Esa noche Lisbeth tenía miedo. Era de madrugada, estaba sola en una ciudad desconocida: Piedras Negras, Coahuila. No tenía dónde dormir. Se sentó en la banqueta con su bebé en brazos y rompió en llanto.
El pequeño, de apenas un año y algunos meses, envuelto en una colcha, la miró, alzó su manita y la posó sobre la mejilla de su madre, como si preguntara qué pasaba. Lis se conmovió y trató de calmarse, pero esa noche ninguno de los dos durmió. El niño lloró hasta el amanecer.

Con apenas 18 años, Lisbeth había salido de Honduras meses antes, con la esperanza de alcanzar el “sueño americano”. No imaginaba los peligros que enfrentaría. Su destino era Estados Unidos, pero al llegar a la frontera no pudo cruzar.
Un gran reto
Ser madre implica grandes retos porque las mujeres enfrentan cambios psicológicos y biológicos. En el caso de las mujeres migrantes, que caminan muchos kilómetros, algunas incluso durante el embarazo, la carga es enorme: no sólo llevan su propio peso, sino también el de sus hijos o el bebé que llevan en el vientre, explicó en entrevista para UNAM Global Aida del Carmen San Vicente Parada, del Programa Universitario de Derechos Humanos.
Muchas se lastiman la cadera, las rodillas o alguna otra parte del cuerpo y, además, no tienen un control prenatal adecuado porque viajan de forma itinerante y se encuentran en lugares remotos, alejados de su hogar.
Tampoco cuentan con una alimentación adecuada y son sometidas a un alto nivel de estrés porque prácticamente son perseguidas por las autoridades migratorias. Además, muchas veces son estigmatizadas. Por ejemplo, algunas personas piensan que están embarazadas porque se prostituyen.
En ocasiones escuchan sermones como este: “Ve lo que tu vida disipada logró y ahora tienes un embarazo y te tienes que hacer cargo”. Se trata de una revictimización.
Sin embargo, muchas mujeres vienen huyendo de la violencia, incluso durante el embarazo. Algunas se percatan de su estado durante el trayecto y enfrentarlo no es sencillo.
Viajar sobre La Bestia
Lisbeth tenía mucho miedo de subir a La Bestia, que aquella vez avanzaba más rápido de lo habitual. Sabía que podía resbalarse en medio de las vías y perder la vida, como otros migrantes que vio caer; muchos quedaron partidos en dos. Sin embargo, era la única forma de llegar a Estados Unidos.
En Honduras, su país de origen, vivió experiencias muy duras. Cuando tenía cinco años fue abandonada en casa junto con su hermana durante toda una semana, sin comida. Las niñas sobrevivieron al masticar café, lo único que tenían a la mano. No fue la última vez que pasó hambre: fue una constante en su infancia.
Su madre, como ella misma lo cuenta, falleció por consumo de drogas cuando Lis tenía 11 años. Después, una tía se hizo cargo de ella, pero constantemente la maltrataba y golpeaba. A los 16 años escapó con un joven, con la idea de que él le daría una vida mejor.
Sin embargo, el hombre la golpeaba y la mantenía encerrada bajo llave. Ni siquiera podía asomarse a las ventanas. De esa relación nació Isaac, su hijo. Entonces comprendió que no quería esa vida para él y decidió escapar en cuanto tuvo la oportunidad.
Cuando tenía 19 años aseguraba que nunca había tenido nada bueno en su vida. En el barrio donde nació, decía, las mujeres sólo aspiran a ser prostitutas y los hombres a convertirse en drogadictos.
Un día escuchó el rumor de que el gobierno de Estados Unidos recibía migrantes. No quería que su hijo viviera las mismas penurias que ella. Así que, sin pensarlo demasiado y sin avisarle a su tía, en 2023 salió junto con su bebé en busca de otra vida. Viajaba con su nueva pareja, una prima y un pequeño grupo de amigos. Sin embargo, en algún punto del camino los perdió a todos y conoció nuevas personas.
Vivir la maternidad
Cuando están fuera de su país, las mujeres migrantes embarazadas suelen acudir a hospitales públicos, pero con frecuencia no reciben atención adecuada debido a la discriminación. Por eso viven su embarazo de una forma mucho más compleja que otras mujeres.
Su mayor preocupación es saber dónde nacerá su bebé y en qué lugar tendrán el parto. Caminan durante largas jornadas, carecen de agua y muchas terminan famélicas. Aun así, siguen estigmatizadas.
Después de pasar meses en estas condiciones, algunas han contado que su bebé deja de moverse. Las causas pueden ser diversas: desnutrición, estrés, agotamiento físico y falta de atención médica. En numerosos casos, esto termina con la pérdida del bebé o con nacimientos de bajo peso y pocas probabilidades de sobrevivir. Para ellas, es un duelo silencioso.
Estas mujeres tampoco tienen una red de apoyo familiar o de amistades. De hecho, estudios de salud mental y psiquiatría han documentado que los seres humanos son sociales; cuando no tienen con quién convivir o expresar sus emociones, enferman con mayor facilidad.
Aunque existen casas de apoyo y hospitales que las ayudan, no es lo mismo, porque no tienen a sus familiares cerca ni las mismas condiciones de vida. Además, muchas se preguntan qué nacionalidad tendrá su hijo y no hay quien las asesore.
Muchas madres experimentan culpa por no poder darle a su hijo una bienvenida digna al mundo. Algunas han perdido al padre del bebé y viven con miedo de ser violadas, una situación frecuente durante el trayecto. Por ello, muchas buscan la compañía de un hombre para sentirse protegidas.
Sin embargo, también son abandonadas porque caminan más lento y representan una carga durante los largos trayectos. Así terminan solas en el camino.
