempo.