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Viajeras intrépidas: cómo las mujeres transformaron la historia

Alice Dixon tenía 17 años cuando dejó Inglaterra para acompañar a un hombre obsesionado con conocer la antigüedad de la humanidad. Se casó y viajó hasta Yucatán en 1870, en plena Guerra de Castas, una región vista entonces como hostil y peligrosa.

Ahí trabajó en zonas arqueológicas como Chichén Itzá, tomó fotografías con técnicas novedosas para la época y escribió sobre lo que veía. No pertenecía a la aristocracia ni contaba con financiamiento estatal: viajó por un interés intelectual.

Su caso, explicó María Elena Vega Villalobos, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, muestra que las mujeres han estado presentes en la exploración y la producción de conocimiento desde hace siglos.

Las mujeres aventureras

Durante siglos, la historia del viaje fue narrada como una aventura masculina: exploradores, diplomáticos, científicos y conquistadores. Sin embargo, las mujeres también cruzaron fronteras, recorrieron continentes y escribieron sobre lo que vieron. Aunque durante mucho tiempo quedaron fuera de los relatos oficiales, su participación fue clave para ampliar la mirada histórica, cultural y social del mundo.

En entrevista para UNAM Global, María Elena Vega Villalobos, investigadora del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, explicó que la figura de la mujer viajera no es una invención moderna.

Desde la antigüedad existieron mujeres que se desplazaban, principalmente por motivos religiosos. Realizaban peregrinaciones, visitaban lugares santos y, en algunos casos, dejaban testimonio escrito de sus trayectos.

“Aunque viajaban generalmente acompañadas, su experiencia demuestra que la movilidad femenina ha sido constante a lo largo del tiempo”.

Fue entre finales del siglo XVIII y el siglo XIX cuando el viaje adquirió un nuevo significado cultural. En ese periodo, viajar era costoso y estaba reservado para sectores privilegiados.

Los relatos de viaje fueron famosos, pues la mayoría de la población conocía el mundo a través de la lectura. En ese contexto, una mujer viajera resultaba extraordinaria, no solo por desplazarse físicamente, sino por atreverse a narrar su experiencia en un espacio intelectual dominado por hombres.

Algunas mujeres viajaban acompañando a esposos diplomáticos o científicos; otras eran viudas o solteras con recursos propios que emprendían travesías por interés cultural, científico o incluso profesional.

Varias lograron vivir de la escritura de crónicas y libros. Sus textos aportaron algo distinto a la narrativa masculina tradicional: en lugar de centrarse exclusivamente en la política o la economía, describían la vida cotidiana, las costumbres, la vestimenta, las relaciones sociales y el papel de otras mujeres en los lugares visitados.

Esa mirada resultó fundamental. Mientras muchos viajeros hombres buscaban describir estructuras de poder o recursos naturales, las viajeras registraban aspectos íntimos de la sociedad que hoy permiten reconstruir prácticas culturales, dinámicas familiares y experiencias femeninas que de otro modo habrían permanecido invisibles.

“Podían hablar de lo que habían visto y ser consideradas una autoridad científica e intelectual”. Algunas lograron reconocimiento en su época.

Además de su aporte documental, las mujeres viajeras desafiaron normas sociales rígidas. En el siglo XIX, por ejemplo, la movilidad femenina estaba restringida por expectativas morales y legales.

Viajar solas implicaba cuestionar roles tradicionales de género. Algunas adaptaron su vestimenta para facilitar el desplazamiento; otras negociaron su presencia en espacios públicos dominados por hombres. Cada trayecto implicaba una forma de resistencia simbólica.

En México

En México, Yucatán fue uno de los escenarios que atrajo a viajeras extranjeras interesadas en la arqueología y la cultura maya. Sus relatos y registros gráficos enriquecieron el conocimiento sobre la región. Pero más allá de casos individuales, lo relevante es comprender que la experiencia femenina del viaje amplió la forma en que se entendía el mundo.

Lejos de ser un fenómeno del pasado, la figura de la mujer viajera continúa vigente. Hoy existen académicas que realizan trabajo de campo en distintos países, periodistas que cubren conflictos internacionales, científicas que participan en expediciones, así como mujeres que peregrinan o viajan por turismo y aprendizaje personal.

Si en el siglo XIX el viaje implicaba romper con estructuras sociales restrictivas, en la actualidad sigue representando una herramienta de autonomía y expansión cultural.

Para Vega Villalobos, el viaje no solo transforma a quien se desplaza, sino que también transforma el conocimiento colectivo. Recuperar la historia de las mujeres viajeras permite reconocer que ellas no fueron figuras pasivas, sino protagonistas en la construcción de miradas sobre otras culturas. Sus relatos abrieron caminos para que generaciones posteriores ocuparan espacios académicos, científicos y literarios.

En un mundo donde la movilidad es cada vez más accesible —aunque todavía desigual—, recordar la trayectoria de estas mujeres es reconocer que viajar también ha sido una forma de emancipación intelectual. Las mujeres viajeras no solo cruzaron territorios: ampliaron fronteras culturales y cuestionaron límites sociales. Y lo siguen haciendo.