Además, son víctimas potenciales de trata de personas, prostitución forzada, ataques o extorsiones.
El traslado del bebé
Cuando Isaac salió de Honduras tenía poco más de un año. A Lisbeth le resultó relativamente fácil llegar a México, aunque desconocía todo lo que tendría que enfrentar.
Ella no conocía La Bestia. Cuando le dijeron que debía tomar un tren para llegar a Estados Unidos, imaginó un transporte con asientos. Nunca pensó que tendría que subir al techo mientras la máquina estaba en movimiento. Una persona que conoció durante el trayecto le ayudó a subir a su bebé.
Durante el viaje, Isaac aprendió a caminar. De hecho, su actividad favorita era ponerse de pie sobre el tren y tratar de caminar, pero su mamá se asustaba y lo jalaba para sentarlo. Él lloraba porque quería explorar.
Pasaban los días y, en ocasiones, no tenían comida. Lisbeth se acercaba a las personas para pedir trabajo a cambio de alimentos. Un día le ofrecieron una sopa que olía muy mal. Las personas que se la dieron la obligaron a comerla. Más tarde enfermó del estómago y la pasó muy mal; además, no tenía dinero para pagar un médico ni medicamentos.
En esos días Isaac todavía tomaba leche y no siempre había dinero para comprarla. Varias veces pasaron hambre.
Un día, bajo un sol intenso, Isaac tenía mucha sed y lloraba sin parar. Al llegar a un pueblo, vio a un hombre abrir una bolsa con agua. El pequeño se emocionó, gritó y la pidió con sus manitas. El hombre terminó regalándosela.
Usualmente, a Lisbeth sólo le alcanzaba para comer una bolsa de frituras y una botella pequeña de agua al día, aunque siempre procuraba conseguir leche para su bebé.
Por eso, el dolor de cabeza provocado por la falta de alimento se volvió una constante en el viaje. Lisbeth sufría, pero tenía que resistir porque tampoco había recursos para comprar pastillas y aliviar el malestar.
En el camino, muchas mujeres la criticaban. Le decían: “¿Cómo es posible que te arriesgues de esa forma con un bebé? Es muy peligroso subirlo a La Bestia. Eres una inconsciente”.
Pero ella siempre respondía que no quería dejarlo solo en Honduras con familiares que quizá no lo cuidarían bien y que prefería llevarlo consigo antes que permitir que viviera las mismas penurias que ella sufrió durante su infancia por el abandono de su madre.
Mujeres valientes
“Son mujeres muy valientes, porque algunas van embarazadas, con un bebé en brazos o con sus hijos de la mano. Tienen que proveerlos, velar por ellos y garantizar su seguridad. Eso genera mucha más tensión”, añadió la académica universitaria de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán.
Además, muchas son muy jóvenes, tienen poca educación, desconocen lo que ocurre con su cuerpo y no conocen medidas básicas de higiene. A veces, durante el trayecto, la delincuencia roba a los niños para utilizarlos como rehenes, víctimas de trata o para obligarlos a vender droga. “Son como moneda de cambio”.
Estas mujeres suelen ser muy criticadas, pero pocas personas comprenden que han vivido múltiples formas de violencia. Muchas huyen de parejas que las agreden hasta el punto de intentar asesinarlas y sobreviven en contextos donde no vislumbran ningún futuro.
Por eso prefieren exponerse a ese viaje antes que permanecer en un hogar marcado por la violencia y la hostilidad.
De Piedras Negras al centro
Después de un largo trayecto, Lisbeth y su hijo Isaac llegaron a Piedras Negras, en la frontera entre México y Estados Unidos, pero no pudieron cruzar.
En territorio mexicano perdió contacto con los amigos y familiares que la acompañaban. Pasaban hambre y no había trabajo, aunque ella siempre lo buscaba. Aun así, lograron encontrar un refugio.
Como ya no tenían muchas opciones, Lisbeth decidió entregarse a las autoridades migratorias para que la devolvieran a Honduras. Sin embargo, cuando lo solicitó, se rieron de ella y le dijeron que sólo podrían deportarla si la detenían al intentar cruzar a Estados Unidos.
Desesperada, comprendió que la única forma de volver era subirse nuevamente a La Bestia. A pesar del miedo de caer, volvió a hacerlo.
Así llegaron hasta el centro de México, donde finalmente fueron detenidos por agentes migratorios. Primero les quitaron el celular y las pocas pertenencias de valor que llevaban; después los trasladaron a un refugio en la Ciudad de México.
Sin embargo, el lugar no los trató bien. Estaba sobrepoblado y lleno de cucarachas. Lisbeth no tenía dinero para comprar pañales y en el refugio no podían proporcionarles todo lo necesario debido a la alta demanda.
El sistema de salud
Las mujeres migrantes en México tienen derecho a recibir atención médica. De hecho, existen diversas instituciones donde pueden ser atendidas, como el IMSS Bienestar, hospitales materno-infantiles y el ISSSTE, entre otros.
La Ley General de Salud, en materia de prestación de servicios y atención médica, establece en los artículos 17, fracción II; 71; 74, y 112, que en caso de emergencia cualquier institución, social, pública o privada, debe estabilizar a la persona y, si ésta no cuenta con recursos, asegurar su traslado a un sitio donde pueda recibir atención.
El presente de Lisbeth
Lisbeth no pudo llegar a Estados Unidos. No cumplió su sueño.
Actualmente vive en México, donde solicitó regularizar su estancia migratoria, pero la petición le fue negada. Aun así, asegura que no regresará a Honduras porque ahí no tiene futuro.
En México apenas ha conseguido trabajos temporales. Sin embargo, pese a las dificultades, logró encontrar un cuarto en renta donde ahora vive junto a su hijo.
